PRIMERA EMISION PAG. 1


VILCHES:

Mi más cariñoso saludo amigos míos a los que estáis dispuestos a escuchar el relato de mi vida entera; nada menos que una vida de 70 años, que iré contando como es natural, en pequeñas dosis, un ratito cada semana. ¡Me atrevo a aseguraros que os va a entretener! Os la contaré tal y como ha sido sin inventos, ni adornos, pues al lanzar por el aire mis palabras, prometo decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.
Primero escuchareis, mis chiquilladas e inconsciencias naturales de los primeros años. Después romanticismos, anhelos e inquietudes de mi juventud bohemia. Más tarde mis correrías por el mundo, mis épocas de triunfador llevado en volandas por la suerte... Mis locuras, salpicadas de anécdotas de todas clases…
Pero antes, quisiera deciros a manera de prólogo el por qué me he decidido a ello.
En muchas ocasiones me decían, por qué no escribe Vd. sus memorias?... Y yo nunca he escrito ni a la familia, ni pensaba hacerlo.
Un día en Buenos Aires, en agradable reunión, hablábamos, sobre el tema del "Ayer y del Hoy".
Me atreví a comentar, que nosotros, los de Ayer, hemos gozado de una vida más..., espiritual, llena de ese aroma que nos la hacía más agradable y soñadora. Por ejemplo: Hacíamos un viaje por mar, y durante la travesía llegábamos a hacer grandes amistades; a veces nacían amores, que terminaban en matrimonio... Hoy no. Hoy se mete uno en avión, se llega al otro extremo del mundo en 24 horas y al final del viaje, llegamos, sin conocer siquiera al compañero del asiento de al lado... a quien solo hemos visto de perfil.
Estas y otras consideraciones hacía yo al respecto, cuando la señora de la casa me dijo: – “Mucho de lo que está Vd. diciendo amigo Vilches, lo he leído, en la autobiografía que acaba de publicar de Stefan Sweig”–
Me halaga coincidir con ese talento que tanto admiro, pero puedo asegurar que no he leído su obra, y quiero conocerla. Me fuí a una librería de un amigo y paisano, catalán, y mientras me buscaba el libro me dijo: "Ahora se venden mucho las autobiografías, están de moda..., ¿por qué no escribe usted la suya? Se cuentan de usted tantas locuras y ha corrido usted tanto mundo que serían interesantes y además, práctico. Puede que con su libro ganara más que con una de esas películas que está usted haciendo..
Esta vez me detuve a pensar en ello, pero nunca tenía ocasión. Hasta que por fin ya me cansé de estar lejos de mi patria y decidí regresar para dejar en ella mis huesos, y aquí por fin…, he decidido narrar mi vida, pero no impulsado por el consejo práctico de mi amigo paisano, sino por...un amor! Sí, señores!... Por el amor de mi nieta.
Hace ya 16 años, cuando tenía 4, la dejé en Madrid, con mi mujer y mis hijas, una de ellas su madre.
Mi nieta era una niña muy viva, con una carita achinada, y por ello la llamábamos familiarmente Chiny.
A mi regreso la encontré ya, hecha una muchacha "moderna" hablaba varios idiomas, practicaba deportes y hasta saboreaba "lukes". Me recibió como a un extraño, no podía tenerme cariño, porque no me conocía.
Empecé a trabajar con mi compañía, en el teatro Beatriz de Madrid y al lamentarme de que no fuera a verme, me decía, con toda claridad amarga por cierto para mí que no le interesaban las comedias..., que las creía pasadas..., que le olían a rancio y que lo único que le interesaba, era el baile, el canto y sobre todo el cine.
Pero un día que fué a verme; volvió a casa entusiasmada..."Pero... DADDY... me llamaba Daddy en inglés, porque tal vez cree, que la palabra española abuelo me suena mal- DADDY..., ese chino que acabo de ver, que se ha envenenado ¿eres tú?. No te reconocí ni por un momento, ¡si eres un chino de verdad! que orgullosa me sentía cuando te aplaudían..., y sabes lo que te digo, ¡pues que ahora empiezo a quererte! ¡Tal vez sea porque te admiro!
Me emocionaron sus palabras y su entusiasmo y entonces comprendí, ¡que empezaba a tener nieta...! Poco después asistió, como era natural, a la celebración de mis "Bodas de Oro con al Teatro" y Chiny volvió a casa verdaderamente emocionada y con los ojitos llenos de lágrimas me preguntó: ”Dime DADDY todo lo que te dijo al abrazarte Benavente, de que no creía que tus bodas fueran de oro, porque todo el que habías ganado lo has tirado a manos llenas..., y lo que te dijo el poeta Aradvin, calificándote de “Genio”… y cuantos elogios oímos a los ministros cuando te condecoraban... no era sólo amabilidad? Efectivamente, hija mía; sin duda Ardavin, me llamó "genio" tal vez por no llamarme mal genio acordándose de mi Cascarrabias... Lo que tan graciosamente me dijo el gran Don Jacinto... ¡ay!... fué una amarga verdad dicha con el gracejo que acostumbra…, y cuanto me dijeron todos los compañeros, sólo gentilezas por lo mucho que me quieren y me recuerdan ¿Y las anécdotas de tu vida que contó García Sanchiz y las que tú también contaste, eran ciertas?.. “Todas ciertas y muchas más que no dije a nadie todavía... "¡Entonces tú has llevado una vida muy interesante!... ¿Por qué no me las cuentas y así llegaría a hacerme la ilusión de que había vivido siempre a tu lado? Y... por el amor de mi nieta, como dije, es por lo que hoy me decido a contar la historia de mi vida, que por haber sido tan larga como intensa en todas sus manifestaciones, las titulo... ¡LAS VIDAS QUE HE VIVIDO!.
Yo creo qua ya nací con mi afición al teatro.
Cuando tenía cinco años empecé a demostrarlo. En Valencia que fué donde pasé parte de mi niñez, mi padre viudo ya y yo, vivíamos en un entresuelo de la calle de Pizarro.
En la esquina de casa casi siempre paraba una viejecita que imploraba la caridad. Un día se me ocurrió ponerme un traje desarrapado y sentándome a su lado me hice el ciego y con la gorra en la mano pedí limosna con ella. Casi todos se apiadaban de mí más que de la viejecita y al poco rato la gorra estaba llena de calderilla… Pero en esto el ciego vió que venía su padre y escapó a correr.
Al poco tiempo, me llevaron al circo a ver una pantomima. Nerón, presenciaba desde un balcón el incendio de Roma…, me impresionó de tal manera que un día que quedé solo en casa quise imitar lo que había visto. Arrollé mi desnudo cuerpo una sábana a manera de clámide; me coloqué en la cabeza. una corona que hice con unas hojas de laurel que había en la cocina sin duda para hacer el estofado, tomé una escoba impregnándola con petróleo que era entonces el combustible con que nos alumbrábamos y salí al bajo balcón en donde a gritos y frases inventadas arengué a los transeúntes que curiosos se detenían oyéndome… También esta vez ví venir a mi padre: mejor dicho, oí la campanilla de la puerta; quise huir ya no me dió tiempo… Para ocultar la escoba ardiendo, en mi azoramiento, la metí detrás de las viejas y resinosas puertas del balcón y las cerré para así poder ahogar la llama de la escoba, pero al instante empezaron a arder y por poco también la casa. Mi padre premió mi representación con una gran ovación de palmadas, tan grande y fuerte que en una semana no me pude sentar cómodamente.
Mis primeras letras las aprendí en Valencia en el colegio “Patriarca San José”. Mis maestros, fueron dos santos hermanos: Don Domingo y Don Melchor García.
En las fiestas del colegio hacía recitaciones que éllos mismos me enseñaban. Valencia es una región que dá artistas de todas clases y el pueblo es muy dado a las constantes fiestas callejeras. Una de las más populares consiste en levantar una especie de escenario en las esquinas y en ellos los chiquillos, durante las fiestas del Santo Patrón, representan pasajes de su vida en versos valencianos lo que llaman “Los miracles de Sant Visent”. Yo tomé parte en uno y no lo haría tan mal por cuanto mi padre, empezó a comprender mis aficiones y hasta las llegó a proteger.
Después, pasamos a Murcia. Allí cursé mi segunda enseñanza. Vivíamos en un pueblecito situado a un par de leguas de la capital llamado Aljucer; en una gran casona rodeada de jardín y huerto que mi padre había heredado del suyo; tanto mi abuelo como mi padre eran de Lorca. Mi abuelo médico y catedrático de la Universidad de Granada. Mi padre, sobrino del famoso poeta de aquella época Don José Selgas salió más bien con las aficiones de su tío, dedicándose a la literatura, la música y todo cuanto se relacionara con el arte en general.
Mi madre nació en Cebú (Filipinas), pues era hija de un capitán de fragata allí destinado al cañonero Bidasoa. Estando después mi abuelo materno en Tarragona de comandante del puerto fueron mis padres y allí abrí yo los ojos a la vida al mismo tiempo que mi pobre madre los cerró para siempre para dármela a mi. Injusto Destino que permitió este cambio y no pude gozar de la ternura de una madre.
La mayor desgracia del mundo.
A los ocho años de viudez mi padre se casó con una valenciana tan preciosa como buena. Pura, se llamaba Pura, y pura y limpia era su vida por su bondad.
En el precioso huerto que teníamos en Aljucer fué mi padre el que fomentó mi irresistible afición al teatro pues en medio de la plazoleta del jardín me construyó un escenario formado de cañas y hasta me pintó los telones… Ante la inocente concurrencia de los vecinos y labradores representaba sainetes de Don Ramón de la Cruz, de Cervantes y hasta de algunos escritos por mi padre los domingos, y yo..., encantado de poder divertir a todos y de esta manera seguí con mi afición al teatro.

FRANCH:

La próxima semana D. Ernesto Vilches, les contará a Vds. En esta serie de programas que patrocina la marca Hispano Olivetti, como siguió sus pasos por esta vocación arrebatadora, incontenible y venenosa del teatro, y de qué manera tan original ganó sus primeras pesetas.

SONIDO:

MAQUINA DE CALCULAR CON LIGA DE ESCRIBIR Y FINAL

SEGUNDA EMISION PAG: 1.

FRANCH:

D. Ernesto Vilches ante el micrófono.

VILCHES:

Allí en nuestro huerto de Aljucer en Murcia, vivimos..., desde los 10 años que tenía, hasta los 15 que terminé mi bachillerato… En aquel teatro artísticamente arreglado, con preciosa embocadura de flores y enredaderas, que como dije, me hizo mi padre con tablones y bastidores pintados por él, levanté tal afición que ya venían de otros pueblos a presenciar mis representaciones..., pero como yo no cobraba nada, me salió un contrincante, pero ya con vistas de poder explotar el asunto.
El tío Jeromo, carpintero, gordo y cojo.
Como no tenía madera para el teatro, disponía de la madera de su carpintería, y levantó una especie de tablado que más bien se hubiera podido llamar "patíbulo” pues en él, ejecutábamos obras que por entonces representaban los grandes actores: Calvo, Vico,
Romea y otros, a quien el carpintero director tenía la pretensión de imitarles hasta en los latiguillos que estaban tan en boga entonces. Un día anunció "Amor de madre” una obra folletinesca. Fuí a verla.
El protagonista era un chiquillo de 15 años.
Para este papel, el tío Jeromo, había "alquilado'" a una actriz, por dos duros, la tartana desde Murcia y la merienda....
Yo no sé lo que pasó; si es que a la actriz no le estaban bien los pantalones o no se gustó vestida de hombre, o qué, el caso fué, que se negó a hacer el papel. El tío Jeromo ya no sabía como salir del compromiso y me pidió a toda prisa que le sacara de él. Yo accedí con todo entusiasmo pero no conocía la obra. Leí precipitadamente mi papel y con toda valentía por no llamarla inconsciencia, me confié al apuntador pero éste "deletreaba" tan bien que preferí que se callara y que me dejara decir lo que a mí se me ocurriera. Me vestí de guardia marina con el traje que habían alquilado para la actriz y... no sé lo que dije, sólo sé que la gente lloraba en mis escenas y que al final… me llenaron de aplausos, obsequios y... ¡que sé yo!... Hasta de besos de las madres enternecidas…Yo seguí mis clases en el Instituto pero en cuanto tenía un momento iba a buscar la farándula teatral… Un día, primero de Noviembre me sucedió un caso análogo al que tuve con el Tío Jeromo... Según costumbre, por estas fechas se iba a poner el famoso drama de Zorrilla "Don Juan Tenorio”, yo a pesar de no ser partidario de las obras en verso, como todo aficionado, me sabía de memoria el drama entero... Me enteré que la característica que tenía que hacer el papel de Doña Brígida se puso enferma: en el momento que estaban buscando quien pudiera sustituirla y acordándome del refrán de que “la ocasión la pintan calva", me metí en el cuarto de la característica, me puse sus mismos hábitos, me caractericé de vieja y ante el director, en broma, le recité una parrafada de versos del papel de doña Brígida y de tal manera se entusiasmó que sin decir a nadie nada, me permitió que saliera a representar la parte de la Celestina de D. Juan Tenorio. Nadie sospechó mi sexo pero al final del tercer acto cuando Ciutti según costumbre (de mal gusto) se lleva a la vieja en hombros, me arremangué las faldas y enseñando mis pantalones me llevé en brazos al escudero de D. Juan con grandes risotadas y aplausos del público… cuando volví a salir en el otro acto ya aquello fué una juerga, pues el público ya no pudo tomar en serio la obra. Me dieron unas pesetas – que fueron las primeras que gané en el teatro.
Cuando mi padre se enteró de mi “hazaña” me habló muy en serio y en resumen me dijo que reconocía en mí que tenía una loca afición por el teatro y grandes condiciones pero que se oponía rotundamente que siguiera por ese camino, que me distraía de mis estudios y no le pareció bien que siguiera esa carrera, oficio o lo que fuera y para no alimentar más mi afición, aquel teatro de carrizos de caña que él me hizo con todo entusiasmo lo convirtió en hoguera...
Pero todo fué inútil, mi afición renació como el Fénix sobre sus cenizas.
Después acabé mis estudios de bachillerato; mi padre me matriculó en la Universidad para empezar la carrera de Leyes, pero la verdad sin la menor afición por mi parte... De esta carrera lo único que me hubiera interesado hubiera sido, no defender pleitos, si no causas criminales, quizá por lo que tiene de estudio psicológico y teatralidad. Yo sabia que estaba perdiendo el tiempo y muy decidido un día, llevado por mi inquietud, rogué a mi padre que me dejara ir a Cartagena a sentar plaza. No pudiendo ya conmigo por fin conseguí su permiso y con gran sentimiento suyo y de Pura, mi madre (pués así la llamé siempre) abandoné el hogar.
Me presenté al Capitán General Manjón, y le dije que era nieto de D. Josualdo Domínguez Alcahud, capitán de fragata compañero suyo; y aque1 señor me atendió desde el primer momento.
Era yo un chiquillo de cara demasiado aniñada. Vestido de soldado de Infantería de Marina, llamaba la atención. Más bién, tenía el aspecto de un “boy” de una revista teatral. Era por los años... de nuestra guerra con los yanquis en Cuba y Filipinas. Como no tenía la edad para ingresar en filas tuve que hacerlo como educando de música en la banda del regimiento; tampoco me interesaba ser músico y al preguntarme que instrumento quería aprender; elegí por comodidad el flautín, por ser un instrumento pequeño y que se podía ocultar en el bolsillo... Pues el bombo y el contrabajo eran más grandes que yo. Y así, acercándomelo a los labios, hacía como que soplaba y salía del paso...
A todos los soldados se los llevaban a la guerra de las islas de ultramar; el cuartel se había quedado casi vacío hasta tal punto que los de la banda teníamos que hacer guardias. Un día recuerdo que me nombraron asistente de1 cuerpo de guardia para servir a los oficiales de servicio, llevarles las comidas, los trajes, el café, etc. cosa que me hacía maldita la gracia pero no había más remedio. ... Una noche, el capitán del cuartel, me ordenó ir a su casa por su comida… Se la llevé en un coche para que no me vieran con e1 portaviandas por la calle… le puse la mesa con todo el refinamiento que pude, hasta con flores... le doble la servilleta que parecía un pajarito... y le serví la comida como se pudiera servir en una gran casa hasta el punto que el capitán le llamó la atención.
Entablamos conversación que como era natural él inició y hablando de todo un poco llegamos hasta discutir ¡sobre el amor de la mujer! Pues aunque tenía 16 años, yo ya me creía todo un hombre... Días después cayó enfermo; fuí a visitarlo y en su convalecencia le leía obras, comedias.... Me decía que las oía mejor representadas que en el teatro y que a nadie había oído leer como a mí. Esta opinión me siguió alentando....
Al poco tiempo con unos amigos, aficionados también como yo, fundé una sociedad. Le puse por nombre Sociedad Amistad. Con que placer en Cartagena, todavía, ¡los que quedan de aquella época se acuerdan de esto!... Mi amigo el capitán me ayudó, alquilando el local... y además me consiguió permiso para regresar al cuartel a las 12 de la noche los días de función. En aquella Sociedad Amistad…, nos atrevíamos con todo... y todo lo hacíamos los socios.... Decorados, trajes y a veces hasta las comedias… Un día pusimos un drama mío terrorífico y el público rió tanto que ¡no lo puse más que una vez!.. ¡0h! que compañía aquella.... Yo dirigía a todos.... Absunta Aguilar, Gantes, Pla, Portela, Muñoz, Icardo, Velasco, y la primera actriz que era hija del dueño del local. ¡Con cuanta emoción recuerdo aquellos amigos de mi primera juventud!... Otro día estrenamos un drama, de Daniel Gantos. Una obrita de cortas dimensiones, no tenía mas que un largo prólogo, tres actos y un epilogo más largo que el prólogo.... Acabamos a la una y media… como yo tenía permiso hasta las doce solamente me entró terror. Aquel estrenito me iba a costar dormir en el calabozo.... y.... se me ocurrió una idea que me salvó. No quitarme el caracterizado. Hacía un viejo y con mi peluca blanca que parecía un felpado, por lo mal hecha, me presenté al oficial de guardia. Llegué y dije: “¡Ernesto Vilches, presente!” El oficial sin mirarme gritó indignado: “¿Que horas son estas de venir?” – Llamó al cabo de guardia. Me ví perdido... pero al volver la cara y verme pintarrajeado me dijo extrañado: "Pero tú eres el soldado Ernesto Vilches?.... Si señor, contesté, "¡Ven acá!". Y cogiéndome del cuello me llevó ante el espejo diciendo: "¿Pero es que estamos en carnaval?... Yo, haciéndome el sorprendido y simulando un azoramiento que me había ido estudiando por el camino, exclamé entrecortado: "Perdóneme mi teniente... Se lo conté todo, le hizo gracia y no solo me perdonó sino que en lo sucesivo lo tuve de espectador y hasta... de clack!.
No había pasado un mes cuando el cuartel se iba vaciando. Todos salían para la guerra de Cuba y Filipinas. A mí no me llevaban por no tener la edad, pero mi inquietud y ansiedad por conocer países lejanos dominaron y no se como me las arreglé que me alisté como voluntario para ir, nada menos que a Filipinas.... Para mí, aquello era como realizar un sueño.... A los pocos días en el "Antonio López" de la Compañía Transatlántica salí para Manila con todo el entusiasmo de un chiquillo y toda la ilusión de un hombre que iba a defender su patria.
La despedida fué emocionante; el verme tan jovencillo, atraía las miradas compasivas de todos y me besaban, lloraban, me llenaban de todo; pañuelos, dinero, flores, frutas.... cigarrillos ... ¡que sé yo!.... y a los acordes de la banda de música de mis ex-compañeros, nos apartamos del hermoso puerto de Cartagena con los atronadores gritos de entusiasmo de la gente, vivas a España y a los miles de pañuelos que flotaban en el aire como blancas palomas para darnos el adiós para el otro mundo.... y … quizás... no se equivocaban... porque quien sabía si podríamos volver....

TERCERA EMISION PAG. 1

DESDE QUE EMBARCAMOS, treinta y nueve días tardamos en hacer la travesía, desde Cartagena a Filipinas en el "Antonio López". La primera vez que viajaba por mar, y era nada menos que al otro extremo del mundo. El trasatlántico iba repleto de soldados, pero yo me supe buscar mi "camarote". Una barca salvavidas que iba colgada fuera del barco...
Al pasar por el Mar Rojo, tuvimos un temporal terrible y nos enviaron a la bodega, y así se evitó tal vez que nos ahogáramos en el mar, pero nos ahogábamos de calor asfixiante.
Iban también unos frailes con la oficialidad. Yo llegué a hacerme amigo de ellos y como me vieron tan niño, se compadecieron de mí y me obsequiaron con galletas, frutas, helados que me hacían feliz en aquellas latitudes y como todo esto fuera poco, para que pudiera pasarlo mejor, me llevaron a la Cámara de la oficialidad, para que les ayudara en lo que fuera y me hice agradable cuanto pude... Les contaba "cosas" cuentos.... les recitaba trozos de comedias y hasta a veces me sentaba en el viejo y desdentado piano, y a mi manera, o sea de oreja tocaba procurando entretenerles y a veces hasta se ponían a bailar cuando el barco no bailaba más que ellos... Y así hacía que lo pasaran distraídos, mientras yo me aprovechaba de los manjares que les servía, que como era natural eran preferibles al rancho que nos daban... Cuando llegábamos a algún puerto, como Port Said, Colombo, Singapur o Hong Kong, etc. hasta me daban dinerillo para que pudiera bajar, y así llegué a conocer, aunque de pasada, todos estos países, hasta que llegamos a Manila. ¡Manila! El recibimiento fué verdaderamente emocionante: Vivas a España, a nuestro batallón... gritos de entusiasmo, música por todas partes, desde los balcones llovían flores, papelillos... Recorríamos casi todas las calles de aquella ciudad colonial tan española en medio de una flora exótica y preciosa, pero yo, a decir verdad, hubiera preferido recorrerla en coche, pues iba... que no podía más..... Con mi fusil, las cartucheras, el morral, la mochila, la manta, que sé yo, y sin costumbre de ello, iba muerto de cansancio… hasta que por fin, gracias a Dios, llegamos a una grande y hermosa abadía de Jesuitas, en donde nos dieron un rancho admirable que devoramos antes de echarnos a dormir bajo sus pórticos. Allí estuvimos más de una semana. En los ratos de paseo, recorrí Manila, entonces llena de españoles, de tagalos y chinos... y unas filipinas preciosas pero que en aquélla edad me lo parecían más y cuando más encantado estaba, sintiéndome un turista, nos enviaron para Cavite... ¡Cavite! el famoso puerto donde comenzaba el foco de la insurrección....
Atravesamos la hermosa bahía de Manila y llegamos a Cavite. Acampamos. Yo me hice muy amigo de mi cabo. Se llamaba López; andaluz, simpatiquísimo, alegre. ¡Nunca lo olvidaré! Me daba lo mejor de la comida. El mejor petate para dormir. Hacía trampas para evitarme guardias penosas y así esperamos el día en que recibimos órdenes de salir a la vanguardia para pelear con los insurrectos. Nos dieron de desayuno un vino que más tarde se corrió la voz de que tenía pólvora. Tal vez fueran tonterías.... Habladurías, pero el efecto que nos hizo fué como si fuera verdad, pues íbamos enloquecidos.... En esta dura marcha nos metíamos a veces hasta la rodilla, en charcos nauseabundos y otras teníamos que abrirnos camino con el machete o bolo como así le llamábamos entre aquellos cañaverales... Hasta que al anochecer llegamos a una especie de puente de bejucos. Por allí nos mandaban pasar pero era el caso que cuantos pasaban por allí iban cayendo.
Los "catipunan" que era como les llamábamos, estaban atrincherados y donde ponían el ojo, ponían la bala... Ya me iba a llegar el turno y la verdad ya empezaba a meditar y condolerme de mi locura por haber ido voluntario... ¿Qué iba yo ganando con esta hazaña? ¿Méritos de guerra? ¡Si mi vocación no era la de ser militar! Por curiosidad... por una aventura., sin reflexión alguna iba a desperdiciar mi vida en la flor de mi edad?.... ¡Defender la patria! Románticamente era lo único que me consolaba... En fin; el mal ya estaba hecho.... ya me disponía a pasar por el puente, haciéndome estas reflexiones, cuando oí a mi lado una voz como un grito apagado... "Ay, madre mía". Era mi amigo el cabo López que lo había atravesado una bala... Yo me quedé... tan muerto como él... y al acercarme el capitán… no recuerdo su nombre, pero sí que era un hombre como de campo, andaluz también y tuerto, le dije: "Mi capitán: ¿me permite que lleve al campamento al cabo López que ha caído herido?... Se acercó aquél hombre gordo rechoncho que había ascendido de sargento a oficial y mirando con su único ojo al cabo López, me dijo: No está mal herido, ¡Déjalo ya no tiene remedio!...
Yo no sé qué cara pondría que se fijó en mí y me preguntó "¿Y cómo has venido, voluntario? Sí, señor... ¿Pero tú no tienes madre?... No señor... hubo un momento de silencio interrumpido sólo por los pocos traicioneros de vez en cuando... y después de pensar un instante: "Llévatelo al campamento, que pué que sí esté herío”... y tú quédate allá y no vuelvas, so molio...
A unos chicos casi encuerados, encargados de recoger heridos, les mandé que cargaran el cuerpo del cabo y como ellos protestaron en su media lengua diciendo: — No está helido... está muelto.... y se resistieron a llevarlo, empecé con ellos a culatazos y me los llevé por delante, cargando en sus parihuelas de bamba, el cuerpo de mi desdichado amigo, el cabo López.
En el campamento recibí una carta certificada de mi padre en ella lamentaba mi conducta de haberme marchado voluntario sin su permiso y me adjuntaba por si podía remediar mi locura en lo posible, una carta de recomendación del Ministerio de la Guerra para el Capitán General de los Ejércitos de Filipinas, Sr. Martínez Campos. Después del 7 de noviembre fecha del célebre ataque de Noveleta, precisamente al día de mi santo, regresaron los de mi batallón, los que regresaron, y pensando que como decía mi padre había sido una locura efectivamente mi escapatoria, solo por el hecho de querer conocer tierras lejanas, me arreglé lo más limpio que pude, con unos paños y un cuello que tenía de celuloide, blancos y brillantes y me presenté al coronel diciéndole qua había recibido unos documentos, cerrados, para el Capitán General y le rogaba permiso para llevárselos a Manila. Me lo concedió quizá influyendo también su compasión por mi edad; edad que todavía se veía disminuida por mi excesiva cara de chiquillo, pues siempre he representado menos de los que he tenido. El caso fué que el mismo día, atravesé otra vez la bahía de Cavite en uno de aquellos "ferriboats" de dos hélices que existían entonces, y me fuí sin pérdida de tiempo al palacio de Malacañan en donde residía la primera autoridad de las Islas Filipinas. Al llegar a Palacio noté un movimiento grande... todos los pasillos estaban llenos y los salones también, repletos de jefes, oficiales y diplomáticos vestidos de gala. Me enteré que el Sr. Capitán General daba Audiencia de despedida pues había sido relevado del cargo y sustituido por el General Polavieja que estaba para llegar. Sin reparar en nada me acerqué a un ayudante de guardia y le dije que tenía permiso de mi coronel por algunas horas para entregar en persona al Capitán General unos documentos tal vez importantes, Al poco tiempo y pasando por delante de todos aquellos personajes de todas clases, me encontraba en el suntuoso despacho del Capitán General. Me cuadré mientras él apresuradamente de decía... "A ver esos documentos tan interesantes que me traes, muchacho". Yo, la verdad, muerto de miedo, entregué mi sobre y mientras abría la carta y leía… pensaba... “Como lo tomará” Mientras mi vista era atraída por la gran gorra con los tres galones de oro que tenía su mesa cómo saldría de semejante audacia.... Acabó de leerla y fijándose en mí, me dijo: "Bueno; estos documentos (RECALCANDO LA PALABRA) serán muy interesantes para ti, pero no para mí... Esto es una recomendación que el Sr. Ministro de la Guerra me hace para que te envíe a la Academia.... ¿Deseas seguir la carrera militar?... -Yo... señor... Tartamudeé, quisiera servir de algo más que de insignificante carne de cañón.... Me volvió a mirar y siguió: "el caso es... que yo ya me voy y nada puedo hacer... (Se me heló la sangre)... Pero (aquel pero, me lo devolvió caliente)... preséntate de mi parte al general que queda Interino, sustituyéndome, Don Ernesto Aguirre y le entregas eso documentos interesantes... subrayando irónicamente las palabras... Muchas gracias mi general pero si vuecencia quisiera molestarse un momento, seria más eficaz una tarjeta recomendándome.... Me miró por tercera vez, tomó una tarjeta, puso unas letras y me la entregó. Le saludé afectuosamente deseándole un feliz viaje, le dí las gracias, me cuadré como un prusiano y salí de aquél despacho palaciego casi bailando de alegría.
Al pasar ante aquellos personajes que estaban esperando que yo saliera, les miré por encima del hombro, tomé en la puerta una volander llevada por un chinito, le dirigí a la casa del General Don Ernesto Aguirre... Era ya el mediodía. Estaba almorzando. No me podía recibir. Mi gozo en un pozo... Insistí y logré que le pasaran la tarjeta... Al cabo de un impaciente rato que me pareció un siglo, oí una voz que me gritó: "Pasa, tocayo".Miré a mi alrededor por si había otro esperando y al cerciorarme que lo de tocayo era por mi, respiré, ¡Estaba salvado! Me condujeron al comedor en donde el general estaba almorzando con una señorita y un joven capitán con los cordones de ayudante. Al entrar me cuadré diciendo: " A los pies de usted, señorita. A las órdenes de Vuecencia, mi general... ¡a las suyas, mi capitán!... Me miraron los tres y pude advertir que fué con agrado... El general, buen mozo, distinguido y sumamente simpático con la tarjeta en la mano se echó para atrás en su silla y mirándome, sonriendo, me dijo: "bueno, hombre, pues dime lo que deseas pues estoy dispuesto a hacer por ti lo que pueda... y lo que no pueda... y dirigiéndose a la señora o señorita que tenía enfrente añadió sonriente: tiene toda la cara de Ernestito, ¿verdad?... Me dieron ganas de abrazar a los tres y no sé por qué todavía me conmuevo al recordarlo!...
De allí salí destinado con un sueldo como escribiente de la Capitanía para poder asistir todos los días a las clases de la Academia militar ya como alumno rebajado de servicio, cobrando además mi pequeño sueldo de soldado en campaña; total, que reunía un sueldecito muy decente entre unas cosas y otras. Volví loco de contento al campamento de Cavite participándoselo al Coronel y al día siguiente abandonando el batallón regresé ya a Manila libre de verme ya las caras con los insurrectos.


FRANCH:

La semana próxima conocerán ustedes la vida y peripecias de Ernesto Vilches en Filipinas, gracias a la gentileza de la marca Hispano Olivetti que patrocina esta serie de programas.

SONIDO:

MAQUINA DE ESCRIBIR LIGA CON MAQUINA DE CALCULAR… Y FINAL

CUARTA EMISION PAG. 1

Y allí Ingresó en Manila en la Academia, pero la verdad, yo nunca pensé en seguir la carrera militar. Las matemáticas no tenían cabida en mi cerebro, pero allí seguía y vivía con varios compañeros; por las noches nos poníamos nuestro traje blanco, de cuello cerrado, típico de Manila.
Algunas madrugadas, (mejor dicho, trasnochadas), nos bañábamos en el mar sin pensar que podíamos ser pasto de los tiburones que tanto abundaban.... Y cada cual se divertía a su manera....
Yo llevado siempre por mi afición, al teatro, me hice amigo de una tiple de Opera.... que gritaba mucho y cuando representaban, a veces, salía con el coro y me movía como todos y abría la boca como si cantara y saludaba con todos cuando aplaudían... Otras me metía en las pagodas y hasta en fumaderas de opio para conocerlo todo.
Mis compañeros preferían divertirse con los chinos engañándoles, tal vez para practicar el refrán, por más que no es cierto porque a un chino no se le engaña tan fácilmente, pero éramos militares y nos tenían miedo y les hacían constantes travesuras una vez entraban en una tienda de chinelas, o sea zapatillas y les quitaban una; después iban a otra tienda, y se llevaban otra igual y completaban el par... y la regalaban a la primera "tagala" que pasaba.
Un día un compañera nuestro, simpatiquísimo, Gabino Otero, que supe que llegó a General, vió un chinito como de unos ocho años sentado en cuclillas sobre un taburete a la puerta de un comercio, y arrambló al pasar con el chinito y el taburete... y entró en la tienda y le preguntó al dueño cuánto le daban por el chinito que daba unos gritos guturales que no entendíamos pero que sin dada en para nombrarnos a alguien de nuestras familia... mientras nosotros nos reíamos a carcajadas....
Y así lo pasábamos, sin poder gastar apenas, divirtiéndonos mucho y estudiando poco.
A todo esto la guerra seguía… y cada vez con mayor encono, llegaba la escuadra norteamericana... Hacían falta oficiales yo tenía seguridad de que a pesar de no saber bien las asignaturas ni mucho menos saldría cadete y no sabía que hacer... E1 general entusiasmado de que saliera bien de los exámenes me recomendó y ya me veía sin esperanzas.... PERO... (Otro PERO salvador...) caí enfermo de un terrible paludismo, cosa muy natural en aquellas latitudes, y me llevaron al hospital militar situado a algunas leguas de distancia de la población; un paraje verdaderamente delicioso y durante mi estancia en él contaré, la serie de peripecias que me sucedieron.
Mi arraigada e innata afición al teatro, me hacían ser simulador; mi juvenil edad llena de vida, me hacía cometer actos llenos de atrevimientos y de osadías y todo ello amparado, por la buena estrella que siempre me ha seguido en todos los actos de la vida, puedo contar tantas cosas, tan curiosas y diferentes, pues toda ella ha sido, como esas trenes de las montanas rusas, que desde lo más alto, en vertiginosa carrera, caen a lo más profundo y cuando entra el vértigo cuando se piensa que se va a estrellar, vuelve a tomar carrera hacia las alturas, impulsado por la misma velocidad.
Bueno, pues como decía, caí enfermo de paludismo, e ingresé en el hospital. Pero las fiebres eran intermitentes, había días en que tenía una enorme temperatura y en otros ninguna en absoluto, y me pasó que un día que me visitó el Doctor, tenía una fiebre altísima, y me apuntó entre los enfermos que tenían que recibir la Extremaunción al día siguiente... Y al día siguiente, estaba tranquilo en mi cama sin fiebre alguna cuando al anochecer veo una fila de enfermos todos con su gran camisón blanco, con un cirio en la mano cada uno murmurando un canturreo y siguiendo a un sacerdote y unas monjas también con sus cirios y sus cánticos... que con una acompasada campanilla iban recorriendo los lechos de los apuntados para recibir los Santos Sacramentos... Los ví que se acercaban a mi cama y mientras el sacerdote me daba la Sagrada Forma oí claramente a una monja anciana como una pasita, que canturreaba rutinariamente: "¡Jesús, José y María, amparadle en la hora de su muerte!... Al ver que lo decía por mí, abrí los ojos desmesuradamente y salte de la cama gritando: ¡Madre que yo estoy bueno! "¡Que yo no tengo fiebre! ¡Que yo no me voy a morir todavía!
Yo creo que aquella impresión me puso bueno, pues ya no volví a tener fiebre. Sin embargo yo seguí en el hospital. La hermana que me atendía era una real moza vascongada... Me miraba con ternura maternal.... Me preguntaba como todos, cómo había ido tan joven, sin la edad y.... si tenía madre... Yo se lo conté todo... Me atendía con cariñosa y piadosa solicitud, como digo, de verdadera madre o hermana. Me llevaba pechugas de pollo, refrescos, golosinas, y yo para corresponderla la dibujaba escapularios para que ella los bordara... Llegó el día en que me dieron al alta y tuve que abandonar bien a pesar mío tanto cariño y solicitud y salí del hospital camino de la Academia.... Era un camino solitario, largo, cubierto de bambúes gigantescos que le daban una sombra siniestra a la caída de la tarde... cuando divisé una gran cantidad de indígenas que venían desde lejos, gritando horriblemente y blandiendo sus relucientes machetes....
Yo por instinto de conservación, quise huir, ocultarme para que pasaran sin que me vieran y librarme de la furia con que venían y me escondí bajo un pequeño puente de bejuco casi seco y fangoso.
Me metí hasta el pecho... y efectivamente, toda aquella turba, pasó vociferando en su idioma, mientras yo, con mi extenuado cuerpo, muerto de miedo esperé que pasaran.
Cuando se alejaron, y quedó todo en silencio, interrumpido solo por el croar de las ranas y los sapos, y los cánticos de los grillos, decidí salir del barro para continuar mi viaje... ¡pero no podía! El barro me absorbía, mis débiles fuerzas no eran suficientes para salirme de él; ¡me entró terror! Había huido de morir de un machetazo y veía que me iba a morir ahogado por el fango... ¡Era terrible! ¡Eso no podía ser!... y empecé a rezar y pedirle al Señor de las Alturas que me librara del aquel castigo, y como El me dio a entender, y haciendo esfuerzos supremos y moviéndome acompasadamente para todos lados, fuí poco a poco ablandando el barro... Tardé... que sé yo el tiempo hasta que, agarrándome de caña en caña y sacando fuerzas de no sé dónde, logré salir de aquel pozo hasta tenderme medio desmayado en la orilla.
Al cabo de un rato me repuse y no me atreví a seguir en la noche oscura mi camino y como pude, casi arrastrándome, regresé al hospital. Allí me enteré que aquellos forajidos eran unos presos que después de haber matado a algunos soldados de la guardia se habían escapado y pensé: "si me llegan a pillar... ¡no lo cuento!”
Mi monjita, amiga y protectora, me metió en una linda cama después de ordenarme una magnifica ducha, me alimenté bien, y seguí allí muy confortablemente por unos días, hasta que uno de ellos, me dijo llena de ternura: "Lo mejor que puede hacer, criatura, es.... regresar a España". ¿Pero cómo? — le repliqué... Y ella sacando una lista, me dijo: –"¡firme aquí!.. y lo demás, es cuenta mía.”
Era una lista de enfermos e inútiles... y entre ellos, me incluyó a mí. La caridad de aquella monja tan buena... tan santa, de la que me separé a los pocos días para embarcar en el "Isla de Panay" y de la que no he vuelto a saber más... la recordaré toda la vida pidiéndole a Dios por ello... Me salvó... ¡quien sabe de qué!.... ¡Porque quien sabe lo que hubiera sido de mí!.
Pasé un viaje... triste entre pobres compañeros que parecían más bien cadáveres. De día en día, desaparecían muchos en el fondo del océano... mientras yo, me alimenté de lo lindo y pletórico de vida y color llegué al puerto de Atarazanas de Barcelona en grotesco contraste de todos aquellos infortunados victimas del clima filipino que no pudieron resistir. El puerto estaba lleno de gente que nos recibía con tristes vítores condoliéndose de nuestra desgracia... Y a mí me dio tanta vergüenza defraudarles con mi insultante salud, que atravesé toda la dársena, para justificar mi aspecto sano, haciéndome el cojo, y había que oír a aquella pobre gente que nos recibía… ¡Qué exclamaciones de compasión!... ¡Pobre este cojo!... ¡Tan joven!... ¡Pobre de la seva mare!... Y se me acercaban las damas de las sociedades caritativas y me rifaban disputándose entre ellas, para llevarme a los asilos o residencias que tenían preparadas para recibirnos y atendernos... Aquellas caritativas damas.
Me trataron a cuerpo de Rey... Dios las pague tan buena acción.... (¡y me perdone mi engaño!) Bueno: ¡mi agradecimiento fué tan grande como si en realidad me hubieran dejado cojo! A los pocos días regresé a Madrid y mi padre lo supo olvidar y perdonarlo todo por la alegría de verme de regreso... ¡sano y salvo!.


