Palabras que pronunció el laureado poeta y Presidente de í a Sociedad de Autores Españoles, al ofrecerle el homenaje de sus "Bodas de Oro" a Ernesto Vilches, don Luis Fernández Ardavín.

Se me ha hecho el honor en esta tarde de dedicación y de loa al gran actor Ernesto Vilches --sea yo quien pronuncie unas palabras para ofrecerle la fiesta. No por mí, sino por la honrosísima representación que ostento al frente de los autores españoles.

Y lo hago en nombre de ellos, porque es para nosotros un deber sumarnos a este acto, dados los merecimientos indiscutibles de Ernesto Vilches, quien lleva tantos años de ejercer (como un verdadero magisterio en el que todos deben aprender) su arte sin par de excepcional actor.

Lo era ya cuando en los años de oro de nuestro teatro, una espléndida generación de grandes artistas de la escena y un sinnúmero de compañías magníficas y conjuntadas y disciplina llenaban escenarios de la capital y de las provincias, mientras un plantel de autores gloriosos elevaban al máximum el lustre de nuestra producción teatral.

Lo era ya cuando refulgían los nombres ilustres de María Guerrero, Rosario Pino, de Margarita Xirgú y de Catalina Bárcena, de las dos Alba y de Loreto Prado; de Borrás, Morano, Díaz de Mendoza, Thuiller, Tallaví y tantos otros que resultaría prolijo enumerar.

Lo era cuando le ofrecían sus papeles Jacinto Benavente y los Hermanos Quintero, Eduardo Marquina, Arniches, Martínez Sierra, Linares Rivas ..

Pues si ya lo era entonces y logró destacarse con su juventud en aquel bullicio deslumbrador y de genios no superados hasta hoy, ¿qué no será en la actualidad, cuando el teatro se ha reducido tanto y nuestros autores, tan buenos como aquéllos, son mucho menos numerosos; si las compañías permanentes y responsables pueden contarse con los dedos y los autores jóvenes de fuste no dan abasto para nutrir los escenarios?

Como efemérides gloriosa que marcó un hito en la vida teatral de España, recuerdo todavía entre otras las creaciones de La MaIquerida y La noche del sábado, tipos asombrosos de justicia humana, que le colocó en la primera línea de los grandes actores de su tiempo; fué algo que premió el público entonces y que nadie ha podido olvidar.

Pero si en las grandes creaciones de Ernesto Vilches se asienta su fama y su renombre, hay otra razón para que todos vengamos hoya rendirle homenaje: su labor por España, fuera de España.

Después de María Guerrero y Femando Díaz de Mendoza, ha sido él quien por toda América ha paseado en triunfo la bandera de nuestro teatro y sobre todo, la de los artistas españoles. El ha sentado cátedra donde quiera que ha ido y él ha enseñado a hacer comedias a dos generaciones.

Actor sin limitación de ninguna clase, ha preferido los caracteres excepcionales y de rasgos fuera de lo común. Y los ha captado tan a lo vivo, que no son ficciones sino la misma realidad tangible Maestro también de la caracterización, sus tipos han sido tan varios como contrapuestos.

No voy a seguir hablando de este artista singular, tan sujestivo como extraño; tan aventurero y bohemio, como delicado y generoso. Ha ganado millones y los ha despilfarrado pródigamente Prueba indudable de su largueza y de su confianza en sí mismo. No voy a seguir hablándoos de él, porque ya «quienes pueden hacerlo mejor, Jacinto Benavente y Federico García Sanchiz», os van a deleitar con su descripción y con su elogio.

Pero sí quiero deciros que de estos genios se da uno cada medio siglo y que hoy por hoy el que le sucede no ha aparecido todavía.

La Sociedad General de Autores se suma a este homenaje con orgullo y porque piensa en las noches de gloría que Ernesto Vilches ha proporcionado a España y a sus escritores teatrales con sus múltiples y cosmopolitas creaciones, y le dice emocionada: «Mago de la escena: Sigue escondiendo la magia de tu arte entre los amplios pliegues de la manga de tu Kimono chino y paséala por el mundo para asombro de todos y para enaltecimiento de este extremo de Europa, sobre el que se proyectan permanentemente las sombras de aquellos dos gigantes que se llamaron Lope de Vega y Miguel de Cervantes.

Luis Fernández Ardavín.

 
 
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