RADIO NACIONAL
( I ) Charla

LOCUT: Aprovechando unas vacaciones de nuestro celebrado actor Ernesto Vilches, hemos convenido que nos entretenga con una serie de charlas que podríamos titular “50 Años de Actuar en las Tablas”, pero nos parece algo largo el titulito y vamos a llamarla sencillamente “Un Cigarrillo con Ernesto Vilches.”

VILCHES: Aquí presente, señorita y muy contento de comunicarme con mi público, pues la verdad no me acostumbro a vivir sin él, pero según el título han de durar lo que dura un cigarrillo.

LOCUT: Así es.

VILCHES: Conforme, pero el caso es que estoy fumando este pequeño habano y no podría medir el tiempo.

LOCUT: No importa. Yo le avisaré.

VILCHES: Gracias, se lo ruego, pues en estos casos y no debería decir que también en todas las medidas del tiempo es muy importante. Y para no perderlo empecemos.

LOCUT: Bien. Como a usted no hay que presentarlo porque usted es conocido del mundo entero…

VILCHES: Eso precisamente me dijo el general Don Fulgencio Batista, el actual presidente de Cuba un día que en Chile, viéndome filmar, quisieron presentarme a él pero dijo: “¡Pero chico, me vas a presentar a Vilches, no sólo es español es de aquí; de Cuba y de todas partes, es internacional!”

LOCUT: Bueno, pues por eso no lo presenté… y, dígame: ¿cuántos…?

VILCHES: Ahorre la pregunta nací en el 79

LOCUT: Es decir, por lo menos ya lleva usted trabajando…

VILCHES: En el teatro, y continuamente, más de 50 años.

LOCUT: habrá usted recorrido el mundo… varias veces.

VILCHES: Sobre todo América

LOCUT: La de cosas y casos que podrá usted contar.

VILCHES: De todas clases y de todas las épocas y de todos los países, usted no tiene más que preguntar que yo contestaré sencilla y llanamente, sin alardes de coseure ni literaturas pretenciosas.

LOCUT: Muy bien, vamos a ver…

VILCHES: Eso de ver será usted con sus lindos ojos, los míos ya en con dificultad.

LOCUT: No será tanto por cuanta elogia usted los míos. Muchas gracias. Quisiera preguntarle: ¿durante su larga vida teatral, cuál es el recuerdo más grato que conserva usted?

VILCHES: Mi vida está llena de gratos recuerdos pues lo que no son gratos no los recuerdo y son tantos que no sabría por dónde empezar ni cuándo podría acabar. Mi vida entera ha sido como una montaña rusa, he aspirado el aroma de todo lo bello, he ganado fortunas que por arte diabólica se han evaporado, repitiéndose el caso varias veces, también varias veces me han dado por muerto y he resucitado otras tantas. Se han gastado mis ojos de mirar tantas caras bonitas; he tenido la suerte de tratar las mayores celebridades de tres generaciones y en todos los países donde he estado; no dejé dinero en los bancos, pero sí dejé amistades profundas que me honran y me proporcionan dulces recuerdos.

LOCUT: Sí, pero…

VILCHES: Voy a contestarle a su pregunta. Uno de los recuerdos más gratos que hoy son para mí como el despertar de un sueño es cuando fui a filmar a Hollywood. El año 29 en Panamá oí hablar por primera vez en la pantalla, y me dije al momento: el cine habla; ya estamos perdidos los pobrecitos cómicos. Pasé a la Habana y de allí a Nueva York. Apenas llegué me propusieron dos magníficos contratos con la Paramount y la Metro Goldwyn Mayer; ¡y qué contratos: cinco películas por cien mil dólares! Figúrense con qué alegría marché a conocer ese paraíso que se llama Hollywood. Aunque ya tenía 50 años, llegué con el entusiasmo y la alegría de un chiquillo: llegar a conocer a todos los grandes artistas que yo había admirado tanto.

El primero que conocí fue a Adolfo Menjou. Estaba filmando con Rosita Moreno y en castellano ─es un gran políglota y atrayente artista y un verdadero talento─ nos hicimos grandes amigos y me fue presentando a las famosas estrellas… que gran sensación me producía estrechar la mano de los Barrymore, Gary Cooper, Douglas Fairbanks, Marlene Dietrich, Wallace Berry, El Gordo y El Flaco, nuestro compatriota Antonio Moreno… en fin a todas las estrellas de aquella época. ¡Qué grandes enseñanzas adquirí oyendo a Lionel Barrymore, que era como el maestro de todos los artistas!; ¡qué encanto haber tratado a George Arlis, del cual conservo un retrato que me dice amablemente: a mi rival en idioma castellano! ¡Qué placer haber tratado a Edward Robinson!, ese formidable actor que con Gary Cooper son la sencillez misma; y qué ilusión tenía en ver filmar a los célebres Emile Jannis, y el no menos famoso Ion Chaney, el que tuve la pena de acompañar a su difunta morada y cuyo puesto me ofrecieron a mí y yo me comprometí a filmar en inglés.

Cuando iba a ver filmar a Douglas Fairbanks me obsequiaron con un diabólico cocktail que preparaba su encantadora esposa Mary Pickorg y me hablaba con gran cariño de España, y se envanecía de decir que era gran amiga de Don Alfonso XIII. ¡Qué placer ver dirigir sus grandiosas películas el talentoso Cecil de Mille!; ¡Qué ratos tan agradables pasaba invitado en casa del bello galán Nils Aster con su señora y su cuñada, las célebres hermanas Duncan en donde acudían infinidad de artistas de primera magnitud!. ¡Qué alegres las invitaciones de Antonio Moreno a comer en su solariega casa de castillo andaluz!, y antes de la cena, como esto era en tiempo de la ley seca, a falta de bebidas nos llevaba a su biblioteca pero de pronto los estantes con libros daban vuelta como hemos visto en esas películas de trucos y nos veíamos de repente dentro de un ascensor que nos conducía a una magnífica bodega dotada de todo lo mejor y cuando subíamos a cenar ya hablábamos todos siete idiomas.

LOCUT: De manera que llevaba usted una vida de constante diversión.

VILCHES: Nada de eso; de intenso trabajo, nos acostábamos a las horas de las gallinas porque a las seis de la mañana ya teníamos que estar en los estudios. Recuerdo que una noche invité a mi bungalow a tomar a la angelical Loreta Young y su mamá y me dejaron en mitad de la comida porque a las diez tenían que estar ya durmiendo. Una vida de verdadero sacrificio, pero eso sí, los sábados y domingos nos desquitábamos. ¡Qué weekends más divertidos pasábamos! Uno nos fuimos todos a Reno a presenciar el famoso match de Doncy y Uscudun!. Otros sábados nos íbamos a San Diego y Tijuana en la frontera de Méjico, donde no existía la ley seca ni se prohibía nada. Otros sábados y domingos lo pasábamos en la preciosa finca de Cugat, donde su simpatía hacía que se reunieran los más alegre y florido de Hollywood. ¡Qué bien la pasábamos con el carácter complaciente y dinámico de este gran norteamericanizado paisano nuestro; llevaba su jazz, inventaba canciones, bailábamos, corríamos y lo pasábamos sin sentir… sin sentir más sino que se acabara aquellos dos días.

Otros weekends me llegaba con mi carro ─así le llaman a los autos─ hasta San Francisco. ¡Qué interesante su parque, su gran zoológico y su exótico barrio chino!. Otro fin de semana nos íbamos de excursión a los grandes lagos, otros a la célebre isla de Sana Catalina, propiedad del archimillonario Rey del Chicle. El vaporcito nos llevaba, iba perseguido por los curiosos peces voladores sónicos en el mundo en aquella región.

El mismo vaporcito llevaba en sus profundidades una cámara que a través de gruesos cristales nos permitía conocer las exóticas plantas marinas y las múltiples clases de peces rarísimos de aquella región. En la isla también se podía ver las más grandes y completas pajareras que existen, desde el vulgar gorrión hasta la imperial águila. También visitamos el cine mejor del mundo en aquella época. La isla estaba llena de diversiones y después de bañarnos y tomar el sol, ya rendidos, nos regresábamos para descansar y volver el lunes a nuestra faena. También durante mi permanencia coincidió la llegada de mis grandes amigos, la inolvidable y única Antonia Merced, la argentina y mi entrañable amigo, el maestro Arbosy no mi menos querido y admirado Federico García Sanchíz, todos ellos hicieron que todo Hollywood admirase a España a través del arte de cada uno. A cada uno de ellos quise demostrarles mi cariño y admiración de una manera original a él y a todos los que hablaban castellano que eran más de cien, los llevé a Mont Loud, un monte delicioso, fantástico de ensueño. Se llegaba a la falda de él en autos y camiones que ya tenían preparados para todos. Ahí se toma un tranvía funicular y en lo alto del maravilloso Mont Loud había un confortable hotel de estilo rústico y frente a él una magnífica terraza donde se divisaba todo el grandioso Valle de Hollywood y allí llevé a mi querido Federico para obligarlo a que nos hiciera una charla de las suyas en obsequio a todos ante aquél majestuoso espectáculo de la naturaleza.