FRANCH:
¿De qué nos hablará Vd. La próxima semana, Sr. Vilches?

VILCHES:
“Picardías y locuras de mis tiempos de soldado”.

FRANCH:
Perfectamente, ya saben Vds. señoras y señores, el tema de la próxima semana en esta serie de programas que patrocina la marca Hispano–Olivetti.

SONIDO:

MAQUINA DE CALCULAR, LIGA CON MAQUINA DE ESCRIBIR Y… FINAL.

QUINTA EMISION PAG. 1

Una vez en Madrid, a mi regreso de Filipinas, inmediatamente me presenté en el Ministerio de Marina, que era dónde estaba nuestro cuartel y seguí mi nueva vida de soldado... ¡Pero no podía acostumbrarme a ella!... Comer rancho... Lavar pisos, hacer camas... Limpiar fusiles.... ¡Oh!... Nada de eso... y... que hacía... Pues entregarme a mis constantes instintos de comediantes... Por ejemplo: en las "Imaginarias" o será cuando estaba de "vigilante" de noche mientras los demás dormían, para que me distrajeran todos y no dormirme yo, les contaba cuentos... Me envolvían una sabana blanca y como vestido de Comendador, les decía los versos de D. Juan Tenorio... y así los entretenía a la vez durante las dos horas... Por las mañanas al toque de Diana, que era lo más terrible para mí el madrugar, levantábamos las camas, y poníamos un colchón sobre otro envolviéndonos con las mantas. Pues bien yo me metía entre dos colchones, y allí calentito, sobre todo en el invierno, dejaba un "caminito" para poder respirar y me estaba durmiendo hasta las doce o la hora que quería... y como no estaba "presente" me escapaba de hacer limpiezas y dejaba a los otros que las hicieran y así procuraba ir pasando lo mejor que podía...
Pero entre todas las diabluras, que iba inventando, para librarme de hacer mis faenas de soldado, hice una más que diablura, tuvo el aspecto de locura.
Una noche que tuve que estar de centinela, en la calle, metido en la garita que había en la puerta del Ministerio con un frío que pelaba, envuelto en una débil manta, ¡pasó una chiquilla madrileña! al pasar la dirigí un piropo. Siendo español, joven y soldado era lo más natural ¿no? "¿A donde vas tan solita, prenda?. “Al baile de la Flor Baja”, me contestó, y con gran guasa sabiendo que por estar de centinela no la podía acompañar, añadió: ¿Quieres venir conmigo?; ¿A que no te atreves?. Yo sin pensarlo la dije: “¡Pa luego es tarde"! Dejé el fusil al lado de un banco que puse de pié, dentro de la garita, lo envolvía con la manta y cogiéndola del brazo “andando, le dije y nos fuimos al baile de la Flor Baja entonces de los más típicos de Madrid donde sólo habían chiquillos y modistillas y manogildas. Yo quise volver antes de que se pasaran las dos horas, para estar allí a tiempo del relevo pero medí mal el tiempo y, cuando llegué ya el banco estaba sustituido por el nuevo centinela... ¡Se me heló la sangre! Como era natural, me metieron inmediatamente en el calabozo con una barra de hierro en los pies como es costumbre en la Marina. Hay que advertir que estábamos todavía en guerra y Madrid entonces en estado de sitio. Así es que... o cuatro tiros, –que con uno me bastaba– , ó a presidio para toda la vida... ¡No había escape!
Pasaron el parte al cabo de guardia: este al sargento del cuartel; siguió al oficial de guardia... Al día siguiente tenía que llegar al capitán del cuartel y de seguir, mi porvenir ¡ya estaba listo!. Mi última esperanza era que el capitán pudiera perdonarme... ¡Pero esto era completamente inútil... ¡Ni pensarlo siquiera! Desesperadamente, no sabiendo ni qué pensar ni qué hacer durante la noche pedí un papel y lápiz que me proporcionaron y ¡la pasé escribiendo al capitán una carta y en verso! Me había Jugado la vida por una locura... y pensé que con otra locura podría jugarme mi salvación...
En sentidos y sin duda inspirados renglones que llagaban al alma, le pedí indulgencia, ¡perdón!... "Mi capitán tengo 18 años... No pensé en mi responsabilidad... Vi pasar unos ojos que me de alumbraron... Tenían imán… Fascinado me fuí tras ella… Hay que pensar en la gracia de una chulilla madrileña… Fué una locura pero no lo hice por maldad. De Vd. depende mi porvenir y el deshonor de mi pobre padre porque no tengo madre... El no tiene la culpa de la estupidez o la inconsciencia de su hijo. ¡Qué satisfacción la de Vd. concediéndome el perdón y devolviéndome el honor y la vida!...¡Mi porvenir está en su noble corazón... Sálveme!
Qué sé yo lo que le dije en aquellas ramplonas y sentidas quintillas… ¡Y cuanto daría por poderlas recordar tal y como las escribí!... Yo no sé lo que pensaría aquel bendito capitán Montojo... E1 caso fué que al rato de leer mi escrito, me llevaron a su presencia y al verme me miró entre enfurecido y condolido ¡y me largó sin frase alguna un bofetón! A mi me supo como un beso... Después con los ojos humedecidos me dijo: "¡Pero insensato tú sabes lo que has hecho! ¿Estás loco o eres idiota o estabas borracho? ¿Tu sabes lo que te espera?... "
Yo callado aguardaba el fallo, que ya adivinaba... Efectivamente, el capitán, con un arranque verdaderamente paternal, añadió: "Vete al calabozo y espera órdenes." ¡Pero en mi presencia rompió el parte y guardó mi carta!
Cuando después de 20 años, trabajaba yo en el teatro Infanta Isabel veía todas las tardes una pareja de ancianos con la cabeza blanca que me aplaudían con intensa emoción... Cuando reconocí que era mi capitán D. Luis Montojo con su señora por poco me desmayo… Fuí a visitarles y en la vida encontré seres más cariñosos: me trataron como a un hijo, y efectivamente, así me sentía porque me habían devuelto la vida. Que locuras hace uno en la juventud... ¡y que placer poder recordarlas, reconocerlas y contarlas!
Y volvamos a mi vida de cuartel.
Mi padre enloqueció cuando se enteró, al reconocer mi cabeza hueca empezó a buscar el modo de sacarme del cuartel. Un pariente nuestro que era Secretario de Embajada, influyó hasta conseguir que me rebajaran de servicio y lo terminara en mi casa, sin más obligaciones que me presentara mensualmente para firmar. Pero recuerdo, que antes de salir del cuartel, me ocurrió otro incidente que... y que es como los anteriores... ¡Una chiquillada más!
Una tarde me presenté al oficial de guardia y le pedí permiso para poder ir a casa de mi novia, por la noche a una fiesta que daba su familia,
¿Qué es tu novia? Me preguntó con “guasa”... ¿una cocinera?.. ¡No señor!... Es la hija del General Vinuesa, le respondí con énfasis de chiquillo... ¿Sí? Quisiera conocerla. Me dijo risueñamente sin dejar la "guasita"... Pues venga conmigo y se la presentaré con todo gusto... Efectivamente por la noche, él con su uniforme y yo con mi traje de noche, nos fuimos al palacete del padre de mi novia, que estaba situado en el Paseo de Rosales donde mi futuro "suegro" que él ignoraba serlo, abría sus salones a sus selectas amistades. Presenté al oficial y pasamos una noche deliciosa... y yo orgulloso de que mi teniente se hubiera enterado de que mi novia no era ninguna cocinera, sino una muchacha distinguida.
Elvira, que así se llamaba, ¡era mi primer amor! Un amor romántico, casi infantil... Al poco tiempo, como dije, mi padre consiguió que abandonara el cuartel y empecé de nuevo mis estudios de leyes en la universidad... No pasarían unos seis meses, más o menos, supe que aquel teniente que yo había presentado a mi primer amor, ¡se casaba con ella!.. ¡Con Elvira!... ¡Me enloquecí!... Recuerdo que era la noche de la primera verbena que Dios envía o sea la de San Antonio de la Florida... Tomé una “manuela”: un coche desvencijado con un caballo famélico que costaba dos pesetas la hora y me dediqué a buscarles porque me dijeron que por "allí" andaban. Furioso y celoso como el Julián de la "Verbena de la Paloma", iba en su busca... ¡Oh si los encontrara!... En cada café, en cada puesto de bebidas, para darme “coraje” a mí mismo, me tomaba una copa... Dos chulaponas se me subieron en el coche y sumamente nervioso y animado por las "limpias" que iba tomando les conté mis cuitas y ellas entre risas y yo entre lágrimas seguíamos recorriendo las “estaciones" con continuados sorbos de aguardiente de lo más barato... y fuerte!...
Al cabo de unas horas nos hallamos solos el jamelgo, el cochero, y yo!... hasta que llegado el momento en que yo no sabía lo que iba buscando, al amanecer ya, volvió a sufrir horrores mi corazón y ya resueltamente la dije al "auriga”, "A la Castellana" Era la hora en que ya abrían los puestos da "agua, azucarrillos y aguardiente”... y la de los “churros con recuelo” o sea, acuosos vasos de café con leche... Me paré en uno de esos puestos y... serenamente y llorando como un niño, –pues no era otra cosa–, pedí una copa de aguardiente, ¡la última!... Saqué una caja de fósforos; separé las cabezas y las eché en la copa y despidiéndome de mi ingrato amor... me tragué aquélla pócima. Yo creía que la muerte iba a ser instantánea... y le dije al cochero decidido a esperar mi hora que continuara el paseo... Sin rumbo fijo decidido, tranquilo para pasar a la otra vida que con gusto la ofrecía en holocausto a la ingratitud de aquella ¡infame y pérfida traidora...! Pero la "parca" ¡no me hacía caso!... No llegaba... Pero en cambio me llegó un dolor de tripas que sin poderlo aguantar, pues era espantoso, todo asustado le dije al cochero. –"¡pronto... a la casa de socorro más cercana!”
Allí me preguntaron y les conté inocentemente la verdad y el mismo médico sin ocultar su risa y muy amable, me aconsejó que no declarara que era intento de suicidio porque me buscaba un serio disgusto.
A fuerza de albúminas durante algún tiempo, me pasé con inmensos dolores y un dudoso resultado y apestando a fósforo, hasta que sané por fin. Pero una vez fuera de peligro mi padre me quería matar de verdad por mi romántica tontería muy propia tal vez de una porterilla influida por las novelas de folletines de aquellos tiempos, pero no de un hombre que había recibido estudios.


FRANCH:

En la semana próxima conocerán ustedes la escapada a París y sus aventuras en esta serie de programas que patrocina la marca Hispano–Olivetti.

SONIDO:

MAQUINA DE CALCULAR LIGA CON MAQUINA DE ESCRIBIR Y FINAL.

SEXTA EMISION PAG. 1

Después de mi incidente romántico, de verdadero chiquillo, en que salvé la vida por milagro, seguí estudiando, pero sin afición a la carrera de defender pleitos: lo hacía solamente por no contrariar a mi padre; hasta que un día en que se acercaban los exámenes y que yo sabía ciertamente que me tenían que "catear", me entró terror, y me desprendí de algunas joyitas que tenía, reuní poco más de mil pesetas que en aquél tiempo era una gran fortuna para mí y me escapé tomando el directo de París, con Sliping para poder pasar la frontera tranquilo. Con solo el billete me gasté casi la tercera parte de mi gran capital, pero al día siguiente, ya me encontraba en tierra francesa... Bajé en Burdeos y una vez allí pensé ¡Si pudiera embarcar para América!... pero... ¿Dónde estaba el dinero que necesitaba?... ¿Y los documentos?... y opté necesariamente por continuar viaje hasta París.
¡París!... ¡Sólo y libre!.. Paseos bulliciosos, vida de noche, barrio bohemio, teatros, midinettes,... Me quería sentir héroe de cuantas novelas había leído, que pasaran en París... Yo no sé como me las compuse, pero el caso fué que a pesar de mi poco dinero, que iba estirando por céntimos, lo recorrí todo...

"Yo a la torre Eiffel subí,
Yo a los cabares bajé,
Todos los teatros los ví,
Siempre aventuras busqué...
¡Y todo lo recorrí!

Cuando oía hablar en español me iba por otro lado, y así, en pocos días, llegué a chapurrear el francés. Me hice amigo de cómicos; por ello y sin gastar conocí casi todos los teatros y los más famosos actores y actrices... Me sentía feliz estando hasta altas horas de la noche en los cafés y centros de artistas oyéndoles hablar a cada uno de su arte... Poetas, actores, pintores, y literatos, alternando al mismo tiempo con jóvenes trasnochadores, artistas también... en su género.... Y así lo pasaba feliz y encantado estirando todo cuanto podía mi pequeño capital, para seguir el mayor tiempo posible en aquél ambiente... tan atrayente para mis gustos.
Una noche, después de "mal cenar", me encontraba sin saber que hacer ni que camino tomar parado en el centro de la Place Clichí. En esto se me acercó una joven que a la luz de la gran farola, me pareció una preciosidad... Llevaba una niña como de unos cuatro años y después de mirarme y de una pausa indecisa me preguntó: "Quel ehure e til su vu plé?.." Saqué mi hermoso Roskoff que era una gran patata de níquel que yo había comprado por doce pesetas y que caminaba cuando yo andaba, y le dije con tono caballeroso y con la mejor pronunciación que pude: "Dis her èdemi, madam" –Mersi, me contestó sonriendo y amable... y como queriendo entablar conversación siguió... "Vus eteé tranger, mesié?" - "Ui madam, Je sui atranger", afirmé... "Vus eté italian?" – Pa madam, Je sui español Y ella con gran asombro añadió: "Alor… vus eté toreador?” – "Oh, no, madam, je sui español selmant, pa toreador"; y como si entendiera perfectamente el francés comencé a hablar... ¡que sé yo! A duras penas pude entender, que aquella niña era su hijita; que ella era viuda, pero que era una famm honett.. y como yo la invitara a tomar una petit consomación (porque la verdad, me gustaba mucho la francesita), accedió, pero con la condición de que la permitiera antes llevar a su hija para acostarla y que después de una hora, la esperara en la place Blanché que estaba cerca. Nos separamos y me dirigí al café Blanché para esperarla, con el corazón lleno de ilusiones ¡y el bolsillo casi exhausto!
No había pasado la hora, cuando estando yo en la terraza del café Blanché ante una mesa que sostenía una diminuta copa de anís cuyo platillo tenía una cifra grabada que decía: “25 céntimos” se paró un carruaje cerrado. Bajó la ventanilla y asomó un brazo enguantado hasta el codo. Me llamó. Dejé en el platillo los 25 céntimos y me precipité hacia el coche, una voz me dijo: "Monte si vu plé". Entré y en la semiobscuridad ví una mujer elegantemente ataviada ella. Yo a su lado parecía el mozo de los recados; si antes la había encontrado hermosa ahora vestida y retocada me parecía ideal, un traje negro con ligero escote contrastando con la blancura de sus senos que lucía hasta donde e1 recato le permitía lucir... Sombrero grande negro cuyos encajes se confundían con el rizado de sus cabellos... Los brazos enguantados blancos, hasta pasados los codos y de su pecho colgaba un precioso relojito, algo mejor que el mío, con la tapa cuajada de diminutos brillantes. Era sumamente preciosa y elegantísima; como yo jamás soñara... Una vez dentro del coche: "U, vu vule alle?, me dijo; –"OH! je ne cone pa, madame", le respondí... Ella autoritariamente tomó el acústico del coche que comunicaba con el cochero y oí que dijo: "O tabern barat". ¡Menos mal, pensé yo respirando; y acordándome que disponía apenas de unos francos que me quedaban por toda fortuna… Y pensé., "no querrá que nos vean; pues será una dama distinguida y me lleva a una "taberna barata", pero... menuda taberna barata me resultó. A los pocos momentos descendimos del coche abriéndonos la portezuela un portero con un frac colorado y medias y guantes blancos. ¡Nada más! Ella descendió muy deprisa con una decisión que ya declaraba que conocía bien el camino... y entramos en la alumbrada mansión... Yo la seguí... y subimos por una alfombrada escalera de bruñida madera y nos encontramos de lleno en un iluminadísimo salón donde había una magnifica orquesta y la gente vestida elegantemente. Yo de americana y por cierto un poco raída contrastaba en aquel lugar... Aquello era un sueño para mi... pero al mismo tiempo…, una gran pesadilla pues yo no podía obsequiar a aquella dama en aquel sitio que no tenía nada de taberna y mucho menos de barata.... Además, me veía imposibilitado de expresarme en su idioma descubriéndole mi verdadera situación... De momento me dieron ganas de escapar... pero ¿quien escapaba, y a mi edad, de aquella criatura tan preciosa?.., y opté por sentarme con ella. El "maitre" nos trajo un menú preciosamente editado pero sin precios... Yo leí: langosta, pollo a la cacerola, espárragos, caviar., etc… Y a continuación lista de vinos, ¡y que vinos!... Champagne de todas las marcas... un sudor venía y otro se me iba... Ella muy decidida pidió… no recuerdo que "bellezas" para los dos y a continuación Clicot de compañera, la viuda!... Se me quitó el habla, pero ello no, empezó a hablar muy graciosa y contenta... Yo hacía como que la entendía todo y sonriente sin ganas de reír, le decía a todo que sí. Mi risa de conejo tenía más de amargura pensando en como saldría de aquella aventura. Comimos, bebimos una y otra botella… Cada taponazo me parecía un tiro... luego otra… Ella cada vez más, como era natural, ¡estaba encantadora! su hermosura arrebataba y con dinero hubiera sido la noche más feliz de mi vida, pero de pensar el desenlace que no esperaba ni veía ni oía... solo sudaba… Bailamos, volvimos a beber, a bailar. Unos elegantes, individuos que había enfrente a nosotros también como es natural alegres se fijaron en nosotros, y tal vez al notar mi pinta, empezaron a reírse y oí que a veces decían "El petit español”... Yo dudaba si oírlo o no... Y no sabia que hacer. De pronto ella se levantó y desde nuestra mesa les dirigió un spich que yo la verdad no entendía del todo... pero me pareció que era defendiéndome... Subió de tono cada vez con más calor y últimamente ya se le trababan las palabras…
Acabamos todos amigos como se suele acabar en idénticas ocasiones en que el vapor del vino se comunica para todos por igual. Pero por fin llegó la hora tan temida por mi. ¡La cuenta!, la adición como ellos llaman, y más bien debiera llamarse la sustracción.
¿Que podía hacer?.. ¿Acercarme al comptoir y decir que había tenido un compromiso con aquella señora y que no llevaba dinero? Pero yo era un desconocido... me acompañarían a mi casa para cobrar... ¿Decirles que no tenía dinero y que hicieran lo que quisieran?.. Pensando en todo esto llegó el robusto colorado garcón con la nota.., y al ir a tomarla yo, como era natural, ella se me adelantó y con una cómica dignidad me la arrebató de las manos diciéndome: "James!... nadie se podrá figurar lo suficiente el peso que se me quitó de encima... .Je vus invite... Vus eté etrangery je ne pe pa permitir que va peye un su!... y sacando su bolso tachonado da azabaches, una porción de billetes de mil francos, dejó en la bandeja uno que se lo llevó el mozo! Entonces yo más animoso, como reo que oyera su Indulto, y respirando un poco ya a mis anchas, pude hablar y le dije con gran dignidad: Oh madame... je ne pe permitir; en España un dam ne pe payé… Y altiva y encantadora me replicó: –Me a present vu ne te pa en España...Vus ete en France..!
¡Me la hubiera comido de simpática!.. llegó el camarero y de los mil francos le devolvió cien solamente que se los dejó de propina... (Que envidia me dió el camarero)… y bajamos aquellas elegantes escaleras, la verdad, no recuerdo si fué en línea recta, pero si, contentísimos... ¡felices los dos!.
Llovía, nos metimos en su coche que partió para su casa. Llegamos. Era un chalet situado en no sé que barrio aristocrático.
Entramos en un pequeño jardín, y me despidió diciendo que me esperaba al día siguiente a las cinco a tomar el té con ella y con su hijita, disculpándose de no invitarme a pasar por no despertarla y porque aquellas horas no eran correctas para pasar.
Mi simpatía, agradecimiento, curiosidad y como era natura cierto deseo de seguir tratándola más íntimamente me llevaba al día siguiente a las cinco en pos de aquella muchacha francesita, joven, viuda... y estanciera porque aquel palacete no tenía trazas de ser alquilado...
Pero... algo pasó que seguiré contando y que fué la causa de que nunca volviera a verla; ¡pero tampoco he podido olvidar nunca aquella mi primera aventura tan amorosa, como inocente, de París!


FRANCH:

Oiremos la próxima semana, en esta serie de emisiones que patrocina la marca Hispano-Olivetti, como dijo ya resueltamente Don Ernesto Vilches: "Yo quiero ser cómico".

SONIDO:

MAQUINA CALCULAR LIGA CON MAQUINA DE ESCRIBIR Y FUERA

SÉPTIMA EMISION PAG. 1

Y seguía en Paris, sintiendo ansiedad de ver mundo... viajar... de conocerlo todo.... Pero sin dinero ¿como podía conseguirlo? Y el caso era que me quedaban muy pocos francos... y.... no tuve más remedio.... mi locura tenía que tener un fin... Puse a mi padre un telegrama pidiéndole perdón por mi calaverada, por supuesto, pidiéndole también dinero para regresar y esperé.
No pasaron 48 horas cuando por la mañana se presentó un policía de la secreta a despertarme. Me condujo a la Prefectura, y me introdujeron, nada menos que en el mismo despacho del Prefecto Mr. Lapin.
Mr. Lapin, que más tarde ocupó uno de los más grandes puestos de la República Francesa.
Un hombre como de unos 40 años, pequeño, enjuto y con bigote y mosca negros, muy agradable y simpático.
Con suma amabilidad y en un francés parisino y muy claro me mandó sentar y por fin... ¡le comprendí todo! Fué grande la simpatía que le inspiré también a aquel hombre…
A las claras comprendí que mi padre había, sin duda, acudido a nuestro pariente el diplomático, y que éste por medio de su Ministerio, había hecho los trámites de mi regreso... pero yo entonces, manifesté a Mr. Lapin que ya no podía esperar porque se me había acabado el dinero.
Este señor dió orden al detective (que no se podía separar de mí), que sufragara los gastos de cuanto necesitara…
Entonces, "fué la mía”. Lo primero que hice fué pagarme mi semana de hotel. Me compré un traje hecho, pues el que llevaba ya estaba deshecho. Recorrí con él los teatros más caros; me compré una máquina fotográfica... Recorrimos en coche todo París que él mismo me enseñaba tomando vistas de todas partes... Comíamos en los mejores restaurantes, pues yo no sabía aún quien iría a pagarlo todo! Y a los tres días me entregaron un billete de primera con cama y me pusieron en la estación.
En la frontera de España, fuí divinamente recibido por la Guardia Civil y cambiado de clase llegué en tercera a Madrid... temblando como un perrillo que ha hecho una picardía y teme la represalia de su amo...
En la estación del Norte me entregaron a mi padre y a mi pariente, el diplomático que me estaban esperando… y.... no quiero recordar la escena.
Al verme bien trajeado, con mi cámara fotográfica colgando de mi hombro, etc.. le conté todo y pusieron el grito en el cielo comprendiendo lo que había pasado.
Sin duda el telegrama cifrado de diplomático origen, me tomaron por el hijo de algún prócer que había cometido alguna diablura y cortésmente habían adelantado el dinero, que más tarde efectivamente, tuvo que pagar mi padre... ¡como pudo!
Una vez que hube regresado de Paris, arrepentido de mi ligereza o calaverada a mi padre le prometí enmienda y que seguiría mis estudios, y efectivamente; en vez de ir a la Universidad a dar mi clases, me colaba en el teatro de la Comedia durante los ensayos para ver como enseñaba y dirigía aquél gran actor en aquella época llamado D. Emilio Mario.
El primer actor de la compañía era D. Emilio Tullier.
Me enteré dónde vivía, y un día me presenté en su casa ¡muy decidido!
Era la hora de almorzar y su amabilidad hizo que me levantara y me recibiera con servilleta en mano interrumpiendo su comida.
Mi emoción era inmensa pues por entonces era la más alta personalidad de la escena española, guapo, simpático. ¡Era el hombre de moda!
Vd. dirá joven.
Me disculpé por haberlo molestado a aquella hora tan inoportuna, y.... en suma le dije parodiando la frase célebre de "El novio de Doña Inés"... que era tartamudo.
¡Yo qui... quie... quiero ser co... cómico! ¡Esto es todo! Y por eso he venido a molestarle, para que Vd. me admita de meritorio en su teatro y me diga de una vez si sirvo, para volver a no pensar más en ello.
Me miró sonriente y con simpatía por un momento y me dijo rotundamente y sin preámbulos por la prisa que sin duda tenía por terminar el almuerzo:
Le comprendo joven, veo que tiene Vd. afición y decisión, pero aún comprendiéndole debo advertirle que su procedimiento le va a resultar inútil, ineficaz. Tenemos muchos meritorios. Los más de ellos son recomendados por altas personalidades y a pesar de todo se pudren esperando ocasiones que rara vez les llegan. ¡Perdería su tiempo!
¿Y que puedo hacer D. Emilio, para convencerme si sirvo para el teatro ó no?, le pregunté.
¡Veo que tiene verdadera afición!...
Inmensa, le repliqué
Pues entonces, me dijo, créame, observe la vida, lea los clásicos, las obras modernas, y en cuanto pueda, métase de una vez a luchar, ir como sea a los pueblos... hágalo todo, cuando se presente y esos mismos públicos, por modestos que sean le encauzarán y le dirán sin mentir, si verdaderamente sirve Vd. ó no, para ello y a que clase de trabajo debe Vd. dedicarse, si a lo dramático o a lo cómico, ó si sirve Vd. para ambas cosas y una vez convencido de que Vd. hace efecto y gusta, preséntese como sea y de una vez en su clase de trabajo preferido... y sus condiciones, su estudio y su suerte decidirán su porvenir... y tendiéndome la mano me despidió cortésmente.
Y bajó las escaleras lleno de ilusiones y con el ánimo decidido de seguir el consejo de tan gran actor:
Quien me iba a decir que pasados los años ¡que vida ésta!... me rogara que le contratara y lo llevara a Buenos Aires, y así lo hice con todos los honores que merecía como primera figura, de gran prestigio para estrenar el teatro Sarmiento, pero ya hablaremos de ello cuando llegue la ocasión.
Ahora… sigamos mis pasos en mi arte...
Al poco tiempo de recibir este consejo, era en noviembre, otra vez llegó “D. Juan Tenorio". Me enteré que un tal Bódalo, peluquero de teatros, (por cierto, el abuelo del prestigioso actor que hoy admiramos, hijo de la encantadora Zufoli) estaba formando un "bullulú" para hacer el clásico e irremediable "Tenorio" por los pueblos, y me presentó a él. Me admitió y con estas condiciones: hacer (¡Oh delicia!), el papel de D. Juan, sueldo ¡tres pesetas!, pero por su cuenta traje, crepé para hacerme la barba, viaje en tercera y... ESPADA!
¡Hacer nada menos que el D. Juan y con espada! ¡E1 colmo de la dicha!
¡Mi alegría fué indescriptible!
Alcorcón, Torrelodones, Leganés, Móstoles... etc.
Aquél peluquero era mi hada. Con el crepé negro que me proporcionó y mastic para pegarlo, me puse una barba y un bigote que... no quiero recordarlo; en mi cara aniñada resultaba un verdadero "pegote" pero ¡yo fuí feliz!
El primer pueblo a dónde fuí, fué Navalcarnero. No había teatro, Era un solar que utilizaban para frontón. Armaron un tablado, poco más de un metro del suelo, ¡No había camerinos! ¡Que iba a haber!: Así es que como reptiles, nos agachamos y medio tendidos, nos vestíamos y caracterizamos... Las primeras filas eran bancos… Estos eran la "preferencia", lo mas caro. Dos reales, y después el que quería estar sentado se llevaba su silla de su casa…
Había escenas graciosísimas. Después de los bancos todo era entrada general, a real; pero si alguien iba y decía que no tenía más que dos o tres perras, el portero le decía…
–A ver si es verdad... y lo registraba por fuera de la ropa y al ser cierto le dejaba pasar...
Yo tuve un éxito asombroso... ¡Claro era el que más gritaba!... Me aplaudieron... en donde aplauden a todos pero para conseguirlo tenía que hacer lo que todos o sea decir los versos con “latiguillo” para arrancar el aplauso al final. Pero sobre todo, cuando alcancé la verdadera ovación, fué en el segundo acto cuando al tomar en brazos a Doña Inés... robándola del convento, no pude con ella porque era una Doña Inés muy robusta y ya entrada en años, y me caí encima de ella por haber tropezado con la espada... que tampoco podía con ella...
No fué esto lo peor, sino que cómo no me habían dado mallas, entre la trusa y la bota alta había una parte de mis muslos al descubierto y yo para que no notaran que no llevaba malla me los había pintado con betún de las botas... de manera que al caerme encima de su hábito blanco, le dejé a mi gordita Inés unas ráfagas negras, con el disgusto natural de ella y el empresario que no me agradeció la idea de ponerme los muslos pintados...
En el otro pueblo, ya en el acto del rapto le hice sin espada... (Por si las moscas y mi barba la aclaré con canela, para que no resultara tan negra y así me dio más realidad.)
En Alarcón, lo mismo me aplaudieron, vuelta al ruedo y la oreja.
En Leganés, me hice amigo de los oficiales y alumnos del Colegio Militar, que había entonces, y fuí invitado a varias “juergas” y me consideraban no como "cómico de la legua", sino como fanático y decidido aficionado que fuera como fuera quería conseguir su objeto; como esos chiquillos que en cada corrida ya en el último toro se echan a la plaza empujados por su profunda afición sin pensar en la corná. Siempre he creído que para llegar a general había que empezar por ser soldado… y así se lo decía a mi padre cuando me recriminaba diciendo que de no ser una gran cosa, no debía dedicarme al teatro.
En fin: esta capea de la primera parte de mi vida se terminó. No recuerdo como pudo regresar a Madrid, sin una perra, desde luego; pero... lleno de gloria., ¡y con más entusiasmo que nunca!

FRANCH:

De nuevo nos hablará D. Ernesto Vilches la próxima semana con esta serie de programas (que en exclusiva) nos ofrece la marca Hispano Olivetti, contándonos cómo llegó a inventar, crear una viuda para presentarse en el teatro.

OCTAVA EMISION PAG. 1

VILCHES:

Aquella vida exótica, llena de incidencias, de plena bohemia de gitanos, no restaba fuerza a mis decididos ideales; al contrario, me sirvió de acicate para continuar mi propósito… Además, me divertía, me hacía falta para mi temperamento inquieto y nervioso. ¡No me hubiera cambiado por nadie! Pero al hacer "D. Juan Tenorio” no era suficiente, ¡pues yo comprendía que aquello no era de mi cuerda!
El teatro declamatorio no lo sentía... No me gustaba... Los clásicos los leía, me enseñaban, pero no me atrevía a representarlos, tal vez por ser superior a mis fuerzas o porque yo sentía sólo la comedia, o sea, el retrato de la vida real. Yo quería probar todos los géneros y representar caracteres y tipos como los observaba en la vida misma… y por eso quería correrlo todo y meterme en todas partes, conocer todos los ambientes desde los más bajos hasta si hubiera sido posible los de palacios de magnates.
Y quería cerciorarme si mis condiciones podían llegar a otros públicos más exigentes que los pueblos ingenuos que por no conocer otra cosa se conforman fácilmente... y soñaba con presentarme en Madrid. Pero… ¿como iba a lograrlo?... Y acudí a la osadía, protectora de la juventud y ¡llegué a conseguirlo! ¿Como?., inventando ¡UNA VIUDA! ¡Una pobre viuda, o una viuda pobre a la que caritativamente tenía que socorrer!... Y le hice un beneficio... que organicé nada menos que en el teatro de la Comedia de Madrid en una tarde que descansaba aquella notable compañía en la que yo había querido entrar de meritorio.
Con ayuda dos amigos de la sociedad madrileña, me vendieron el teatro y con aficionados como yo y alguna actriz del mismo teatro de la Comedia, entre otras Lolita Bremón, hice mi presentación eligiendo tres obras de caracteres diferentes... Los Monigotes (un jovencito de 17 años), E1 Rey de Lydia (un baturro celoso) y en la tercera Los señoritos, un viejo de 50 años.
El teatro lleno, los aplausos alentadores y la VIUDA satisfecha y contenta por lo que había ganado, fué la base para poder formar mi primera compañía en la que no sólo me erigí primer actor, sino director… ¡Así, de una vez!
¡Y así puse en práctica el sabio consejo de D. Emilio Tullier!
Recuerdo que el gran actor D. Francisco Morano, me felicitó aquél día y al decirle que sólo lo había hecho como una prueba, me dijo: "El que prueba en un escenario, los últimos pares de zapatos de su vida los gasta en las tablas”. Y así ha sido...¡ pues ya poco falta para que se cumpla su profecía!
Aquella piadosa viuda inventada por mí por la que pude hacer mi presentación en el teatro de la Comedia de Madrid, fué el puntal de mi carrera artística. Y alentado por los aplausos de la prensa que se ocupó cariñosamente de mi debut, formé un seleccionado conjunto de aficionados distinguidos: Luis Llano, Pepe Clozaga, Arturo Paniagua, Luz García Senra y... algunos mas que no recuerdo pero que todos ocuparon distinguidos puestos en escena. Presentaba las obras como no se acostumbraba a verlas en los pueblos, en aquella época. Me preocupé de los juegos de luces, muebles, etc. y en Medina del Campo que fué la primera población de importancia donde actuamos, me salió un empresario que nos llevó a capitales ya de segundo orden.
¡En aquella excursión gané 4.000 pesetas! ¡Las primeras que vi juntas en mi vida! Al poco tiempo tuve que deshacer la compañía por haberme contratado Salvat para estrenar “El nido” de los Hermanos Quintero en Barcelona en el Teatro Principal. Tuvimos un rotundo éxito... el papel por mi edad me estaba a la medida... y tanto se habló de mí, que Don Miguel Muñoz, mejorándome el sueldo seis pesetas, me arrancó de Salvat y me llevó con él. Con Muñoz hice un repertorio amplio: me hacía hacer toda clase de papales y yo encantado de ver que eran grandes los pasos que iba dando en mi carrera.
En la compañía de Don Miguel Muñoz estaba encantado pero tenía poco sueldo, y aunque no pensaba que mereciera más, la verdad era que no me alcanzaba para vestir las obras que yo ansiaba presentarme adecuadamente: me veía negro para conseguirlo y apelaba a toda clase de recursos.
Un día, haciendo “El estigma” de Don José Echegaray, que era el autor de aquella época, D. Miguel me había dado el papel de "Vizconde" diplomático elegantísimo, pero ¿cómo se puede ser elegante diplomático sin ropa y cómo se podía comprar ropa con seis pesetas de sueldo?...
Una noche llegó a visitarme a mi camerino, un amigo de muy buena familia. Llevaba un gabán ranglán, que entonces estaban de moda que era… ¡un sueño! ¡Si yo tuviera uno así para hacer el papel!… pensaba... Iba a comenzar la obra... Por una broma hice que se quitara el gabán para probármelo yo; ¡me estaba que ni pintado!.. En esto se oyó la voz del traspunte que gritaba “¡A escena!"... Y, precipitadamente le digo a mi amigo:  ”con permiso, que me llaman!... Le dejé encerrado en mi cuarto y me presenté en escena con su gabán. Al verme con tal elegancia, mi director, con una prenda que ni él mismo podía tener, se le abrieron los ojos y en escena, cuando él no hablaba, me decía entre dientes… "¿De donde has sacado esa preciosidad?… ladrón. ¡Te ha tocado la lotería!" Al terminar el acto le dije: "Si me da Vd. más sueldo me hago uno igual”... ¡Me lo negó!.. Los negocios andan mal... (Para la compañía desde luego), y al día siguiente volví a salir con mi gabán raído... ¡Cosas del teatro en todos los tiempos!... ¡Pero él tuvo su castigo, y yo mi premio! A los pocos días recibí un recado de la gran compañía, la mejor por entonces en su géneros la de Balaguer y Larra ofreciéndome SEIS DUROS... Treinta pesetas... y para América... ¡Treinta pesetas en aquella época!.. Además ir a América, con lo que a mi me gustaba correr mundo… ¡No había más delicia ni mejor suerte!... Acepté.
Al poco tiempo salíamos para la Habana, llevando como primera actriz a la simpática Nives Suárez, hermanos Haro y un conjunto homogéneo y ¡cuidado por la batuta de aquél gran director, D. Juan Balaguer!
Todo el préstamo me lo gasté en ropa y más que me dieron a crédito por tratarse de tales firmas y me puse que... ¡ni un figurín!
A todo esto, mi padre, jurándome que me deslomaba si me hacía cómico... pero yo tenía ya 21 años y no necesitando ya su consentimiento para embarcar, salí de España siendo ya un actor de los llamados de "cuadro" para debutar ¡en el teatro Nacional de la Habana!...
¡Oh!… ¡la Habana!...
¡Con qué ilusión y alegría atravesé el mar!... Ya como una figura de una gran compañía, bien vestido, con buenos papeles, admirables maestros, porqué no decirlo, fuera de las arengas de mi padre que siempre me repetía que sólo debía dedicarse al teatro quien tuviera seguridad de llegar a ser una celebridad pues en arte no cabía término medio.
Además, Habana para mi era una gran ilusión conocerla, pues sentía que todavía era un pedazo de mi España... y no me equivoqué pues noté que a pesar de que ya no era nuestra era más nuestra que antes.
El debut causó una gran sensación ¡Qué entusiasmo! Aquella temporada Balaguer-Larra ha quedado seguramente en el recuerdo y en el corazón de los cubanos de aquella época...
Las amistades, las invitaciones, "las rumbas", las sabrosas frutas, las "mulatitas", aquél calor... Aquélla familiaridad encantadora de los cubanos.
Además allí tenía parientes muy cercanos; una tía mía hermana de mi madre vivía allí casada, con el Conde de Casa Peñalver, pero a pesar de su invitación no quise vivir con ellos... prefería mi vida bohemia adorada sinónimo de libertad...
Desde entonces no recuerdo haberme acostado nunca hasta que apuntara el nuevo día. Cuando alguna vez me han querido encerrar en casa practicaba la frase que en argot teatral llamamos hacer “medio mutis”... es decir, hacía como que entraba y cuando se iban los acompañantes cariñosos volvía a salir. ¡Encerrarme a mi!, ¡vamos!... ¡eso jamás!... Y claro, como a esas horas no estaban abiertos precisamente ni los salones sociales, ni las aulas, ni las iglesias, pues... ya es fácil figurarse dónde podía pasar las noches... Los casinos era lo que más frecuentaba...
La compañía, ya digo fué un exitazo... el género de obras, la manera natural y graciosa de trabajar de mis maestros, en conjunto tan acoplado que llevábamos, todo contribuyó al entusiasmo que despertamos.
Don Juan Balaguer, era el arte sobrio, natural, sencillo, siempre equilibrado, metódico, estudioso: Don Mariano Larra era la gracia burda, descoyuntada pero se compenetraba tanto que los dos estilos eran necesarios y complementarios para aquéllas obras graciosas y frívolas que constituían nuestro repertorio... Me invitaban las familias, me escribían cartas: Un día recibí una incandescente citándome después de la función, a un lugar lejano por el Vedado... casi sin quitarme el colorete, asistí a la cita con el corazón saltándome... ¡Qué conquista me esperaba!.. Pero la de la carta, ya tardaba en llegar... Me parecían horas los minutos... hasta que por fin un coche cerrado, de dos caballos se detuvo ante mí. Me adelanté a abrir cortésmente la portezuela y salieron... ¡cuatro compañeros míos y dos negros con guitarras y grandes carcajadas!... Me costó la broma cuanto había ganado la primera semana... ¡Había que pagar la novatada!
Hacía muy bonitos papales pero sobre todos, tuve un gran éxito en "Militares y Paisanos" y recuerdo que al recibir la primera ovación de mi vida, como todo me lo había enseñado y dirigido mi maestro Balaguer, al salir a escena a agradecer los aplausos me agarré al cuello de D. Juan y lo saqué a la fuerza ¡pues reconocía que aquéllos aplausos le correspondían a él y no a mí!
En aquélla época sentíamos más gratitud y respeto por los maestros. Con esta obra hice mi primer beneficio honorífico, y como es natural sin tanto por ciento... Con todo dolor y a teatro lleno tuvimos que abandonar Habano por finalizar el contrato y nos fuimos para México.

NOVENA EMISION PAG, 1

VILCHES:

"Las vidas que he vivido"
¡MEXICO!.. Qué ilusión me hizo conocer este país tan exótico, tan típico.... y también, tan.... ¡nuestro!... Todo jardines, palacios. Un clima delicioso… unos paseos como nunca había visto y... unas mexicanas que tampoco había visto ni soñado siquiera que fueran tan atractivas, tan exóticas y simpáticas… y con unas maneras de hablar tan graciosa y tan pegajosa que al poco tiempo yo también hablaba con acento mexicano... Sus canciones, sus poetas, el carácter, las costumbres, las comidas… todo me subyugó desde que pisé tierra mexicana!
Debutamos en el precioso y coquetón teatro Renacimiento, que pasados años se ha llamado “Virginia Fábregas” en recuerdo de esta querida actriz mexicana.
El Presidente de la república D. Porfirio Díaz nos hizo el honor de acudir a nuestro debut con su banda tricolor atravesando su pecho debajo de las solapas del frac ante la más selecta sociedad mexicana... ¡Qué público aquél entonces tan señor, tan aristocrático, tan… español!
Hicimos una magnifica temporada y me di a conocer tanto como artista como hombre social. Conseguí buenas amistades; tuve mis amoríos propios de mi edad y de entre ellos, perdí la chaveta por una portorriqueña que me llevaba la cabeza en todos sentidos pues era un palmo más alta que yo hasta el punto de que como se llamaba Juana, la bauticé con el nombre de "Juana la larga" recordando la famosa novela de Varela.
Pero tuve que dejarla por acabar la temporada y regresar de nuevo a la Habana.
Tuvimos un nuevo éxito... hasta que tuvo la compañía que regresar a España. Pero América se había apoderado de mí… Además yo pensé que tendría más porvenir quedándome que regresando a España... y volver a oír la cantinela de mi padre diciéndome: "estudia, deja la farándula”... y me quedé. ¿Como?... ¡no lo sé!.. Con sólo una media docena de centenes por todo capital o sean monedas de cinco duros oro, para toda mi vida… ¡Pero que me importaba! Tenía juventud y sobre todo ilusiones... Y por qué no confesarlo, deseos inmensos de volver a ver a mi "Juanita la larga".
Pero el caso era que como en Habana no había ocasión de trabajar tenía que lograr dinero para poder salir… En el teatro Payret actuaba entonces Esperanza iris, cantante mexicana con mucho talento y mucha gracia y que gustaba mucho, me hice amigo de ella y para lograr dinero para salir de Habana conseguí que me hiciera un beneficio cuyo producto íntegro de una tanda, pues hacía teatro por secciones, fué para mí. Hicimos un diálogo. Aparte de los aplausos recibí de tan simpática actriz un cartucho lleno de dentones. En mi vida había tenido junto tanto dinero y en oro! ¡Oh! Aquéllos tiempos! Pero... (Siempre los peros) Me fuí con el cartucho de oro al Unión Club, y ante una atrayente mesa de bacarrat, que me hizo hacer castillos en el aire saqué para "probar" una reluciente monedita... ¡y se fué! Luego saqué otra... y llevó el mismo camino... Total: ¡para que seguir! Los castillos se vinieron abajo como las monedas desaparecieron y me quedé... contemplando el reflejo verde del tapete con esa mirada estúpida de los que cometen una idiotez semejante... ¡Sin un centavo!
Como todo mi "caudal" perdí, dobla a dobla, una por una como le sucedió a D. Juan Tenorio y yo quería volver a México porque me gustaba el país, y más que el país, Juanita la Larga, me aferré a la idea de ir otra vez a la república vecina con la esperanza de que me contrataría con Virginia Fábregas que en mi primera actuación ya me había hecho proposiciones y para ello no tuve más remedio que recurrir a mi tío Ricardo Armenteros Marqués de Casas de Peñalver para que me sacara del apuro y mi tío me entregó otro paquete de monedas pero estas ya no eran de oro sino de plata y contadito para poder llegar a tierra mexicana... Y para allá me fuí otra vez con la ilusión de volver a ver los ojos negros de la preciosa portorriqueña ¡y seguir trabajando!
Y llegué de nuevo a México e inmediatamente ingresé con Virginia Fábregas.
Allí me hice querido de todos mis compañeros, Solares, Chuchi Preciado, Hermanos Haro, Barragán, actores todos que después han figurado en primera línea mejicana. Las amistades que ya había adquirido antes me presentaron a muchas más y al poco tiempo ya era popular en México, hasta el punto que todos cariñosamente me llamaban Vilchito.
Me hice gran amigo de los célebres Federico Gamboa, Juan de Dios Peza, Lerdo de Tejada, y cuantas personas de mérito artístico había entonces. ¡Oh que México aquél, lleno de artes, romanticismo, alegre bohemia, y encantadoras mujeres!... Todas las bonitas paseaban en sus carretelas abiertas de alquiler por las calles de Plateros, (Hoy se llama Madera) para recibir los piropos de los jóvenes apelotonados en las puertas de las cantinas, antes del almuerzo y luego a la caída de la tarde era un precioso espectáculo ver los coches de lujo llevando a las mujeres más hermosas a pasear por el grandioso y elegante bosque de Chapultepec.
Y con la alegría de los 22 años gozaba de la vida con el corazón lleno de ilusiones, aunque mis bolsillos casi siempre estaban vacíos y gozosos de haber reanudado mis inocentes relaciones con aquélla encantadora modistilla portorriqueña que había dejado con tanto sentimiento, como alegría tuve al volverla a ver.
Juanita, ganaba su vida de modista, vivía con una tía suya a quien mantenía y con lo que ganaba apenas si podían vivir, pero era feliz, adorándome. Como una alhaja lucía un abanico en que le puse “A Juanita, la modista tan bonita como lista” y en cuanto disponíamos de unos pesos por pocos que fueran nos los gastábamos en ir a pasear por los riachuelos tortuosos y floridos de Xochimilco por los pintoresco pueblos que tiene México en sus alrededores y a falta de banquete con champagne éramos felices merendando nuestras picantes enchiladas y sorbiendo nuestras copitas de tequila… Cuando podíamos (Como todavía no se había montado el cine) nos íbamos al circo Orrin dónde daban ópera barata y oyendo la romántica Bohem nos conmovíamos apretábamos nuestras manos unidas y latían juntos nuestros corazones oyendo tan sentida música.
Cada edad tiene sus manifestaciones y en aquélla, reinaba el romanticismo, por algo nos encantaba la "Bohem". Algún sábado conseguí permiso de su tía y solíamos frecuentar algún baile popular. Uno de ellos recuerdo, una muchacha quiso bailar conmigo, a Juanita no le pareció bien; que yo pudiera bailar con otra y cargadita que estaba ya por las copitas que ya teníamos le dio por abofetear a su rival… Yo en medio de las dos procurando separarlas recibía los bofetones de la una y de la otra, y salí con la cara llena de arañazos pero orgulloso y feliz de sentirme héroe de los velos. Por fin llegué a calmarlas y las invité a las dos para ir a cenar, salimos del baile y en la plazoleta, había una estatua cuyo pedestal sostenía a un héroe no recuerdo cual y yo, "alegrito" como estaba me paré ante ella y parodiando al tenorio le dije: "Tu eres, el más ofendido, mas si quieres te convido a "pulque" conquistador", pero el caso fué que me oyeron un par de tocolotes (como llamaban entonces a los gendarmes) y ante aquél desacato a la Patria nos llevaron a la comisaría, yo fuí tan contento en plan de guasa pues creía que tan pueril asunto no podría traerme consecuencias, pero… tropezamos con un Juez de guardia sumamente implacable y altamente patriótico que gritó al momento: Por irrespetuoso desacato a la Patria lléveme a esta "guechuguin" y enciérrenmelo en Belén. Así se llamaba la cárcel y a ella me llevaron, separándome de mis dos compañeritas celosas. Durante el camino me enteré, que tres días, según la Ley, con o sin motivo tendría que estar en Belén, y allí fuí hasta contento pues iba a conocer una cárcel y pensé, estudiaré tipos.
Me encerraron en una obscura bartolina o sea un calabozo verdaderamente inmundo y así pasé la noche en compañía de un chino y tres peladitos borrachos, de pulque que, en la oscuridad completa que reinaba acercaban sus cigarrillos a mi cara para poder verme.
Pero el caso fué que ya era domingo y yo tenía que trabajar por la tarde y por la noche y ¿como avisaba yo lo que me había ocurrido para que fuesen a sacarme?
En un momento en que me abrieron la puerta para darnos de comer un poco de “atole” o sea una especie de insípido engrudo, le di el poco dinero que me quedaba al carcelero y le rogué que enviara un recado al teatro Renacimiento diciendo lo que me había pasado, el carcelero tomó el dinero y furibundo me dijo: "nimodo" es que se figura que aquí va a tener sirvientes y ahora va a ver lo que le pasa por soborno y continué encerrado sin el dinero pensando lo que aquélla inocente juerguecita me iba a costar.

DÉCIMA EMISION PAG. 1

A las 24 horas me llamaron.
Creía que era para dejarme en libertad, pero el asunto se empeoró, fué para cambiarme y enviarme a una celda de un piso alto donde había – menos mal — un diminuto ventano por el que entraba un imperceptible rayo de luz.
Por él pude descubrir que no estaba solo... Me alegre como era natural, pero poco duró mi alegría, pues supe que mi compañero estaba en "capilla" y me dijo que al día siguiente le sacaban de allí para llevarlo a Veracruz, pero que tenía la seguridad que en la carretera le iban a dar dos tiros aplicándole lo que llamaban entonces la "Ley fuga".
Sin duda era un preso político. Me hizo llorando encargos para su madre... en fin que me hizo sentir lo mismo que si yo hubiera estado también en "capilla"... Una sensación más que llevaba en mi intensa afición por el teatro... aunque bien triste.
Pasaron los tres días y me dejaron en libertad y salí con el corazón oprimido al dejar aquél pobre compañero de celda... Y que alegría tan grande experimenté al verle de nuevo un día y abrazarle sabiendo que le habían indultado.
Aquel contratiempo que había tenido de llevarme a Belén aunque por causa inocente había enfriado mis relaciones con Virginia Fábregas y su marido. Total: que me aproveché de una formación para los Estados de México y me contraté en un primer puesto con una actriz que por llamarse "algo" se hacía llamar la “María Guerrero Mexicana”, y... forzosamente tuve que dejar en México a Juanita mientras yo recorría poblaciones y pueblos. Todos de exuberante vegetación y todos también parecidos a los de nuestra España...
En Durango, la tierra que tiene fama por los muchos alacranes que se crían, estábamos trabajando cuando recibo un día un telegrama contratándome para Guatemala... formación subvencionada por el estado guatemalteco para temporada oficial.
Pedí una gran cantidad para que no me la dieran con el objeto de no alejarme de mi Juanita, Pero aceptaron mis condiciones y partí para Guatemala siendo los primeros actores de aquélla compañía Victoria Sala y Mariano Gale, una pareja ya madura pero de nombre por entonces, en aquellos lugares.
El afán de recorrer nuevas tierras de divisar nuevos horizontes, en mi era el mayor atractivo.
¿Como seria Guatemala?... Y para allá me fuí y dejé a México; y en él a mi linda modistilla...
Más adelante contaré el epilogo de estos tiernos amores…
Debutamos en su hermoso teatro Colón.
¡Bueno!.. Aquella tierra me encantó también. En seguida me hice amigo de Guatemala entera, pero Guatemala distinguida y mucho más cuanto que ni la primera actriz ni el primer actor gustaron ni poco ni mucho, hasta el punto que la damita joven Maria Herrero y yo nos hicimos los amos. No querían más que vernos trabajar juntos y acabaron por decir al empresario que no le daban la subvención si no elegía obras que fueran de la damita y mías.
Pero el éxito de la pobre María fué su desgracia.
De ella se enamoró ardientemente un muchacho rico de la gran sociedad mejicana y el epílogo de sus amores fué trágico. Un día por celos la mató y después él se quiso matar, se hirió gravemente hasta que por fin murió también.
Durante mi actuación en el teatro notaba que desde un palco una morena de ojos extraordinariamente hermosos me miraba con verdadera simpatía. Me sonreía con placer y celebraba con sus familiares mis menores detalle a de escena. Un día recibí de ella una postal en blanco pidiéndome que se la firmara.
Entonces estaba de moda de tal manera que el gran humorista Vital Aza decía: "El mayor mal de los males es esta monomanía de las tarjetas postales". Yo se la firmé y puse:
"Señorita no me mire con esos ojos tan hermosos cuando estoy trabajando porque me hace equivocar y van a acabar por echarme de la compañía.”
Guatemala estaba en plenas fiestas y nuestra aparición coincidía con magnificas corridas de toros. El mataor de aquella temporada era nada menos que D. Luis Mazantini el famoso torero diplomático que llegó a ser hasta concejal de Madrid.
Nos hicimos muy buenos amigos.
D. Luis era un hombre de carrera, corpulento, sumamente atractivo, simpatiquísimo, elegante y además un verdadero "causer" hablaba diferentes Idiomas.
Caso único entre la tauromaquia en aquellos tiempos en que los toreros vestían de corto y se dejaban la coleta.
D. Luis nunca la llevó... De noche se ponía su impecable smoking para acudir a las continuas invitaciones de las más distinguidas casas. Era un gran señor, un gran torero y un gran amigo de los amigos.
Una mañana nos hallábamos él y yo con otros amigos en la puerta de una cantina (ahora se llaman bar), de moda a la hora en que sabíamos que las más lindas muchachas habían de pasar por ella cuando veo venir con una amiguita a mi abonada, la de la tarjeta, Me dio un vuelco el corazón.
Rompí filas entre mis amigos y la extendí en el suelo mi capa española (prenda entonces de moda que yo nunca abandonaba), para que ella pasara por encima al mismo tiempo que la dirigí un piropo gracioso al par que respetuoso. Ella me lo agradeció con una mirada y una sonrisa.
D. Luis, sombrero en mano, se la acercó y la saludó en inglés.
Al desaparecer le preguntÉ con ansiedad. – ¿La conoce Vd.? ¿Quién Es? ¿Cómo se llama?
D. Luis me dijo que era una muchacha hija de un norteamericano y de una distinguidísima señora guatemalteca de la familia Matheu sobrina del Ministro de Hacienda Sr. Aguirre; que se llamaba Josíe Valentine, y que por su carácter simpático y talento era la que dirigía la peña femenina de lo más selecto de la sociedad, pero añadió que no me hiciera ilusiones, pues por la noche daban una reunión a la que él había sido invitado en casa del Ministro mejicano Sr. Godoy, para presentarla oficialmente como novia de su hijo Alberto que había pedido su mano.
Le rogué que me presentara y amablemente accedió y quedamos citados para ir juntos.
Por la noche después de la función, D. Luis me llevó a la casa del novio dónde conocí a la novia.
Aquélla presentación varió el curso de toda mi vida.
En la alegre fiesta que dio el Ministro mejicano Sr. Godoy para presentar a Josie Valentine y a su hijo Alberto ya como novios oficialmente conocí por fin aquélla encantadora muchacha de la tarjeta postal.
Hablamos, nos reímos, recibí sus felicitaciones y bailamos todo lo que pudimos.
Yo con mi carácter bullanguero y festivo, pues jamás tomaba nada en serió, la dije que si no podría aplazar el casamiento y qué se yo las bromas y atrevimientos y simpáticos descaros que tuve con ella... ¡Bueno!; el caso fué que no había pasado ni ocho días que yo tenía una conversación con su prometido en la que le dije que no se hiciera ilusiones que su novia era para mi y no para él y que lo más práctico sería que ella eligiera el uno o al otro.
Como era una boda que más bien habían arreglado las familias, que no ellos, al muchacho le costó poco trabajo dejarme el campo libre y desde aquél momento yo ya pasé a ser el novio oficial de la casa. A todo esto ya había pasado la temporada de teatro y de toros y de festejos.
D. Luis Mazantini, había recibido un cable que su mujer había muerto y en aquélla corrida que fué la última, por el dolor de la muerte de su compañera se cortó la coleta y se dispuso a regresar a España. Yo también, como todos, tenía que abandonar Guatemala, allí no había ambiente teatral ninguno para pensar en quedarme.
Mi despedida de Josíe fué terrible, pero yo apenas tenía dinero para pensar en quedarme y tras una romántica despedida llena de lágrimas y juramentos decidí separarnos hasta que las circunstancias me permitieran volver por ella.
Al día siguiente al ir a la estación que me había de conducir a San José, puerto de Guatemala en que tenía que embarcarme me salió al encuentro un compañero mejicano, un tal Avedaño. Me pidió dinero pues iba juntando para poder pagar su pasaje, yo le iba diciendo que no lo tenía y era verdad, pero en esto pasamos por las rejas de la casa de mi novia, y me paré a contemplarlas y le dije muy decidido: "No te doy dinero porque no lo tengo, pero aquí tienes mi pasaje que yo me quedo aquí", asombrado ante mi decisión lo tomó nos separamos y regresé al Hotel España donde vivía y di orden de que no me llamaran hasta las dos porque a las cuatro empezaba una corrida de toros de novilleros en función benéfica en la que yo sabia que Josíe con otras muchachas la presidía.
Me levanté, me puse lo más "torero", con mi sombrero de ala ancha y me fuí a los toros... Allí estaba Josíe luciendo sus hermosos ojos y su negro cabello orleado por una mantilla de blonda negra.
Me fuí a colocar debajo del palco presidencial dónde estaba Josíe... Cuando me vio abrió los ojos espantada y de poco le da algo... "¿Porque te has quedado?... "¡Para casarme contigo pues no pienso apartarme de ti en toda la vida.!.
La madre de Josie, una señora buena a más no poder y que creo que me quería tanto como a su hija, se alegró mucho y ya, naturalmente, desde aquél momento fuí como de la familia... La cosa se había hecho formal... Pero ¿cómo nos íbamos a casar si yo no disponía de dinero ni podía aspirar a trabajo en mi género?
Pero como todo lo puede el amor o la “pata de cabra” como se decía entonces y como, "más hace el que quiere que el que puede”, como se dice siempre; pues no hay refrán que no sea verdadero, lleno de todo optimismo, organicé una función: me repartieron de antemano todas las localidades, me llenaron el teatro, y con mi producto logré la mayor felicidad de mi vida. La de casarme con Josíe Valentine, la más simpática de toda Guatemala.

FRANCH:

Nos despedimos de Vds. hasta la próxima semana, en su serie de programas ofrecidos por la marca Hispano–Olivetti.

SONIDO:

MAQUINA CALCULAR LIGA CON MAQUINA DE ESCRIBIR Y FUERA.

ONCE EMISION PAG. 1


VILCHES:

Toda Guatemala nos demostró su simpatía el día de nuestra boda. Berta Gálvez Portocarrero, amiga intima de Josíe y una de las mujeres más hermosas de la población, fué nuestra madrina y nuestro padrino un español llamado Iurrita, inmensamente rico... que como regalo de boda nos envió... una botella de coñac. ¡Vaya regalo! ¿Pero qué mejor regalo que mi novia?
La iglesia dónde nos casamos la adornaron llena de flores las amistades de mi mujer y con órgano y cánticos de las muchachas de más viso de la sociedad y ante todo el pueblo que llenaba la iglesia, hasta la calle, nos unimos para siempre.
Pero a los pocos días, una vez hecho ya realidad nuestro sueño, desperté y tuve que pensar ya seriamente en nuestro porvenir. ¿Que hacer? Donde trabajar? Dónde ir... ¿y como? ¿Con qué?...
Como último recurso, mejor dicho, como único, me presentó al Director de una compañía de género chico que trabajaba en un teatro de segundo orden. Un tal Ceferino Barrajón. Le hablé francamente de la necesidad que tenía de trabajar y salir con mi mujer de Guatemala y muy amablemente me ofreció un puesto en su compañía para empezar a los pocos días en San Salvador... Y así fué... La compañía era de género chico, como llamaban entonces a las zarzuelas en un acto.
Lleno de dicha e ilusiones a los ocho días tomábamos el tren que nos dejó aquélla noche en San Salvador.
Eran fiestas. Al día siguiente teníamos que debutar y mientras todos buscaron alojamiento, nosotros nos sentamos a charlar en un banco de la iluminada plaza, hasta que al apagar las luces nos dimos cuenta de que era tarde y nos acordamos que no teníamos dónde meternos. Hoteles, pensiones... ¡todo lleno!
Cada uno con su maletita nos dirigimos a un guardia preguntándole dónde podríamos guarecernos, y nos señaló una calle... “Sigan por ella y al final dan la vuelta y verán una bombilla encarnada. Allí pueden pasar la noche”... Así lo hicimos; encontramos la susodicha casa, llamamos y nos recibió una vieja que nos dijo: “Admitimos sólo hombres”. Mujeres no hacen falta.
Ante la equivocación, nos fuimos avergonzados y... seguimos caminando. La primera noche de nuestro viaje de novios y sin tener dónde meternos. Por fin vimos una especie de taberna iluminada y entramos por el portal de al lado, al menos, con la esperanza de que nos pudieran guardar las maletas hasta que llegara el día. Le explicamos al dueño lo que nos pasaba y apiadado el buen hombre nos ofreció lo único que tenía. En la misma cantina en donde bebían y jugaban a los dados, había una especie de catre separado por una pared, –llamémosla así– hecha de tela de saco sobre un bastidor de madera y, qué remedio, allí nos cobijamos sin poder encender la luz para que no nos vieran y vestidos nos acurrucamos en aquél lecho muy calladitos para no ser vistos ni oídos; en cambio nosotros oíamos y veíamos todo lo que pasaba en la taberna, cuyos personajes no eran por cierto de lo más distinguido de la población, ni el lenguaje que hablaban de lo más florido de nuestro idioma.
Allí con el alma en un hilo pasamos unas cuantas horas y a la mañana siguiente salimos para buscar ya más tranquilos alojamiento menos “folklórico”.
Por fin encontramos una casa de unos irlandeses que nos admitieron. Por la noche debutamos con “los chicos de la escuela” dónde yo hacía el papel de viejo maestro. Después hice varios papelea diferentes del género chico...
A los diez o doce días salimos para San Miguel... ¡Un viaje delicioso!... Sólo duró... 15 días a caballo, por caminos casi improvisados en medio de una lujuriosa vegetación. Cuando llegábamos a alguna aldea de bejucos y adobes, parábamos para pasar las noches y en algunas gozábamos de tantos mosquitos de tal naturaleza que encendíamos hoguera y preferíamos descansar protegidos por el humo que casi nos asfixiaba antes de ser devorados por aquéllos zancudos que hasta atravesaban nuestras botas de montar como si fueran agujas de inyecciones.
A mi me atacó un paludismo y llegué a San Miguel medio muerto. Pero pronto me repuse y pude trabajar.
El pueblo era de lo más exótico y primitivo. Los domingos durante el paseo de la plaza amenizado por una charanga militar concurrían los mozos y las mozas; bajaban de los árboles diversidad de pájaros de todas clases y tamaños y a la par que paseaba la gente del pueblo, paseaban también infinidad de iguanas, (una especie de pequeños cocodrilos sin duda inofensivos...)
Yo encantado, pues aquello sí que me sabía a América tal como yo la había leído de Julio Verne... El local donde trabajábamos no era teatro pues no lo había en el pueblo. Era un barracón en que unos turcos habían hecho un tablado que le llamaban escenario y para el público unos tablones que los llamaban “butacas”. Salíamos a trabajar apenas hablábamos aullaban, pateaban y escandalizaban desaforadamente... pero el barracón se llenaba ¡y Barrajón también!...
Pasado lo exótico del primer momento me detuve a pensar que aquélla vida no era para mí ni para mi categoría ni mis anhelos: me avergoncé de tener que ofrecer a mi mujer aquél triste espectáculo en los días ideales de nuestra luna de miel: como curiosidad podría pasar, pero ¿esa era la vida que yo podía seguir ofreciéndola? ¿Para eso la había arrancado de su cómodo hogar, de su sociedad, de su plácida tierra?... Pero ella decidida y contenta me animaba, siempre comprensiva y cariñosa. "Yo sé quien eres y cómo eres: no te importe, ya saldremos de este barracón y volaremos; tu tienes espíritu de artista y el artista debe conocerlo todo; lo bueno y lo malo... Ya verás como llegas a cuánto te propongas. ¡Ten Fé!
Constantemente me ayudaba en todo: Me estudiaba los papeles, me aconsejaba que tuviera paciencia, que comprendiera que aquél pueblo apenas tenias vías de comunicación y era natural que sólo les divirtieran las payasadas... A ti no te importe: trabaja como si fuera un teatro de primera categoría de una gran población, ¡hazte cuenta que yo soy todo tu público!
A los seis meses de estar embutidos por aquéllos pueblos (*** está borrada toda una línea) mujer hiciera conmigo "El chiquillo" de los hermanos Quintero, pues le iba bien el tipo andaluz y además también estaba en carácter pues ya hablábamos si sería niño o niña... El caso fué que mi mujer y yo tuvimos un gran éxito en el gracioso diálogo, pero por muy poco tiempo porque las "circunstancias" le prohibieron continuar.
En uno de estos pueblos que estábamos recorriendo una noche se me presentó un señor; obeso, medio calvo vestido algo llamativamente y me dijo con cierto misterio; "Vd. no es artista para esta compañía. Le he visto varias veces y Vd. merece algo mucho mejor. Luego sonriente siguió: Yo soy actor, he sido galán de D. Antonio Vico, me llamo Francisco Ortega Quintana, mi mujer, mi primera actriz, es Da. Dolores Ricart y mi hijo Paquito el galán joven.
– Fuimos abandonados por una empresa que nos trajo aquí a América y ahora nos vamos defendiendo por estos lugares haciendo comedietas cortas, diálogos, monólogos, conferencias, pero si Vd. quisiera podían Vds. dos unirse a nosotros y formaríamos una magnifica compañía si fuera necesario.
Hablamos de condiciones, presupuestos, proyectos y aunque mi mujer no podía trabajar, convinimos de hacer la unión artística los Ortega y yo.
Pero no tenían dinero para los viajes y de regreso a una población importante, mi mujer y yo nos desprendimos de algunas joyas que ella tenía y algunas que a mi me habían regalado en la boda y por ellas un banco nos proporcionó algún dinero.
Como la compañía en que yo estaba me debía ya un mes de sueldo porque no iba bien la tourné puse como pretexto para despedirme el querer aliviarles el presupuesto y Barrajón aún sintiéndolo aceptó y me separé de él y del género chico y tomando trenes y caballos llegamos a Santa Ana la segunda población de la república salvadoreña.
Allí la municipalidad nos cedió gratuitamente el teatro. Un teatro magnifico en el que no sólo nos proporcionaron de todo, sino que disponía de cómodo alojamiento que también nos concedieron para vivir durante mi actuación.
Contratamos algunos “aficionados” y entre ellos a una actriz de bastantes condiciones a quién le teníamos que enseñar los papeles a viva voz porque no sabía leer, pero en cambio era preciosa.
Con los decorados que el teatro tenía y algunos que procuramos pintar como podíamos comenzamos a trabajar.
El "Gran Galeoto" de Echegaray, fué la primera obra que hicimos. Yo hacía la parte de Pepito. Todos tuvimos un gran éxito. Al poco tiempo pudimos ganar algún dinerillo pero a pesar de nuestro éxito, tuvimos que abandonar la población pues habían cedido el teatro a una compañía de Opera.
Pero mi mujer, por aquéllos días por razones que "saltaban a la vista" no podía moverse y me permitieron que siguiéramos viviendo en el teatro y a los pocos días oyendo Pagliachi durante el segundo acto, nació mi primera hija. La madre de mi nieta Chiny, a quien como dije al principio, por complacerla, he recopilado toda mi vida para contársela... (Aunque por la gentileza de Hispano Olivetti, pueden conocerla también España entera).
A mi primogénita le pusimos de nombre Paz en recuerdo de mi hermana que fué la mayor y que murió cuando tenía yo muy pocos años.
El padrino de Pacecita fué mi socio y compañero entonces, – Ortega de Quintana y la madrina Da. Concha Matheu, la madre de Josíe.
Más... armoniosamente, no pudo nacer mi primera hija... ¡a los acordes da una ópera nada menos!