Y así entre estos recreos, las filmaciones, el encanto de recorrer toda California y conocer a tantos artistas notables pasé una de las temporadas más deliciosas de mi vida.

LOCUT: Y además cien mil dólares nada menos.

VILCHES: No hablemos de eso, señorita. Para regresar a Méjico tuve que vender el último de mis tres carros, pero eso sí, lo conocí todo, viví como un príncipe y créame que si hoy tuviera cien mil dólares los volvería a gastar en lo mismo. Yo jamás me arrepiento de lo hecho. ¿Qué ventaja tenemos con acumular fortunas que se han de quedar aquí sin gozar de ellas? Pero en fin, señorita no filosofemos y terminemos por hoy porque mi cigarro se ha apagado y yo entusiasmado charlando habré pasado sin duda del tiempo convenido.

LOCUT: Sí, se le ha apagado oportunamente. ¿Quiere usted encenderlo de nuevo?

VILCHES: Muchas gracias señorita, pero nunca lo haría, porque siempre me acordaré que estando un día almorzando en Buenos Aires en la embajada de España, donde nuestro llorado Don Ramiro de Maestu, nos había invitado al célebre Rubinstein el gran pianista y a mí, y quiso encender su cigarro y la señora del embajador nos dijo un dicho inglés: “nunca vuelvas pronto a un lugar donde hayas tenido un éxito grande. No vuelas a reanudar relaciones con una mujer que de verdad hayas querido, y no enciendas jamás un habano que no se te haya apagado.” Así es que señorita muchas gracias y continuaremos estas íntimas y sencillas charlas y les contaré cómo mi vida inquieta me ha dado ocasión de conocer las más grandes personalidades del mundo durante tres generaciones. La próxima les contaré cómo y de qué manera conocí al célebre Charles Chaplin. Muchas gracias a todos. Muy buenas noches.

CHARLIE CHAPLIN
( II ) Charla

Conocí a Charlie Chaplin en 1930. En Hollywood. Había terminado mi trabajo aquel día en la Metro Goldwin Meyer donde estaba filmando “Cheri─Bibi”.

Edgar Neville, que estaba también en la Metro contratado como escritor, elegante y simpático bohemio español, se despide de mí, diciéndome: “Le dejo, amigo Vilches, porque me espera para comer, Charlie Chaplin.” “─¡Hombre, el gran Charlot! ¡Qué gusto me daría conocerle!─” “Pues véngase conmigo. Es muy sencillo. Tendrá gusto, también, en conocer a usted. Ama todo lo español.” “─Pero, ¿sin previo aviso? ─” “Véngase, pues si no aprovechamos esta oportunidad, quién sabe cuando podamos tenerla de nuevo.”

Montamos en mi “carro”, como llamaban al auto, tal vez introducido de la palabra “car” y llegamos al “Derby” donde estaba citado Chaplin con mi amigo.

El “Derby” es un restaurante que tiene por fuera la forma de un sombrero derby, y, por dentro todo es de reluciente cobre con departamentos abiertos con mesitas incrustadas en la pared. Limpísimo. Elegante… ¡Carísimo!

A los pocos minutos llegó Chaplin. Creí que sería un hombre orgulloso debido a su gran fama y su enorme fortuna, pero, nada de eso. Llegó gastando bromas con el “maitre”, hasta con los camareros.

Desde el primer momento lo encontré encantador. Muy natural, infantil, sonriente. Su mirada acariciadora tenía casi un encanto femenino.

“¿He tardado?” Le dijo en inglés a mi amigo, tendiéndole la mano.” “Acabo de llegar, pero con un gran artista español: Ernesto Vilches.” Y me presentó. Yo, respondiendo a lo de “gran artista” dije: “¡No puedo ser grande, porque como ve, soy pequeño”. Se lo dije de la mejor manera que pude en inglés, pero él me entendió (no lo diría tan mal), y entonces añadió: “¡Yo también soy pequeño!”. ¡”Usted es el más grande del mundo” ─repliqué─. Y después de estos mutuos elogios, nos sentamos a cenar.

“Unos macarrones, pollos a la cacerola, vino “español” ─se apresuró a pedir él. Y mientras nos servían, empezamos a hablar.

Como comprendiera que yo hablaba y entendía con alguna dificultad, mezclábamos con el inglés el francés, y, bastantes palabras que él sabía y pronunciaba muy graciosamente, de español.

Yo quería aprovecharme del reto que podía hablar con él, para hacerle preguntas, como si fuera un periodista que le entrevistaba.

─Le creía a usted de más edad.
─¡Oh! Ya tengo el pelo casi blanco, ¿no lo ve usted?
─Sí, pero su cara denota juventud.
─Es que hago una vida muy higiénica. Duermo sólo seis horas. Mi valet amarillo, me despierta haciéndome cosquillas en los pies. Así me levanto de buen humor y trabajo durante el día.
─¿Siempre?
─Cuando tengo ganas.
─Así, sí que es bonito trabajar.
─Eso lo hago ahora que puedo hacerlo.
─¿Cuántas películas hace usted por año?
─¿Al año? Hago una cada dos o tres. Yo tengo mi compañía y mi estudio propios; cuando, como digo, me encuentro con ganas, filmo. Lo veo y si no me gusta lo que he hecho, lo vuelvo a hacer hasta que sale todo a mi gusto. Los argumentos los dirijo, y me compro cuantas ideas me sugieren y me convienen para enriquecer mi obra que la tengo ya vendida de antemano por varios millones.
─ Me gustaría verle filmar algún día. ¿Sería mucho pedir?
─ Cuando quiera, ─me contestó al momento, muy amable.
─ ¿Y antes de dedicarse a la pantalla, ¡Perteneció al teatro?
─ Debuté en París en el Folies Bergere, parodiando a un cantante de ópera. Pero después pensé que era necesario ser verdadero, hacer ver lo que se sufre, lo que se teme… y más que nada, lo que uno no se atreve a hacer. Cuando se es artista hay que arriesgarse ¿qué mérito tendría el acróbata que se lanzara a diez centímetros del suelo? ¿Le emocionaría?... ¡No! ¡Y al público?... ¡Nunca!... Cuando ninguno de los dos se emociona, el trabajo no es eficaz.

Nos reímos durante la comida…
Él también me hizo algunas preguntas de mi España, y, al terminar, no quiso que ninguno de nosotros pagáramos la adición, y, como oyera que me quejaba del estómago, por una úlcera que me roía por entonces, me dijo: ─Le voy a llevar a tomar algo que le va a calmar. Y se nos llevó a un pequeño y bonísimo establecimiento de Malted Milk. Era suyo. Se lo había puesto a un amigo a quien quería proteger y una vez sacados los gastos, él llevaba una pequeña participación, tal como había hecho con otro amigo y compañero a quien le puso un restaurante, con el cual se enriqueció, pues nada menos que era el Henri’s, ya famoso en el mundo entero.

Me tomé un vaso de leche malteada y cuando vi que nos íbamos a despedir. Le invité a tomar un magnífico coñac que “a pesar” de la Ley Seca, tenía yo en mi bungalow. Pero más que todo, esto era en mí, una estratagema para tener ocasión de que me firmara en el álbum que yo tenía entonces y en el que recolectaba las opiniones referentes a mi arte, de los hombres más célebres del mundo, que me habían visto a través de mis numerosos viajes. No podía faltarme, sino la opinión, sí la firma al menos, del gran Chaplin. Nuestro amigo se despidió de nosotros, y fuimos solos a mi casita, bonísima, como todas, rodeada de jardín. Me la elogió amablemente, como si se tratara de un palacio. Hablamos de cine. Le pregunté si no haría nunca una película hablada, a lo que me respondió: ─Jamás. No me quiero exponer al fracaso. Y hasta me atreví a sugerirle una idea. ¿Por qué no hacía un sordomudo y que todos los demás actores hablaran? No le pareció mala idea.

Me revisó todo mi álbum, encabezado por toda la familia Real española. Me felicitó por la notables firmas que veía, y, sacando su pluma, en la última página, me dibujó un sombrero abollado, un bastón torcido, y unas botas rotas, y me escribió en castellano: Yo tengo. Tu tienes. Él tiene. Y añadió en inglés: “To the great spanish actor, my friend, Ernesto Vilches. Sincerely. Charlie Chaplin.”

Le agradecí tan valiosa página y al preguntarle que querían decir sus dibujos, me contestó: Todos pueden tener estas tres cosas: un sombrero viejo, un bastón torcido, y unas botas rotas; pero, “no todos” con estos tres insignificantes adminículos han hecho una fama mundial y una gran fortuna como yo.

Algo vanidosa me pareció la explicación, sobre todo dicha por él mismo, pero… tenía toda la razón.

¡Pobre! Álbum mío! Cada vez que hablo de él, se me saltan las lágrimas. Ningún artista tuvo jamás álbum semejante. Cuando lo tenía era mi mayor condecoración honorífica. En Orizaba (Méjico) lo perdí. ¡Lo lloraré toda mi vida!

Después de estar rato en mi casa, no me conformé todavía en separarme de tan simpático amigo, y le dije: si no tiene usted inconveniente le llevaré a su casa. Eran ya las cinco de la mañana. El auto nos llevó Beverly Hills. Entró por una cerca, rodeó varias veces un montecillo y llegamos por fin a su casa. Sencilla por todo y en todo, pero, ¡qué casa!, en lo alto de un precioso cerro. Nos recibió el ya nombrado “amarillo” con su pantalón negro y su filipina blanca. Chaplin nos invitó a que tomáramos fruta y café ya como desayuno, porque estaba amaneciendo. Mandó que nos sirvieran en una preciosa terraza en la que se divisaba todo el hermoso y compacto valle de Hollywood. Las luces de todo él, todavía estaban encendidas, peor la claridad ya las debilitaba… ¡Parecía un manto de estrellas opacas, que cansadas, habían caído del cielo!

Después de tomar el desayuno, no faltaba más que quedarme a dormir… y por fin, nos separamos agradeciéndole tanta amabilidad como había tenido conmigo.

A las pocas semanas me acordé de su ofrecimiento y fui al estudio a verle filmar. Era una tarde calurosa. Al llegar salió a saludarme, caracterizado por el popular bigotito y sus característicos saltitos, y, despidió a toda la gente.

─Hoy no trabajo más, tengo visita ─dijo─. Hasta mañana.

Se fueron todos y me llevó atentamente del brazo a su camerino. Una vez allí, mientras él se quitaba la pintura, me dijo con gran asombro mío: desnúdese. Me sorprendió tal mandato y como me quedara mirándole, insistió, desnúdese. Hace mucho calor y un bañito no vendrá mal. Pasé a la piscina. Me quité la ropa y me puse un bañador que me dieron. Él hizo lo mismo y nos metimos en un precioso y espacioso baño. Allí mandó que nos sirvieran un “hot dog” y un refresco. Estuvimos un rato en una deliciosa temperatura y nos vestimos. Una vez ya vestidos, se me cuadró, me alargó la mano y me dijo: Welcome again, and…thanks!

Yo me eché a reír.

─Sin duda teme usted que no le deje, como la otra vez, hasta el día siguiente, ¿no? ─Él riéndose también me contestó: No, señor. Tengo que hacer dentro de 15 minutos. Nos despedimos, y, no le he vuelto a ver más.

Siempre recordaré a aquel hombre, más famosos y más poderoso que muchos soberanos. ¡Y…, bueno! Recuerdo que en una de nuestras conversaciones me dijo: ─¡no debería haber niños tristes! ¿no le parece? ─Y pensé, en lo equivocados que estaban algunos creyéndole sólo un payaso. Y recordé lo que el escritor Michel contó: ─que un día, en España, vio a un pobre torero, perseguido por la fiera furiosa, y al verlo correr ridículamente, la multitud le gritó: ¡Charlot! Sin pensar que este grotesco Charlot, que tanto nos hacía reír con su arte maravilloso, cuántas veces nos ha hecho llorar.

Para mí, créanme, fue una felicidad y muy grande el haber conocido tan de cerca de este gran hombre. ¡El artista más popular, admirado y recordado del mundo entero!

CHEVALIER
( III ) Charla

A este gran simpático que ha conquistado el mundo entero, a este gran artista de fama mundial, que con su gran personalidad ha llegado a ser de los más queridos, haciéndonos sentir con el popular corazón francés, como Chaplin nos infiltró el del pueblo yankee y Loreto Prado en el de nuestro pueblo madrileño. A este gran muchachote que con su sombrero de paja, siempre ladeado, su sonrisa picaresca, sus pernas dislocadas, con su voz cascada y su graciosa manera de decir… (pues no canta); su manera de accionar y moverse… (pues no baila); pero con su inimitable atractivo que ha sido encanto de todos, de las mujeres, de reyes, de mendigos, de todas las clases sociales de todos los países del mundo entero. Le conocí en Hollywood, allá por el año 30. Fue en los estudios de la Paramount.

En un “set” ─se lo diré en castellano─ en un estudio, él estaba filmando “Petit Café”, al mismo tiempo que yo, en el de al lado, filmaba mi primera película en castellano: “Cascarrabias.”

Los dos mejores camerinos de la Paramount nos los cedieron a nosotros. Estaban contiguos, y sólo una puerta los separaba, que más tarde, nuestra amistad hizo que se abriera para pasarnos cómodamente del uno al otro y poder charlar en los ratos de descanso.

La Paramount nos pidió a cada uno que hiciéramos una especie de “sketch” en una revista en que intervenían todos los artistas contratados en dicha casa, cuyo título fue: Galas de la Paramount” y que por cierto, después logró un éxito loco. Chevalier preparó su número y yo el mío.

A mí se me ocurrió presentar una especie de evocación en diálogo, con los personajes a quienes di vida y ellos me dieron fama. Entre ellos, “El Amigo Teddy”, pero filmarlo necesitaba un auto, precisamente, en el jardín que teníamos ante nuestros camerinos, había uno estupendo. “¡Hombre! ─exclamé─ ¡Con éste podría hacer mi número! ¿De quién es?” En ese momento noté una mano que afablemente me tocaba en el hombro, y oigo una agradable voz que me dice en francés: “Es mío, mi querido vecino, puede usted disponer de él, para todo menos para venderlo”.

Era Chevalier, así le conocí. Al punto simpatizamos. Con su auto hice mi número, que a decir verdad, gustó mucho; tanto que recuerdo que cuando llegué a Buenos Aires, vi que en el Teatro Astral anunciando la obra, ocupaba todo el frente de la fachada, dos retratos inmensos en colores y del mismo tamaño: uno de Chevalier, el otro el mío. El suyo, con su graciosa sonrisa; el mío, con mi cara de rezongón en “El Cascarrabias.”

Así es como juntos estábamos anunciando las obras que nos hizo la Paramount. Juntos también como dije, teníamos los camerinos y cuantos ratos teníamos sin estar filmando, nos uníamos para charlar y comentar y criticar a los americanos. ¡Su indignación con ellos y sobre todo con los directores de cine, era enconada!

Tenían el atrevimiento de decirle, no dónde se tenía que colocar para servir las leyes técnicas a que nos limita y oprime el cine, sino, cómo lo tenía que hacer y decir sin añadir punto ni coma. Pero no les hacía caso… ¡Lo mismo que yo!

Él lo hacía a lo Chevalier, y yo, con todos mis defectos sin duda, pero a mi manera. Y luchábamos lo indecible para que no lograran apartarnos de nuestra personalidad.

“No nos dejemos, mon cher Ernest; dejaríamos de ser nosotros, si lo hiciéramos como ellos quieren, como lo ven, a su modo, y todo lo mismo, pues todos piensan como una sola persona. Es el país de la clasificación “Standard” y del empaquetamiento. Ellos “ven” que para ser española hay que llevar mantilla y peineta y presentan a una mujer española, fregando un suelo, con peinado y mantilla, sin comprender, por ejemplo, que ahora usted no está trabajando para ellos, si no, para todos los millones que hablan español. Y sobre todo, que cuando nos dan un contrato de esta categoría es porque tenemos nuestra reputación ya ganada y nuestra personalidad, ¡que es lo que permitimos que ellos exploten!”

Otras veces, y conociendo ya mi dolencia de entonces, una úlcera de estómago que hacía ya nueve años me iba minando la vida, procuraba con su gran amabilidad, desvanecer mis pesimismos.