DOCE EMISION PAG. 1


VILCHES:

Ya una vez mi mujer restablecida y mi hija Paz bautizada nos largamos otra vez llenos de alegría a continuar la Farándula y regresamos a Guatemala, pera debutar en Quezaltenango; el viaje era de lo más hermoso y accidentado, lo hicimos en mulas bordeando montañas desde dónde contemplamos los profundos abismos. Llegamos toda la caravana y debutamos en un magnifico teatro vetusto edificio de estilo colonial.
El éxito nos siguió acompañando, Ortega de Quintana insistía en que mi mujer trabajara en escena, pero estábamos en Guatemala y esto nos lo impedía por razones sociales, pues en aquél tiempo no estaban muy bien vistos los comediantes hasta el punto de que muchas veces en algún pueblo cuando chillaba un chiquillo le decía su madre para asustarle "cómico ven aquí y cómete a este niño". Sin embargo Josie tenía muchos conocimientos sociales y esta popularidad sobre todo en poblaciones pequeñas en que todo el mundo se conoce hizo que fuera todo lo mejor y que hiciéramos una gran temporada en Quezaltenango.
Pero no todo en el mundo va por camino de rosas y también sufrimos sobresaltos que de vez en cuando proporciona la portentosa América.
Recuerdo de uno verdaderamente inolvidable.
Una noche estábamos representando la obra de Reparáz "Tortosa y Soler". Graciosísima, y en medio de las carcajadas del público sentimos un ruido atronador, las lámparas se movían de un lado a otro, los muebles se resbalaban por la escena, era un terrible temblor de tierra. E1 público empezó con gritos a vaciar sus localidades, D. Paco que hacía un papel de catalán, como lo era en efecto, empezó a decir en catalán palabras – que menos mal– muy poco se entendían.... yo me olvidé del carácter del gracioso doctor que estaba representando y en menos que lo cuento salí de la escena llamando a gritos a mi mujer que estaba en mi camerino dando el biberón a mi hija Paz.
De repente me acordé, que los naturales del país me habían dicho que lo mejor en estos casos era guarecerse en el quicio de una puerta, sobre todo, si ésta está situada entre naturales paredes, en mi cuarto del teatro había una ventana en iguales condiciones; cogí a mi hija en brazos, empujé a mi mujer hacía el quicio de la ventana procurando tranquilizarla ya que no podía hacer otro tanto conmigo mismo, porque el pavor, la verdad, era morrocotudo. Pero como los grandes accidentes no tienen término medio, a los pocos momentos cesó el temblor, el estruendoso ruido subterráneo y los terribles gritos de la gente se fueron apagando y nosotros corrimos a toda prisa hacia el hotel llevado del brazo de mi mujer y yo caracterizado del calvo doctor y con mi Pacecita en los brazos gozando de las delicias de su biberón. Llegamos, en el hotel no había más que vidrios rotos y cachivaches por el suelo. Subimos a la habitación y lo encontramos todo al revés. El armario en el suelo; La mesa y la cama en sitios diferentes como si hubiera corrido una gran Juerga. Procuramos tranquilizarnos y ante el temor de una nueva sacudida nos acostamos vestidos, yo ni me acordé de quitarme el caracterizado... y allí estuvimos un gran rato mi mujer y yo dando las gracias a Dios por haber salvado nuestra vida.
Ya decidíamos procurar dormir cuando a los pocos momentos llamaron apresuradamente a nuestra puerta; otra vez nos alarmamos como era de suponer en aquél estado de nervios, y ¿que era? que el público conocedor de estas rumbitas que bailaba la tierra, una vez pasado el susto, reclamaba que se hiciera el último acto que faltaba para terminar la función.
¡Asombroso, Incomprensible!... Pero no tuve más remedio que volver al teatro ante el temor del enojo del público. Es de suponer qué ganas tendría yo de hacerles reír... Al llegar al teatro pude observar con el asombro consiguiente que casi toda la fachada principal y parte del vestíbulo se habían derruido... Sin embargo dentro estaba el público tranquilo, como si nada hubiera pasado, en sus asientos esperando conocer el final de la representación, algunos habían ido a su casa y comprendiendo que el peligro había pasado habían vuelto pero el que no volvió del susto fuí yo... Bueno, esto afortunadamente por no haber tenido consecuencias no fué más que un accidente natural y corriente en aquél país volcánico.
Pero así como la tierra tiene sus expansiones y sus desahogos también los hombres sin duda tenemos caprichos y veleidades que al pasar a mayores sin poder contener a tiempo producen fatales consecuencias y voy a contar algo que fué sin duda el principio de la mayor necedad que hice en toda mi vida.
La sociedad que me abrió sus puertas me las abrió también en el círculo más distinguido y como aquélla vez que ya conté en la Habana quise probar la suerte, aquí reincidí.
Mi mujer al principio me advertía…que no hiciera el tonto... que me entretuviera si es que no me distraía lo suficiente en casa, pero que no pasara a mayores para evitar las consecuencias que podrían sobrevenir y recuerdo un detalle emocionante que pinta el temple de aquella mujer.
Como en la población no había imprenta que pudiera hacer cartelones murales para anunciar en las esquinas las funciones, yo los hacía a mano. Josie me ayudaba; una noche le dije: – “Sigue tú hasta que yo vuelva; voy a dar una vuelta, estoy cansado...” Me metí en el casino y después de haber perdido una seria cantidad, regresé a casa ya cuando había salido el sol... Y allí me encontré a mi mujer que me recibió sonriente y ante un inmenso montón de cartelones ya pintados me preguntó: ¿Habrá ya bastantes?... y después de mirarme un instante con sus ojos llenos de lágrimas me dio un abrazo fuerte, muy fuerte... y un beso.
Esta lección me apenó; más bien me avergonzó: y aquel mismo día hablé con mi socio y le dije: "D. Paco quisiera pedirle un favor. No quiero tener dinero en casa, usted todas las noches, de las entradas me guarda la parte que me corresponda. Sólo da usted a mi mujer lo que le pida para nuestros gastos y al final de la temporada hacemos liquidación”, quedamos en ello y así seguimos.
Al faltar ya poco para terminar según costumbre llegaron las noches de los beneficios.
D. Paco lo hizo con "Tierra Baja" de Coimera, Tuvo una regular entrada y yo lo hice con "La tía de Carlos", la célebre obra bufa inglesa y como les gustaba más reír que llorar, sin duda por esto, tuve un lleno hasta reventar como solemos decir, tanto, que a los dos días hicimos la despedida y tuvimos que repetirla en la seguridad de que tendríamos el lleno asegurado, como así sucedió…
¡Qué condición ésta la del teatro, en que la vanidad y la envidia hace romper toda unión, deshacer todo negocio...
Este éxito mío no le cayó muy bien a Don Paco sin duda alguna, como se verá por lo que voy a contar...
Como nos íbamos al día siguiente de la población, fuí a su casa para liquidar y que me diera mi parte que yo le dije que me guardara.
A pesar de que no hacía gran frió me recibieron los tres: el padre, la madre y el hijo con la chimenea de leña encendida. Al llegar yo y decirles que iba por la liquidación, cerraron las puertas; la Sra. Dolores Richart de Ortega en bata, con el pelo pintado de rubio oxigenado me miraba con odio endemoniado. Tomó el libro mayor y sin soltarlo de las manos me lo enseñó de manera amenazadora. El padre por un lado y el hijo por otro me sujetaron por los brazos al mismo tiempo que ella vociferando furiosamente iba rompiendo las hojas del libro y echándolas a las llamas con rabia incontenida, gritaba: "Si tienes gloria y aplausos para que quieres el dinero"... y él con tono irónico – “la noche que dijiste que te guardara el dinero ¿recuerdas si había luna?...”
¿Por qué me dice usted eso D. Paco?
Porque la luna no declara y no existen más documentos que esos que ves arder... Y el hijo en el mismo tono y con burla: Reclame ese dinero a esa alta sociedad que por sus malas artes ha hecho usted que no vayan al beneficio de mi padre y llenen el suyo.
Y todo esto en un lenguaje salpicado con palabras en catalán de las mas soeces que había oído en mi vida; yo callado... resignado aparentemente y después de ver el libro quemado y que me empujaban hacia la puerta, me quedé un momento en la calle sin saber qué partido tomar y paso a paso, reflexionando lo que conduce al horrible veneno de la envidia volví a mi hotel.
Creí que mi mujer dormía todavía y sigilosamente abrí un baúl mío, revolví en el fondo y busqué algo que tenía en una funda que era un revolver; vi si estaba cargado, me lo eché al bolsillo y salí sin hacer ruido volviendo al hotel de los Ortega.
Llamé repetidas veces a la puerta. Al cabo de un rato me abrió no se si era el dueño, y me dijo que hacía un momento que los tres habían salido con sus baúles en el ómnibus, que lo tenían esperando para llevarles a Guatemala, a la capital.

TRECE EMISION PAG, 1


VILCHES:

¡Qué amarga decepción me causó la conducta de aquéllos compañeros de arte! Y cómo comprendí que el teatro es corroído por el más horroroso de los venenos... ¡la envidia!.
Todo se perdona en el teatro, todo... ¡menos el éxito del compañero!
Seguiré la historia, tal y como sucedió en aquélla pintoresca población guatemalteca... Quezaltenango.
Ante aquél timo preconcebido, volví a casa y se lo conté todo a mi mujer tal y como me había pasado. Lo que más indigno a Josíe era que D. Paco había sido el padrino de nuestra hija Paz y ante el temor de saber que era un decidido desalmado, que debía tirar perfectamente, (pues me hizo recordar que en ocasiones, durante los viajes se había puesto en la punta de sus zapatos una cerilla encendida y que la había apagado de un balazo..) me aconsejó que no intentara perseguirlo, pues ya todo era inútil, nada había que hacer, no existían pruebas, tenían razón; ¡la luna no declaraba!.
¡Y para consolarme acabó por decirme!
¡Hazte cuenta de que también lo perdiste en el casino y escarmienta, aprende que es la vida y puede que esta desgracia haya sido un bien, mejor que un castigo! ¡Déjalos!. Que Dios es justiciero y todo se paga en esta vida, no lo dudes.
La compañía se dividió: con ellos se fueron unos cuantos y otros se quedaron con nosotros.
Todo Quezaltenango se enteró del hecho como es natural y a pesar de que ya nos habíamos despedido se organizó una función cuyo importe total fué para mí y así pudimos salir tranquilos.
En otra ocasión más adelante por no interrumpir mi historia y seguir sus pasos contaré cuando y cómo volví a ver al padrino de mi hija...
Seguiré. Llegamos a Guatemala después de detenernos unos días en algunos pueblos, poniendo "La tía de Carlos", "Juan-José" y otras funciones como pudimos cortando la cabeza a algunos personajes de las obras y doblando otros. Y allí una vez en la capital, dimos por terminado el negocio y nos refugiamos en casa de la madre de Josie. Esta señora, elegante, distinguida, exquisita, que me adoraba como una verdadera madre, nos aconsejó que aquélla vida nómada no era para nosotros y que nos decidiéramos a ir a Nueva York. Allí vivía Julio, el hermano de Josie. Apenas se había hecho médico se marchó y estaba a cargo de su tío el famoso urólogo el Dr. Ferdiarand C. Valentino director de un gran Sanatorio que llevaba su nombre. Además allí en Nueva York vivía su tío Washington muy bien situado y presidente entonces de las minas de "Rosario" en Honduras. Todos ellos tenían numerosas acciones de estas célebres minas de plata y Josie, Julio y Luis, los tres hermanos, los había salvado tío Fred diciendo al padrastro de ellos que su difunto hermano Luis le debía una cantidad; cantidad que no podía disponer él, puesto que era de los hijos y de este modo pudo salvar unas cuantas acciones que eran con lo poco que disponían y vivieron después de haber muerto el dicho padrastro quien había tenido la desgracia de arruinarlos por sus malos negocios.
Pero yo me resistía a tener que vivir de lo que pudiera tener mi mujer, mucho o poco y además no podía vivir sin el teatro; era algo superior a mi lo uno y lo otro y como "la cabra siempre tira al monte" me aproveché de un conocido que se hizo empresario conmigo y reuniendo un anémico elenco que más bien era un bululú salimos de nuevo para la capital de San Salvador por ser la república vecina y por lo tanto el punto más cercano que disponía de mayor público para poder defenderse.
En San Salvador la tierra donde nació mi primer hija Paz, esta vez no me fué tan bien como la anterior y tuve que apelar a recursos de verdadera rasca o bosque como le suelen llamar a esta clase de compañía que ruedan por los pueblos y ¡qué de cosas se me ocurrieron para poder llamar la atención al público y que fueran al teatro!
Una vez puse una nota en los carteles al anunciar el estreno del "Abuelo" de Galdós – "El que no tenga idea exacta de lo que es el honor que se abstenga de ir a conocer esta hermosa obra"... ¡Aquél día tuve un lleno como era de esperar pues todos sabían y sentían ahora el honor!
Otro día anunció una obra asegurando que saldrían a escena más de mil personas, y cuando me preguntaron dónde estaban las mil personas, ¡les mostré un telón corto que yo con ayuda de alguien había pintado diciéndoles ahí están!
Cada brochazo era la cabeza de uno de los espectadores que había en una plaza, ¡hasta mil!
Sin duda eran muy buenas las autoridades de aquélla simpática nación que no castigaron tal engaño, pero el caso es que estuvo lleno.
Otro lleno también me busqué, por el estilo. Fuí a la biblioteca y buscando hechos históricos vi que los enemigos de esta república eran los guatemaltecos. Me enjareté un argumento o cosa parecida a guisa de "moros y cristianos" y con versos que recordaba de varias obras y otros que (lo parecían) míos les inventé un argumento bélico —patriótico en que al final de cada acto gritaban los salvadoreños como es natural “Viva San Salvador". Los guatemaltecos yacían por el suelo vencidos mientras ondeaba la bandera salvadoreña y el público como es natural aplaudía y yo como también era natural, cobraba.
También recuerdo otra "picardía" a la que recurrí para alcanzar otro lleno.
En otro teatro tenía un espectáculo que me hacía la guerra: Un misterioso faquir hacía terribles experimentos que llamaban tanto la atención del público que le llenaban el teatro... Se clavaba un machete en el vientre, se arrancaba los pelos se atravesaba con una aguja la nariz, caminaba sobre vidrios rotos, metía sus brazos entre llamas... ¡Qué se yo! Se presentaba vestido de turco y yo decía entre mí "eres turco y no te creo".
Yo la última noche de mi beneficio y despedida anuncié que todo lo que hacía el fakir lo haría yo igual ¡y más aún! Efectivamente tuve el lleno ansiado. Me vestí como él, me caractericé igual que él con una peluca de alborotados pelos y le imité... el mirar, el hablar, el andar, en todo...
Naturalmente en parodia bufonesca.
Me hice una botarga que rellené de virutas coloradas... delante del público me la abrí con un cuchillo y empezaron a salir aquéllas tripas rojas con grandes risotadas del público.
Me saqué de la bolsa una larga lengua, como es natural de trapo rojo y con una navaja de afeitar la iba partiendo en pedacitos que repartía entre el público... Los mechones de cabellos naturalmente de mi peluca, me los arrancaba y los echaba al público también como recuerdo, y bajaba a las butacas y pedía un agujón de sombreros que entonces usaban las señoras y con él me atravesaba mi aguileña nariz, –naturalmente de pasta– que yo me había puesto exactamente igual a la del fakir a quien reventé, pues él continuaba trabajando y ya nadie lo volvió a tomar en serie al pobre, pero el caso es que yo conseguí una gran entrada que unida a las otras que logré, reuní lo suficiente para poder regresar a nuestra casa de Guatemala sin necesidad de recurrir a la madre de mi mujer.
Una vez allí mi suegra, mi mujer y yo, pensamos muy cuerdamente que aquel no era el camino digno que tenía que seguir para continuar mi arte, que yo merecía aspirar a mayor elevación y que había necesidad de pensar en el porvenir, en un porvenir digno y que de querer continuar mi carrera la determinación más lógica era la de pensar regresar a España donde estaban, como es natural, los mejores teatros, autores y comediantes. Y decidimos embarcarnos en un vapor de la compañía del Rosario que salía de Puerto Cortés y en él llegamos a Nueva York, para que su tío Fred, tío Washington y mi cuñado Julio nos aconsejaran lo podíamos hacer y nos pusimos en condiciones últimamente de llegar a España.
¡Nueva York!
¡Pasar de pronto en aquella época de una población de Centroamérica en 1907 a Nueva York, era algo como realizar un sueño fantástico! de repente me vi en el país más adelantado y nuevo de la tierra. ¡Qué efecto más asombroso me produjo ver aquéllas rascacielos, aquéllos comercios inmensos, ver aquella gente que caminaba febrilmente, oír un idioma desconocido, admirar las modas, las costumbres, los inventos, todo tan diferente, bello rico y perfecto!; me parecía que estaba en un planeta distinto y yo en medio de todo y de todos me veía pequeño, pobre, mal trajeado, atontado como aquellos pueblerinos de Majalandrin que iban de la mano asombrados, en medio del gentío, en las fiestas de la Pilarica de Zaragoza, tropezando con todos.
Me daba miedo al par que admiración cuanto iba conociendo. ¡Ni idea tenía de que Nueva York fuera así!
Y si no hubiera sido por mi mujer, que era norteamericana, yo creo que ni siquiera me atrevo a dar un paso, a pesar de mi carácter emprendedor y decidido!... Pero ella fué mi lazarillo... ¡La guía de toda mi vida!

CATORCE EMISION PAG. 1


VILCHES:

Que impresión más intensa sentí al llegar a New York... ¡Sobre todo yendo desde los pueblos primitivos de Centro América!... ¡El contraste era de ensueño!
Y allí al llegar, en el Hudson, lleno de estruendos ruido de los innumerables vapores, que llenaban las muelles; contemplando los enormes edificios... oyendo un idioma diferente... y parados ya ante la estatua de la Libertad, esperábamos para poder desembarcar a que el comisario nos revisara los documentos y yo nervioso e impaciente como un chiquillo, haciendo con mi mujer "cola" hasta que nos llegara el turno, valiéndome de que así como yo no entendía al inglés, ellos no entenderían tampoco mi idioma, empecé en voz alta a gastar bromas y chirigotas, comentando cuanto observaba...
¡Mira! le decía a mi mujer, ¡pues no son indios!... ¡van limpios y elegantes!.. Pero... mira aquel siempre mascando... serán rumiantes... Y aquél otro que echado en el sillón pone los pies en el escritorio, ¿será que va a escribir con ellos?... ¿Pues mira este otro que se dirige a las señoras con el sombrero puesto y con un puro en la boca? ¡Las va a intoxicar!... y todo lo que me llamaba la atención lo iba comentando... Cuando ya de la cola iba siendo el primero le dije a mi mujer "¡Como no hables tú no sé como nos vamos a entender!"...
Y aquél señor comisario o lo que fuera me miró, se sonrió y me dijo en perfecto castellano con acento cubano: "Nos entenderemos perfectamente, porque yo hablo español Sr. Vilches, soy de Cuba"; yo sorprendido abrí la boca y Josie se mordió la lengua avergonzada, y Pacita creo que también mordió el biberón sonriéndose. El cubano siguió, descubriéndose: "Y no me había quitado el sombrero porque le estaba oyendo a usted y creía que me tomaba el pelo, aunque le hubiera a usted costado mucho trabajo conseguirlo porque como ve soy calvo del todo". Yo medio avergonzado y en broma le dije...: Perdón, ya veo que no tiene usted un pelo de tonto", y añadió "Ni de listo, mi cabeza es una bola de billar" en cuanto a aquel empleado que pone los pies sobre la mesa, en efecto no es de lo más diplomático, pero así, como son muchas las horas que pasamos en la oficina, buscamos la horizontal para descansar; y ese que rumian es que tiene la costumbre de mascar chicle, así como nosotros la tenemos de fumar; pero crea que este no es un país de indios, como Vd. supone, sino muy adelantado y de hombre s educados...
Después de esta lección nos reímos los tres y nos hicimos amigos...
Intervino mi mujer hablando en perfecto inglés, y pidiéndole mil disculpas dijo: "Habrá comprendido señor, que mi marido es el verdadero español, siempre de buen humor, y dispuesto a hacer un chiste; además hay que disculparle, es actor teatral...
Nos dirigimos enseguida entre aquella barahúnda a un hotel que el mismo comisario nos recomendó, de tercera categoría, que a mi me pareció de primerísima, pues tenía unos 25 pisos, nada menos... El Empire Hotel, y una vez aseaditos, lo primero que hicimos, como era natural, fué telefonear a Julio mi cuñado, que no pudo ir a recibirnos por estar de guardia en el hospital de su tío.
Allí nos dirigimos por su mandato y llegamos al Valentine Hospital, propiedad de tío Fernando Valentine, un sabio urólogo de gran fama.
Pasaron recado llegó Julio con su bata blanca y no nos quiso abrazar porque se había escapado por un momento de una operación en la que ayudaba a su tío, diciéndonos que nos esperáramos.
Al poco tiempo llegó tío Fred, también todo de blanco. Alto, delgado, con barba y con sus lentes de pinzas, partidos, mirándonos por encima de ellos. Saludó en inglés a mi mujer y sin ninguna efusión, mirándome de arriba a abajo, me dijo en perfecto castellano aunque con un poco de acento entre inglés y alemán: "¡Tu eres Ernesto!... Pues bien: te felicito por haber entrado en nuestra familia, pero ahora no puedo entretenerme "visiteando"... Primero mis enfermos. A las dos nos encontramos en el comedor del Astoria para reunimos y almorzar en familia, y hablaremos." ¡Y dio media vuelta y desapareció!
A las dos en el Astoria, un majestuoso hotel donde yo tropezaba con la boca abierta, pues en la vida había visto, ni en las operetas, suntuosidad semejante, dentro del buen gusto y confort. Nos sentamos a la mesa tío Fred, Julio, Josie y yo...
Lo primero que el sabio tío Fred me dijo, fué: "Bueno ¿y tu dispones de los suficiente para sufragar los gastos de casado?... Porque un comediante, y menos en España, tengo entendido que no tienen ni para vivir...
Yo, todo cortado, no se lo que dije; mi mujer tomo la palabra:.. Que empezaba la carrera, que tenía grandes condiciones y entusiasmo, que ella creía que llegaría a triunfar y que mientras, ella respondería con lo suyo de todo gasto... y tío Fred sugirió: "Y... ¿no sería preferible y más práctico que tío Wasgh (el otro tío de Josie, jefe de las minas del Rosario) te colocara en sus oficinas y con el tiempo pudieras llegar a tener una buena posición?... ¡Seria más práctico y seguro!". "Yo no serviría, a mi parecer, más que para el teatro, es mi única afición", "¡Bueno, pues seguid vuestro camino, aunque os muráis de hambre!..", y no insistió...
Oro día estuvimos cenando en el departamento de la Quinta Avenida de tío Wasgh y su hija: Una rubia y divertidísima "Yank divorciada de tres maridos, y allí nos esperaba la abuela, una gran señora hija de norteamericano y alemana. Hablaba con Josie el alemán y la reprendía por no hablarlo correctamente, y conmigo hablaba un castellano tan defectuoso como simpático.
Cenamos en familia y quedamos conformes en que la proposición de tío Fred de que me quedara colocado en las oficinas del Rosario, no era para mí... Julio nos acompañó al hotel, no sin aconsejarme antes que lo primero que debía hacer al día siguiente era comprarme un traje para ir como todos, ¡pues el que yo llevaba había pasado de moda en aquél país ya hacía cuatro años!
Tío Wasgh nos hizo un regalo decentito y yo me apresuré también a ponerme decentito, comprándome otra ropa.
Dicen que no siempre el traje hace al monje, pero yo ya bien vestido, ¡me sentía otro hombre!... Y salía solo para acostumbrarme a oír inglés. Lo primero que quise aprender, por si me perdía, fué decir "¿Qué tranvía puedo tomar para ir al Hotel Empire?”.. y para saber si lo pronunciaba bien y me entendían, se lo preguntó a un policía.... el cual (un corpulento irlandés), muy amable y sonriente me tomó del brazo y sin decirme una palabra, me acompañó hasta la misma puerta del Hotel... cuando lo que yo quería era oírle unas palabras más en inglés para aprenderlas...
Quería verlo y observarlo todo y sobre todas las cosas como era natural, lo que más me interesaba era ver teatros... y visitamos cuantos pudimos.
!Que maravilla!... Que perfección!... Todo cuanto yo soñaba que debía ser el teatro, lo vi realizado, con creces y entonces empecé a comprender que yo no era un equivocado... Admiraba cuanto veía, pero no me sorprendía pues todo era tal y como yo había pensado que debía ser el teatro... Pequeños, cómodos, sencillos, artísticos decorados, obras admirablemente puestas e interesantes... Los actores hablando sin gritos ni desplantes, accionando sobriamente, como en la misma vida real...
Al principio me decepcioné porque pensaba que en mi patria jamás podríamos llegar a perfección semejante, pero por otra parte todo ello me dio ánimos para seguir fielmente, firmemente y con más alientos que nunca, mi carrera tal y como yo la había concebido... Imitar en la escena la misma vida... Qué bien me hizo conocer aquellos adelantos, aquella manera de hacer tan distinta a la que teníamos en España, en la mayoría de los teatros, declamatoria y afectada... Fué una especie de curso universitario lo que yo aprendí... Aquel estilo de hacer, lo quería yo seguir para bien de mi patria...
Algunas obras que vimos, las pudimos adquirir y mi mujer me las tradujo. ¡Si pudiera ponerlas algún día, lo mismo que aquí, qué felicidad!... ¡Que éxito tendría seguramente!... pensaba... Y el modo de hacer de los americanos del norte se me grabó de tal manera qué desde aquel momento, por qué no decirlo, me sentí renovado del todo y cambié por completo de aspecto psicológico, y pensé seguir nueva técnica...
Y muy pobrecitos, y lo más económicamente, regresamos a España mi mujer, mi hija y yo, pues de quedarnos en aquella, tan maravillosa y adelantada ciudad tendría que haber renunciado a mi arte, y resignarme a vivir en una oficina eternamente entre papelotes y números... y eso... ¡jamás!... ¡Aunque hubiera sabido que podría enriquecerme!... Y entonces, que ya había visto qué se hacía en el teatro cuanto yo había pensado que se podía hacer, mucho menos... Y regresamos, como he dicho, a España, de donde había salido con la compañía de Balaguer y Larra, para ir a América; de donde regresé después de ocho años de prácticas que me enseñaron a conocer no sólo el teatro, sino los hombres, o sea, la misma vida.
Si aquella viuda inventada no hubiera sido obra de mi fantasía lo primero que hubiera hecho hubiera sido enviarle un saludo de agradecimiento, pues gracias a ella había conseguido mis primeras enseñanzas, y me había convencido que no servía para otra cosa sino para aquello que el instinto me llevaba en todo momento: el teatro.
Pero aquí, en Madrid, tenía que empezar de nuevo ¿Cómo?, mi suerte lo decidiría; la primera parte del consejo de D. Emilio Tullier ya estaba cumplida: los públicos ya me habían dicho con sus demostraciones que servía para ello, ahora la suerte decidiría mi porvenir, y con mi mujer, mi hijita y no llegaría a 60 dólares por todo capital nos refugiamos en la modesta casa de mi padre, que se volvió loco con su nieta Paz, y eso que él tenía un hijo menor que ella, mi hermano Paquito. Nos recibió con todo amor... Y Pura lo mismo.
Y al tratar mi padre a Josie y comprender toda la magnitud de su corazón y cerebro, llegó a quererla tanto como pudiera quererme a mí.
Y así terminó lo que bien puede llamarse la primera parte de mi vida artística, con todas sus chiquilladas, inconveniencias, locuras y atrevimientos que en mi juventud, entusiasmo por el teatro y mi carácter me llevó…

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VILCHES:

Apenas llegamos a Madrid, lo primero que hice, fué visitar los teatros naturalmente. ¡Qué pena me produjo el verlos como espectador! la misma rutina de siempre, el mismo sistema declamatorio, los mismos decorados de papel sujeto con visibles tachuelas ¡y todo esto habiendo numerosos e indiscutibles valores que fueron orgullo de nuestra escena! Yo lo reconocía y los admiraba pero al mismo tiempo comprendía la deficiencia de la parte técnica; en una palabra la falta de directores.
A los pocos días, llegó un periodista a hacerme una interviú para el Nuevo Mundo, y yo agradeciéndolo me permití obsequiarle con una moneda de oro de 20 dólares. ¡La única que nos quedaba!
Pero aquélla moneda, sin duda fué mi salvación, pues aquél periodista me enjaretó una leyenda y publicó que yo me había casado con una rica americana y como los pueblos siempre han sido victimas de la novelería se empezó a hablar de mi como nunca creyera…
Pero era verano y los teatros de la Corte ya se cerraban hasta el invierno y las compañías se iban a los puntos veraniegos en pos de la gente.
Me hablaron para una formación que se hacía para ir a la Granja, punto veraniego de la Infanta Da Isabel, protectora de los artistas y me marché con ella.
Luis Echaide Dogé y Valero, eran los del cartel y una dama de carácter y Da Emilia Domínguez, la empresaria... y en el monísimo teatro de la Granja debutamos con la cómica obra "Los hijos artificiales". Fernando Fresno, el gran humorista y caricaturista, y muy buen actor padre de la que hoy ha triunfado en la pantalla, Maruchi, era el más actor cómico de todos, pues las principales eran actores serios y a ninguno les iba la gracioso ¡y la compañía fracasó por completo!
D* Emilia había perdido su dinero no quiso perder más y deshizo la compañía. Pero habiéndose ya marchado Valero y Echaide, reuní a todos y les dije que nos juntáramos, y que yo me comprometía a lograr éxito tanto artístico como pecuniario. Convinimos a pasarnos una dieta, lo más módica posible y si había ganancias partirlas entre todos... y como no había cosa mejor, ni nadie se podía marchar… aceptaron...
Propuse pero con la misma compañía que había quedado. No convenía a nadie mi idea puesto que habíamos fracasado, pero yo insistí y por fin accedieron con la convicción de que fracasarían también.
Entonces lo primero que hice fué presentarme a la Infanta; solicité de ella que me abonara los palcos bajos, accedió y a las dos horas, ya los tenía todos vendidos, Pero ¿Y los altos? ¿Como los llenaría? Me fuí a la marquesa de Squilache, y no se cómo pude convencerla de que me abocara los altos... Una vez conseguido, las butacas era cosa sencilla llenarlas, sin necesidad de abono.
Entonces, empezamos a ensayar influyendo a todos mi modo de hacer... Les enseñé lo que pude, como no había costumbre de hacerlo. Me preocupé del menor detalle y levantamos el telón con los "Hijos artificiales" otra vez.
El público rió de muy buena gana. Nuestro entusiasmo lo pudimos comunicar, y trabajando constantemente para varias programas el público encantado pasaba noches deliciosas.
Al final de la temporada, cada uno después de pagar los hoteles, nos repartimos de ocho a diez sueldos por semana.
Hicimos todos beneficios y de cada uno de ellos recibimos un sueldo y un objeto artístico y otro en dinero...
Entonces, en uno de esos días me vio trabajar Vital Aza, se encantó conmigo y me propaso ir al teatro de la Comedia para el invierno.
Mi alegría fué indescriptible, pues no era nada... el primero y mejor teatro en Madrid y con la mejor compañía…
Y así era… la compañía, que el empresario D. Tirso Escudero consiguió, fué de las mejores que han pisado los escenarios de España.
Nunca se ha podido conjuntar una compañía como aquélla.
Rubio, su señora, la Alba, Nieves Suárez, Conchita Ruiz, Lope Santiago, Manolo González, Mercedes Pérez de Vargas, las hermanas Carbono, Pepe Calle, qué sé yo quiénes más… y como debutantes Perico Zorrilla, Molinero, Valle Juan, Bonafé y yo.
El sueldo? Doce pesetas y media. ¡Pero que nos importaba, si estábamos en la catedral del arte! Y con este sueldo volví a empezar mi carrera, después de haber sido por tiempo director, primer actor, y empresario por los teatros de América. ¡Cómo lo he recordado!
Y al comenzar la temporada de aquél invierno debuté con una obra de Vital Aza, que se llamaba "El matrimonio interino" como una gran sensación, después estrenamos una obra del mismo autor.
Yo tuve un papel muy bonito pero el público no aceptó la obra. Los hermanos Quintero a quienes me presentó Conchita Ruiz, me prometieron escribir un tipo análogo al del malogrado estreno, y estrenamos "Las de Caín", que fu« un gran éxito por todos conceptos. Un éxito que tuvo épocas en el teatro.
Vencí por completo en Pepín Castrólejo.
Empezaron a saber pronunciar mi nombre que llegó a correr en todas las bocas y que me consagró como actor de gran porvenir y me hice de gran popularidad. Retratos en los periódicos, crónicas alentadoras; mis postales se vendían en la Puerta del Sol, mis chistes – que yo decía inventados por mi cada noche –, iban de boca en boca y esa obra fué el principio, se puede decir, de mi carrera. ¿El secreto? Pues que aquélla manera de sentir, y concebir el teatro por mi modo de hacer, natural y sencillo, lo había afianzado por mi paso por Nueva York y lo había puesto en práctica y el público que siempre sabe lo que ve y que sin duda es el verdadero crítico comprendió que había roto moldes antiguos y rutinas y que vivía el papel de manera diferente a como se estaba acostumbrado a ver.
Fué mucho tiempo la obra, después llegaron otros estrenos, el Centenario de los hermanos Quinteros. Otra de los hermanos Cuevas, los Noveleros de Rostrand, Eleriana, de Muñoz Seca, Raffles. Entonces D. Tirso me subió el sueldo ¡a tres duros!
Mi padre ya estaba encantado conmigo. Al ver el efecto que producía al público me decía con verdadera emoción en cada obra que estrenaban:
– ¡Si todo lo hicieras como este papel, llegarías!
Vivíamos en un piso quinto, de la calle de los Madrazos. Mi sueldo no daba para comprar muchos muebles, pero con cajones de tabaco vacíos y unas telas de colorines abigarrados, muchos menos exóticas que las que se ponen las mujeres hoy día por la calle nos habíamos adornado la casa de manera que daba gusto verla. Lo pasamos como es de suponer, muy estrechamente. Pero mi mujer siempre me alentaba.
–No importa, hay que sufrir y saber esperar para llegar a algo. Es la vida, no desmayes, estudia y vencerás.
Y me aconsejaba, me discutía los caracteres de las obras, me ensayaba, era mi alma artística.
Mi pobre padre, mejor dicho mi padre pobre, estaba empleado en Cuenca y hacía sus escapadas a Madrid para verme en mi nuevo papel... Un día tuve ocasión de conocer al Ministro de Hacienda que me felicitó y yo me atreví a pedirle un favor; que trasladara a mi padre a Madrid. Tomó nota y a las pocas semanas fué no sólo trasladado, sino ascendido y contento como un chiquillo, de hallarse ya a mi lado, una vez que juntos veíamos las primeras pruebas del cine, rollos cortadísimos de minutos solamente, recuerdo que mi padre me dijo:
–Tú serás inmortal hijo mío:
– No creo que sea para tanto. Creo que me ve con la lente de aumento del cariño de padre, y él añadió:
– Si. Aunque no quieras, lo serás. Inmortal. Esto que estamos viendo ahora en un principio, será una revolución en el mundo entero dará la vida del futuro. Estos films tan cortos, se agrandarán, llegará la perfección a pasos agigantados, llegarán a hacer comedias de largo metraje, y todos los actores trabajarán en ellas. Las grandes obras y los grandes artistas se popularizarán por el mundo entero y llegará sobreponerse al teatro representado. Más tarde vendrá el fonógrafo en combinación con la imagen y tú comprenderás que si trabajas retratando tu imagen y tu voz no podrás morir nunca, por eso te digo que serás inmortal. ¡Qué visión portentosa la de mi padre! Yo me reía llamándole el Petit Julio Verne. Y qué feliz se sentía con la última ilusión de su vida, vivir conmigo ya vislumbrando mi porvenir. Y así vivíamos como podíamos en nuestro humilde pisito de la calle de Los Madrazo, con tanta estrechez como alegría y pasando mil apuros pero con la esperanza de lograr un gran porvenir.

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VILCHES:

Cada papel que estrenaba en el teatro de la Comedia, era un nuevo éxito para mí, pero el sueldo no aumentaba y como podíamos, íbamos arreglando nuestro nidito...
Nos divertíamos yendo de vez en cuando al rastro a buscar "cositas antiguas", muebles rotos inservibles que comprados con unas pocas pesetas los componíamos, arreglábamos y los hacíamos luego lucir como joyas.
Recuerdo que un día de excursión al Rastro, compramos un espejo magnifico, que por estar roto en una esquina nos lo daban por cincuenta pesetas. ¡Un verdadero regalo, porque aquél espejo valía un dineral! Mi mujer se desprendió del único billete que nos quedaba, que era de 100 pesetas. El hombre del Rastro nos devolvió 50; pero una vez en casa ¡notamos que el billete no era de 50, sino de 500!... ¿Qué hacemos?, le pregunté a mi mujer... "devolverlo inmediatamente", me contestó sin pensarlo.
Dices bien, querida, pero, pensemos un momento... entre estos hombres habrá buenos y malos como en todas partes, pero abundan los que sin escrúpulos han hecho grandes fortunas a costa de las necesidades del caldo... Aunque yo sea incapaz de quedarme con nada de nadie, piensa que a ese individuo no le hace mella la pérdida por el momento, y a nosotros en esta ocasión nos llega ese dinero como llovido del cielo. Dejémoslo estar por ahora y cuando variemos un poco de situación se devolvemos y se lo compensaremos con creces, comprándole además en su tienda, y así cumplimos con nuestra conciencia.
Mi mujer me miró con asombro y me dijo indignada: "Pero ¿es posible... que tú... pienses de esa manera? ¡Te desconozco Ernesto!... Le pedí opinión a mi padre, que por contestación le dio conmovido un beso a mi mujer y sin pensarlo dijo: "¡Vamos inmediatamente a devolver ese dinero!".. Y fuimos… y allí estaba el buen hombre en su cubil y le dijimos llenos de satisfacción la equivocación que había tenido con nosotros... Sin mirarme apenas, me contestó enseguida: "¡Imposible!... yo nunca tengo esa clase de equivocaciones"… Insistimos. "Si, mire Vd." Y le dimos el billete de 500 que por cierto tenía el mismo color que los de 50. Lo miró, lo tomó y dijo: "si no se van enseguida de aquí, llamo a los guardias; ¡este billete es falso y Vds. me quieren timar!.. ¡Nos quedamos de una pieza!
Yo entonces, satisfecho de haber pensado en un principio con bellaquería, me eché a reír y exclamé: "¿Tenía yo razón o no?" ¡Pero el caso fué que nos quedamos sin las únicas pesetas que teníamos para toda la vida!
¡Mi mujer era como yo la soñara! Pero a pesar de este miserable detalle y lo que nos había sucedido con Ortega de Quintana, ¡no podía creer todavía que el mundo no está formado sólo de ángeles!
Y a propósito de Ortega de Quintana, no puedo pasar por alto sin contar como lo volvimos a ver al cabo de los años... Un día se presentó en casa... Arrodillado y con lágrimas pidió perdón a mi mujer... Doña Dolores había muerto... su hijo se había emancipado... estaba solo... ¿podría influir yo con D. Tirso Escudero para que lo admitieran aunque fuera de apuntador?... Y sobre todo lo que más lo había decidido ir a visitarla era para ver a su ahijadita... Mi mujer no lo consintió y Ortega, en silencio, se fué profundamente conmovido. Al año siguiente contribuí con varios compañeros para llevarle al hospital, y más tarde a su última morada, recordando la frase de Benavente de que la vida paga y cobra.
¡Mi mujer tenía una gran fe en mi! E1 amor, el corazón y la rectitud de su carácter y su modo de ser alegre y sincero siempre, le hizo grandes simpatías entre mis compañeros.
Todos la querían tanto como la respetaban. La pedían consejo. Hasta los críticos en los estrenos se le acercaban y oían su parecer.
En todo el gremio llegó a hacerse tan popular como querida.
Y así pasábamos otra y otra temporada, teniendo continuos éxitos. La Escuela de las Princesas, de Benavente, mi papá, Genio y figura, Rafles y otras.
Fué por Rafles precisamente cuando el matrimonio Mendoza Guerrero, quisieron contratarme pero mi mujer se opuso a pesar de que me ofrecían más del doble. "Tu estás haciendo tu carrera a pasos agigantados. Cada tipo que haces diferente es un nuevo escalón que te servirá de mucho... Aguantémonos. Aprende a saber esperar y ya encontraremos el resultado satisfactorio.
Continué en la compañía; D. Tirso me ascendió a cinco duros. Por aquel entonces Dios dispuso que a mi padre le llegara la última hora ¡y lo perdí para siempre!... Tenía 53 años, ¡joven aún!
Aquel día tuve función por la tarde, ponía Las de Caín; fuí a casa a verle por última vez y por la noche hice la otra función.
¡Que sensación experimenté tan cruel de ver a través de mis lágrimas que el público reía! Aquél pisito de la calle de los Madrazo, quedó triste, pues no era el viejo el que había muerto, era la criatura más joven de todos nosotros. ¡Pero no fué esto solo! Apenas no había pasado un mes, una mañana almorzando mi mujer de repente se echó a llorar de manera inconsolable.
"A mi madre le está pasando algo malo... la he visto..."
"A mamá le pasa alguna desgracia... "
No la pude calmar ni convencer que aquello era una infundada suposición, pero... ¡Oh, poder de la telepatía! Sin duda su gran corazón le sirvió de antena y al día siguiente, a la misma hora de presentimiento recibimos un cable de Guatemala:
Mamá había muerto.
¡Mi mujer y yo nos quedamos casi al mismo tiempo sin los seres más queridos de nuestra vida...! Quedó Pura con la chiquillada, –cuatro hermanos– y mi hijita Paz, y otra que nos había nacido, Sarita.
Aquel verano salimos todavía en la Compañía, muy juntos y enlutados para atravesar el mar y hacer una magnifica temporada en Buenos Aires. Dejamos a Pura, la viuda de mi padre, a Pacita y Sarita, preciosa rubia de ojos azules que Dios nos envío para sustituir a los queridos seres que acabábamos de perder y llegamos a

BUENOS AIRES, 1910.