A veces entraba moviéndose y cantando su famoso “valentine”. Otras, venía con dos vasos preparados diciendo: “Vamos a tomar nuestro aperitivo: el mío de vermut y gin, el suyo de bismuto. Y me lo daba ya preparado por él, siempre alegre, simpático, optimista, asegurándome que viviría muchos años. Otras veces, cigarrillo tras cigarrillo, me contaba su vida, que yo oía con gran complacencia e interés. De pequeño le atraía el circo. Se hizo amigo de payasos que le enseñaban saltos y trucos. Más tarde se hizo artista de cafés cantantes. ¡Comenzó ganando diez francos… por semana! El casino le ofreció el doble. Allí conoció a Dorville, con quien cantó a dúo. Posaba para postales para ganar aún más. Más tarde, le animó el gran Disser Mayol. Luego Mistinguette lo tomó y fue su “trampolín” que la hizo saltar el éxito de su popularidad.

Pero llegó la guerra y Chevalier se convirtió en gran soldado. Le condecoraron, le hicieron prisionero, se escapa, con la señorita Vallé, canta, baila y por fin se casan.

Llega el cine hablado y América se encanta de ver y oír a Chevalier en inglés con su graciosa pronunciación francesa que él no quiere abandonar, sin duda, porque sabe que a los norteamericanos les resulta más exótico. Y ya llega al apogeo de la celebridad y la fortuna.

Yo también, aunque mi historia no tenga, ni con mucho, el atractivo ni la importancia de la suya, le cuento casos y cosas curiosas de mi vida artística, y aprovechando su atractiva amistad, le presento mi portentoso álbum, casi lleno ya de las opiniones sobre mí, de las más grandes personalices del mundo que me vieron trabajar: “Al gran actor español Ernesto Vilches, quien a pesar de todas sus cualidades artísticas he notado que tiene un gran defecto: ser demasiado modesto.”

Y así en estas agradables charlas, pasábamos los días de nuestras filmaciones.

Recuerdo que al despedirse de mí, me contó con su atrayente modo y gracejo, algo que me hizo reír y gozar.

“Ayer al ir a los Ángeles, tuve una gran emoción: entre los cientos de letreros luminosos, me deslumbró uno con letras grandes, inmensas, que se iban encendiendo una por una: C… H… E… V… ¡Qué manera tan enorme tienen estos americanos para anunciarme! ¡Son los únicos del mundo para estas cosas. Por esto sólo se les puede perdonar las otras! ¡Qué agradecidos les estoy por esta manera de hacer mi reclamo! Pero de pronto, se encogió mi corazón. Las letras luminosas se encendieron y terminaron el nombre: ¡Chevrolet! Y soltó una enorme carcajada, que se unió a la mía, lleno de simpatía por aquél hombre, tan agradable, tan optimista y tan alegre.

Nos abrazamos, y no lo he vuelto a ver más, personalmente.

Pero yo le sigo buscando siempre, bien por los discos, la radio o por la pantalla, ¡me encanta!

La otra noche, al ver anunciada su película “Mi Menda”, acudí con el placer de volver a saludar a un buen amigo. Le vi. y le oí con verdadera emoción.

¡Hallo!, Chevalier ─le decía en mi mente─ estás muy bien, sigues con la frescura de tus facciones, aunque algo se nota ya la “curva de la felicidad”, pero eres el mismo de siempre.

Y en su traje de mendigo, estaba viendo a aquél aristocrático amigo, que estaba en mi camerino de la Paramount para ofrecerme mi cocktail de bismuto, y darme la medicina de su encantadora conversación. Y mientras veía su película y le “oía” decirme: “No se deje, mon cher amí.” Con aquella sonrisa tan franca, tan infantil, tan simpática, que es lo que más le ha valido para lograr amores, amistades, fortunas, y todo lo bello que el mundo puede ofrecer a un privilegiado aristas. En suma, la felicidad tan merecida que gozó.

¡Chevalier! Qué placer sería para mí poder todavía darte un abrazo. Si mi voz llega a ti, ahí te lo envío, ¡mon cher Maurice!

LA FAMILIA REAL ESPAÑOLA
( IV ) Charla

Declarar públicamente que fui amigo del Rey D. Alfonso XIII y toda la Familia Real, puede parecer en el ánimo de mis asiduos oyentes de estas charlas así como una pretensión o petulancia, y no es así. ¡Ni mucho menos!

Alguna vez, hablando con el Rey, me atreví a decirle: “¡Qué buenos amigos seríamos si no fuera usted Rey!” Y me contestó: “¿Y acaso no lo somos?”. “Tengo ese honor, pero el protocolo nos separa para que lo seamos “íntimos” con todo el afecto que usted particularmente de inspira. Y le hablaba de usted porque apenas iniciaba a decirle “Majestad”, me atajaba diciéndome: “¡Apea! ¡Estamos hablando particularmente!”.

La primera vez que hablé con él, fue un día que me llamó a un palco en el teatro de la Comedia de Madrid; era una noche en que representábamos “Las de Caín” de los Hermanos Quintero, obra que tuvo un gran éxito, haciendo el papel de Pepín Castrolejo que me valió mucha fama. El Rey me felicitó muy efusivamente y me preguntó si trataba de imitar a un marqués, muy de moda entonces. Yo al mismo tiempo que le guiñaba un ojo como asintiendo, le dije: “No le conozco.” Efectivamente, mi tipo lo había tomado del natural.

En otra ocasión también fue al mismo teatro.

Era costumbre ─ muy natural ─ que cuando la familia Real advertía que iba a ir al teatro, todos los actores esperábamos preparados para comenzar, y cuando los Reyes se presentaran en su palco tocaba la orquesta unos compases de la Marcha Real, e inmediatamente después se levantaba el telón.

Aquella noche ─¿porqué no he de decir mis secretos si son del demonio público?─ aquella noche, repito, olvidé que iban a ir los Reyes; y a la hora de comenzar la función me encontraba todavía en El Círculo de Actores, que estaba a pocos pasos de mi teatro. Entretenido en la sala de recreos. Me había ido bastante mal, pero en aquellos momentos precisamente me empezaba a desquitar que es lo más sabroso, y aprovechaba los minutos.

En esto llega el representante del Teatro a toda prisa y me grita: “¡Vilches… que viene el Rey!” Y yo que estaba jugando al monte, dije en voz alta: “¿Viene el Rey?”, pues “¡Van al Rey cinco duros de salto!” Llegó el Rey primero que las demás cartas, cobré la postura cuadruplicada, y escapé a correr hacia el teatro.

Este chiste mío llegó sin duda a oídos de D. Alfonso y le hizo gracia, en vez de incomodarse, me llamó a su palco, al que yo acudí con todo temor y vergüenza, pues por mí habían tardado en levantar el telón unos minutos, y me dijo: “Como Rey te perdono por haberme hecho esperar, pero como “amigo” te felicito por el chiste tan malo como ocurrente.”

Más tarde en el Teatro de la Princesa, me llamó para felicitarme por mi éxito de “El Rubio”, de “La Malquerida”, y después, cuando ya me independicé, y tuve compañía propia, no faltaba a ninguna de mis obras, y no sólo me llamaba en los entreactos, sino que me hacía sentar en el antepalco, sacaba de su pitillera uno de sus clásicos pitillos larguísimos de gran boquilla, de papel, y charlábamos: “La obra que vas a estrenar mañana, ¿la podrán ver mis hijas?; Oye, ¿no pareces más bien un actor extranjero que español?; ¿Dónde aprendiste inglés?; ¿Con tu mujer lo hablas? Pues me han dicho que te has casado con una muchacha yanqui”… ¡Estaba enterado de todo!

En una ocasión, en una fiesta que dieron en el Palacio Real, fui invitado con dos compañeros para representarles “La Cena de los Cardenales.”

Aquella noche toda la Familia Real me firmó la primera plana de un álbum que más tarde llegó a ser famoso y que cuando estaba lleno, perdí en México.

¡Fue el mayor dolor de mi vida, pues era un álbum único!

Por mi actuación en el Palacio el Rey me regaló una preciosa cigarrera de plata con el escudo de la Casa Real de oro en relieve, y la Reina Victoria un alfiler de corbata con una coronita de brillantitos encima de sus iniciales entrelazadas en rubíes y esmeralditas: E.V. (Victoria Eugenia). Cuando le di las gracias, me atreví a decirle festivamente: “Muy agradecido Majestad, por haber mandado devolverme el alfiler que sin duda, habría perdido porque no cabe duda que era mío: tiene mis iniciales E.V., Ernesto Vilches. Los Reyes rieron de buena gana mi ocurrencia.

En otra ocasión que fueron a verme, acababa de llegar de los Estados Unidos y conservaba una caja de candies (bombones de chocolate), que en Nueva York los elaboran admirablemente. Le rogué al Edecán que vino a llamarme para que subiese al palco a saludar a los Reyes, que le ofreciera a la Reina la caja, a lo que me contestó que estaba prohibido ofrecer a sus Majestades nada de comer. Al enterarse la Reina, que sin duda conocía ya los deliciosos bombones americanos, los aceptó. Y mientras los comía con todo agrado, me preguntó cómo había podido imitar el modo de hablar chino con tal perfección ─aquella noche representaba Wu-li-chang─. “¿Ha estado en China?” me preguntó con marcado acento inglés.

No Majestad ─le dije─ lo he copiado de unos chinos que ahora están invadiendo las calles de Madrid, vendiendo collares de perlas. Yo me fijé cómo hablan y los he imitado. Ayer mismo le compré a uno por tres pesetas un magnífico collar como ese que ahora lleva su majestad.

La Reina empezó a reír diciéndome: “¿Cómo éste, por tres pesetas? ¡Ohu! Y a carcajadas se lo contó en inglés a D. Alfonso, y después dijo: “¡Usted siempre habla con bromas muy graciosas!”

“Es la única manera de pasar bien la vida, ¿no le parece Majestad?”

Otro día pasó también otro incidente graciosísimo.

Yo en mi afán de deshacer rutinas, y renovar todas las antiguallas, en el Teatro Infanta Beatriz, en donde entonces trabajaba, había sustituido los acomodadores viejos, gordotes y bigotudos, por muchachitas seleccionadas, preciosas todas, con uniformes coquetones y primorosamente peinadas. Daba gusto verlas, tanto que algunos asiduos tan vez acudían al Teatro más bien por verlas a ellas que a mí.

Una noche, fue toda la Familia Real; también fue el Príncipe de Asturias, el heredero de la corona que apenas tendría 14 años. Se quedó rezagado, y mientras los padres entraban en el palco, se acercó a la acomodara que era de las más bonitas, y le dijo en voz baja: “¡Mañana vendré sin los padres!”

No negaba la casta. Era hijo de D. Alfonso XIII y nieto de D. Alfonso XII.

También simpatizó mucho conmigo la Reina Madre, Doña María Cristina. Una vez que le dije que padecía de una úlcera, me dijo: “Mañana le voy a rogar que vaya de mi parte a visitar a mi médico que es un especialista notable.” Y al preguntarme que porqué hacía tan cortas temporadas en Madrid y decirle yo que era porque no tenía teatro estable, me dijo: “Voy a pedirle a Fontalba que le ceda su teatro.”

Al día siguiente me llamó su médico el Doctor Gómez Ulla, y al mismo tiempo se me presentó en mi misma casa el Marqués de Fontalba ofreciéndome su teatro.

A la vuelta de uno de mis continuados viajes por América, una noche fuimos al Teatro Real al debut de Fleta, Irene López Heredia y yo. Nos pusimos, como era natural, de punta en blanco. Irene estaba radiante de hermosa. En un entreacto se me acercó el Duque de Tovar, mayordomo entonces del Rey, que nos saludó y me dijo: “Vilches, su Majestad desea saludarles.”

Inmediatamente fui al palco Real en donde de pie, de uniforme, sonriendo y con las manos extendidas hacia mí, me recibió con estas palabras: “¡Bienvenido Vilches!, ¡Qué tal por América? ¡Ya me han dicho que has ido allá por aquellos hermosos países a enriquecer a los americanos que saben jugar al póker mejor que tú!

Siempre jovial y encantador, tenía el tacto de descender a uno para hacerle la ilusión de creernos iguales.

Con la Infanta Doña Isabel, aquella señora tan protectora de los artistas y sobre todo de los actores, tan franca, sencilla, tan… madrileña a quien cariñosamente llamábamos “La Chata”, también tuve ocasión de tratarla y quererla por sus bondades y protecciones.

Una noche, a Irene y a mí nos pasó un incidente graciosísimo.

Fuimos al Teatro Real. Nos colocamos en nuestro palco y notábamos que habíamos producido gran sensación. Todos nos miraban con insistencia; los unos se acercaban sus gemelos y no nos dejaban de mirar y comentaban entre ellos. “¡Cómo nos miran!” ─le decía yo a Irene─ “¡Qué populares somos entre la aristocracia” dije lleno de orgullo.

Diciendo estas palabras entra el uniformado acomodador y nos dijo sofocado: “¡Márchense pronto, se han equivocado, este es el palco de su Alteza la Infanta!”

¡Por eso nos miraban tanto!

A la Infanta le hizo mucha gracia la equivocación y nos insistió que nos quedáramos, pero no quisimos aprovecharnos de su amabilidad y nos fuimos, abochornados. Al de arriba que era el que teníamos.

Estando en Hollywood fue cuando se proclamó la República en España. Más tarde cuando regresé, fue cuando me sorprendió la Guerra Civil. El rey se fue para Italia. Yo pasé a Génova a los 10 meses de lucha. Un día en Buenos Aires, hablando con Hortensia Galabert, la viuda del gran actor D. Emilio Thuillier, me contó que cuando pasó por Milán, fue a visitar el Rey en su exilio, y le preguntó: “¿Sabes algo de Vilches? ¿Dónde está? Si lo ves en Argentina dale un abrazo de mi nombre.”

Al poco, yo, a pesar de ser siempre apolítico empedernido, lloré la muerte del que había sido Rey de España, como la de un amigo íntimo.

CALIFA DE MARRUECOS: GRAN VISIR
( V ) Charla

Durante mi vida artística, siempre que he podido he seguido el procedimiento de copiar del original los personajes que interpreté en el teatro.

Recuerdo que una vez, tenía que dirigir una película en la que iba buscando un coronel distinguido, de buena presencia y no quería que fuera un cómico caracterizado, y me eché a buscarlo…

Un día estando en el café de la Montaña en Madrid vi uno que era el tipo que yo me había imaginado y andaba buscando ¡Perfecto! Iba acompañado de una hermosa dama. Lo más natural hubiera sido que yo mirara a la señora, ¡pero ya! ¡A mi quien me interesaba era el señor!... Y le miraba… le miraba… Fue tan insistente y descarada mi mirada que él no tuvo más remedio que notar mi imprudencia, hasta el punto que encarándose de manera acometedora me dijo: ─¿Le gusto a usted?.... Yo, sonriendo, sin pensar en las consecuencias, que podía traerme mi contestación le contesté ─”¡Mucho! Echó él al momento mano a un sifón que tenía allí, como para estrellármelo, y yo me precipité y le dije…─”¡Un momento!... Yo creía que me conocía. Soy fulano, y ando buscando para una película que estoy haciendo un personaje que es usted exactamente.

Cuando le dije mi nombre, cambió de semblante, le expliqué, y aquella misma noche a las 5 de la mañana estábamos en su casa ensayándole el papel bien cargados de champagne.

Pues bien, siguiendo mi sistema una vez quise montar una obra que se llamaba “En las sombras del harem”. Invité a Silvia Parodi, la primera actriz que por entonces llevaba a que me acompañara a Marruecos para estudiar tipos, buscar ropas, armas, telas, cojines, etc.… y para allá nos fuimos.

Gran, Tetuan, Melilla, todas ellas son poblaciones exóticas y muy interesantes y que todas están situadas a pocas horas de España.

La primer autoridad entonces de las regiones morunas, era de un buen amigo mío, el general Sanjurjo. Nos dirigimos a la Alta Comisaría y D. José nos recibió con la hidalguía que acostumbraba y al contarle a lo que íbamos, se puso a nuestra disposición. Hasta nos hospedó en su palacio.

Con su ayuda lo conocimos todo y nos metimos en todas partes: compramos trajes auténticos, preciosas y abigarradas telas, y conocimos las costumbres de los moros. Presenciamos un casamiento, hizo desfilar a los gobernadores de diferentes poblaciones para que corrieran la pólvora ante nosotros; visitamos las Mezquitas, escuchamos el romántico almuédano, nos llevó a banquetes al estilo moro… ¡qué sé yo! Hasta disfrazados visitamos un harem que por cierto nos resultó todo lo contrario que la idea que teníamos de ellos creada por las revistas y operetas que habíamos visto. Nada de mujeres desnudas, bellas, esbeltas, sino tapadas todas, menos los ojos negrazos repintados y casi todas gordotas y de lo más antiestéticas y apetitosas que se pueda decir.