Debutamos en temporada oficial en el teatro de Odeón. La localidad carísima. El público de lo más distinguido. Todo el Buenos Aires aristocrático abonado. El éxito de la compañía fué rotundo.
Aunque por Buenos Aires pasaban todas cuantas compañías y actores notables había en el mundo, el idioma español nunca había visto un conjunto más acoplado. Yo enseguida me hice de grandes conocimientos entre la gente de más viso y distinción. Hice amistad con grandes actores y actrices, Emma Gramática, Mimí Agulia, Vera Bergami, Nicodemi, Moisés, Grasso, Zaconi, hasta Prégol. Volví a ver muchos actores franceses que ya había visto y me hice gran amigo del actor más genial argentino: Parra–Vichini, así como de Muiño, Alipi, Labozón y otros. Recorrimos Rosario, Santa Fe, Mendoza, Córdoba y pasamos a Chile.
Por ser entretenido y digno de recordarse Voy a contar un incidente que me ocurrió la primera vez que fuí a
CHILE

Teníamos que tomar el trasandino. Me habían dicho que en la cordillera hacía un frió irresistible y me preparé bien para atravesarla. Además de ropa gruesa y gabán ya de pieles, me habían recomendado que me envolviera el pecho con papeles de periódico...
Llegamos a la estación mi mujer y yo cerca de una hora antes de salir el tren. Dejé a Josie en su asiento y yo me fuí al restaurante para procurarnos un ponche. Cuando volví ya salía el tren. Corrí, quise alcanzarlo, pero con tanta impedimenta como llevaba me quitó velocidad y no tuve más remedio que ver como me dejaba en la estación. Me quedó como atontado, sin saber qué hacer, cuando me ponen una mano en el hombro y con un acento portugués oigo que me dicen:
– Ha perdido el tren.
Era nuestro empresario, el celebre D. Faustino D'Rosa.
– Bueno, qué le vamos hacer, tomaré el otro tren, el que salga primero.
¡Pero el caso – me dijo – que el otro sale el domingo y no llega hasta el lunes y se debuta el sábado!
Yo ya no supe qué decir.
¡Enviaré un telegrama para que le sustituyan! ¿Qué papel hacía Vd. en la obra de Debut?
– El Príncipe Silvio, en la Escuela de las Princesas; Pensó un momento y dijo:
– Diré que lo haga Asquerino. No se preocupe, me dijo, y se despidió.
A mi me entró un ahogo. Me enteré que a las cuatro horas había otro tren que llegaba hasta Mendoza, pero no coincidía con el trasandino, pues éste que atravesaba la Cordillera de los Andes, no salía sino dos veces por semana, pero yo sin pensarlo puse un telegrama que alcanzara a mi mujer para tranquilizarla y siguiera viaje con todos, y salí para Mendoza, para acercarme más, para demostrar a mi mujer que era un accidente y no un calculo premeditado.
En Mendoza, como era natural, no pude seguir camino y me quedé.
Me encontré con un amigo empresario y puesto que no tenía que hacer, me llevó aquella noche a una fiesta que daba la viuda de Caruso, ¡el gran tenor!
Estábamos en lo más divertido de la fiesta cuando de pronto me llama mi amigo y me dice:
– ¿Quieres llegar mañana mismo a Santiago?
– ¡Figúrese!
– Pues dentro de una hora me enterado que va a salir un tren de toreros.
– Pero si aquí no hay toros, vamos, corridas de toros.
Y entonces me enteré de que llamaban toreros a los gañanes que conducían las toradas. Se enteraron todos los de la fiesta que alegremente me llenaron de viandas, botellas, dulces y de infinidad de paquetes y partí para Chile con los toreros. Y allí acabó la noche entre aquella gente seca del campo chileno, a quienes me gané repartiéndoles la sabrosa merienda, los ricos vinos y licores que llevaba, hasta que caí rendido de sueño en el suelo del furgón, pensando en mi alegría por llegar a tiempo del debut.

DIECISIETE EMISION PAG. 1

VILCHES:

Al haber perdido el tren trasandino para ir a Chile, ¡pude haber perdido también la vida!... ¡Qué temeraria fué mi decisión...!
Cuando por la mañana me desperté, me encontró sólo, el tren parado cubierto de nieve en medio de la Cordillera. Los "Toreros" habían desaparecido llevándose los restos de la merienda y hasta mi reloj de bolsillo... con mi billetera que aunque poco dinero llevaba sin duda algo. ¡Qué angustia y qué terror me entró al verme sólo en aquellas blancas alturas y sin saber que hacer!
A un guarda–frenos, la única persona que había, le pregunté: me dijo que una locomotora vendría a la caída de la tarde y entonces se llevaría el tren de los toros.
¡Esperar todo el día... 12 horas, solo y con frió y hambre! ¡Horror!... Me enteré que el próximo pueblo era Caracoles, que estaba situado casi en la frontera a unos kilómetros y sin pensarlo más para ganar tiempo empecé a caminar por la misma vía metiéndome en la nieve a veces hasta cerca de la rodilla y por inmensas solitarias montañas nevadas de las que sólo se adueñaban los cóndores, paso a paso y agotadas ya todas mis fuerzas llegué a la estación de Caracolea.
Enfrente había una especie de fonducho dónde no sólo pude comer algo, parecido a alimento, sino que había una chimenea que fué mi mayor consuelo y allí estaba dispuesto a esperar hasta que Dios quisiera... Pero a las dos horas me dijeron que salía un tren cargado de borregos hasta los Andes.
Pedí permiso para ir en él, pero no llevaba más que la máquina y las jaulas. En la última vagoneta había una casilla, la del freno y conseguí que allí me permitieran ir y partí pasando de los toros a los borregos.
Durante el camino fuí recogiendo todo el humo de la máquina que me convirtió en etíope y a cosa de las ocho llegué a los Ande a y gracias a mi decisión y coraje llegué a tierra chilena el mismo día justo que me había propuesto. ¡Pero no llegaba a tiempo!
La función suponía que empezaría a las nueve y media, y eran las ocho y el primer tren salía para Santiago a las mismas nueve.
¡Qué lástima! ¡Por un poco más Asquerino me iba a sustituir! ¡No podía debutar!
Pero vi jaulas de decorados y baúles y con gran alegría me enteré que la compañía había seguido viaje, pero la impedimenta no había podido ir con ellos, así es que al momento telefoneé al teatro y me dijeron que el debut se había aplazado para el domingo por la tarde.
¡Salvado! ¡Asquerino ya no me iba a sustituir!
A cosa de las once y media llegué por fin a Santiago de Chile, Me dijeron que todos los artistas estaban en un tal café y me dirigí a él. Allí con unos compañeros estaba mi mujer. Entré y ella fué la única que me reconoció, pues iba como un negrito de Abisinia. Nos abrazamos sin pensar las consecuencias y ya fuimos una pareja de negritos, ella y yo.
Todos se asombraron al verme, Zorrilla se acercó a mi mujer y le dijo:
– Su marido sin duda tiene amistad con el demonio. Esto no se atreve a hacerlo más que él. Es verdaderamente un hombre extraordinario.
– Por eso me casé con él – respondió Josie.
Cenamos y bebimos alegremente ¡y al día siguiente, debuté!
¿Que tal si no me atrevo y hago caso a D. Faustino Darosa y me quedo en Buenos Aires hasta el domingo? La vida quiso enseñarme que hay que ser decidido, arriesgado y a veces hasta osado.
De no haber sido así quien sabe si por lo menos no pierdo mi contrato... ¡Pero siempre mi ángel me salvó y éste no era otro sin duda sino mi mujer!

SANTIAGO DE CHILE

Santiago me encantó. Que país tan bello, tan español, Valparaíso me entusiasmó. Lo encontré fantástico. Y que gente más agradable. Más culta. ¡Y cómo supieron apreciar nuestro trabajo!
Después de una brillante temporada volvimos a Buenos Aires, hicimos unos días más y dimos tiempo a que saliera el vapor que nos regresó a España para comenzar al llegar nuestra temporada oficial del teatro de la Comedia.
Da María Guerrero volvió a Insistir queriéndome contratar y tal vez hubiera aceptado en aquélla ocasión, si no hubiera sido porque al mismo tiempo el hermano de D. Faustino Darosa. D. Guillermo, estaba formando una compañía con Rosario Pino y me propuso un espléndido contrato que lo que más me agradaba fué el ofrecerme ser director de la Compañía y volver de nuevo al Teatro Odeón de Buenos Aires. Pero esta vez tuve que ir sólo sin mi mujer por estar esperando un nuevo hijo. Sin embargo, valientemente me acompañó con mis dos niñas hasta Canarias dónde por primera vez me separé de Josie y mis hijas.
Pero lo más curioso de este contrato fué de como pude salir del teatro de la Comedia. Lo contaré porque es verdaderamente novelesco.
D. Tirso Escudero estaba dispuesto a que no me marchara de su compañía, queriendo retenerme de todas formas pero como no tenía ningún contrato yo decidí marcharme para dar el salto que creía positivamente me convenía. En la Comedia me vigilaban constantemente pero cuando supieron que la compañía de la Pino había salido para Lisboa, que era el primer sitio dónde tenían que trabajar antes de partir para América, quedaron tranquilos.
Aquella misma noche que todos estaban de viaje yo trabajaba en la Comedia. Hacíamos "Dora" de Sardoy, yo hacía el papel de barón de Valdegraff... peluca, patillas, sombrero de copa, un gran macferlan y al terminar mi papel en vez de subir a mi camerino, salí a la calle de la Gorguera dónde estaba la puerta del escenario y tomé el coche que tenía esperándome, me llevó a la estación dónde me metí en un sliping, caracterizado de barón en mi papel da "Dora" hasta Lisboa.
Durante el camino, iba pensando en el revuelo que habría en la farándula al conocer mi original huida. Efectivamente, ¡D. Tirso Escudero puso el grito en el cielo y tardó muchos años en perdonarme! Pero que remedio, el natural afán de vencer me empujó a subir los escalones de mi carrera artística.

LISBOA

Debutamos con un éxito inmenso. "Rosas de Otoño", de nuestro gran Benavente. Yo hacía el papel de un francés. Déjenme recordar que gusté mucho... ¡Bueno!, el público portugués exageradamente amable y encantador.
Embarcamos a los pocos días para Canarias dónde también trabajamos unos días. Allí leímos la prensa de toda España, comentando con gracejo mi desaparición del teatro de la Comedia. Pasamos unos días muy felices en aquéllas hermosas Islas Canarias. Yo que he recorrido el mundo, puedo asegurar que son un paraíso, y allí me despedí de mi mujer y mis dos niñas, Paz y Sara, para atravesar el Atlántico por segunda vez para actuar de nuevo en Buenos Aires.
Me place recordar que durante el camino leí a la compañía "Malvaloca" que llevábamos de estreno y la fuimos ensayando.
¡Que maravillosa Rosario Pino en aquél papel y con qué orgullo recuerdo que yo se lo dirigí! ¡Que genial Rosario Pino! Se presentó en el Odeón, con "Divorciémonos", que entusiasmó al público. El primer actor que llevábamos era Luis Echaide. Precisamente aquel que fué a la Granja y se retiró cuando ya sin Valero los que nos quedamos hicimos tan buena temporada. Este recuerdo tal vez me apartaba de sus simpatías. En aquélla temporada se anunció "Las de Caín" y "Felipe Sassone" que entonces escribía en un periódico en Buenos Aires, dijo que era un triunfo de Ernesto Vilches.
Darosa me preguntó que porqué podía decir que era un triunfo mío y le respondí, que tal vez porque recordaba que en ese papel decía "colmos" y chistes de mi cosecha. Entonces me dijo bastante indignado que la única figura que se debía nombrar era la de la Pino... y que si decía algo de mi cosecha, me despediría.
Yo, aceptaba desde luego, que toda la reclame tuviera que ser para ella, por ser el eje del negocio y porque lo merecía, pero ante la amenaza de despedirme, me indigné, y para demostrar que no podía permitirlo, en cuanto salí a escena, se me ocurrió un "colmo" y lo solté...
Tuvimos unas palabras y la disputa dio por resultado que me marché de la compañía al mes de debutar.
Pero entonces fué cuando me demostraron que me querían mis amigos y admiradores; véase la muestra:
Una mañana me invitaron a almorzar en casa de la familia Díaz Velez, acaudalado señor sumamente bueno y generoso... y su señora Ds Matilde Alvarez de Toledo, hermana del embajador entonces de la Argentina en Francia. Habíamos conocido mi mujer y yo a esa familia distinguida, en el viaje de España a Argentina y nos tomaron mucho afecto.
Al enterarse de lo que habían hecho conmigo lo lamentaron y al despedirme, después del almuerzo, D. Carlos Díaz Velez, poniéndome un papelito en el bolsillo, me dijo:
– ¡Permítame que le obsequiemos el viaje de regreso a España...! Y al salir vi que era un cheque de 10.000 argentinos, ¡nada menos!
Yo le había prometido a Josie que todo lo que ganara en mi beneficio lo emplearía en una joya para ella, pero como no lo había efectuado y me había dado aquel generoso obsequio de tanto valor, me quedé con lo del viaje y le compré un anillo.
Entonces le puse un cable diciéndole que regresaba y a los pocos días recibí uno del teatro de Lara, ofreciéndome un puesto de primer actor, pero al mismo tiempo recibí otro quilométrico del matrimonio Guerrero-Mendoza, de tal manera concebido, que con el presente que ya tenía de años anteriores ofreciéndome contrato, no tuve más remedio que aceptar, y al llegar ocupé con bombo y platillo, uno de los primeros puestos de aquélla compañía notable.
Entonces no se cobraban los sueldos que hoy cobran los artistas, pero yo me contraté con el mayor que se podía cobrar, ¡12 duros – 60 pesetas!... Y aquí empezó lo que podría llamarse:

CUARTA FACETA DE MI CARRERA TEATRAL

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VILCHES:

Y con D. Fernando Díaz de Mendoza, y con Doña María Guerrero debuté en el teatro de la Princesa que hoy lleva el nombre de tal genial actriz, con el estreno de la obra de Lerroux "El misterio del cuarto amarillo" haciendo el protagonista. Vencí plenamente.
La obra dio un dineral.
A esta sucedieron otras ese año y el siguiente, de Marquina, Gorbea, Linares Rivas, Valle Inclán...
En todas estrené papeles significativos pero en dónde fuí más elogiado fué haciendo Harry Lucenti en "La noche del sábado", de nuestro gran D. Jacinto Benavente.
Recuerdo con verdadero orgullo, que una vez me dijo doña Maria: ¡Vilches es Vd. el actor con quién más a gasto trabajo!
Después D. Jacinto nos trajo "La Malquerida"... en dónde me dieron el papel de traidor... El Rubio.
Yo no estaba conforme con él, por creer que no me iba. Un hombre de campo y por añadidura el asesino... Yo, que no había hecho más que papeles "bien vestidos"... temía fracasar...
Sin embargo me lo jugaba todo pues habiendo vencido en mi carrera quería evitar a todo trance un fracaso... y lo primero que hice fué... ir a buscar mi hombre; pues yo casi todos los papeles me gustaba copiarlos del natural de la realidad. No de la labor de otro actor... y casi todas las mañanas allá a cosa de las cinco, me iba al camino de Amaniel a esperar la llegada de los carros y arrieros, vinateros, en un parador o taberna; hasta que un día cayó el hombre que buscaba. Rubio, casi rojo, patán, todo lleno de pecas; entablé conversación con él... Le observé el modo de hablar, su manera de accionar, de vestir, pero yo tenía que hacer una escena estando borracho y quería verlo así... y lo emborraché y le seguí observando hasta que me apoderé de los menores detalles. Y no quedó así la cosa, sino que hice que me cambiara los pantalones de pana ya gastados por detrás en una pierna, por la barra del carro, por otro nuevos que le compré, por lo que salíamos ganando él y yo...

El notable peluquero de teatro Barba, cuyo nombre por su oficio, más bien parecía mote, me hizo una peluca que ni soñada... y una vez que me vestí y me caractericé, ya me metí en el personaje... y en el ensayo general, con amigos y periodistas, vi en un momento, que había estado equivocado en la comprensión psicológica del personaje y lo cambié de repente. Hice un gran efecto, menos a D. Fernando que no le convencí del todo, pues no comprendía al principio mi cambio... pero yo procuré mostrarle como yo lo veía y acabó por darme la razón.
¡Al día siguiente me la dió también el triunfo! El más grande hasta entonces en mi carrera... y... como pocos artistas lo habían tenido por la severa critica que entonces existía.
Aquella noche, en continua ovación oí todo emocionado, que el público gritó: ¡Viva Benavente! ¡Viva María Guerrero! ¡Viva Ernesto Vilches!
¡Al contarlo no es extraño que me emocione ante aquél recuerdo!... ¡Uno de los más intensos de mi carrera en mi vida! ¡Ya había llegado a cuanto podía llegar un actor contratado!
A la genial Doña Maria, y al simpatiquísimo aristócrata Don Fernando les quise con toda mi alma.
Ellos también; a mi mujer como a mí, llegaron a tenernos un gran cariño, tanto, que cuando nació mi hijo Ernesto, ellos fueron sus padrinos de bautismo.
Y vivíamos felices, vislumbrando ya un seguro porvenir...
Pero... aquí comenzó, puede decirse, la tragedia de mi vida...
El éxito, la popularidad... me envaneció... y la que pagó esto fué mi pobre mujer que aún amándola, me dejaba llevar, mejor dicho, arrastrar en francachelas y convites, orgías y amoríos... ¡Ni dormía apenas!... de la juerga al teatro y del teatro a la juerga.
Mi mujer estaba indignada... y yo... enloquecido por mi triunfo.
¡Que vida la del teatro! ¡No se parece a ninguna otra! ¡Proporciona triunfos que hacen llegar al enloquecimiento!
Yo adoraba a mi mujer... la creía inigualable, única... Reconocía su valer y su valor... pero ella, todo talento y corazón, era una mujer de hogar... y yo... un agasajado por la vida y me dejaba llevar por ello... como en nubes de humo o sobre espumas de champagne... sin pensar que necesariamente un día tendría que caracterizarme de "malvado" para lograr el triunfo definitivo, o sea, la fortuna... que al lado de mi mujer, siendo solo un buen marido jamás podría obtenerla y entonces pensaba que si llegaba a conseguir toda esa fortuna yo se la ofrecería a mi mujer y mis hijos... pero, si no colaba por mi cuenta con todas las consecuencias... ¡jamás la podría alcanzar!
Y así, poco a poco, sin pensar en el dolor de mi gran compañera, la fuí abandonando, empujando por el torbellino y mi vida, ya de artista predilecto, agasajado por los públicos, por los amigos, por la fantasía de las mujeres....y salimos para Buenos Aires por cuarta vez; pero ésta ya mi mujer no me quiso seguir... Y... surgió una "fatal"... que me quiso acompañar al saber que iba a América sólo.
Da María, gran amiga de corazón de mi mujer al enterarse se opuso enérgicamente, hasta el punto de amenazarme si iba aquella mujer rescindía el contrato y fuí sólo... pero ella nadie pudo evitar que me siguiera tomando el siguiente vapor...
Yo la verdad, no me interesaba lo más mínimo y hasta me molesté que tomara tal determinación, sólo al pensar que esto mortificaba a mi mujer, pero el caso era que me distraía y hasta me halagaba esta aventura...
En Buenos Aires debutamos en el Odeón; yo ya era familiar con aquel público, pero el éxito que obtuve con las obras que hice consolidaron mí fama de actor mi triunfo y mis amistades me hicieron seguir la vida alegre, divertido; esto era ya por el año 13. Terminada la gran temporada del Odeón pasamos a provincias con el mismo éxito, llegando hasta Paraguay. Un país entonces primitivo, exótico y simpático en donde nos hacíamos la ilusión que cobramos en millones, pues aquél tiempo un dólar eran cientos de paraguayos. Después pasamos a Uruguay, en todas partes el mismo éxito...
En Montevideo un periodista amigo, Ulises Tavaro hizo una critica diciendo que en la compañía después de Doña María y Don Fernando, Vilches era el mejor actor que llevaban...
Sin duda aquél grato articulo hijo tal vez de la amistad, en vez de favorecerme me perjudicó; al momento comprendí que aquélla amable opinión me iba a costar tener que abandonar la compañía ¡Y así fué!.
¡Hay cariños que matan, dice el refrán! Efectivamente: empecé a ver algo en el ambiente y me adelanté a decirles que para la temporada siguiente no contaran conmigo, aún no teniendo ni idea de lo que podría hacer después ni que camino tomar, pero... confiaba en mí.
En esto ya entrábamos en el 14 que fué cuando estalló la primera guerra mundial e inmediatamente embarcamos.
Nuestro regreso a España fué verdaderamente lleno de sobresaltos nos detuvieron varias veces durante el camino; vimos espectáculos desagradables de gentes hermanas que las separaban para irse unos a un lado y otros a otro... Hicieron prisioneros a muchísimos del pasaje y al llegar a España ya me despedí de la familia Guerrero-Mendoza. con tanta pena como gratitud y como no existía otra compañía de mayor categoría para encontrar un puesto sin desmerecer al que yo había alcanzado con ella me separé de tan notables artistas como abandona el hijo al hogar para ya emanciparse por su cuenta para seguir por la vida, independiente.
Y aquí en España me pillaron los años que duró la guerra mundial....y pensé formar compañía por mi cuenta y por fin realizar mis ideales... en las que se pudiera ver el sello de mi marca de fábrica.... Romper rutinas, hacer desaparecer la concha apuntados para no hacer oír dos veces al obra al mismo t(***) introducir puertas de madera para dar la sensación de la (***) entonar las luces... sincronizar sonidos... en fin... salir de los moldes antiguos... reformar el teatro que por entonces teníamos costumbre de ver... pero para realizar este ideal, necesitaba dinero y yo... no lo tenía pues con sólo un sueldo por grande que sea, nunca se puede reunir un gran capital...
Por entonces conocí a un tal López Lagar. Era un apasionado por el teatro. Era hermano del padre de Irene López Heredia. Cada uno tenía una hija. La hija de López Lagar se llamaba Carmen. (Hermana de Pedro que hoy día es uno de los mejores actores que tenemos y que también empezó conmigo. Carmen era de un gran temperamento y de mucho talento.
Su padre comprendió mis deseos y con el afán de que su hija actuara conmigo me buscó una primera actriz, que ponía el dinero, sino todo, el que necesitara, si lo más indispensable para formar la compañía y, poder "arrancar".
Esta actriz fué Rafaela Abadía. Y con su hermana, Emilio Valentín, y algunos más, Lagar buscó teatros y al poco debutamos en Badajoz, con "Amores y Amoríos" de los Quintero....
El público notó y apreció cuantas innovaciones introduje en la escena nunca vistas hasta entonces, y me lo premió con constantes llenos...
Ganamos unos miles de pesetas que en vez de repartírnoslas las acumulamos al negocio para llevarlo más en grande... haciendo decorados, algunos casi corpóreos, comprando cortinas, alfombras., etc. etc. y así recorrimos algunas poblaciones más, y hasta nos atrevimos, a pesar de la guerra y de las minas que pudiera haber por los mares, llegar hasta las islas Baleares continuando después valientemente hasta las Canarias...
Rafaela Abadía valía mucho... Preciosa, estudiosa, joven; de grandes condiciones; y... ¡yo estaba encantado con ella!...
En Canarias hicimos una gran temporada.
Pero cuando, como digo, el negocio iba "viento en popa" y estaba lleno de ilusiones... y teníamos en proyecto tomar un teatro de Madrid. Rafaela recibió un cable... del teatro Lara ofreciéndole el puesto de primera actriz y... no me valió hacerle reflexiones... Aceptó y se separó rompiendo nuestra unión y todas las ilusiones que me había forjado con ella, que la realidad me iba diciendo que iba por buen camino... Y ya deshecha la compañía, separados regresamos a España.

DIECINUEVE EMISION PAG. 1

VILCHES:

Una vez separado de Rafaela Abadía, en España, fuí en busca de un empresario llamado Arturo Serrano, que tenía varios cines, mudos todavía... Me ofreció convertir el cine Infanta Isabel en teatro y me propuso trabajar con José Tallaví... El, con sus obras y yo en las mías con la misma compañía. La primera actriz era María Gómez, Tallaví representó Espectros, Las Vírgenes Locas, El Abuelo... y otras… hasta el "Gran Tacaño"... y yo debuté con una obra que ya había sido estrenada en la compañía de María Guerrero; pero el actor que lo hizo (respeto el nombre), a pesar de ser un gran actor no había concebido bien el tipo protagónico y pasó la obra, sin frío ni calor... ¡No fué ni una semana!
Yo vi en aquella obra un éxito, haciéndola como yo creía que podía hacerla y con ella me presenté.
Era el "Amigo Teddy".
Obtuve un éxito rotundo... El teatro se llenaba y tuve que ponerla, aún en contra de la costumbre de mantener en el cartel por mucho tiempo una obra en tres actos ¡se hizo 120 veces!...
Después, entre otros, tuve otro éxito con Franz Hollers, altamente interesante y psicológica y por último un gran éxito cómico: "Los Gabrieles"... con María Gómez. Tuvimos la desgracia de perder a Pepe Tallaví en la flor de su edad, a los 33 años, y yo tuve que terminar solo la temporada.
A todo esto he de recordar con dolor, que a Rafaela Abadía le pasó exactamente cuanto yo le profeticé.
En Lara, no pudo hacer gran cosa.... pero... por fin... (La ilusión de su madre), se casó con un hacendado, que la incrustó en un pueblo y llenó de brillantes... ¡Este fué el final de aquella que hubiera podido ser... una verdadera joya en la escena!
En el teatro, como en todo en la vida, hay que aprovechar la ocasión cuando se presenta y no dejar escapar la oportunidad que no siempre llega. Un día, en esta temporada que hacíamos "El Amigo Freddy", se puso mala la Gámez, mi primera actriz... En la compañía había ingresado y hacía pequeños papeles, pues empezaba el teatro, Irene López Heredia, ¡la prima de Carmen y Pedro Lagar…! Irene era joven, bella, de gran figura y una decidida afición... Aquel día, digo, que se indispuso María Gámez se pensaba suspender la función, pues no era fácil sustituirla de momento, por lo dificultoso y largo del papel de primer actriz, y se presentó a mí Irene diciéndome que se comprometía a sustituir a la Gámez, pues era tanto lo que le gustaba el papel, que aun sabiendo que nunca podría hacerlo, se lo había aprendido de memoria. La probé en un ensayo y efectivamente, lo hizo muy a mi gusto y... la verdad, me convenció más que la Gámez por su tipo y su juventud.
Yo comprendiendo sus condiciones, la apunté en mi cartera, pues vi en ella una estupenda primera actriz para el porvenir, y con ella acabé mi temporada.
Al año siguiente también continué siendo mi empresario Arturo Serrano, el gran D'Artagnan, como yo le puse, por su sombrero grande con un ala ladeada y sus bigotes... Siempre activo, simpático, dinámico... emprendedor; con sus genialidades y atrevimientos, y su "ojo clínico" para descubrir actores y adivinar éxitos en los estrenos... ¡Era fantástico!.. Un día que fué a vernos la Infanta Doña Isabel, quiso recibirla con un ramo de flores, pero acudió tarde y las florerías ya estaban cerradas... consternado me preguntó: “¿Qué hacer, Ernesto?...” Yo en broma le dije: "¡regálale unas flores de escena!". El lo tomó al pie de la letra y efectivamente, para salir de su compromiso tomó un ramo de flores que teníamos y ¡se las envió con su tarjeta!... La "Chata", (que así cariñosamente llamábamos a la Infanta), al tomarlo de sus manos, le miró y le dijo:"Son muy bonitas las flores, Arturo, pero no huelen"... “Es verdad Alteza, le contestó Serrano; ¡pero así le duraran más...!” Este hecho se comentó por años en nuestro gremio al hablar de las "genialidades de Arturo Serrano"... ¡Mi gran amigo!.. ¡Quién le había de decir que años después de haber conseguido una gran fortuna poniéndose a la cabeza de los empresarios madrileños, se iba a estrellar en su magnifico automóvil!... ¡Hoy veo con gusto que su hijo Arturito lo ha sustituido en todo lo bueno que adornaba a su simpático e inolvidable padre!...
Con Arturo Serrano hicimos la otra temporada teatral, aquí en Madrid, pero no en el Infanta Isabel. Conmigo convirtió también otro cine en teatro. El "Príncipe Alfonso"... Un teatrito en donde conseguí hacerlo aristocrático. Se veía monísimo. Por las tardes en los entreactos inventamos unos thés y se llenaba de damas de la mejor sociedad madrileña. Se hicieron de moda... Debutamos con "Rosas de Otoño"... Hice la graciosísima "Tía de Carlos", que me valió un triunfo... y estrené una preciosa comedia: "Kit", que gustó mucho. También estrené, mejor dicho, repuse una gran obra: "Juventud de Príncipe". Esta obra ya la había estrenado en la Comedia, en la compañía de D. Tirso Escudero, pero el papel de protagonista que era un jovencito príncipe alemán, se lo dio a Rivero y a mi que tenía más tipo de adolescente, me dio para estrenarlo el de un viejo profesor...
Y yo tenía clavada esta espina, pero me la saqué; entonces haciendo yo el papel de príncipe, que me proporcionó un éxito definitivo.
Después logré otro en el estreno de "El eterno D. Juan"; para qué comentarlo por cuanto me ha durado toda la vida ¡y todavía lo represento con el agrado y aplauso de todos los públicos!.. Pero yo, con esta manera de pensar que tengo de que cada uno en el teatro debe hacer el papel que le vaya mejor, repartí la dama cantante a Irene y a la Gámez la segunda, llamémosla así aunque repito que para mí en el teatro no hay ni primeras ni segundos papeles. .. A regañadientes hizo la Gámez el papel de la intrigante Hichiardi, y como estaría de notable que con sólo una frase se llevó una ovación, y así las dos tanto ella como Irene, obtuvieron un gran éxito.
Pero ya se supuso que cuantos papeles de jóvenes vinieran se los iba a llevar Irene y para el otro año, ya no quiso continuar la Gámez.
Al saber esta noticia de la separación de la Gámez, llovían las propuestas de las primeras actrices para sustituirla, pero Arturo Serrano, dejando desde luego un primer puesto de dama joven a Irene, como primera actriz, contrató a María Palau, que entonces estaba actuando en lo que llamaban "Genero Chico" en Apolo con un gran éxito pero se quería pasar a la comedia y aceptó.
Al año siguiente comenzamos de nuevo en el Infanta Isabel con un gran elenco, siendo yo el primer actor y director. Maria Palou era de un atractivo y talento extraordinario y le elegí un dificultoso papel en la célebre obra de Benavente “Lo Cursi". La noche del debut, hice una presentación que por lo originalísima voy a contar. Llegó la hora anunciada y no se levantaba el telón; tocó la orquesta, volvió a tocar y cuando ya iba impacientándose el publico, salió por delante del telón, el empresario Arturo Serrano, a comunicar al público que a pesar de ser la hora de empezar yo no me había presentado... y la verdad –dijo– no sé que hacer: he telefoneado a su casa y dicen que ya salió hace más de una hora... Una voz gritó: –"¿Han telefoneado al círculo?" Todos rieron. Serrano siguió: – "Si a todos; ¡No está en ninguno!"... La misma voz volvió a decir: "Es extraño"... Serrano continuó: "Antes de tomar la determinación de suspender y aprovechando que este teatro hasta hace poco fué cine, y que tengo la máquina, ordenaré que pasen una película, para entretenerles unos minutos y ver si en este tiempo se presenta Vilches. Y en medio de protestas apareció la pantalla y en ella Yo.
La película en aquél tiempo era muda todavía. Aparecí en mi casa despidiéndome de mi mujer y mis hijos... El público comprendiendo el "truco" estalló con un aplauso.... Mis hijos me deseaban un feliz debut... Se me vio salir a la calle y me encuentro con una hermosa mujer... (María Palou) le echo un piropo, sonríe, la sigo, la invito, acepta, y la llevo a una lujosa habitación comedor del Hotel Ritz.
Después de descorchar una botella de champagne, y yo muy amartelado, entra un señor con unos bigotazos... Ella exclama: "Mi marido"... (Este era el hermano de la Palou, Teófilo, que por cierto era un atleta), me increpa, me coge como a un pelele y me tira por el balcón... Caigo en el césped, desplomado, y al pasar una Manuela (así llamábamos a aquéllos coches viejos desvencijados) me monto en ella y digo al "auriga": – "¡Al teatro Infanta Isabel, pronto!" El cochero le da varios latigazos al macilento caballo y escapa... pero el coche era viejo, que se cayó el piso con el asiento y me quedé en mitad del Paseo del Prado mientras el resto del coche siguió su camino... Escapé a correr hasta la Cibeles; que quise tomar un tranvía, pero iban llenos, la gente me echa, y me caigo otra vez llenándome de barro mi lindo frack... Corriendo llego a la calle del Barquillo y en la puerta del teatro se veía a Arturo que furiosamente me estaba esperando... Sigo corriendo, me meto en la sala que la iluminaron, subo por la orquesta y jadeante me dirijo al público... (Me recibieron con un gran aplauso y complacencia)... Le explico... ¡salí de casa para venir al debut y oigo las campanas de incendio!... y veo una casa ardiendo y diviso una criatura que ya estaba envuelta en llamas... Yo sin dudar me metí para salvarla... ¡exponiendo mi vida!...
Claro, el público al oír que contaba todo lo contrario de lo que había visto, ¡soltó la carcajada! Yo hice una pausa; sonreí y les dije: "Bueno... veo que no me creen ni media palabra de cuanto digo, ¿no? ¡Y... hacen bien...! ¡Todo esto lo he inventado para presentarles de manera original la estupenda compañía que he reunido!... Obscureció la sala y asomó de nuevo la pantalla. La voy a presentar (y en primer plano, asomó la cabeza) de María Palou y ella por detrás dijo unas palabras que parecía que ya se había inventado el cine hablado... y así después les presentó a todos... y ahora va a comenzar la obra... Se alzó la pantalla y apareció la escena de "Lo Cursi", puesta con todo detalle de ambiente. Como yo no empezaba la obra desaparecí y cuando aparecí en mi papel de D. Gasparito, me llevé una salva de aplausos y fué una temporada de inolvidable recuerdo.
¡Que arte y que ojos los de María Palou! ¡Qué obras aquéllas de Felipe que estrenamos! ¡Qué publico tan entusiasta y de tan buen sabor!... ¡Qué critica tan justa y alentadora...!
Por aquélla época, gozábamos de la opera, de aquellas inmortales Operetas que nos deleitaban... De los deliciosos sainetea madrileños, con el gracejo de aquellas artistas, que se llamaron; Loreto Prado, los Mesejos, Carreras, Monzayo, Ortas, etc... Y también del puro y clásico cante flamenco pero en los lugares adecuados.
Tal vez eran tiempos de atraso... En los teatros todavía, no se conocía, el forklórico gitano, ni las supervedettes, sugestivas y descacharrantes, que nos sugestionan en las revistas, con palmo y medio de ropa... que por haber abusado tanto de ellas, hoy nos resultan, un teatro de SEPU...Saldos y baratijas de a 0'90. ¡Oh, témpora! ¡Oh, mores! (¡Oh, tiempo de los moros.)