Un día fuimos a visitar al califa, que apenas era un jovenzuelo de unos 20 años… lindo, elegantísimo. Salía en aquel momento con su sencillo traje blanco y el general me presentó como periodista. Un fotógrafo que venía preparado con nosotros nos sacó una fotografía y así pude conservar el recuerdo de su precioso traje que yo copié exactamente. Cambiamos unas palabras en perfecto castellano con él, y siguió su camino detrás de una escolta de tambores y chirimías que le abrían paso, siguiéndole un pelotón de jinetes moros en sus caballos divinamente enjaezados.

Al otro día fuimos a visitar al Gran Visir. Un anciano alto, bello, fornido, de larga barba blanca… ¡imponente!

Antes de recibirnos en su alcázar, ordenó según costumbre encerrar a sus mujeres y nos pasaron a una habitación llena de arabescos en sus paredes con incrustaciones doradas y de colorines y preciosos techos que sostenían arcos morunos, y alrededor de la habitación, unos bajos y estrechos divanes tapizados con preciosas telas. Nos saludó con toda amabilidad en perfecto inglés creyéndonos americanos del norte y al general lo saludó en correctísimo castellano.

Al momento como era natural, al saber que éramos españoles hablábamos todos el castellano. A los pocos momentos, llamó y al presentarse un moro negruzco y fornido, en su idioma le ordenó sin duda, que nos trajera té, pues a los pocos instantes se volvió a presentar con una gran bandeja de bronce, tetera, una vasija con hierbabuena, varios vasos de cristal, agua caliente y azúcar negra de pilón cortada en pedazos desiguales. Se retiró el moro y el mismo Gran Visir nos preparó el té, y nos lo sirvió agarrando los vasos con los dedos gordo y meñique, que sin duda además de la costumbre era la única manera práctica para no quemarse.

Tomamos aquel té tan delicioso, nos ofreció unos aromáticos cigarrillos, hablamos todo haciéndonos conocer su vasta ilustración, nos enseñó todo su palacio por el cual a través de las celosías de las ventanas notábamos los curiosos ojos de las mujeres encerradas que nos miraban, y salimos encantados de aquella tan extraña visita, y yo, procurando retener en mi memoria ademanes, manera de hablar, y andar y todo cuanto pudiera servirse para representar en escena mi papel de Emir de la obra que quería poner.

Y verdaderamente, tuve un gran éxito, la obra gustó no sólo por su ejecución sino por la riqueza y presentación y los numerosos detalles que puse en ella todos del natural.

Recuerdo que un día en Buenos Aires, que representaba dicha obra, tuve la visita en un palco avante scène del general español Millán Astray el fundador de los Legionarios de África. Estaba allí escuchando con toda atención la obra, apoyado en la baranda de su palco con el único brazo que tenía y viéndonos, con su único ojo, que en las valientes campañas que había hecho en África, le había quedado.

Simpático, sonriente, nos escuchaba asintiendo y aprobando con sus gestos cuanto detalle observaba.

Aquel día, y en contra de mi costumbre, me permití, saliéndome de mi papel, gastar una broma con el público, en la escena, en que yo recordando al Gran Visir tenía que servir un té, que yo mismo hacía en escena, tomé con los dedos clásicamente, un vaso del té que yo había preparado con iguales ingredientes morunos, y me adelanté a la batería y junto al palco en donde estaba el general; le ofrecí un vaso después de un magnífico discurso en árabe, ante la expectación de todo el público.

El general Millán Astral se puso en pie para recibirlo, tomó el vaso, y después de escucharme sonriente, me contestó también en árabe, aunque su árabe era muy diferente al mío… lo bebió, lo relamió como demostrando que estaba muy bueno, me devolvió el vaso con una inclinación de agradecimiento y volviéndose al público, dijo: ─”Señoras y señores argentinos, el té con que me ha obsequiado este notable actor español es auténtico, como yo tantas veces y por tantos años lo he tomado en África. Los trajes, las telas, los modales, el acento, todo cuanto ha presentado Vilches, es real, verdadero… Hasta en el menor detalle no se ha salido de la artística realidad. Debe ser para ustedes un placer tenerle en esta tierra y para nosotros los españoles tener un artista como él. Todo esto se lo acabo de decir en árabe auténtico, contestándole agradecido a su discurso, que ha sido la única mentira que ha hecho, y que no obstante merece un aplauso pues en la vida he oído un camelo más estupendo… tan bien hecho que yo he comprendido cuanto él ha querido decirme… ¡Sí seré listo y él buen actor!...

Todo el público rió, aplaudió, y después muchas señoras de las primeras filas alargaban sus brazos para pedirme probar un vaso de aquel té moreno… Yo, ya riendo con todas, repartí algunos, y me llevé el recuerdo de aquella representación original y afectiva debido a mi atrevimiento por la broma que quise dar al general más aguerrido, culto y simpático que nos honraba aquella tarde con su visita.

¡Bendito mi arte que durante mi vida y en muchas ocasiones me ha hecho conocer tal altos personajes y gozar de momentos como el que os he contado.

LILY PONS Y MARIA BARRIENTOS
( VI ) Charla

En oportunidad de su último viaje a Buenos Aires conocí a Lily Pons.

En el magnífico palacio de la calle Pereda del potentado Sr. Mihanovich dueño entonces de la flota de vapores Buenos Aires-Montevideo, fue cuando conocí a tan maravillosa cantante. Fue en un almuerzo dado en su honor al que también fuimos invitados María Barrientos, la no menos notable que Lily, y famosos poetas, escritores, músicos… y yo.

Los dos más grandes ruiseñores de la pasada generación se hallaban una frente a la otra como dos gloriosas rivales, colocadas a la derecha cada una de los señores de la casa. A mí me colocaron entre dos grandes poetas, Gabriela Mistral y Manuel Obligado… Estaba casi enfrente de Lily y no le quité ojo durante el fastuoso almuerzo que nos sirvieron, excuso decir que con todo el refinamiento del lujo, y el arte culinario…

Lily Pons me dio la impresión más interesante que decirse puede. Elegantísima y sencilla; graciosa y jovial. Unos ojos preciosos y una boca algo entreabierta por la que veía una apretada dentadura; sus diminutas manos se veían adornadas por valiosísimas alhajas del más exquisito gusto.

Ella, acostumbrada a esta clase de fiestas en su honor y comprendiendo que el objeto de toda nuestra curiosidad era ella pues a María Barrientos, ya era antigua amiga nuestra, nos quería complacer con su amena charla, en la que parecía haber adivinado las preguntas que nosotros le hubiéramos hecho todos…

Un holandés quiso casarse con ella para que tomara lecciones de canto. Que había percibido 25, 000 frnacos cada vez que cantaba en la radio para Palmolive Ford, La General Motors, Chesterfield… ¡25, 000 francos de aquellos “antiguos” por 15 minutos!

“¿Y le gusta cantar?”, ─le preguntamos. ─ “Sería feliz si no fuera más que cantar, pero es que cuando no canto no tengo un momento para mí, para soñar, para mirarme el alma… pues no me dejan… Fuera de la escena sufro una verdadera invasión de las gentes y las cosas que hacen de mí un ser automático… Empresarios, compañeros de arte y directores de orquesta, periodistas… los modistos… Todo, eso en que no había pensado antes de dedicarse al canto”.

La interrumpió un criado sirviéndole una copa de vino…

“No; gracias. No bebo más que agua,” le dijo con una amable sonrisa y continuó: “Procuro defenderme de ese Nueva York que mata, pero no puedo… y en cuanto tengo un descanso huyo de él… En mi campo he hecho edificar un “Building” normando siglo dieciocho. Colecciono allí numerosos animales de todas clases y tengo una magnífica colección de las más raras mariposas que yo cultivo con todo primor.”

“¿Pero es usted norteamericana?” “No; nací en Cannes. Me enamora el espíritu de aquel país… Allí se vive tranquilamente sin que nadie se preocupe de uno” y seguía hablando con gracioso acento mezcla de neoyorquino y parisien.

“¿Hizo usted películas?” ─le preguntamos.

─Sí… aunque nunca me preocuparon, pero os americanos son tan encantadores cuando quieren y tan pródigos… cuando les interesa un asunto…

─¿Y cómo se hizo cantante?...

─Con el holandés aquél que le dije antes que me aconsejaba que tomara lecciones de canto, me casé… Y las tomé de un compatriota de ustedes, nos dijo dirigiéndose a María Barrientos y a mí… de un profesor vasco, Alberto de Gorostiaga. Me pagó las lecciones el marido holandés, lecciones que yo le he pagado al divorciarme de él con un alinda fortunita… ahora tengo el orgullo de ser señora de Kostelanetz dentro de poco… pero cómo él es el más grande “conductor” de América… hay una duda que tengamos que solventar…

¿Cuál?, le pregunté.

Sabe que yo tengo un gran nombre y que él no se resigna a ser el marido de Lily Pons, y yo, artísticamente. No puedo sólo ser la esposa de Kostelanetz. Entonces yo referí un caso análogo del cual yo tuve la culpa del divorcio… Fue en una fiesta en casa de Goldwyn en Hollywood. El gran actor Wis Stone presentó a la encantadora rubia estrella entonces de la pantalla Anna Harding y después a un grupo de hombres, diciéndome: “El marido de Anna Harding”. Este hombre elegantísimo y distinguido, sin poderse contener dijo sonriendo: ─”¡Un momento! Yo soy… el señor fulano de tal (no recuerdo el nombre)… y esta señora y gran actriz es la señora de (fulano de tal) y repitió su nombre y apellido… que soy yo.” Al poco tiempo supe que se habían divorciado y yo pensé… ¿Sería aquélla presentación quizás el principio u origen del divorcio de aquella pareja encantadora?

Indudablemente, añadió la gran poetisa Mistral… los aristas jamás se debieran casar… y cuando son casados, la fama los divorcia…

Nos levantamos de la mesa. Nos fuimos al salón. Un salón fastuoso estilo Luis XV, lleno de valiosos cuadros, valiosos obras, etc., que todos admiramos, mientras saboreábamos los más ricos licores y grandes habanos, durante la animada charla de todos.

Nadie se atrevió a pedir a Lily Pons que cantara. Hubiéramos tenido tanto gusto de oirla en la intimidad, pero la señora de la casa nos advirtió que por la noche cantaba en el Colón.

Qué dichoso fui de poder conocer tan de cerca y a fondo a tan gran artista que sólo podía competir con la nuestra, por quien se daba también aquella fiesta, la gran cantante y paisana mía María Barrientos.

Ella nos dejaba amablemente, que toda nuestra curiosidad y atención fuera principalmente para Lily, puesto que ella vivía en Buenos Aires con nosotros…¡Era nuestra!

Precisamente, hoy, llevo encima un recuerdo suyo de mucha estima. Una preciosa pitillera que ella me regaló con su firma grabada y, como estas sencillas charlas mías no llevan la pretensión, ni mucho menos, de ser biografía sino una manera íntima de recordar cómo he conocido a tantas figuras notables en el mundo entero, les contaré el porqué me regaló esta gran artista, insustituible, la cigarrera que con tanto cariño y orgullo conservo.

En una de mis repetidas temporadas en el teatro Odeón de Buenos Aires, había puesto con un gran éxito mi tan conocida obra el Eterno Don Juan. Ya tenía desarmado el decorado, cuando recibí un recado de María Barrientos, de que quería conocer dicha obra. Yo para ella ordené que lo montaran otra vez, y le invité con todo gusto, como era natural por mi profunda admiración hacia ella.

Dicha noche la tenía muy cerca; en un palco platea, al lado del proscenio. Al terminar el primer acto entró en mi camerino y toda entusiasmada me abrazó. ¡Qué postura sainetesca, tan bien observada de la vida de los artistas de ópera! ¡Y usted está colosal! Sin duda usted ha conocido íntimamente a Stracciari o a Anselmo, seguramente. ─No, señora, jamás los conocí en la intimidad. ─Pues demuestra usted que tiene una gran intuición. ─Sí, es el único elogio que admito; una gran intuición “femenina”. Y se fue de mi cuarto con la ilusión de seguir viendo la obra.

Durante el segundo acto observé que le iba interesando, pero ya en el tercero no la vi en el palco. Extrañado al ver el palco vacío, pregunté la causa, y me dijeron: que le hizo tanto efecto el final del segundo acto, cuando el barítono tiene la tragedia de quedarse sin voz, que se sintió indispuesta y se retiró.

Y, le impresionó tanto, que al día siguiente que tenía que debutar en el Colón, postergó su debut para dos días después.

Últimamente en Buenos Aires, la volví a ver. En un beneficio mío me mandó la cigarrera que llevo con el facsímile de su firma, que conservo con verdadero cariño.

En los últimos años, cuando ya no trabajaba, se dedicaba a dar generosas lecciones de canto a las alumnas del conservatorio argentino, hasta que murió, ─aunque esta palabra jamás puede existir para nuestras personas queridas y, para los artistas famosos.

Nunca olvidaré aquella tarde en que me vi entre las dos cantantes más admiradas del mundo entero.

NOVELLI – ZACONNI
( VII ) Charla

¡Novelli! ¡Zaconni! ¡las dos más grandes figuras que yo he conocido personalmente de actores italianos!

Actrices italianas, sí; traté a Eleonora Duse a quien bien podríamos llamar la emperatriz de la escena dramática; a Teresa Mariano cuyo temperamento la hizo inolvidable; a Tina di Lorenzo cuyo arte y su gran hermosura hizo época; a Emma Gramatica y Mimí Aguglia, de temperamentos ambas verdaderamente excepcionales…

De mi impresión y trato con ellas hablaré en otras charlas. Hoy voy a dedicar mis recuerdos a estos dos maestros colosos de la escena italiana y de fama universal.

Era yo joven cuando conocí a Novelli. Desde el momento que lo vi actuar sentí la vocación por el teatro. Era el verdadero comediante por excelencia. Tenía una sugestión tan grande por el público, arrebatadora.

En un mismo día le vi representar Hamlet y La tía de Carlos, y a pesar de que su figura no le acompañaba ni para una obra ni para la letra me hizo una impresión tan grande, comparable únicamente a la del gran maestro que conocí más tarde: Zaconni.

Novelli, además de abarcar con igual maestría todos los géneros era un mímico sorprendente. Yo le vi representar monólogos que llenaban de asombro. Recuerdo que uno que le vi, no hablaba una palabra. Entraba a un restaurante (a telón corrido, sin decoración siquiera) y hacía que el público almorzase con él, saboreando todo el menú que hacía ver que comía.

En otro monólogo que le vi, salía cantando una verdadera tragedia que nos hacía meter el corazón en un puño. Le aplaudían con todo entusiasmo hasta le punto que la tenía que repetir; pero esta vez repetía el monólogo con las mismas palabras y hacía que el público se muriera de risa.

¡OH!... ¡Las entonaciones! Siempre he creído que en el Teatro son el texto ¡Cuantas cosas diferentes se pueden decir con las mismas palabras, con entonaciones distintas! ¡Ese es el secreto del verdadero cómico!

Pues bien; este hombre tan notable y maestro de todos le conocí un día en Barcelona. Hacíamos en el teatro Novedades, La Escuela de las Princesas de Benavente. Estaba viéndonos la representación en un palco con el empresario, D. Tirso Escudero. Yo hacía un galancete, Un papel de príncipe. Cuando salí de escena, preguntó Novelli a D. Tirso: “¿Quién es ese joven?” “Un muchacho que comienza el teatro” le contestó. Y Novelli agregó: ”Ese jovencito… ¡cuídelo, cuídelo! ¡vale! ¡Puede llegar a ser una gran cosa!”

A D. Tirso le faltó el tiempo para decírmelo, cosa que le agradecí en alto grado y me apresuré a ir a darle las gracias, mas que todo por tener el placer de conocerle de cerca… ¡Hablar con Novelli! Y recuerdo que me dijo: ”Estudie, jovencito, estudie, que no hay nada en el mundo como el teatro… y usted tiene condiciones. El teatro le hace a uno vivir tantas vidas como caracteres se representan.”

Nunca olvidé sus palabras… y aunque yo jamás le haya llegado ni a la suela de sus zapatos, hoy comprendo cuánta razón tenía. No hay nada que le haga a uno amar la vida más, que sentirse diferente o sea poder vivir vidas distintas…

A Zaconni le conocí cuando yo estaba más “formado”. No vi en él el actor temperamental pero sí el actor de estudio, concienzudo, matemático… ¡perfecto! No movía un músculo de su cara sin haberlo antes dibujado. No daba una entonación sin saber de antemano el efecto que iba a producir. Hoy día puede decirse que es el maestro de todos los maestros.