VEINTE EMISION PAG. 1


VILCHES:

En aquélla temporada del Infanta Isabel, con María Palou, después de "Lo cursi", recibimos dos obras de Felipe Sasone que obtuvieron gran éxito, Sobre todo "Lo que se llevan las horas." Hicimos una memorable temporada pero al salir en provincias, Sasone que ya se había enamorado de María se la llevó y me quedó sólo con Irene de primera actriz, pues a pesar de tener continuas proposiciones y compromisos queriendo imponerme otras primeras actrices yo tenía la seguridad y la fe de que Irene cumpliría mejor que ninguna otra... pero tuve una disidencia con Arturo y nos separamos deshaciéndose la compañía.
No sabia que hacer en aquél verano cuando mi representante Pedro Barinaga me propuso hacer las ferias de Teruel... Ofrecían un precio fijo y módico... Por no estar parados, propuse a varios compañeros el ir a hacerlas pero cobrando un sueldo ínfimo todos y formé una nueva compañía con Irene de primera, Pilar Pérez, Maria Cañete, Luis Rech, Pepe Galle, Codina, Suaréz, el admirable actor hermano de Nieves que murió en la flor de su edad... Agudin ... que se yo!... Un conjunto admirable... Y conformándonos todos a ganar sólo para pagar los hoteles o mejor dicho las casas de huéspedes, nos decidimos a hacer las Ferias de Teruel.
Trabajamos todos con verdadero entusiasmo, como si se tratara de aspirar a una gran fortuna... Cada día variábamos el programa sin pensar que nuestro trabajo no tendría práctica compensación, pues el contrato duraba sólo diez días... y con todo el calor de Agosto, ¿después dónde íbamos a ir?
Pero Barinaga se fué a Barcelona y habló con la empresa del Poliorama, un teatro muy popular situado en una de las Ramblas más céntricas... La empresa no cedía más que la tercera parte para la compañía y así y todo en vista del corto presupuesto que llevaba y confiando en nuestro éxito, aceptó.
Empezamos con un calor de todos los demonios... ¡Quien iba a ir al teatro si no se podía respirar ni en la calle!...
Debutamos con "El amigo Teddy"!
¡Causamos una sensación que ni soñábamos!... Y comprendí que cuando gusta e interesa algo para el público no existe ni frió ni calor...
Recuerdo que en el primer entreacto, mientras el publico entusiasmado con la obra, mi labor y la de todos mi conjunto salía a hacer los comentarios a la Rambla para poder respirar, el empresario entró a saludarme conmovido de alegría.
Era un catalán muy simpático, se llamaba Coll, pero le decían "Frasco da odol" pues tenía una constante torticolis que le hacía tener la cabeza siempre de perfil...
Estaba entusiasmado con nosotros... y con su práctica nos profetizaba una buena temporada a pesar del calor que hacía...
Todos decían que parecía una compañía extranjera.
El éxito fué unánime. ¡Colosal! Al día siguiente, todo Barcelona se llenó de carteles que decían:
– "¡No vayan al Poliorama a ver a Vilches!"
Todos protestamos y muchos del público también, pero no vimos al empresario para que rectificara…
¿QuÉ motivos tenía para poner aquél anuncio que parecía que lo había puesto la empresa de enfrente?
Al otro día... salió el mismo anuncio pero seguía diciendo: "... porque si van una vez irán todas las noches y llevarán a sus familiares."
Fué comentadísimo y original y artificioso reclamo... pero dio su resultado. El teatro se llenaba sin importar nada tanto calor.
En Barcelona, gustó tanto aquél verano "El Amigo Teddy" que el empresario me firmó un contrato para el año siguiente, y esta vez al 60%. Estrené: "El eterno D.Juan"; "Kit" y "El comediante", e hicimos un temporadón del cual salí con un magnifico buic blanco y coquetón; llamaba la atención... El primer auto que tuve en la vida.
Al otro año en Madrid, trabajamos en el teatro Cervantes, allí fué dónde estrenamos "La muchacha que todo lo tiene", en la que se consagró Irene indiscutiblemente como primera actriz.
Para esta obra necesitaba dos niños, una niña de 4 años y un niño de 6. La niña la encontré; maravillosa de gracia, Soledad Alvaréz y todo Madrid dio en llamarla Solé. Por cierto que hoy día es una gran dama de la sociedad Chilena, señora del Alcalde de Valparaíso Sr. Cuevas; en recuerdo de esta época me llama padre y sus preciosos hijos abuelito.
¡Que placer tuve cuando la volví a ver pasados los años...!
El muchacho no podía encontrarlo a mi gusto. Me trajeron más de 40 y ninguno era mi tipo... Por fin dí con él. Un chiquillo de la calle, desarrapado... ¡Y qué colosal estuvo en la obra! De tal manera conmovió al público la noche del estreno, que al terminar la obra, por una butaca de orquesta subió al escenario Pérez Lugin, el gran novelista, que con sus barbas mojadas en lágrimas lo abrazó y lo besó. Aquél chiquillo llamado Conrado Tomé, cuando ya creció y no estaba ya para hacer el papel de la obra, en agradecimiento, lo metí a un colegio por unos años, le di educación y después le hice "regiseur" de mi compañía y continúa siéndolo, quizás el mejor de España.
Recorrimos algunas provincias entre ellas Valencia; en una población sumamente laboriosa, Alcira, a dónde fuimos tres días, nos sucedió un accidente que demostró palpablemente el dicho que existe en el teatro de que "Todos son útiles y ninguno necesario" Alguno de los actores se quejó que en los cuartos del teatro no había ni espejo ni lavabo y que si no se los ponían se marchaban. Ante esta amenaza me indigné y los dije que se marcharan inmediatamente; la mayoría hizo causa común y nos dejaron sólo a unos cuantos, tan pocos que aquella noche hacíamos "El comediante" e Irene vestida de hombre y con bigotito pintado me hizo admirablemente el dificultoso papel de galán joven. Me fuí a teléfonos y a los tres días contraté una nueva compañía que también fué de las mejores que tuve, y mientras llegaba el tiempo de conjuntarla Irene y yo aceptamos la proposición de hacer una película. La primera que se hizo en España la hice con Adela Carbone y Juan Bonafé. Fué "Aventuras de Pepín Cartodejo..”.
Esta que hice con Irene se llamaba "El golfo". Era un argumento muy interesante. Para filmarla recorrimos casi todas las provincias. El productor era un amigo nuestro catalán que con unas pocas pesetas quería hacerla; tan económicamente que Irene y yo estamos esperando todavía cobrar lo estipulado. Pero no nos importaba pues nosotros lo que queríamos era vernos en la pantalla.
Como es natural y más en aquella época la película estaba llena de imperfecciones. Tenía faltas graciosísimas.
En una escena salíamos todos con traje de noche en una comida, en la misma comida de repente, se nos veía con trajes blancos de mañana.
Tenía otra escena en el puente de un barco. Yo que había sido un niño del hospicio, volvía ya hecho un hombre y con carrera al cabo de los años y al divisar como fondo Barcelona, veía el recuerdo de mi niñez ante el que tenía que conmoverme. Yo me quería auto sugestionar para que me acudieran las lágrimas a los ojos pues me opuse a que me pusieran gotas de glicerina que es lo que se suele hacer para hacer caer las lágrimas y cuando estas ya las iba a derramar verdaderamente conmovido y metido por completo en situación oigo la voz de mi amigo catalán, empresario y director que me gritó: "Vamos, vamos, llora pronto que solo me quedan siete metros de película".
Este grito tan extemporáneo como cómico me distrajo me eché a reír y ya la escena no se pudo hacer por falta de película y por falta de lágrimas. Aquellas película a Irene y a mi nos hizo más intensa nuestra unión artística.
Pero esta compenetración, como es natural hacía sufrir a mi mujer...
Con la nueva compañía que conjunté fuimos de nuevo a Barcelona pero esta vez no fué al Poliorama sino a un teatro del Centro Aragonés, inauguré, llamado "Goya", allí fué dónde el empresario Sr. Blasco me dio una obra para que la leyera, esta obra era "Wuli-chang". Desde el primer momento me encantó y abandonando el precedente que tenía de que la habían leído varios primeros actores y ninguno de ellos la quiso poner en escena yo la admití y empecé a ensayar con toda ilusión.
Yo, recordando aquellos años de mi juventud casi de mi niñez en que había estado en Filipinas conocía psicológicamente el temperamento asiático recordaba sus caras, su acento cuando hablaban en español pero habían pasado tantos años que quería remozar aquél recuerdo para afianzar mi tipo de chino; en Barcelona buscaba alguno, pero no lo encontraba. Se me ocurrió ir al Consulado chino, pero el Cónsul, ni era chino ni sabia que en Barcelona hubiera en aquélla época ningún chino tampoco. Le expliqué el asunto y me dijo que en cuanto cayera alguno me avisaría. A los pocos días me llamó y me dijo que había uno que habían metido en la cárcel por haber robado unas botellas o ¡que se yo! que era un marinero de un barco y allá me fuí a la cárcel a conocerle, observarle, para lograr imitarle en el menor detalle, pero aquél chino no sabia hablar español, hablaba aunque muy mal el inglés y así a duras penas pude entenderme con él. Le daba algún dinero y logré diálogos con él con objeto de oírle su manera gutural de media lengua. Y bajo esta impresión completé la imitación de mi tipo el chino Mandarín Mr. Wu.
Estrené la obra haciendo la madre, Irene López Heredia, y mi hija china, Carmen Carbonell, que fué cuando empezó el teatro conmigo y también Antonio Vico, que hizo el galán.
¡El triunfo de esta obra no tengo ni que decirlo! La obra como era natural se eternizó en el cartel durante toda la temporada y entonces fué al terminarla cuando Yánez, que era entonces empresario del teatro Lara de Madrid me llevó a su "bombonera" para estrenarla, y en donde también fué un éxito sin precedentes. Esta obra me dio gran fama y grandes fortunas pero por entonces surgió algo penoso y desagradable que enturbió la felicidad de mi hogar.
Alguien mal aconsejó a mi mujer y buscando un abogado entabló un pleito de divorcio.
Yo hice cuanto pude por convencerla que no debía seguir adelante, que ella era la única que quería en el mundo, pero que yo no podía llevar una vida de hogar tranquilo sino que tenía que seguir arrastrado por el torbellino del éxito, que con él, llegaría a alcanzar una gran fortuna que no seria para nadie más que para los míos, que la vida del teatro no se parecía a otra clase de vida alguna, y que para ello necesitaba rodearme de buenos artistas, mujeres hermosas, para que me ayudaran a seguir venciendo y hacer la fortuna que tanto codiciaba y que tan segura y clara veía que podría conseguir en el porvenir.
No hubo medio de convencerla; ella siguió adelante con su decisión, yo busqué mi abogado, el Conde de Santa Engracia, y por fin fallaron en contra mía, pero como nosotros estábamos casados por la iglesia también, no se pudo afortunadamente deshacer el vínculo y sólo fué una separación de cuerpos y en la que se me condenaba a sufragar los gastos que eran como mínimo 33 duros mensuales.
Yo comprendiendo que mi familia no comía alpiste como los pájaros y que esto era insuficiente, siempre que pude y durante muchísimo tiempo lo menos que les enviaba era cuanto podía mensualmente, y con todo el dolor de mi alma, y aún queriendo a mi mujer y a mis hijos entrañablemente, pues eran dignos de ello por todos conceptos seguí mi camino ¡y continué firmando contratos y más contratos... rodando por el mundo!...

VEINTIUNA EMISION PAG. 1


VILCHES:

Por entonces, estando trabajando en el teatro Lara un tal Losada, (padre de la que hoy es una admirable actriz de nuestro teatro, y que también dio conmigo sus primeros pasos) me ofreció un contrato para Buenos Aires, para salir inmediatamente.
Y… con la ansiedad de regresar a la Argentina ya como Director, dueño y señor de mi compañía, firmé con toda ilusión.
Esto era ya por el año 18 y una vez terminada la guerra mundial; y con la alegría de que el mundo entero gozaba de tener por fin tranquilidad después de una lucha tan larga y cruenta.., lo preparé todo para salir con mi magnifico conjunto por tercera vez para América.
Pero, aunque me había ido bien en años anteriores ¡yo no sé como me las compuse que no tenía jamás un céntimo!
Todo cuánto ganaba, lo gastaba, en vivir bien, en mi familia que nunca le faltaba nada, en ampliar decorados, en vestir, obsequiar y nunca se me ocurría, ni me pasaba por la imaginación siquiera, el guardar ni un duro; en una palabra, nunca me faltaba nada, ni a mi ni a los míos ni a los que me rodeaban; no me privaba de nada, gastaba, como si tuviese la renta de un millonario pero no pensaba jamás en acumular. Antes de salir, para Málaga, en dónde teníamos que embarcar para la Argentina, después de repartir a la compañía los adelantos que entonces había la costumbre de dar, el doble más la mitad, etc., para poder llegar tranquilamente, pedí a mi socio Losada, un adelanto, para cumplir con todos; y me sobraron sólo unos pocos miles, seis o siete...
Dos noches antes de salir tuve con unos amigos una despedida, y cenamos en el Círculo de Bellas Artes. Después de la cena, contentos y alegres, recorrimos esos salones llamados de recreo, en donde entonces se jugaba, a toda clase de juegos bancarios. Me paré ante una mesa de "Treinta y cuarenta", nunca había jugado a esta clase de juego, pero como es natural, bien pronto me di cuenta. Negro contra colorado, y color en contra color. Saqué 20 duros y probé y se fueron; insistí; seguí sacando, después cincuenta, cien, etc. total, como es de suponer y lo más lógico, llegó el momento en que mi última ficha de cartón de 20 duros la tiré a negro ya de pié para irme. Oí cantar encarnado gana y salí, como es de suponer, con la decepción consiguiente pensando en buscar unas pesetas para llegar a Málaga, dónde tenía que salir con mi compañía.
Antes de abandonar el círculo me metí en un cuanto de baño para lavarme las manos.
Estando en esta operación delante del espejo y mirándome sostuve un diálogo conmigo mismo –"querido Vilches eres un estúpido, no piensas en ti, porque has hecho esta tontería, si con lo que tenías, podías tranquilamente llegar a Buenos Aires sin que te faltara nada y ahora en vez de llevar un viaje sin preocupación alguna, tienes que ir mirando al céntimo..."
El diálogo fué interrumpido por un golpe en la puerta; no contesté, inmediatamente otro golpe repetido. Yo incomodado grité: ¡Caramba no insistan no ven que está cerrada la puerta! ¡Ni aquí se puede estar tranquilo! y una voz de chiquillo insistió en tono misterioso y bajo. "Abra usted Sr. Vilches que le tengo que decir algo urgente". Me asomé a la puerta y me dijo el botones sumamente conmovido. “Sr. Vilches vaya pronto al treinta y cuarenta, porque tiene usted en color un montón inmenso de fichas vaya a recogerlas antes de que llegue la contraria y las pierda”.
Yo, aún recordando que mi última ficha de veinte duros la había tirado negro y había oído cantar encarnado y que sin duda seria una equivocación del muchacho escapé a correr detrás de él. Llegué a la mesa y efectivamente, en el centro dónde indicaba "color" había un montón de fichas, yo nervioso azorado di una palmada sobre la mesa, el grupie me miró con ojos muy expresivos y me entregó las placas; tembloroso las conté y había 8.000 duros. Lo que es el veleidoso azar, sin duda la última ficha pisó la línea, que marcaba el "color"; creyendo que había perdido me marché, pero aquella jugada ya quedó en paz y durante el rato que estuve ausente siguió ganando negro y color hasta llegar a las 40.000 pesetas que inesperadamente me encontré. ¡Excuso decir el viajecito felicísimo e ideal que pasé!... Lo que es el Azar, la Oportunidad....
¡Todo gira alrededor del capricho de la suerte!
Recuerdo que una amiga mía, la actriz italiana casada con el célebre Zaconi, –Cristina – que le gustaba mucho jugar al bacarrat, me decía: "¿No es verdaderamente terrible, que el mío marido, a veces, tenga en teatro sin gente porque caigan cuatro gotas, y yo, porque me dé 4 o 6 pases, gane más que él matándose a trabajar? "
¡Todo en la vida es juego! No hay nada justo... nada lógico. ¡El Sino y la Suerte está sobre todo!...
Teníamos que debutar en Buenos Aires en el teatro San Martín, pero al llegar a Montevideo ordenó Losada que bajáramos pues la Membrives no había desocupado el teatro ¿Y qué íbamos a hacer parados esperando en Buenos Aires? Y nos quedamos en Montevideo. Losada tuvo la suerte de encontrar un teatro que estaba cerrado, el Urquiza y deprisa y corriendo anunció nuestro debut con la obra del "Amigo Teddy". Y forzosamente, sin preparación alguna como llovidos del cielo y sin tiempo apenas de comunicarlo por la prensa, debutamos en aquél hermoso teatro.
Montevideo, país encantador, culto, simpático y muy español que me recordaba como no había habido tiempo de preparar el negocio con la reclama debida tuvo miedo de ponerlo caro y como precio puso a dólar la butaca, o lo que era lo mismo a peso uruguayo que tenía entonces el mismo valor.
Es decir: que trabajé todavía más barato que como acababa de trabajar en el teatro Lara, que cobraba 10 pesetas que por aquélla época era un precio exorbitante. Debutamos con mi obra "El Teddy" apenas había cuatro filas de butacas. La obra, era ya muy conocida: Caral, un primer actor que me había visto hacerla sin ondas la había dado a conocer, procuró imitarme en todo, caracterizado, manera de andar, acento, hasta cuanto yo decía por mi cosecha en ese papel ¿y que resultó? Pues que no sólo conocían ya la obra, sino que ¡el poco público que había acudido salió diciendo que yo imitaba a Caral!
¡Mi gozo en un pozo! Mal había empezado en América.
A los dos días pusimos una obra de Linares Rivas, "En cuerpo y alma" Cuatro personajes, pero resultaba un verdadero cuarteto dicámero. El público apreció en alto grado nuestra interpretación y toda la prensa se desbordó diciendo" que no había visto jamás una obra con un conjunto tan perfecto, tan natural, y tan entonado. Fué acudiendo el público poco a poco y las entradas aumentaban notablemente día por día. Alentado por ello puse una obra primorosa, "Juventud de Príncipe"; para ello probé a subir el precio de la localidad a peso y medio y logré llenar el teatro varios días, seguí con el "Wulinchang" poniéndolo a dos pesos, oro ya. ¡Otro exitazo! El público pagaba este precio sin que nadie protestara y por último en mi despedida y beneficio que lo hice con "el Comediante" y la “Verbena de la Paloma, lo puse nada menos que a ¡Cuatro pesos! ¡Cosa nunca vista! Me llené de dinero, de simpatías y de amistades y así salí glorioso de Montevideo.
Algo parecido a lo que pasó al salir en el Círculo de Bellas Artes con aquélla ficha extraviada... que cuando creía que todo lo había perdido... la suerte me favoreció.
Y pasamos a Buenos Aires al teatro San Martín ya desocupado por la Membrivea.
"La Casa de la Troya" me proporcionó un éxito grande... el teatro se llenaba, pero yo apenas si podía cubrir mis gastos, pues Losada lo puso barato en exceso porque él cobraba por su parte el doble por medio de reventa y... me reventó. Esto ocasionó un disgusto serio y los castigué no queriendo estrenar ni el Don Juan ni el "Wulinchang" y me los reservé para estrenarlos al año siguiente en el teatro Nuevo dónde con el empresario Ramón Morán me comprometí.
Pero resultaba que tenía que pagar el viaje de regreso a la compañía y preferí entretenerme en una corta temporada que me ofrecieron en Río de Janeiro a un tanto fijo. Fuí encantado por conocer aquélla población tan llena de atractivos y debutamos en su grandioso teatro Municipal uno de los mejores del mundo.
Que gente tan agradable, cariñosa y generosa.
Fué inolvidable nuestra actuación y gustamos tanto, que Lureiro, un fuerte empresario brasileño me ofreció contrato para volver.
De regreso, esperamos en Buenos Aires para debutar en el teatro Nuevo. Debutó un viernes con "Lo cursi" de Benavente. Pensaba ponerla por unos días… para no comenzar con el estreno de "Wulichang", pero fué tal el éxito de "Lo Cursi", que en un mes no pude quitarla del cartel por tener el teatro lleno, lo cual demostró el buen gusto de los argentinos.
Por fin, estrené "Wu-lin-Chang"... y fué un clamoroso éxito. ¡Terminé la temporada ganando en ella unos 150.000 pesos!
Pero... no regresé a España con ellos, ni mucho menos... Hice decorados, compré preciosas joyas, dí banquetes... obsequié a mis seres queridos.
Y me quedaban algunos miles no muchos, pero de paso para España nos detuvimos una corta temporada en Montevideo. Me alojé en el hotel de la preciosa playa de Pocitos. Desde mis habitaciones, oía cantar los números de la ruleta situada abajo en sus salones y... caí, como perdiz llevada por espejuelos y esta vez no fué como cuando salí de España. El AZAR, volvió la espalda como decía la mujer de Zaconi, y el resultado fué, ¡que de todo cuanto gané entre unas cosas y otras desembarqué con unos duros!
Con razón mis compañeros me llamaban –"el actor alegre y confiado"... y yo hubiera añadido:.. ¡Y juguetón!... Pues siempre jugué con la vida... ¡como la vida jugó conmigo!

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VILCHES:

Apenas llegué a España, se acercó un jovencito. Era arquitecto. Decía que acababa de hacer un teatro, pensando en mí... y me lo ofrecía para estrenarlo. Fuí a verlo ¡Me encantó!... ¡Era una encantadora bombonera!.. De un tono azul precioso, elegante, confortable, coquetón y pequeño, que es como siempre me han gustado que sean los teatros para comedias... pero sin embargo, pasando por alto toda galantería, le dije al joven arquitecto que solo tenía dos defectos su teatro...
Que le sobraban dos pisos, y que el escenario era muy pequeño... a pesar de lo cual acepté la proposición de tener el honor de estrenarlo, muy agradecido.
A este primoroso teatro se le puso el nombre de Infanta Beatriz, situado en el aristocrático barrio de Salamanca.
Antes de inaugurarlo implanté algunos detalles...
Lo mandé alfombrar del todo, lo hice perfumar constantemente y suprimiendo los acomodadores viejos y bigotudos, puse para este cargo chicas jóvenes y monísimas. Les di un sobresueldo para que se peinaran muy bien: las vestí con uniformes tan bonitos como sencillos, y era una nota preciosa y de tono que enaltecía aquél teatrito que se hizo aristocrático por la gente que acudía.
Efectivamente, eran tan lindas y cuidadosas aquellas acomodadoras que cada semana teníamos alguna baja, pues desaparecían para colocarse muy bien ¡y se despedían para casarse!
En este teatrito hicimos una temporada de feliz recordación,
Estrené varias obras y entre ellas la más sonada fué la que adaptó Hoyos, tomada de la novela de Unamuno. "Nada menos que todo un hombre"... con el titulo de "Todo un hombre".
La noche de mi beneficio, recuerdo que entre los muchos obsequios que recibí, un buen amigo mío, muy popular en Madrid, Pepe Sabater me regaló un álbum en blanco, primoroso, con tapas de cuero repujadas con goznes de plata... No vale nada me dijo, pero si coleccionas sellos lo puedes utilizar...

En el momento se me ocurrió una idea y le dije: ¡Este álbum en blanco le voy a dar un valor inapreciable!
Efectivamente: en la primera página mandé pintar una preciosa orla que me costó un dineral...
En una de las visitas que nos hacía D. Alfonso, le pedí que lo encabezara. No sólo accedió, sino que ordenó que firmara en él toda la familia Real. Conmigo siempre se mostró como lo que era: ¡Un Rey simpatiquísimo!
Después, siguieron firmándomelo, para todos con apreciaciones y opiniones de mí. Ramón y Cajal, Blasco Ibañez, todos los más célebres cantantes, artistas, autores, presidentes de repúblicas cuantos grandes hombres tuve la ocasión de conocer en mis continuas correrías... El último que me lo firmó en Hollywood fué el gran Chaplin, pocos días después de que me lo firmara el inmortal Edisson.
No quiero acordarme del álbum... ¡Lo que fué una gloria para mi hoy es un gran dolor!... Aquél álbum repleto con más de 500 firmas inmortales, que como inscribió en él Julio Hoyos y Vinent, no para mi, ni para mi familia, sino para un Museo de España, me desapareció... ¡Nunca supe cómo!... con un maletín lleno de alhajas, tan valiosas como mi álbum... ¡lo perdí en Orizaba de México!
Al otro año fuí también a Buenos Aires: Pero esta vez al otro Odeón con todo el repertorio que había estrenado en Madrid.
A continuación pasamos al Municipal de Santiago de Chile. ¡Lo mismo!... ¡Caímos de pié!... Nos pusimos de moda... ¡la sociedad nos mimaba!...
Una noche, Irene y yo fuimos invitados de honor, en la inauguración del "Club de señoras"...
¡Asistió en Presidente de la República que entonces era D. Arturo Alesandri... Simpático, aguerrido, buen mozo... Sacó a bailar a Irene. Fueron aclamados. Ella y yo orgullosos por este honor.
Al poco rato volvió a sacarla en otro baile, y al terminar y devolvérmela, me dijo lleno de gracejo: -"Me parece que yo sería mejor galán que Vd.! ¿Me dejaría Vd. trabajar con ella?...
Yo al momento siguiendo la broma le dije:
¡Como no, Presidente! Vd. hace una comedia con ella y yo mientras, como no puedo estar ocioso, me deja durante ese tiempo que yo dirija la Nación, pero desde luego, ¡entregándome las llaves del tesoro!... Le hizo gracia mi propuesta y ¡desde aquél momento nos hicimos ... amigos!
Nos invitaba a almorzar de vez en cuando, sostenía amenas y alegres conversaciones, y no faltaba una noche al teatro.
Después de aquélla preciosa temporada en Chile, en Santiago, Valparaíso, Iguique y Ontofagaste, continuamos por el Pacifico...
Fuimos al Perú y recuerdo que la noche que debuté salí antes de empezar a saludar al público y le dije humorísticamente, más o menos: –"¡Perdonen señoras y señores!. Yo quería ir a trabajar a Lima y tomé el barco... y al ver a las mujeres preciosas con sus mantillas y su libro de Misa para ir a la Iglesia... adornadas de claveles para ir a los toros... Al ver estas calles, estos balcones coloniales, y oír la manera de hablar de la gente ¡no me cabe duda!... ¡El capitán del barco se ha equivocado de rumbo y me ha regresado a mi España otra vez!...
Sonó una ovación inmensa y con ella me gané toda la simpatía para siempre, pues así me lo demostraron cuantas veces fuí a aquéllas encantadoras tierras!...
Seguimos al Ecuador... de Guayaquil, subimos a la capital – Quito –, sumamente colonial y señorial, a La Paz... También nos recibieron con afecto sincero... Tanto que al marcharnos pusieron en el teatro Sucre una placa conmemorativa de nuestra temporada...
De allí pasamos a Venezuela y en Caracas, pintoresca y también sumamente colonial lo pasamos divertidísimo. En aquélla época el Presidente era el famoso General Gómez, y el resto del gobierno lo completaba casi toda su familia. El General Gómez era algo más que el Presidente, era como un ídolo para los venezolanos. Era dadivoso, enérgico y bondadoso a la vez. Era como el padre de todos... No había compañía que no la subvencionara espléndidamente... Poco antes acababa de donar al poeta Villaespesa nada menos que cien mil dólares por haberle dedicado una obra suya comparándole con Bolívar...
¡Y qué arte el nuestro y cómo el éxito vuelve locos a los artistas!... Villaespesa dilapidó todo su caudal en pocos meses. Yo también, como era natural, aspiraba a la subvención que acostumbraba a dar, que venían a ser unos 50.000 bolívares o sean, unos 10.000 dólares, pero me aconsejaron que fuera a saludarle a Maracay que era donde residía… y fuí.
Las audiencias no las recibía en ningún palacio. Su palacio era un maravilloso jardín dotado de las flores más delicadas, los árboles más gigantescos y los más distintos animales, desde el diminuto pajarillo a las más feroces fieras. En él medio del jardín había una especie de plataforma de madera, medio cubierta de flores y enredaderas y allí en su sillón, —especie de trono– recibía a la gente... que iba esperando turno alrededor del tablado del Presidente. Me mandó recado de que me esperara, que ya me llamaría, y me senté a unos 20 metros de él. El Presidente estaba con su traje caki, sus altas botas, un pañuelo al cuello y cubierto por un jipi finísimo... Su gran bigotazo negro le daba un aspecto más bien de domador.
Hablaba con otros de carreteras, de mezclas de asfaltos... ¡que se yo!... Cosas que no entendía ni me interesaban... Yo me entre tenía en contemplar todos aquellos animales tan distintos... y... por decir algo, a un señor que estaba también esperando a mi lado. Le hablé: – "¿No se ha fijado señor, que no hay persona que no tenga parecido con algún animal?. Lo he oído decir varias veces, pero ahora, me estoy dando cuenta que es cierto!"... No había acabado de decirlo, cuando el General, elevando su voz me preguntó: "Claramente… diga, ¿yo tengo cara de algún animal?... Yo, aunque temblando por dentro porque de que aquella pregunta por lo menos me podía costar el que no me diera la subvención que iba buscando, inmediatamente y con el mayor aplomo le contesté, "Si señor" - "¿A que animal me parezco?", preguntó algo ceñudo... Todos me miraron casi atemorizados por mi atrevimiento... Yo continué: – "Al LEÓN, mi general!".
Noté en el acto que la cara del presidente se suavizó y yo continué: – "Me explicaré, si señor; si Vd. con su poder de absoluta autoridad ordenara que me metieran en la jaula del tigre, o de la hiena, por ejemplo, preferiría antes dos tiros, pero si fuera en la del león, entraría al menos esperando que ese poderoso Rey de las selvas tuviera conmigo un rasgo, aunque fuera de indiferencia... ¡y me salvara la vida!...
El General entonces rió y dijo a los de su alrededor; "Estos cómicos siempre tienen por donde salir"... Hablé con él después unas pocas palabras le inicié como era natural el objeto de mi visita y me despedí... Tomé el auto que me condujo a Caracas para trabajar aquélla misma noche, pero llegué una hora mas tarde de la anunciada a causa de una enorme niebla entre aquéllas enormes tonñas aterradoras… pero el público esperó pacientemente, le conté mi conversación con el Presidente, rió y aplaudió...
Durante la temporada fuimos sumamente agasajados... Nos dedicaron una fiesta con baile en el Club Venezuela, fuimos profusamente obsequiados en nuestros beneficios y salimos encantados de aquél rico y generoso país... y con los 50.000 bolívares de subvención!... que el león... me había concedido!
Cuando años después, volví a Venezuela, me contaron algo que por lo gracioso a mi parecer, voy a referir.
El General Gómez, padecía de un mal muy propio de su avanzada edad... Llamó, precisamente, a mi cuñado el Urólogo doctor Valentine que hizo ir de los EE.UU...
Llegó, lo reconoció y le aconsejó operarse inmediatamente...
– Y dígame: ¿en la operación, me tendrán que anestesiar?...
– "Si señor, eso Vd. no notará nada... ¡ni sufrirá!...
– "Pero ¿estaré mucho tiempo sin sentido?..."
– "Una hora más o menos..."
– "¡Pues no me opero!..,"
– "Pero General... Vd... tan valiente!..."
– "Que no me opero!... Cuando me despierte... ya me encuentro con otro Presidente... ¡Nada, nada, que no me opero!"
Y mi cuñado regresó no sin ser pródigamente recompensado... El General Gómez era esplendido... ¡como precavido!

VEINTITRES EMISION PAG. 1

VILCHES:

De Venezuela nos fuimos directamente a la Habana dónde nos esperaba un magnifico abono en el teatro de la Comedia.

HABANA
¡Que bella la encontré!. Más todavía que en mi primera época en que había comenzado mi carrera.
Aquéllas que conocí de niñas eras señoras arrebatadoras de encantos...
El teatro durante nuestra corta estancia se veía adornado de ellas vaporosas, elegantísimas; ellos con sus smokings blancos impecables.
El Presidente, nos dio una fiesta familiar en su palacio y como le llamasen cariñosamente "El chino", me regaló el día de mi beneficio en "Wulichang", un primoroso reloj de oro, con una graciosa alusión en la tapa.
Esta vez fuí alojado en la lujosa mansión de Emeterio Zorrilla, primo mío, político casado con mi prima hermana, la hija de tía Lola casada con el Marqués de Casa Peñalver, de quien ya hablé en mi primera época.
Emeterio Zorrilla, a quien llamamos familiarmente Rubin, un gran industrial dueño nada menos que de una de las dos más importantes fábricas de cerveza.
También nos dio una espléndida fiesta en su grandiosa hacienda... en la que fué invitado todo lo mejor de la Habana... y tras esta inolvidable temporada, para mí, hoy día como un delicioso sueño... seguimos viaje para México.
Trabajamos en el teatro que en tiempos se llamó Renacimiento. Yo ya había trabajado en el que era de Virginia Fábregas y llevaba su nombre.
Nos recibían con todo entusiasmo e hicimos magnifica temporada... y también como en Habana volvía a ver a mis amistades de primera juventud con toda emoción.
Y... También, lo que nunca creí volver a ver a... Juanita aparte... y en Leno Hill hospital estuve un mes y pico...
Irene se volvió a Puerto Rico a licenciar la compañía que partió para España, y yo mientras, con ese tratamiento del Dr. Einhorn y rodeado de preciosas enfermeras que me parecían todas estrellas de cine, fueron desapareciendo mis dolores; la úlcera por su procedimiento se fué secando y al mes salí, a mi parecer, completamente curado y contento.
He de advertir que durante mi estancia en el hospital, con el tubo y todo en la boca que llegaba a mi estómago, propinaba a los porteros y me dejaban salir alguna noche y me iba a conocer comedias preciosas que no solo me distraían en mi encierro forzoso sino que me instruían por lo admirablemente representadas.
Esperé el regreso de Irene.
Y por fin ya mejorado, salí de la clínica y recorrimos y conocimos todas las bellezas que ofrece el inmenso Nueva York, en el que dejamos cuanto teníamos... Y si algo pudo quedar, lo dejamos en París, para seguir buscando novedades, modelos, para montar nuevas obras.
Y claro, con este modo de ser y de pensar y sin orden ni control, nunca podíamos engrosar nuestra cuenta corriente... Millones que entraban, millones que se iban... Verdaderamente que la vida del teatro no se parece a ninguna otra!... Jamás creemos que el dinero nos pueda hacer falta un día. Nunca pensamos que la juventud y las energías se pueden acabar!
Así pasamos trabajando juntos como unos 20 años, rodando por si todos los países, llevando una vida fastuosa. Los mejores sastres, los mejores modistos, los vapores de más lujo, los hoteles más confortables... Con escogida servidumbre, secretario, chofer, criados, etc... y constantemente correspondiendo con banquetes... y fiestas.
Y entre aromas y espumas de champagne, llamémoslo así... pasamos de un país a otro siendo los artistas de moda... y unas veces sufríamos el descalabro de los incidentes... otras los robos de valiosas alhajas... ¡a veces de gran importancia!...
Cuantos compañeros tuve, todos se llevaron recuerdos míos.
Un día pagaba operaciones a unos y otros, les daba el billete para que regresaran a sus países, y a todo esto a los míos, siempre les enviaba de todas partes baúles llenos de curiosidades más o menos valiosas y en cada fecha señalada del año las enviaba joyas... y si a todo esto se añade mis continuadas visitas por todos los casinos de todas partes, se comprenderá como habiendo ganado millones si en los bancos he tenido cuentas corrientes sólo ha sido por muy poco tiempo... Me pasaba lo de aquél baturro del cuento que estando en América se encontró un amigo y le preguntó: "¿Ande vas maño?" – "Al banco" – "¿A depositar dinero?" – "No" – "A sacarlo?" – "No" -"Pues a que vas al banco?" y le contestó "A que voy a ir, a sentarme". Pero en fin... ¡sigamos el proceso de... Las vidas que he vivido!...
Nuestros largos años de verdadera borrachera de éxitos... tuvo un desenlace... podríamos llamarles lógico, puesto que siempre el porvenir es una consecuencia del pasado... y un día a mi compañera de triunfos, se le acercó el espíritu del mal en forma de arrogante protector, llevado sin duda, de los indudables encantos de Irene, y tal vez con el objeto de acercarse a ella le dejó el virus de un venenoso consejo: "Vd. ya no tiene nada que aprender al lado de Vilches... Es un loco... está enfermo... Vd. tiene luz propia... los teatros los llena Vd. sola... No le han de faltar empresas que pongan a su disposición teatros y dinero... Vd. no merece ser el satélite de Vilches... y con estos y parecidos consejos... empezaron las desavenencias, los disgustos, los celos... y con todo esto, mi acallada úlcera se volvió a despertar y así todavía fuimos juntos otra temporada a Buenos Aires; esta vez al teatro de la Opera, el grandioso teatro, el mejor de Buenos Aires, después de su fastuoso teatro Colón.
Ya los teatros se ocupaban de nuestra futura separación y ya me iba yo previniendo buscando actriz... La Ladrón de Guevara, la Herrero y así seguíamos trabajando y sufriendo juntos, pero unidos como las vías del tren que parece que a los lejos se van a besar pero siguen separadas... y fuimos a Montevideo; después llevados por Loureiro, el empresario brasileño hicimos una grandiosa temporada, en el teatro O'Palace de Río de Janeiro. ¡Que encantador el público, la prensa, los compañeros brasileros y portugueses!
¡Qué temporada aquélla!... Una de las más felices, tal vez a no haber sido por la situación que cada vez más tirante, continuaba con Irene... y todavía recorrimos juntos Chile y Bolivia... Lima hasta que en un puerto de Colombia nos embarcamos para España y yo en Cádiz al llegar, y después de desearnos sinceramente sin duda u mutua felicidad, ella siguió por su camino y yo por el mío ¡dejado el grato recuerdo de toda una vida de apogeo y una prueba fehaciente de nuestra pasada unión artística!...
Y aquí puede decirse que comenzó para mi otra nueva vida!
Como yo, aunque separado de mi hogar nunca había dejado de atenderlo cuanto podía y todo me parecía poco para mi mujer y mis hijos, a pesar de no convivir conmigo siempre mantuvo latente el cariño y el respeto hacia mí y al regresar en ésta época, ya independizado, todos me recibieron con verdadera ilusión. Josie ya para conmigo fué otra y queriendo mirar para el porvenir, entre los dos decidimos comprar una preciosa finca en Chamartín para que ellos vivieran...
Pero tenía que seguir trabajando por necesidad y por compromisos firmados y ya sólo, formé de nuevo compañía... Para ello con traté desde Buenos Aires a una preciosa actriz argentina de origen italiano, Silvia Parodi: empecé mi temporada en mi teatrito Infanta Beatriz con el "Profesor Kelnow" en la que Silvia hizo su presentación con agrado del público madrileño. El marido de Silvia era Ramón Maran, aquél que había sido empresario mío en mi grandiosa temporada del Teatro de Buenos Aires, acompañaba a su mujer y como aquél año tenía compromiso de hacer la temporada de abono del teatro Odeón, para complacerles cuanto pudiera quise llevar novedades y entre otros estrenos elegí uno llamado "En las sombras del harem" y pensé que estando cerca de Marruecos podía estudiar del natural los usos y costumbres para presentar con toda verdad la obra… y allí nos fuimos Silvia su marido y yo.
(*** Aquí parece faltar una hoja)

otro, que compré. ¡Y a los seis meses otro!
Como siempre seguía sin darle valor al dinero... ¡Ganaba, ganaba, y ganaba, y gastaba cuanto cobraba!
Esperaba con ansiedad el descanso de los week–ends, o sea, fin de semanas, para gozar en ellos, invitando a alguien en mis excursiones, por los compactos y preciosos pueblos de California, llegando alguna vez hasta San Francisco. Algunos otros los pasaba en Santa Catalina, un islote delicioso, propiedad del Rey del chicle, lleno de diversiones y de encantos.
Del mejor hotel de Hollywood, con mi criado Víctor, pasé a un precioso Bungalow que alquilé; en él reunía, a cuántos artistas hablaban el español y los invitaba continuamente dando fiestas que me resultaban por cierto bastantes caras, pues la bebida costaba un dineral por tener que adquirirla, como se podía en aquéllos tiempo de la ley seca.
En Nochebuena, no quedó nadie que no conociera, sin regalarles, un presente según costumbre allí en dicho día y así encantado filmaba... ganaba y cuanto ganaba... lo gastaba.

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VEINTISIETE EMISION PAG. 1

VILCHES:

Las fiestas que daba en mi precioso Bungalow de Hollywood las repetía frecuentemente - sobre todo cuando llegaba algún notable compatriota – como Antonia Merced La Argentina, el maestro Arbós... mi querido Federico Sanchiz... Para mis compañeros era como el padre de todos... "Don Ernesto que no tengo trabajo y estoy en un apuro... Maestro que tengo que regresar a mi patria y no tengo para el pasaje..." A todos procuraba atenderles cuanto podía con todo gusto, y lo único que lamentaba era que, a veces mi compañerismo lo creyeran idiotismo... que no es lo mismo!... Por ejemplo:
Una vez un actor español, muy ligero de cascos, me suplicó que le adelantara unos cientos de dólares, dejándome en cambio un cheque firmado que tenía, para que yo lo mandara cobrar el lunes, porque era sábado y estaban los bancos cerrados... Le di la cantidad y cuando fuí a cobrarla, me dijeron en el banco que no conocían la firma... Ligero fuí a verle, pero él, más ligero, se había ido al Puerto... y... ligero se embarcó para España, en donde a pesar de haber ganado una fortuna haciendo películas, ¡no volvió ni a darme
las gracias!...
Además en aquélla ocasión, por fin, decidí operarme por un notable especialista que allí vivía. Enterada mi mujer de mi resolución, por fin tomó inmediatamente un aeroplano y llegó a Hollywood para atenderme, pero una vez allí tampoco me decidí, y la pobre regresó sola, triste, decepcionada, no solo por mi falta de decisión sino por haber comprendido que entre unas cosas y otras iba tirando la cuantiosa fortuna que iba ganando...
Pero para mi, esta vez, tenía una disculpa; pensando sensatamente no lo hubiera hecho, pero la dichosa suerte que me persigue hizo que me ofrecieran un contrato verdaderamente fastuoso también, y que firmó ante notario, en el que tenía que percibir 100.000 dólares al año siguiente para dirigir en México unos estudios cinematográficos llamados "Empire".
¿Para qué quería guardar el dinero que había ganado, ya a los 50 años, y con aquella dolencia que me hacía creer que iba a llegar el final de mi vida, sabiendo que seguramente al año siguiente, en caso de sobrevivir, volvería a ganar otra fastuosa cantidad y en dólares?
Y pensando en que por si acaso la vida no permitía volver a Hollywood, compré una preciosa casa de campo estilo californiano, que me vendían por 25.000 dólares a plazos...
El primero de 5.000 dólares lo pagué, pero el segundo plazo no lo pagué y lo perdí todo.
Conocí por entonces una preciosa artista de una gran cultura, una agradable voz y una clara inteligencia, me pidió que la colocara en México en los estudios que iba a dirigir, la complací con todo gusto y con aquélla encantadora criatura, llamada Virginia Ru(***) que yo la bauticé de nuevo llamándola Virginia Zurí, y abandonandc ya la encantada "Ciudad de Cartón", Hollywood, y teniendo que vender para salir de ella hasta el auto que era todo lo que me quedaba, emprendí el viaje con Virginia y llegamos a México.
Los Estudios "Empire" estaban en construcción. Los habían hecho por acciones y estas las habían vendido por la garantía de mi nombre y la de otro actor mejicano muy popular llamado Soto; pero los que habían vendido las acciones "desaparecieron" con el dinero y menos mal que pudimos demostrar, ante la justicia, que nosotros no habíamos intervenido en esta estafa y que habíamos sido víctimas del engaño. Y mi sueño y mis ilusiones, se me rompieron, como el cuento de la lechera, que se le rompió su cántaro... Y me quedé e México, sólo, y sin un centavo, ¡después de haber llegado a ser otra vez rico, en Hollywood! Y a todo esto continuaba con los sufrimientos de mi cacareado mal, ¡pero Dios no quiso que llegara mi última hora, y otra vez comencé a luchar de nuevo!
Con Virginia Zuri y con la popular y querida en México, la actriz española María Conesa, formé una compañía teatral y con ella comencé a trabajar, en el teatro Arbeu de México.
Al querer salir para los estados, la Conesa no quiso continuar y se separó. La sustituí con la bella y admirable actriz Eugenia Zúfoli, que con su marido Bodalo, (el hijo de aquél, el prime empresario que me contrató en mi vida, por tres pesetas y espada, para hacer el Tenorio) que estaban allí, y con ellos y con Virginia comenzamos la excursión por los Estados mejicanos.
La Zúfoli a pesar de ser muy buena actriz y no tener motivo para envidiar a nadie, era algo absorbente, y sus preciosos ojos no podían ver el éxito que también a mi lado alcanzaba Virginia Zurí y empezaron los disgustos... Y por si esto fuera poco, la grandiosa América empezó a hacer de las suyas y en Monte Rey, sufrimos una gran inundación y al poco tiempo en Tampico los horrores de un inmenso ciclón que hizo época y allí tuvimos que permanecer sin trabajar, más de un mes, refugiados en unas cuantas docenas de manzanas de casas, rodeadas por una gran inundación. El espectáculo más espantoso que en la vida vieron mis ojos... y como pude por fin, cor Virginia, mi negro y fiel Víctor y yo, pudimos llegar a Veracruz.. Allí me presenté al Cónsul español: Un joven simpatiquísimo que decía ser amigo de mi hijo Ernesto y le rogué que hiciera que nos proporcionaran dos pasajes en el Colón, barco de la Compañía Trasatlántica Española que por aquellos días iba a salir para España y que permitieran la facilidad de pagar los pasajes al llegar. El Cónsul me los consiguió, pero gratuitos y en las mejores cabinas del barco. "Vd. – me dijo – se ha gastado fortunas viajando con sus compañías en estos barcos, y es justa la recompensa ante una desgracia como la que usted ha sufrido". Total, que agradecidísimos y contentos embarcamos para España, gracias a aquél simpatiquísimo compatriota nuestro Cónsul y el amabilísimo capitán del Colón, y a los pocos días llegamos a la Habana. Una vez allí quise recoger el resto de mi decorado, para continuar mi viaje hasta España, pero Habana también estaba sufriendo otra enorme catástrofe... Estaban en plena revolución... Al Presidente General Machado (que por cierto había sido un gran amigo mío), lo habían matado y Habana entera sufría las consecuencias de una terrible lucha política... Tiros, bombardeos, ametralladoras por todas partes sembraban constantemente el terror...
Desde el barco me entrevisté con mi empresario y le rogué, si era posible, que me enviara mi decorado para embarcarle, pero me dijo que mi representante Ortiz de Zarate le había pedido un adelanto de no se cuantos dólares, casa que yo ignoraba y comprendiendo
que tenía razón y como yo no podía dárselos, decidimos quedarnos en Habana, alentados por la promesa de que pronto pasaría todo y podríamos formar compañía... y desembarcamos Virginia, el negro y yo.
Allí, tristes, esperamos que escampara... En esto tuve la suerte de conocer a un hombre de gran corazón... Un inteligente industrial, gallego y poeta. Era dueño de la mejor fábrica de bombones y chocolates de la isla de Cuba, y este hombre fué mi salvación. Se llama D. Rafael Armada... Tuvo el coraje de que sin acabar el tiroteo hiciera que empezara a trabajar en el teatro de la Comedia inventando una ingeniosa estratagema para anunciar sus productos, la que nos dio un resultado estupendo!... Y allí en dicho teatro, estuvimos durante dos meses, otros dos con la misma combinación, recorrimos la isla y una vez ya calmada la situación, reanudamos en el teatro de la Comedia. Y hubiéramos continuado sin duda si no hubiera sido por un caso verdaderamente extraordinario, que voy a contar!
Quise entrenar una obra preciosa, de un autor español, reconocido su talento en todas partes del mundo, pues sus obras se estrenaron en varios idiomas. Pero en nuestro gremio teatral, a este gran autor se le toma por creerlo no conductor de la buena suerte, tanto, que se dice: "Si de tal has estrenao, tendrás el teatro cerrao". Pero yo, que siempre fuí un gran admirador de él, y que no soy nada supersticioso, a pesar de haber sido siempre muy "Juguetón", la quise poner; en cuanto lo supieron todos me dijeron, "Pero Sr. Vilches,
Vd. que ha conseguido lo que nadie, que en plena lucha ha podido" usted trabajar con éxito, pues la gente ha venido a verle, sin hacer caso de los tiros ¿por qué quiere usted terminar la temporada poniendo la obra que va usted a estrenar? ¿Es que quiere Vd. cerrar el teatro?". Yo indignado les decía que esas supersticiones no eran propias de gente culta, que la obra era preciosa, que el público agradecería conocerla, me impuse, la estrenamos y fué un rotundo éxito.
"Vox populi, Vox Dei"... Y esto que dice el refrán, me di que pensar, pues yo, que tal vez en ocasiones haya atribuido a un milagro por mi fe, creyendo en ellos, llegué a pensar si las brujas tendrían también su poder. Y Dios me perdone el pecado, pues al día siguiente del estreno que era domingo, ya no se pudo hacer la función de la tarde, pues la misma noche del sábado, con el estreno, terminó la temporada, como mis compañeros me predecían...
Al día siguiente, por la mañana, el actor que hacía un principal papel, cubano, llamado Ernesto Trápaga, estando tomando un vermut en el bar del teatro Paires le atravesó el ojo una bala que se le escapó a un policía, dejándole muerto en el acto. Este desdichado incidente, efectivamente, terminó con la temporada y en él pude reunir 8.000 dólares.
Ni mi enorme dolencia, ni mi mala cabeza, ni los abusos y engaños que había sufrido, ni las peripecias y los exabruptos de Naturaleza habían podido conmigo... Y otra vez había empezado hacer de nuevo una fortuna y al poco tiempo nos dirigíamos para Colombia, habiendo ganado, gracias a la protección de mi amigo Rafael Armada unos cuantos miles de dólares...
Y lo que me pasó en Colombia... fué, como toda en mi vida tan novelesco... ¡que es digno de contarse!...
¡Allí comencé una vida más...!

VEINTIOCHO EMISIÓN PAG. 1

VILCHES:

Desde La Habana marché con toda la compañía, con la que actué en el teatro de la comedia de Colombia. Esta vez no tuve que sufrir la travesía de 24 días subiendo por el río Magdalena, sino que la hice en unas cuantas horas en aeroplano, con toda la compañía: pero en Bogotá, no fué también como en otras ocasiones, por ciertas peripecias que voy a contar.
En primer lugar, debuté, con mi famosa obra "Cascarrabias", y la noche del estreno en el teatro Colón, estrenaron la misma obra hecha por mí en la pantalla en un inmenso cine. En el teatro yo cobraba por la butaca tres dólares y el cine 50 centavos. Yo tuve una mediana entrada. El cine un llenazo. La empresa ganó un dineral con el Vilches retratado, mientras que el Vilches de carne y hueso, (más hueso que carne por cierto, pues yo seguía martirizado por mi úlcera), apenas sacó los gastos, y yo mismo, me hice la competencia, lo cual me hizo muy poca gracia.
Yo, haciendo verdaderos esfuerzos seguía trabajando, mi alimento sólo era ya, de leche, cereales y bismutos a todo pasto. Pero a pesar de ello con todo entusiasmo estudiaba, una gran obra de D. José María Pemán, de la que yo me enamoré era "El divino impaciente.”
Tenía allí en Bogotá un gran amigo, Ministro de Instrucción el Sr. Jaime Jaravillo Arango, y me aconsejaba, que antes de estrenar la obra, me decidiera a hacerme la operación, yo me resistía, hasta el último grado, hasta que por fin llegó el día en que estrené "El divino Impaciente". La presenté con toda propiedad. Yo hacía el papel de San Francisco Javier... En el entreacto del primero al segundo acto, me sentía mal y le dije a mi criado, el negro americano, que me diera la medicina que a todo pasto tomaba y me calmaba... Víctor, aquél día sufría de una enorme papera y también tenía su medicina, pero se equivocó y por darme la mía, me dio la suya; me hizo tal efecto, que al momento arrojé una bocanada de sangre; le dije "Víctor, me has matado!...
Al enterarse él, se echó al suelo llorando.
Seguí trabajando como pude y la obra tenía un éxito clamoroso.- Pero llegó el 4o acto. En la escena que era casi un desierto, había una palmera... ¡Me dio otro acceso y arrojé de nuevo otra bocanada de sangre!... El público se percibió pero como el Santo venía vendado y llagado, se figuró que mi sangre, era un detalle del realismo que yo los tenía acostumbrado... hubo un murmullo, y ¡acabó con un aplauso!... Yo, que lo comprendí al momento, le dije a mi interlocutor de escena, en voz baja: “Mira lo que es el teatro: el público ha creído que mi sangre es un detalle... Ahora en el acto próximo, que San Francisco tiene que morirse en China, puede que me muera de verdad y el público tal vez diga que he hecho mal la muerte”
No me morí y acabé la representación con un éxito clamoroso pero al día siguiente me sentía tan malo, que no tenía ni alientos para hablar y mis compañeros acordaron salir al público, contar el caso y no permitieron que hiciera la función devolviendo la localidad que estaba totalmente llena y me llevaron al sanatorio. Llamé a mi amigo el doctor Jaramillo pero en aquél momento no se atrevió a operarme... No habría podido resistir la operación... Me preparó durante unos días y por fin decidió operarme delante casi de todos los médicos de la población - explicando antes la gravedad del caso.
Recuerdo que la noche antes entró en mi habitación un sacerdote joven muy simpático que me estuvo animando después de confesarme, pero en la cara le leía yo... que sabía que no tenía salvación
A la mañana siguiente medio anestesiado me pasaron en la camilla ya para el quirófano, por delante de un grabado de la virgen del Pilar, hice que se pararan un momento y dije: ¡Virgencita mía! Tú que eres la Capitana de Espada haz que yo vuelva a ella y pueda todavía ver a mis hijos.
Al ponerme el gas me despedí de la vida... pero la ciencia de aquél notable doctor, sin duda ayudado por un milagro de mi virgencita, hizo que me salvara.
A los 15 días ya estaba con los preparativos para debutar en Medellín con mi familia… Pero todavía la Virgen sin duda que veló por mí, me salvó de otra catástrofe.
Me encontré con mi gran amigo Gardel... El gran argentino creador de tangos... Iba también por Medellín... y muy contento por haber salido yo bien de la operación me dijo: - ¡Che! ¡Espérate! Pasado mañana voy yo también a Medellín pedí un pasaje para Virginia y para ti en el avión ¡y vamos juntos!... No pude acceder a sus deseos porque yo tenía ya que debutar un día antes que él.
A los dos días él salió en el aeroplano... pero no llegó... a pisar tierra, no se como fué que el avión chocó en algo y se incendió, ¡lo sacaron carbonizado!
¡Que suerte tan contraria la de mi amigo y la mía! Por esta y otras análogas coincidencias, es por lo que no he dudado en titular estas narraciones "Las vidas que he vivido".
Y después de llorar la desgracia de mi amigo hice una temporada, simpatiquísima en Medellín, allí se confortó mi cuerpo, se sosegó mi espíritu y gané un dineral.
Seguí después hasta Cartagena de Inoros luego seguí a hacer una corta temporada en Barraquella y de allí fuí otra vez a Venezuela.
Recuerdo que en aquella ocasión me pasó un caso muy curioso. Por lo que me había pasado en Bogotá, sin duda, mal informado algún periódico de fuera del país, publicó la noticia de que había fallecido... La reprodujeron y pude leer… todo lo notable que había sido en mi vida... y pude saborear con placer lo que dijeron de mí. ¡Qué efecto tan raro me hizo y como agradecí al mundo, sus elogios después de muerto!...
Pasamos a Puerto Rico ¡Qué gran temporada hicimos!.. ¡También aquí el público es sumamente cariñoso con los españoles!.. Se me ocurrió instalar en mi cuarto de teatro un micrófono, para pode comunicarme con el público y en los entreactos, en vez de amenizarles con orquesta, hablaba y contaba cosas... y preguntaba las obras que querían ver... Hasta el obispo norteamericano, que era un gentilísimo varón de un carácter amplio y abierto, fué a visitarme una noche al camerino y desde allí, ¡hice que hablara con el público!
Hice beneficios para instituciones... Visitamos también Ponco... y con "Wulichang", "El eterno D. Juan", "Cascarrabias" y sobre todo con "Un americano en Madrid”, ¡salí de esa gentilísima con más de 40,000 dólares y dos autos que me llevé a España!..
Y llegamos a Madrid, dónde presenté a Virginia Zurí en teatro Reina Victoria.
El público me recibió encantado y el día del debut el simpatiquísimo y popular Pedro Chicote, obsequió a todos antes de empezar la función con uno de esos cocktails ¡que él sólo sabe combinar!...
Con Herrero Oria, en Aranjuez, filmé una película, de 1a cual fuí guionista, director y estrella... Se llamó "El 113"... En ella trabajaste tú, Chiny, y la hiciste tan bien, y eso que tenías sólo 4 años, que el público te aplaudió... También en la película debutó en el cine Alfredo Mayo. Gustó mucho y al mes, ya se había sacado lo que costó la filmación... ¡pero las cosas, no siempre salen a gusto de todos!...
Al poco tiempo, estalló la guerra de liberación...
Desapareció la película, no sabiendo más de ella...
Perdí mis coches, y tuve que escapar de nuestra casa de Chamartín porque sabía que alguien que había tenido en la compañía, me perseguía por el terrible delito de que yo conservaba retratos del Rey D. Alfonso y de la Infanta Da Isabel.
Yo aunque siempre he sido ajeno a toda política, sin decir nada a ninguno de los míos, aproveché la oportunidad de que uno que me conocía, se decidiera a llevarme en su auto a Barcelona... Me conseguí un salvoconducto y me fuí con el propósito de ver si me podía embarcar. Me refugié en la Embajada Argentina y pedí permiso, al que entonces estaba de jefe, en Barcelona para salir de España... Me recibió en la misma habitación de la Capitanía General, dónde tantas veces había ido a visitar, al general Millán del Boch que me tenía gran aprecio y tuve suerte, pues en medio de la tirantez en que estaban las cosas, aquél hombre me dijo: Ah... pero Vd. es el actor Vilches? ¡Bueno!... Los artistas como Vd. no tienen patria… el mundo entero es suyo... y con esta frase digna de Napoleón, ordenó por teléfono que me dieran el pasaporte para salir, en un vapor alemán que zarpaba por la tarde para Marsella...
Por entonces, tenía una damita en mi compañía, cubana, que consiguió poder salir conmigo y con su hijita recién nacida... y juntos y complacidos del Cónsul argentino, nos dirigimos al muelle. Antes, aunque no podía llevarme mi material escénico que tenía en Barcelona, pues allí había hecho mi última temporada en el teatro Barcelona, pude recoger unos dos o tres baúles. Llegué con ellos al muelle y el carabinero, me los registró con toda simpatía pues era de Cartagena, y le habían dicho que yo también lo era... pero en esto, sacó un retrato, que yo mismo ignoraba tenerlo, de un conocido general retirado de Palma de Mallorca y exclamó viéndolo... ¡Oye! ¡Este es Primo de Rivera!... Tú sí que eres primo, exclamé efectivamente... ¡que va a ser!... ¿No? me dijo con cara hosca, que me alarmó: pues yo te digo que sí lo es, y no doy el pase... ¡Tenemos que esperar a que venga el Comité!... Esta decisión me heló la sangre. Quise alcanzar el pase para la actriz que me acompañaba, pero tampoco le dejaron a ella, su niñita y yo, esperamos la llegada del comité para que decidieran... Llegó la hora de salida del vapor... ¡y nos quedamos!... ¡En mi vida he sufrido más que en aquéllas horas de espera!...
En esto pasó un señor, con una gorra con galones dorados, que al momento me enteré que esa el jefe de Aduanas y preguntó: ¿Estos qué hacen aquí?... Es el actor Vilches, que le he encontrado un retrato del General Primo de Rivera y he dicho que no puedo dejarle pasar hasta una orden superior...
El jefe tomó el retrato, lo miró; me miró a mí y dijo sonriente... Este Vilches es un diablo... Se pone la cara que quiere y enseñó el retrato al aduanero. ¿Pero este es él? Preguntó asombrado... Yo entonces comprendiendo que aquél hombre me quería salvar del baúl que estaba abierto comencé a sacar retratos míos de otras caracterizaciones y el aduanero comenzó exclamado: ¿Pero este chinito eres tú?
¿Y este viejo también?... ¿Y este tío con barbas?...
El Jefe de Aduanas siguió hablando... Y que, se va Vd. a le Argentina ¿no? - Sí señor contesté aunque no me llegaba la camisa al cuerpo... pero el caso es que con este incidente el barco ya se ha marchado - No le importe; todo es pasar una mala noche, a primera hora sale otro para Génova, ¿le dá lo mismo?
Aunque vaya al Congo pensé yo para mis adentros, y pasamos una noche de angustiosa inquietud que no la quiero ni recordar... A la mañana siguiente efectivamente, salió el Tevero, vapor italiano y embarcamos por fin y salimos para Génova más muertos que vivos.

VEINTINUEVE EMISIÓN PAG. 1

En el Tevero, cuando una vez ya en alta mar, me hallaba fuera de la Jurisdicción española salí a la toldilla a respirar, ya más tranquilo, el aire, pero de repente me tapan los ojos con las dos manos, las separo nerviosamente y veo que era el Jefe de Aduanas. Supe que haciendo su revisión al vapor, en el momento de salir, se había escondido para poder escaparse, pasarse luego a Sevilla, a las órdenes de los suyos. Comprendí que me había querido salvar, pues demasiado sabía que no era el general del retrato, y le di el abrazo más fuerte que he dado en mi vida cuando nos separamos...
No le he vuelto a ver más, pero daría algo de mi vida por poderlo encontrar y agradecerle que me hubiera salvado en esa ocasión.
También en el Tevero tuve otro encuentro casual y agradable, cuando bajé al comedor para almorzar me encontré con Asquerino, Irene y su hijo Pepín, que también habían conseguido tomar aquél vapor para huir de los amargos acontecimientos y poder seguir trabajando. Hacía muchos años que nos les veía... Juntos llegamos a Génova y Juntos volvimos a trabajar, gracias a la casualidad de que nos pidieran nuestra colaboración a beneficio de los balilas, niños militarizados en aquella época en Italia; después, Irene y yo nunca hemos tenido ocasión de unirnos por el arte. Como carecía de dinero, pues de España apenas si saqué unas pesetas, tuve que vender unas cuantas pitilleras que pude salvar de una magnifica colección que tuve que dejar en España, y con su producto puse un telegrama a mi representante en Buenos Aires, Hornero Durante, para ver si podía gestionarme contrato para poder trabajar en la Argentina. Lo consiguió del empresario, El Dr. Musio, y al poco tiempo me hizo un giro y me envió dos pasajes para la actriz que me acompañaba con su niña y para mí. Y en el "Oceanía", un magnifico vapor italiano, llegamos a Buenos Aires, después de un viaje tranquilo y delicioso. Allí el Dr. Musio me firmó un contrato, formé una gran compañía, ¡en la que figuraba Silvia Parod!, la damita que llevaba, Nedda Francis y otras, y de ellas Camiña, Esteban Serrado y otros y con el estreno de "Las cinco advertencias de Satanás", de Jardiel Poncela, debutamos en el antiguo teatro de la Comedia y allí actuamos hasta que la Municipalidad mandó derruir el teatro, para hacer el ensanche de una gran avenida.
Después pasamos a otro teatro situado en la calle de Panamá que también le pusieron por nombre "Comedia", y en él hicimos una larga temporada.
Allí en espera de nuestra liberación, tomé un precioso pisito situado en el corazón de Buenos Aires en la calle de Talcahueno, pero en esto surgió la segunda guerra mundial y continué viviendo en Buenos Aires.
Conseguí varios contratos para hacer cine... y descansando del teatro a él me dediqué, pues me producía más tranquilidad y mayor rendimiento...
La primera película que hice fué con Libertad Lamarque, se tituló "En el viejo Buenos Aires". Hice un párroco y sin duda convencí haciendo de sacerdote de tal manera que me llovieron los papeles de curas. ¡Llegué a hacer más curas que un médico!
En Juvenilla, "El punto negro"... "El sillón y la gran duquesa"... y muchas más... Llegué a saber andar mejor con sotanas que con pantalones...
Me hice gran amigo de D. Miguel Machindiarena y de su encantadora señora Lina... Me llegaron a querer mucho y me protegían... D. Miguel tenía nada menos que la concesión de la ruleta en Mar del Plata; hizo una gran fortuna y construyó unos estudios cinematográficos, los estudios San Miguel y en ellos protegía a todo español con toda prodigalidad.
Con él hice muchas películas... Después varias más. En un de ellas me llevé el premio. La hice con María Duval y su titulo era "El primer baile..." y así continué algunos años...
Desde las primeras temporadas que tuve en Buenos Aires, me hice gran amigo de una de las familias más aristocráticas y de mayor fortuna de la República.
Me llegaron a querer como de la familia... De toda ella, la que más llegó a compenetrarse conmigo, por sus ideas artísticas, fueron dos, llamados Miguelito y Sofía, señora viuda tan inteligente como culta y cristiana. En este época nos comunicamos más y continuamente y como ellos, y principalmente Sofía tenía pasión por el teatro, me buscaba obras... Algunas las traducía y a veces hasta me ayudaba a montarlas con su pecunio.
No había fecha señalada del año sin que yo recibiera una atención de ellos. Con la ayuda de mi amiga Sofía monté una gran obra que fué de gran altura y fué un enorme éxito. Disreali Antonia Herrero era mi compañera en la obra.
¡Que lastima que la estrenáramos en pleno verano! De no haber sido así, hubiera tardado meses en quitarla del cartel...
También tuve una temporada que fuí el director de un actor muy nombrado en Buenos Aires: Arata.
Les dirigí con todo celo y cariño una obra que le busqué que le iba bien... Agradó... Salió muy bien le dieron el premio aquél año, pero a los 8 días halagados por el éxito, ya todos decían lo que querían; y yo indignado de que no respetaran mi dirección, rescindí el contrato.
Volví a hacer películas...
España se liberó y solo esperaba terminar un compromiso que tenía de hacer dos películas para regresar, pero en esta época, la vida me castigó con la mayor de las desgracias... Recibí la noticia de la muerte de mi mujer, Josíe Valentine, ¡la madre de mis cuatro hijos!...
Había ido con ellos a los EE.UU. a arreglar sus asuntos; pasaron a México, con los horribles dolores del cáncer dejó la vida rodeada de sus hijos, nombrándome y perdonándome.
¡En verdad que no merecía aquella santa mujer tan horrible fin!...
Mi mujer muerta; mis hijos en México, pues como dejó mi hija casada, y mi hijo trabajando en una casa Suiza, mi hijita Marisa soltera, viviendo con Paz y aunque mi otra hija Sara, casada con Fernando Reparaz, estaban en España, la verdad, yo no tenía el atractivo de regresar tan pronto como me lo había propuesto... y seguí con mis contratos de películas... y de cuando en cuando volvía a montar obras algunas también traducidas por Sofía. "La Loba", con Elsa O'Connor... y "Yo soy el Camino", con Nora Samsó, Maria Santos, Aída Lúa, y otras... ¡y así pasaron más años!...
Yo cómodo en mi casita y resignado a pasar ya una vida tranquila... pues sabía bien que ya no podía aspirar a rehacer fortuna, pero... nada me faltaba...
El cariño verdaderamente fraternal que nos teníamos Sofía y yo, nuestra comunicación de ideas artísticas y sus bondades hacía que nos viéramos continuamente.
Era... sin duda, el mejor "Amigo" que tenía en la vida... el más compenetrado, ¡el más generoso y bueno!...
Pero la familia de ella, aunque me quería y comprendía todo el valor de nuestra inocente amistad, no estaba muy conforme de nuestra constante convivencia, pues la sociedad tal vez pudiera interpretarla mal y un día propuso que nos uniéramos, puesto que tanto ella como yo éramos viudos y así podíamos acallar cualquier suspicacia, pues la verdad, ni ella ni yo habíamos pensado en ello.
Pero a decir verdad... también yo tenía un reparo en ello, de que creyeran que yo había estado alimentando esa amistad para llegar a este fin por ser ella inmensamente rica.
Sin embargo, lo pensé durante algún tiempo; lo consulté cor mis hijos... y estos, que estaban en el secreto con todos los detalles, no lo veían mal... y... ¡ya estaba casi decidido!
Pedí mis documentos... ¡pero no hubo necesidad!
La noble y bondadosa Sofía dejó de existir también cuando sólo nos faltaba 15 días para realizar nuestra decisión. Esta segunda pena me impresionó grandemente, por perder tan buena amiga del alma, sin pensar que de no haber pasado esta desgracia hubiera conseguido la tranquilidad de poseer una gran fortuna.
Seguí trabajando, como era natural... con Elsa O'Connor... una gran actriz que también murió estando en mi compañía, y con Nora Samsó y su hermana Germinia. Nora se quedó de primera actriz... alcanzando conmigo continuados éxitos... Bondadosa, estudiosa, con una gran figura, y las dos hermanas llegaron a tomarme un gran afecto...
En mis achaques ellas eran las que me atendían con solicitud, y cariño de hermanas... de hijas...
Tuve un gran contrato para filmar una película en Chile con el notable actor chileno Flores.
Esta película era "La casa está vacía", en la que yo compartía con Flores el estrellato... Me dieron 20.000 pesos argentinos… pero en Chile quise tener un cariño directo a mi lado é hice que fuera desde México, para ya vivir conmigo, mi hijita Marisa que era la única soltera que tenía... y llegó... fuí a recibirla a Valparaíso...
Mi hija, Nora mi primera actriz, contratada también en la película y yo, lo pasamos admirablemente, pues daba la coincidencia de que eran Navidades y tuvimos que esperar a que comenzara la película.
Yo tenía un contrato que la filmación no podía durar más que tres meses... y día que pasara cobraría 100 pesos argentinos..., pero me llamó el director, el "Rojo Silos", y me rogó que no hiciera valer esta cláusula, pues los estudios empezaban y no podían con ese gasto debido a una imprevisión...
Yo, como fuera lo más natural, hubiera podido llegar a un acuerdo, pero me investí de Don Quijote y de un plumazo borré la cláusula y me conformé con los mismos 20.000 argentinos en seis meses, en vez de tres, y naturalmente, me quedé sin un peso... y ¿Que hacer?... Sin duda Sofía, que desde sus alturas velaba por mí, me decidió a pensar que en Santiago podría estrenar la obra "Yo soy el Camino".
Hice que Nora se detuviera; formé una compañía con ella, siendo los demás aficionados, y en plena canícula, torné al teatro Municipal que, como era natural, esta desocupado en verano y monté la obra...
Causó tal sensación que a pesar del inmenso calor que hacía durante 15 días lo tuve lleno… y salí de Chile con 100,000 pesos chilenos de ganancia, que eran más que los 20,000 argentinos que yo había perdonado a la empresa filmadora.

TREINTA EMISIÓN PAG. 1



VILCHES:

Desde Chile, ya repuestos monetariamente regresamos a la Argentina, desde allí envié a España a mi hija Marisa, que no le seducía mucho la vida nómada que yo llevaba y quiso reunirse con su hermana Sara y formé de nuevo una compañía llevando a Nora Samsó de primera actriz. Recorrimos las provincias argentinas y por Salta, que es una población primorosa toda de estilo colonial y sumamente española y que nos fué muy bien, pasamos a Bolivia, en donde por mediación de un amigo mío diplomático que conocí en Montevideo, me consiguió no sólo los pasajes sino una gran cantidad de pesos bolivianos como subvención.
A mi edad ya avanzada, no resistía la altura de la Paz, capital de Bolivia, ¡y me costaba gran esfuerzo trabajar!.... pero después pasamos a Cochabamba ya mas abajo y allí recuperé mis fuerzas...
Una deliciosa temporada hicimos en Cochabamba... y tan buen efecto causamos que después me contrataron en un cine para hacer unas funciones y allí estuvimos un par de meses más, pero al pasar a un cine sirvió de protesta para que no quisieran darme la subvención prometida...
Contribuyó a esto el que la cuestión política estaba un poco o un mucho revuelta y entonces licencié la compañía y la regrese a la Argentina como era natural. Pero yo entonces sufría de un mal terrible muy propio de mi edad.... y Nora y Germina, su hermana no permitieron que me quedara solo, pues había tenido fuertes ataques de retención, y ellas me habían cuidado con todo celo y cariño y solos los tres nos regresamos para la Paz para ver el modo de poder cobrar la subvención prometida....
Esto estaba duro de pelar.... pero en fin… me moví cuánto me fué posible... y por fin conseguí la mitad, que cobré, y que en realidad no fué más que lo que me había costado regresar a toda la compañía.

Pero cuando nos íbamos a ir estalló una enorme revolución.
En una semana no pudimos salir del hotel ¡pues las tropas lo impedían!... Ni siquiera permitían salir para buscar comida... ¡Aquéllas días fueron terribles!... El hotel de la Paz donde estábamos, Nora, su hermana y yo, estaba situado en la plaza principal. A la izquierda la Catedral, y en frente atravesando el parque que había en el centro se veía el Palacio Presidencial... y desde mis balcones, a través de las persianas que me ocultaban presencié una tragedia horrorosa... Los rebeldes, lograron entrar en el despacho del Presidente Coronel Villarroel, lo mataron y después para que el pueblo lo supiera, lo tiraron por el balcón y lo colgaron en una farola de la plaza dónde su cuerpo se bamboleo durante todo el día.
A todo esto sufriendo horrores irresistibles por mi enfermedad esperamos con ansiedad, ante la duda de no saber cuanto iba a durar aquella situación hasta que logramos pasajes en aeroplano para regresar a Buenos Aires, con las dos hermanas Samsó que tanto habían sufrido atendiéndome en mi desesperada enfermedad.
En cuanto llegué a la Argentina, me preocupé seriamente de mi mal que ya no podía resistir por más tiempo, y en la Clínica Podestá, situada casi al lado de dónde yo vivía, me operaron.
El joven doctor Bernandi me hizo admirablemente la operación. Esta tenía que hacerse en dos veces, pero se comprometió a hacerla en una sola vez y así fué. Salí, con éxito asombroso... pero yo que me ví ya bueno sin sufrimiento alguno, en vez de reposar en mi cama durante la convalecencia, salí andando por las calles y recaí atacado de un desesperante dolor que no podía resistir...
El doctor tuvo que intervenirme de nuevo y sufrir otra grande operación, que me salvó por fin... ¡y hasta hoy no he vuelto a acordarme de ello!...
Y seguí viviendo... ¡otra vida!...
Y así seguí en mi pisito de la calle Talcahuano acompañado de mi fiel María la "mucama" lionesa que me cuidaba con gran solicitud, y atendido por mis buenas discípulas, y amigas que tanto me querían…
Y... voy a contar... algo que justifica una vez más el título con qué he bautizado el relato de mi vida, y la creencia de que, en toda ella me ha amparado mi Ángel de la Guarda...
El caso fué verdaderamente extraordinario y providencial… y de no haber sido público y notorio, como todo lo que he contado de mi vida por novelesco y casual que parezca, diríase que mi imaginación, ha colaborado con la realidad para poder hacer más entretenida y amena la historia de mi vida.
En aquélla temporada la compañía de Mariquita Guerrero y su marido Fernandito Díaz de Mendoza, actuaban en el teatro Avenida. Un día, me encuentro con Fernando con su gran tabaco en la boca que parecía un "7" y me dice: Ernesto, ¿que haces aquí ya tanto tiempo?... ¿porque no regresas a España?... Hace tantos años que no vas... te recibirán con los brazos abiertos... Mira: yo salgo la semana que viene a buscar negocios mientras que mi mujer se queda aquí trabajando con Pepe Romeo. Vente conmigo: iremos juntos y lo pasaremos muy bien...
Por fin, me decidí y estaba dispuesto a ello, pero el simpático galán de cine Hugo del Carril, me rogó que tomara parte en una película suya que iba a hacer... "La comparsita" y por complacerle y queriendo aprovechar aquéllas perras que no venían mal... dejé que Fernando se embarcara solo y me quedé todavía en Buenos Aires...
Al poco, recibimos la noticia que mi querido amigo Fernando ¡había desaparecido!... El barco en que iba y yo iba a ir con él, tuvo un accidente y se hundió... Se supo después, que había estado en alta mar luchando con las olas sobre un madero, ¡hasta que un tiburón le dio un coletazo y lo devoro!... ¡Lo que es el sino de las personas!
Esto es uno de los casos más grandes de suerte para mí en esta vida.
¡Y... seguí viviendo!... Pero comprendiendo que todo tiene su fin por más que ya iba siendo eterno, no quise que éste llegara para mí sin ver antes a mis hijos y mi precioso nieto que ya tenía de Ernesto, a más de Chiny, y antes de decidirme de nuevo a ir a Madrid al lado de mi hija Sara, quise ir a México para ver por última vez a los que allí vivían. La una por estar casada y el otro también y además por su empleo en la Casa Suiza... y decidí abandonar Argentina dónde con tanto cariño había vivido últimamente tantos años seguidos, rodeado de honores y verdaderos cariños.
Dispuesto a ello, me fuí a despedir, de mi buena amiga la Señora del Presidente Perón - Doña Eva Duarte -. Se mostró conmigo, como sencilla compañera de arte y como mujer comprensiva y amabilísima que lo era indudablemente el alto grado y después de una amena conversación, con el sólo objeto sin duda de hacerme un obsequio cosa que nunca se cansaba de hacer me dijo si quería despedirme de la Argentina haciendo tres audiciones por Radio. Yo como era natural por todos conceptos, retuve mi viaje y accedí gustoso... Por Radio Belgrano, dí las tres audiciones y Doña Eva... Evita, como yo me permitía llamarla, me envió una cantidad, que era aún más de lo que me costó mi viaje hasta la capital de México, en aeroplano, y dejando con todo sentimiento Buenos Aires, mis innumerables amigos, y sobre todo a mi buena Maria y mis entrañables amigas las hermanas Samsó, elevé el vuelo hacia la tierra mejicana con la ilusión de dar mi último beso a mis hijos... y después de un viaje delicioso llegué de nuevo después de tantos años a México.
Excuso decir con cuánta alegría me recibieron mis hijos, besé a mis nietos y lloré sobre la eterna morada de mi pobre Josíe.
Vivía con mi hija Paz y Chiny, decidido a marcharme al poco tiempo siguiendo viaje para España, pero México, me recordaba, me querían y empezaron a lloverme contratos para el cine...
Allí me encontré con unos grandes amigos míos que conocí en Ecuador; los hermanos Gildred. Con su trabajo y gran aliento habían hecho muchos millones... Habían construido los mejores y más portentosos cines de México, más de diez, eran dueños de un inmenso estudio, y me acogieron y protegieron con gran cariño. Los hermanos Soler, grandes actores mejicanos cuyo padre había sido compañero mío en nuestra juventud, también me abrieron los brazos; Cantinflas, el genial Cantinflas, tuvo conmigo las mayores atenciones, y por último me encontré con Tito Davison. A éste le había conocido, siendo un muchacho en Hollywood, cuando iba a filmar en la Paramount me llevaba mi maletín para hacer ver que era el que me ayudaba a vestir y así poder pasar al interior de aquéllos herméticos estudios… y allí, algunas veces, hizo extras conmigo, pero fué tal su afición, y su perseverante estudio, que hoy día es unos de los directores me cotizados entre los mejores... Que alegría me dió verle.
Un día me dijo: Don Ernesto, - como él me llamaba respetuosa y cariñosamente- No se vaya tan pronto... aquí puede tener mucho trabajo... ¿quiere Vd. hacerme un primoroso papale en una obra que voy a hacer del Caballero Audaz?.. Bueno Tito, le dije pero con una condición: vengo de la Argentina en dónde me clasificaron como cura y he hecho más de seis... si el papel que me vas a dar no es de sotana, ¡aceptado! A Tito le atacó una gran carcajada y me dijo: Pues sí D. Ernesto es de cura pero un curita gracioso... ¡acéptelo!, se lo acepté y fuí muy elogiado.
Después hice otra... y otra... y halagado por los cariños que me rodeaban... de hijos, compañeros, de amigos de mi juventud., encantado del maravilloso clima que constantemente se goza en este adelantado y pintoresco país... seguí viviendo en él... pero como con las películas como no se tome parte como estrella, hoy día producen solamente el poder ir viviendo y la verdad, como mi ilusión siempre fué y será el teatro... pensé formar compañía... ¡pero, no había teatro disponible! Y me dediqué manteniendo siempre mi afición a seguir siendo... como diría yo... el encauzador y consejero de todos...
A María Conesa... tan simpática y querida siempre por todo México le dije: ¿Por qué no formas una compañía lírica poniendo tus obras de éxito de hace 40 años y la titulas “Compañía del recuerdo”. Lo hizo y durante tres meses o más tuvo el teatro lleno - con aquéllas obras antiguas en que ella hizo en sus mocedades su gran nombre-.

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Y en México seguí encauzando a todos mis compañeros por el buen camino.
A Enriqueta Palma que actuaba en el teatro Virginia Fábregas, le dirigí "Santa", una obra muy popular de mi gran amigo de la juventud Federico Gamboa. Hice que el protagonista lo hiciera, el célebre compositor Agustín Lara, este genial autor no había trabajado nunca como actor, pero con su gran talento y sensibilidad, hizo un ciego pianista que fué un verdadero acontecimiento.
Yo me preocupé según mi costumbre desde que me erigí director, de buscar para cada papel, el actor de tipo adecuado; monté la obra con adelantos técnicos que jamás se había visto, y el público que reconoció todos nuestros méritos, acudió llenando el teatro más de dos meses.
En recuerdo de esta temporada, conservo un retrato del genial Agustín Lara, en cuya dedicatoria se lee: .. ¡A Don Ernesto! ¡Mi director, mi señor! ¡Mi amigo!...
Terminó la compañía y yo tomé el nuevo teatro para formar la mía y empecé a preparar la temporada. Lo primero que hice fué acordarme de mis dos discípulas de Buenos Aires, las hermanas Samsó. Germinia no pudo venir por atender a su madre, pero Nora, se vino volando, y a los cinco días llegó a México con todo el entusiasmo de figurar a mi lado otra vez como primera actriz y de volver a verme.
Llegó, comenzamos la temporada, Duró algunos meses con buen éxito...
Nora se hizo querer de mis hijos en alto grado pues todos apreciaron sus cualidades, no sólo de actriz que ponía toda su alma en su trabajo para ayudarme, sino que reconocieron también todo el cariño que me tenía...
Salimos a recorrer los Estados de México...
Pero los negocios apenas se hacían defendibles ya, el calor y el cine sobre todo eran nuestros peores enemigos.
Recorrimos Guadalajara, Puebla Querétaro, León, el pintoresco Guanajuato, Orizaba, de fatal recuerdo por ser allí donde perdí mi álbum famoso; el calmoso y simpático Veracruz y el riquísimo Yucatán... Estaba ya resuelto a deshacer la compañía pues ya la tenía que sostener a duras penas y regresar con Nora para España, cuando una buena amiga, gran escritora cubana, Mary Morandeyra, de origen gallego, me buscó un simpático empresario para llevarnos a la Habana... Y puesto que de todas maneras era camino para España y además me encantaba volver donde había estado tantas veces, y tantos y buenos recuerdos tenía, sin dudarlo, con unos cuantos, llegué a Cuba completando la compañía y con actores de la isla, que los hay muy buenos comencé mi temporada en un teatro precioso, moderno, con todas las comodidades y adelantos, situado en el aristocrático vedado, llamado Auditorium....
Tuve una gran acogida... Nora y la compañía fueron muy elogiados el estreno de "Yo soy el camino" causó gran sensación pero… como dicen y es verdad que la oportunidad es la base del éxito... aquélla estación del año no era oportuna PARA QUE LA GENTE SE METIERA CONTINUAMENTE EN EL TEATRO...
¡Era Julio y Agosto! Al calor que existe en la Habana, añádase al de estos meses de verdadera canícula y se comprenderá que éxito que tuvimos, el negocio forzosamente tenía que ser débil... y terminamos en el Auditorium…
Pero la Habana es tan atrayente, tan altamente simpática y agradable que nos retenía... y allí entreteniéndome, haciendo con Nora audiciones por radio... y con el placer de estar con mi familia, por parte de madre, seguimos con todo agrado atendidos por todos... Allí vivía la hermana de mi madre, mi tía Lola, la viuda del Marques de Casa Peñalver. Su hija, casada con Emeterio Zorrilla, el gran potentado industrial, un sinnúmero de primas hermanas, y todos llegaron a querer tanto a Nora, que en un día la propusieron lo que yo no me atreví, pensando en mi avanzada edad.
Que Nora y yo, nos casáramos... y Nora, a pesar de ser mucho más joven que yo, era tanto el cariño que me tenía y tal gran fé en mi arte como maestro, ¡que aceptó la proposición con toda su alma!
Para realizar nuestro propósito de matrimonio, lo consulté con mis hijos que la conocían de México, quienes le pareció muy bien el acuerdo por conocer las cualidades y el cariño que me tenía Nora a quien en este caso -porqué no decir la verdad, como he prometido- consideraban como víctima, dada mi enorme edad, no viendo en ello mas que mi natural egoísmo muy propio en mis hijos, de que su padre pudiera ser feliz y vivir atendido, cuidado y tranquilo en sus últimos años, cuando más cuando Nora además, era mi compenetrada compañera de cartel.
Y una vea conformes y decididos, empezamos a prepararnos para efectuar nuestra unión artística-sentimental.
Y nos casamos Nora y yo con gran contento de toda mi familia y la de ella, y lo que con cálculo y sin un verdadero cariño y compenetración hubiera tenido carácter de ridiculez a mi edad, fué una dicha para los dos. Fueron padrinos nuestros, el Doctor Pérez Cubillas y su señora Carmelina grandes amigos nuestros, y como testigos, mi buen amigo Rafael Armada, Rafael Marquina, hermanos de nuestros genial poeta, y mis primos Emeterio, Alfredo, etc.
En el gótico y fastuoso cabaret, uno sin duda de los mejores del mundo tropicales, propiedad de la célebre cantante andaluza Teresita España, llamado "Tropicana", nos ofrecieron un banquete por nuestra boda. Lo más elegante de la Habana concurrió... Nuestra mesa estaba artística y profusamente alumbrada y en el centro lucia un surtidor de agua que variaba la iluminación con diferentes colores. Los chavalillos de España que actuaban allí con éxito loco, nos dedicaron sus típicas canciones... Nora y yo nos acercamos a los micrófonos, para amenizar y agradecer, recitando y charlando, y aquella fiesta lujosa, original, y exótica, hizo que pasáramos la noche más inolvidable de nuestra vida. Un verdadero regalo de boda que nos otorgó con todo cariño Habana entera.
Ya casado con Nora, nos fuimos a vivir al Hotel -Sevilla- Baltimoor y allí esperamos a que refrescara el tiempo y pudiéramos reanudar nuestros trabajos teatrales.
Tomé el teatro de la Comedia donde tantas veces había actuado; el más céntrico, situado en la esquina del Paseo del Prado, a la espalda de nuestro hotel, y allí ya a fines de septiembre, sin tanto calor, pero... con bastante todavía, comenzamos la temporada, con excelentes artistas cubanos.
Hice alguna obra nueva, y di a conocer un estreno, una gran obra de Alejandro Casona, "Los árboles mueres de pie". Gustó, por todos conceptos. La obra primorosa... la representación adecuada y los actores todos muy bien, distinguiéndose Nora, que hizo una viejecita deliciosa que le valió un gran paso en su carrera...
Y allí hubiéramos continuado haciendo la obra, pero mi contrato se terminó por el compromiso de tener que ocupar el teatro con revista, pues allí como en todas partes ya, la revista, el folklore, y sobre todo el cine se ha impuesto de tal manera, que para las comedias, por bien que se hagan, no quedan mas que las migajas y forzosamente tuvimos que dejar de trabajar, y pensamos regresar ya por fin a España, pero la verdad, por los extraordinarios que tuvimos que hacer con motivo de nuestro casamiento, no disponíamos de lo suficiente. Pero como siempre mi buena estrella me siguió protegiendo.
Los hijos de mi tía Lola, Peter y Emeterio, eran jóvenes oficiales de la casa Presidencial... Peter teniente aviador a los 20 años en un vuelo oficial que hizo, tuvo la inmensa desgracia de morir en cumplimiento de su deber...
El otro Emeterio, joven distinguido, aguerrido también y casado con una de las muchachas mas bonitas... que ya es decir en la Habana, y de una gran posición, estaba de ayudante militar del Presidente Prio Socorrá.
Me proporcionó ocasión de despedirme del Presidente y logré que un día me recibiera.
Prio Socorrá, buen mozo, joven, simpatiquísimo y sencillo a mas no poder, me recibió con un gran afecto…
- ¡Hombre Vilches! ¡Si yo soy un gran admirador tuyo de toda la vida! (allí en Cuba se tuteaba a todo el mundo)... Yo recuerdo que cuando era estudiante iba a verte al teatro de la Comedia, en tus grandes temporadas con Irene, y no tenía para ir abajo a butaca y me iba arriba.
- ¡Y bien arriba continua Vd. ahora Presidente! Lo que es la vida... Pero créame que ella paga siempre lo Justo, y por eso hoy Vd. ocupa el máximo puesto que tienen con el cariño de todos... y sentándome a su lado en su despacho presidencial, y ofreciéndome un kilométrico habano... me preguntó: “¿Y qué, te vas contento de la Habana? ¿Has ganado mucho dinero?” ¡No Presidente! Apenas sí a fuerza de trabajo me he podido sostener. Y continúo.  “¿De manera que gustando como gustas, queriéndote como te queremos y recién casado, no te llevas dólares?"... ¡No señor!... así es... "Pues tú no puedes salir de Cuba así. Te voy a hacer un homenaje que te saque de apuros... y al momento llamó a mi primo su ayudante, aquel día de guardia, mandó entrar a un fotógrafo que nos hizo juntos una fotografía que conmemoró con una cariñosa dedicatoria y ordenó que comunicaran a todos los Ministros y altas personalidades del Gobierno su decisión de patrocinarme un homenaje y que pagaran los palcos lo más que fuera posible.
¡El Ministro que menos pagó, por su palco, fué 300 dólares; el Presidente por el suyo y su preciosa señora, ¡600!... Las butacas y los anfiteatros, diez dólares la localidad, y llegó la noche inolvidable del homenaje y el teatro se vio como aseguraron todos que jamás se había visto el Auditorium. ¡Con lo más esclarecido de la Habana! Lo más rico... con las mujeres más hermosas y distinguidas. ¡Toda Habana bien, me aclamó!
Puse "El Eterno D. Juan" y al final cantó Hipólito Lázaro el célebre tenor español recreándonos con su maravillosa voz con lo más selecto de sus canciones... Los alegres Bocharos, con sus originales y graciosas canciones... Fué una noche ideal, imborrable en mi corazón. En un entreacto y pasando por todo el público llegué al palco Presidencial y entré; aplausos de todos saludé a la encantadora señora del Presidente, recibiendo los mayores y más cariñosos aplausos… y así terminó aquella noche llena de todos los honores y de todo el cariño de la Habana entera… y con nada menos 7.000 dólares que me proporcionó la valiosa protección del simpático Presidente Prio Socorrat, secundado por todo su gobierno y toda Habana.
De este homenaje, después de gastos me quedaron 4.000 dólares y con ellos decidimos regresar a España ¡contentos y felices!

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Además de la protección del Presidente Prio Socorrát, tuvimos otra, la del Embajador de España que como regalo de boda nos proporcionó los dos pasajes en el vapor Magallanes.
Esto nos solucionaba el problema de llegar con los 4.000 dólares a España... y así hubiera sido si el vapor hubiera ido directamente de Habana a España, pero tenía que detenerse en Nueva York tres días... y lo peor todavía fué que eran vísperas de Navidad y ¿quien se resiste a visitar los enormes almacenes en esos días y no querer llevárselos enteros por las maravillas que ofrecen?...
Y pensando que llegábamos en Año Nuevo y con la alegría de llevar a mis hijos y amigos regalos que sin duda no los había iguales en España... no se cómo fué pero se evaporaron 2.000 dólares y con los otros 2.000 llegados después de haber pasado un viaje delicioso en los que Ezequiel Selgas, mi amigo y pariente, con sus magias y juegos de manos y Nora y yo con nuestros diálogos teatrales divertíamos al pasaje en los días de Nochebuena y Navidades.
Desembarcamos en la Coruña donde me recibieron con la ilusión consiguiente después de tantos años; mis hijos, que allí fueron a esperarnos y juntos llegamos a Madrid, donde celebramos la despedida del año... ¡51!
Al llegar mi representante, Antonio Vico, tío de mi discípulo Antonito Vico, me propuso formar parte como primer actor de la compañía que un tal señor Enamorado tenía trabajando en el entonces todavía Pontalba y hoy Alvarez Quintero.
Hacían "Las de Caín" y fuí a verla... y me causó tal sensación al ver que aquella obra que yo había estrenado, la hicieran tan desquiciada y con tan falta de respeto a sus gloriosos autores, que a pesar del éxito monetario que alcanzaron por la fastuosa reclame que la hicieron, que desde aquél momento desistí de seguir las relaciones comerciales; por cierto que al comunicárselo, tal vez llevado por el orgullo que tenía por haber ganado mucho dinero poniendo la obra, me dijo indignado "No se porqué no quiere contratarse conmigo, yo soy Enamorado", a lo que le contesté en el actor "¡Toma!, y yo también soy enamorado... enamorado toda mi vida... y enamorado de "Las de Caín", pero no enamorado de como pone Vd. la obra que haciéndola como se escribió y como se representó en su estreno no se podía mejorar, pasando por encima del respeto y del buen gusto.
Al poco tiempo formé compañía y lo primero que hice fué cumplir una promesa que me había hecho a mí mismo desde que me salvé de mi milagrosa operación de mi úlcera en Bogotá: que lo primero que haría al llegar a España seria ir a visitar a la Pilarica en su templo... y con toda alegría empecé con este objeto en Zaragoza y después de cumplir mi deseo de gratitud, debuté en el Argensola donde a pesar de ser la temporada peor sin duda del año, pues era en los días sagrados de Cuaresma, no me fué del todo mal; me recibieron con todo cariño, me agasajaron en todos sentidos, la prensa me recibió con todos los honores y quedamos apalabrados para volver en otra temporada mas segura para lograr hacer negocio... y de allí directamente llagamos a Madrid, donde ya en Sábado de Gloria debuté con mi compañía en el teatro de toda mi vida... tan lleno de recuerdos, en el teatro que me dijeron que lo habían construido para mí... en el coquetón teatrito del barrio de Salamanca "¡El Infanta Beatriz!”
¡Que alegría tan inmensa, que sensación, después de 16 años de ausencia encontrarme en Madrid, después de tantas y tantas veces que creí que había llegado mi última hora creyendo que ya no vería más! Pero Dios quiso concederme esta gracia y volví a estar rodeado de mis hijos y volví a recibir los abrazos emocionados de mis viejos amigos!
A Madrid lo encontré más bello que antaño. Sin perder en más minino su típico carácter - era ya otra población nueva, adelantada como la mejor -, ya veía los rascacielos de las mayores ciudades que yo había conocido... Las tiendas se podían comparar a la moda de los últimos figurines que veíamos en el cine. Ya no vi aquellas chulitas graciosas, con su mantón o pañoleta que había dejado... ya las vi todas señoritas, pero sin perder su gracia y donaire de siempre, ¡y todos bendiciendo de corazón al que había hecho de España este cambio tan asombroso!...
Y con este entusiasmo, como digo, hice mi presentación en el Beatriz.
Antes de empezar y meterme en mi camerino para caracterizarme del papel del divo de mi eterno "El eterno D. Juan", miré por un agujero del telón... y me emocioné al ver el público que había. Allí descubrí a antiguos amigos míos, de toda la vida, como era natural ya con la cabeza blanca... ¡Jóvenes pocos!... Habían venido sin duda, no por la curiosidad de ver la comedia... habían venido a darme el abrazo de bienvenida, y sin poder contenerme, vestido como estaba salí por delante del telón... a cara limpia... Estalló una prolongada ovación...
Cuando pude reponerme de la profunda emoción que me produjo aquel saludo... les dije, más o menos...
A eso he venido... Para que yo, Ernesto Vilches, ¡reciba este aplauso que supone un abrazo! Como conozco vuestra cortesía, suponía desde luego, que al aparecer yo caracterizado de mi papel, me lo daríais y yo me sentía celoso de que el aplauso fuera para él y no para mi, vuestro viejo amigo Vilches. Y comencé la temporada...
La prensa se volcó, como se suele decir todavía en Madrid, en verdaderos elogios... y no sólo de aquellos críticos que quedaban de mis tiempos, en los cuales se podría disculpar su amabilidad sino de los jóvenes, de los nuevos, recibí los mayores cumplidos y los más grandes alientos. ¡Como lo agradecí!
Todo esto hizo que trabajara con todo entusiasmo y quisiera en todo complacerles, pues hasta obras como "El amigo Teddy", que yo ya había retirado de mi repertorio, por no encontrarme tal vez lo suficiente galán como es natural, la tuve que reponer, llenándome el teatro durante 15 días.
Y además de las obras que me dieron fama, y que no hace nadie más que yo, también di a conocer una obra nueva que tenía precedida de un gran éxito por todas las Américas, "Yo soy el camino” de una gran moralidad y buen gusto...
Y así hice mi temporada en la que por no poder ir al teatro, ese distinguido público que siempre me ha seguido, nada más que por las tardes, pues por las noches, por entonces todavía había pocos medios de comunicación, no gané gran cosa, pero me sostuve y terminé mi honorífica temporada.
Después empecé a recorrer las provincias - Zamora, Salamanca, Valladolid, hasta que por la estación ya calurosa pasé a hacer al norte...
Como los negocios los hice, deprisa y corriendo, sin previa preparación, y los teatros veraniegos estaban ya todos ocupados en fechas festivas, yo tuve que ir antes o después de ellas pero con todo y con eso, recorrí San Sebastián, Pamplona, Santander, Oviedo Gijón y Corana... y en todas partes me recibieron con todo cariño, e hice buen negocio...
En Coruña tuve el honor una noche de que me recibiera nuestro Generalísimo Franco, teniendo para mi las frases más elogiosa; y alentadoras...
Su encantadora señora también fué a verme en varias ocasiones, y directamente tuve el placer de oír de sus labios las amabilidades más cariñosas...
Después de una preciosa excursión regresé a Madrid hasta noviembre que me fuí a Barcelona, donde debuté en el teatro Borrás en temporada de Pascuas.
Después de esta temporada entre mis paisanos tuve que hacer un alto en mi camino; mis ojos fueron atacados por unas cataratas y aprovechando que en Barcelona estaban los célebres doctores Barraquer padre e hijo, me puse en sus maravillosas manos y salí de su portentosa clínica con la luz en mis ojos pero tuve que descansar forzosamente por algún tiempo mi convalecencia lo exigía, caminaba torpemente, miedoso, tanto que un día al salir de mi casa, al atravesar la calle de Lista, dobló de repente, por la de Velázquez y me atropello un magnifico auto color perla... ¡En un instante sentí que había llegado m último momento!
El auto frenó de repente y caí junto a sus ruedas delanteras; acudió la gente; me levantaron del suelo muy amablemente, al mismo tiempo que rápida bajó del auto una linda y elegante muchacha, que lo conducía... Toda asustada me preguntó, "¿Le ha pasado algo? ¿Le llevo a la casa de socorro o a su casa?”
Yo, aparte del porrazo que me di al caer empujado por la defensa delantera, me levanté y sonriendo le dije para calmarla; "No se preocupe Vd. señorita, tranquilícese, nada me ha pasado, yo sigo viviendo y Vd. siga su camino... Esto no ha sido sino una compensación de mi vida... Es natural que una joven preciosa como usted, también me tuviera que atropellar algún día...
Por su azoramiento, tal vez, no comprendió mi irónico y galante chiste; hizo que tomara el número de su auto, el 825111 y desapareció. Yo seguí añadiendo milagrosamente una vida más a las VIDAS QUE HE VIVIDO.
En aquel momento salía para acudir a una cita que me dio el director General de Cine y teatro, el Sr. Aragamasilla.
Este simpático amigo a quien conozco de muchos años, me ofreció empezar la temporada del María Guerrero con una obra dirigida por mí. Me concedía todos los derechos por haber sido él maestro y el encauzador de tantos y tantos artistas que hoy fulguran en Primer Plano; por creer que tengo profundos conocimientos prácticos, por haber recorrido todos los teatros del mundo durante mi larga vida... Y yo acepté entusiasmado, pensando que dejándome hacer a mi modo positivamente vencería... Pero llegó la fecha y vi que, sin duda por compromisos anteriores, le dio la dirección a otro, sin duda más competente por su juventud y me quedé... eso sí con la esperanza de que algún día me cederán este cargo que tan justamente merezco, pero mucho me temo que si tarda, me suceda lo que al loro del cuento; que se estaba ahogando en el mar y cuando le echaron un cable para salvarle, en su agonía, clamó “¡Ya para qué!” Después de esta decepción formé compañía y debuté en el teatro Beatriz.

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Al final del año 51, formé una magnifica compañía para debutar de nuevo en el Infanta Beatriz. Como primera actriz, NORA Samsó y como primeras figuras femeninas, Milagros Leal y su hija Amparito.
Debutamos con Wulichang, y pasamos ya al 1952.
En este año y en este teatro se cumplieron los 50 años de mi actuación en el teatro, y en este año, tengo el orgullo de decir, que recibí los mayores honores que puede haber recibido un actor en la vida, y las manifestaciones de cariño adhesión que puede recibir un artista.
Empecé el año siendo invitado, íntimamente, a un almuerzo de doce que fueron reuniéndonos en el Palace; el Príncipe de Bagalin con su señora S.A. Real la Infanta Dña. María de las Mercedes de Baviera y Borbón; la duquesa de Almenar; las condesas de Huetor de Santillana y Salvatierra; el duque de Medina de Ríoseco; Sr. Iturmendi, Ministro de Justicia; el Embajador del Cuerpo de Estado el Embajador de Bolivia; la Sra. de Péterson, esposa del Ministro de Cuba, y el Sr. Loynaz, en nombre de su señora, la gran poetisa cubana Dulce María y yo.
Después de tal honor, los Marqueses de Luca de Tena; Huetor de Santillana, Yanzol, Casa Valdés y Condesa Elda, patrocinaron un abono al que acudió lo más selecto de la Sociedad madrileña, y asistiendo a él repetidas veces nuestra primera Dama, la simpatiquísima y piadosa Da Carmen Polo de Franco, recibiendo de nuevo las más cariñosas frases de aliento y las mayores felicitaciones, por toda mi vida pasada y por la presente.
En esta temporada honorífica de imborrables recuerdos, estrené una obra por la que me dieron, el primer premio de interpretación de ese año, "El asesino". También tuve el placer de reprisar otra obra “La escala rota", de mi querido y admirado Juan Ignacio Lúca de Tena, y cuando terminó esta gran temporada, me despedí, de este primoroso teatro, celebrando mis "Bodas de Oro" con él.
Ese día para mí fué glorioso por todos conceptos y manifestaciones. El teatro, lleno completamente, se veía honrado por la presencia de todos los embajadores de las repúblicas americanas, Filipinas y Portugal, y cada una ostentaba la bandera de cada país, colgando de cada palco.
Yo a mi vez quise rendir homenaje a nuestro glorioso D. Jacinto Benavente poniendo una obra suya, de sus primeros tiempos, "La fuerza bruta".
Algunos notables actores de la pantalla también trabajaron en ella y después nuestro admirado y gran poeta Ardavin, me dirigió una hermosa alocución sembrada de las más cariñosas frases que puedan honrar a un artista, llegando su amabilidad a decirme que cada 50 años nacía un genio como yo en nuestro arte, y que el que me sustituya, no ha llegado todavía. El maestro Benavente, con su peculiar ingenio y gracejo me dijo que creía en mí firmemente, en todo lo referente a mi arte, tanto como actor como director, pero lo que no creía de ninguna manera es que mis bodas de oro, pues todo el que había llegado a ganar, lo había vuelto a perder.
Mi querido amigo Barcia Sánchiz, nuestro admirado charlista y académico de la lengua, estuvo contando "cosas" y "casos" pintorescos sobre las locuras restantes que cometí en mi vida, con ese pincel valenciano que solo él sabe mejorar con la misma genialidad que su pincel en sus cuadros, el inmortal Sorolla y su buril, el otro inmortal valenciano Benlliure, y sus notas, el maestro Serrano…
Todas las actrices que estaban en Madrid y que tuvieron esa hora libre, Ma Fernanda Ladrón de Guevara, Aurora Bautista, Elvira Noriega, Nini Montián, y muchas más, difícil de enumerar, me entregaron una corona de laurel con una cinta con los colores nacionales que lo hicieron más querido por los conmovedores besos que recibí de ellas, y por último, ante todo el público puesto en pie, recibí de los señores ministros de Educación Nacional la Cruz de Alfonso el Sabio y del de Relaciones Exteriores, la Encomienda de Isabel la Católica, precedido de una cariñosa alocución en nombre del gobierno, por el Ministro Plenipotenciario, Federico Olivan.
Al final de este homenaje, yo dirigí unas palabras al público de profundo agradecimiento, queriendo decir, porque no sé si la emoción me dejaba o no, que todo lo recibía con un orgullo sin límite: comprendiendo al mismo tiempo que todo ello no era por mí talento, si no por el intenso y constante trabajo de toda una vida de 50 años; pisando escenarios, creando actores y honrando constantemente en todos los países de habla castellana, nuestro pabellón y procurando sostener el amor a nuestra gloriosa España, que en estos momentos ha logrado ganarse por todos conceptos la admiración y el cariño del mundo entero.
Después de esta gloriosa temporada en el teatro Beatriz, todavía recibí altos honores del Cabildo de Canarias, en Santa Cruz de Tenerife, en donde hice una preciosa y simpática temporada... De la Municipalidad de las Palmas y de Orotava, donde su Alcalde con toda la población me dedicó un día encantador de homenaje... recorrí Alicante y Albacete con grandes manifestaciones de simpatía; Lorca, ciudad de donde fueron mis padres, me recibió con profundo afecto, con sus obsequios, banquetes y demostraciones de paisanaje, y por último Cartagena, recordando los primeros tiempos de mi juventud, y que yo había allí pertenecido al glorioso cuerpo de Infantería de Marina, me hizo una función de honor, llenándome el escenario de flores y entregándome un precioso pergamino con una artística y valiosa greca de acuarela documentando mi actuación en el servicio militar constando ser superviviente de aquella temporada bélica de Filipinas...
Después, ya el verano me cerró las puertas de los teatros y más que el verano, el cine y las revistas, pues las Empresas prefieren estos espectáculos a las comedias...
Y ahora nuevamente pienso formar compañía para ir saludando aquellas poblaciones que no he tenido tiempo ni ocasión de hacerlo, y poder demostrarles todo mi cariño, simpatía y gratitud, el recuerdo de aquellos tiempos pasados...
Y después... ¡quien puede saber lo que pueda ser de mí! No creo que me quede mucho tiempo ya, pero lo poco que sea posible, y si me dan ocasión para ello, pondré al servicio de esta juventud que sienta afición por el arte que he cultivado toda mi vida, mis prácticas, enseñanzas, y no como actor ya cargados de años, sino con el espíritu y los adelantos que siento, para poder combatir la rutinas y procurar hacer un teatro lo más perfecto posible con todos los detalles que merecen ser cuidados para mantener la comedia esa comedia real, sencilla que debe ser el teatro de la misma vida... Pero para esto necesitaría... lo que es natural... una ayuda, una compenetración y una gran fé en mí, que creo haber merecido por lo que me ha enseñado la larga vida que acabáis de conocer...
Y así Chiny querida terminó la historia de mi vida... Y ya no solo tú la conoces, sino España entera gracias a la gentileza de esta meritoria Casa española Hispano-Olivetti... que ha hecho que ya tenga más amigos que los que tenía, llegando a conocerme íntimamente, tal como he sido... y sigo siendo...
A grandes pasos que sin duda lo he contado todo, bueno o malo de lo que he hecho y... claro que todas las anécdotas no he podido contarlas por haber sido tantas que hubiera necesitado mucho más tiempo... y si algo he omitido, que también hubiera sido muy interesante, de mi vida, solo ha sido por recato, el respeto y la hombría que no me lo ha permitido, pero que quedan en mi recuerdo (en mi cajita de sándalo) con un aroma que tengo el natural egoísmo de conservar únicamente para mí; no sólo en mi memoria sino en mi corazón... ¡y gratitud!...
Y... esta ha sido mi vida, amigos míos... La ceguera de mi juventud ha sido sustituida por la ceguera natural de mis años, y terminaré haciéndoos mi última confesión... De nada de lo que hice me arrepiento, y si volviera a nacer, de nuevo elegiría mi oficio y con la misma pasión, de nuevo lucharía por él y por mi España, y de nuevo volvería a saborear la emoción de las intensas
¡VIDAS QUE HE VIVIDO!...

Y a ti, Chiny, en gratitud de haberme proporcionado la ocasión de recopilar mis memorias, que nunca hubiera hecho sino hubiera sido por tus deseos de conocerme, te dejo este humorístico recuerdo, por si quieres alguna vez… ponérmelo en una blanca piedra como epitafio:
"Aquí Ernesto Vilches yace; tuvo "cuerda" para rato... Vivió más vidas que un gato... Por fin... ¡requiescat in pace!
¡Juguetón... y de que modo!... Y aún perdiendo, hasta la muerte, para todo tuvo suerte... Sin ser Nada lo fué Todo...
El mundo entero corrió... sucediéndole mil "cosas"... y tantas caras preciosas vio en su vida, que cegó.
Aquí reposa cansado... Se merece una oración... ¡pero nunca compasión!... ¡Que le quiten lo "bailado"!
Gracias a todos con todos mis buenos deseos, y que yo todavía pueda gozar de cuantos cariños he creado en el mundo entero, ¡últimamente el de mi mujer, Nora Samsó! Y sobre todos el de mis hijos, ¡que son mi verdadero orgullo!... ¡el premio de más valía de cuantos he recibido!
Y mi eterno recuerdo lleno de gratitud para aquella madre dotada de todos los valores, que sabiendo olvidar y perdonar, supo hacer mantener en mis hijos continuamente el cariño y el respeto hacia mí, durante mis constantes y largas ausencias, ¡educándolos de manera irreprochable, haciéndoles cultos, sociales y verdaderos cristianos!
El epilogo de mi vida... ya se sabrá algún día... ¡Sólo pido a Dios que sea digno, honroso... y tranquilo!... ¡Que bien creo merecerlo después de tanta lucha, de tantas vidas!...

 
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