Viéndole trabajar, fue cuando alcancé más perfección en mi trabajo, a pesar de que yo jamás pude seguir al pié de la letra su conducta de trabajo. Yo, temperamentalmente, siempre he cambiado mis personajes dentro de las líneas psicológicas de ellos… alguien me ha dicho alguna vez, por ejemplo,”Le he visto a usted el amigo Teddy más de diez veces, se lo habrá aprendido de memoria” Le he contestado: “Imposible, cada día lo hacía usted diferente, sin salirse de su papel.”

Nunca había hablado con Zaconni, pero pasaron años; yo ya tenía mi compañía y un año coincidimos en Buenos Aires. Me lo presentaron y una noche en su camerino me dijo que un día en que él descansase tenía deseos de conocerme pues aunque nunca iba a ningún teatro y no hacía caso de los críticos, le habían dicho que hacía muy bien El Eterno D. Juan.

Efectivamente una noche, para que él le viera puse dicha obra. ¡No la olvidaré jamás! Cuando me aplaudieron, al terminar el segundo acto, me adelanté al público y le dije; poco más o menos: ”permitidme, hoy, querido público, que todos esos aplausos los recoja y como si fueran un manojo de flores, los arrojo a los pies de ese gran maestro que me ha hecho el honor de venir a presenciar mi modesto trabajo, que si algo tiene de bueno, sólo a él se lo debo pues de haberle visto, solamente, he llegado a lo poco que hoy soy.”

Entonces, él, en su palco, se levantó y con su voz clara, potente y entonada, en su correcto italiano, dijo: ”Señores, voy a hacerles una declaración sincera y no por corresponder a la cortesía, que como buen español acaba de tener conmigo… pero yo digo que si en España hay aunque no sean mas que tres actores de sensibilidad de éste, ¡España es sin duda la tierra de los grandes actores!”

Hasta la vanidad puede sonar en mí el repetir ahora sus palabras, pero comprenderéis amigos míos que yo jamás las puedo olvidar, pues aquel momento lo consideré como uno de los más emocionantes de mi vida!

Después, como es natural, nos hicimos amigos hasta el punto de mantener correspondencia con él en ocasiones.

Pasaron años, y no volvimos a coincidir hasta hace unos cuantos y otra vez en Buenos Aires. Y a pesar de que ya tenía una edad avanzada, le encontré con los mismos entusiasmos… ¡El Rey Lear! ¡Pedro Caruso! ¡Su Cardenal Lambertini!... ¡No me los perdía yo! Cada vez que representaba sus obras cumbre, las encontraba mejor. Para él no había achaques ni pasaban los años.

A nadie recibía en su camerino, pero a mí sí. Él acostumbraba a ir al teatro dos horas antes de levantar el telón, y mientras se caracterizaba pulcramente… hablábamos y cada palabra suya era una enseñanza para mí. Siempre me hacía ver y saber algo nuevo….

Renegaba del público a quien le iba absorbiendo la cinematografía y poco a poco iba abandonando la afición por el buen teatro… Sin embargo, él tenía llenos constantes y en esa temporada ganó un dineral.

Su mujer y compañera de arte, Cristina, también era una estupenda actriz formada por su marido.

Era apasionada por el juego. Zaconni, por el contrario, decía que no comprendía esa pasión… y ella, por oír a su marido, a quien ama apasionadamente, a veces, delante de mí, me decía: ”Mi marido es loco por el teatro y yo por el juego, y tanto atrae y tantos gustos y sinsabores proporcionan lo uno como lo otro, pero el juego a veces es más práctico” y me guiñaba el ojo sonriendo como diciéndome: ”Verá como rabia mi marido al oírme. Hay ocasiones en que Remete, mi marido, por ejemplo, en un domingo se mata a trabajar ¡tres funciones! Aquel día, caen cuatro gotas y la gente ya no viene al teatro. Yo mientras, me refugio en el Casino, y con media hora de suerte y sin trabajo alguno, gano más que con el teatro lleno”. Y Zaconi, se volvía a mí, y me decía con su bondadosa sonrisa: ”Mi mujer, habrá usted notado, que está loca”. ¡Y nos reímos los tres!

“No hay nada como el teatro.” Decía Zaconni.

“No hay nada como el juego” Decía Cristina. Y yo terminaba: “No hay un matrimonio más encantador que ustedes.”

Desde aquélla temporada no los he vuelto a ver ni sé que ha sido de ellos después de la guerra.

Cuando recuerdo este genial y bondadoso actor, pienso que en arte no hay que tener en cuenta los años, la decrepitud y la vejez no existen ante el temperamento y el entusiasmo. Al contrario, el verdadero artista cuanto más vive más perfecciona el arte que cultiva.

No hace muchos días, recibí una carta de mi representante en Madrid, el tío de mi honroso discípulo Antonito Vico, y me contaba, que nuestro gran Enrique Berras que ya llega a los 84 años, acaba de de dar en el Alcázar de Madrid ¡70 representaciones de Tierra Baja! ¡Y el público llenó el teatro y lo admiró como cuando lo hacía a los 30 años!
¡Un muestra palpable de la gratitud del público en homenaje al genio!

A veces, yo pienso y repito una frase que le oí decir alguna vez a mi inolvidable amigo Zaconni: “Mi mayor placer sería que en un entreacto, salieran a decir al público: no se puede continuar la representación porque el maestro… ¡ya no existe!” Y acababa diciendo:”La mayor delicia de un artillero debe ser, ¡morir al pié de su cañón!”.

Cuando le dije que había perdido el álbum en el que me había puesto su amable y alentadora opinión, me regaló un retrato con una expresiva dedicatoria y allí lo tengo en mi casita de Buenos Aires, haciéndome recordar sus palabras que también serían mi mayor placer:

¡“Representar… hasta el último cuarto de hora de mi vida”!

LUCIEN GUITRY
( VIII ) Charla

A Lucien Guitry, tuve la suerte de conocerle en una de mis escapadas a París para ver… ¡aprender!

Le llevé una carta de presentación de la Infanta Doña Isabel, la protectora entonces de los artistas. “La Chata”, como la llamábamos cariñosamente los madrileños…

Le conocí una noche que estaba representando con la célebre Rejane. Lucien Guitry ha sido el actor, que abandonando la afectación y el canturreo “interpretó” en la vida.

Era hombre vigoroso; con cabellos negros, cejas espesas (como nuestro famoso Vico), gran nariz.

Tenía una gran estatura. Era avaro de gestos; apenas despegaba los codos del cuerpo. Tenía una hermosa voz llena de matices; pero jamás gritaba. Y todo esto unido a una tranquila y sólida distinción a sus fruncimientos de cejas, a los silencios expresivos y a los brazos robustos, hacían de Guitry El Varón que había concebido Sardou.

Estuvo en Rusia, donde fue amigo de los grandes duques. Entró, para salir enseguida en la Comedie Francaise.

Tuvo dos hijos: Sacha y Jean, e interpretó la sobras principales del teatro contemporáneo de Donney a Camus; de Mirabeau a Berstein…

No pronunciaba jamás una sola palabra que no fuese un “pistoletazo”.

Nunca olvidaré la impresión que me produjo conocer a aquel gran hombre… Además; por si fuera poco me presentó a la Rejane. Cruzamos unas palabras y como mi objeto no era más que conocerle, me despedí. Comentando mi conocimiento a otros compañeros franceses… me hablaron de él y me contaron sus ocurrencias… ¡que fueron célebres!

Merecen recordarse.

Un cómico que presumía de escribir teatro envió un manuscrito a Guitry cuando éste era Director del Renaissance.

El comediante-actor había acompañado estas palabras: “Apuesto a usted un Luis a que no leerá esta obra”. El Director le devolvió el manuscrito sin haberlo desenvuelto, y, en un sobre metió un cheque de un Luís con esta respuesta: “Ha ganado usted”.

Uno de sus socios, hombre fastidiosos, insistía para que Guitry almorzase con él. Un día, para quedar tranquilo, aceptó. Dos minutos después lamentaba su debilidad y, dirigiéndose a su ayuda de cámara, que se encontraba en la habitación contigua, señaló: “Telefonea a ese pesado, a ese cretino… que no iré a almorzar con él”. En ese momento vio por el espejo al importuno, que acababa de entrar. Sin perder su sangre fría, añadió, señalándole: “porque hoy almuerzo con el señor”.

Una vez estaba almorzando en un restaurante y con seguridad no conocían a Guitry. Como la cuenta era evidentemente excesiva, el actor llamó al dueño:

─¿Es para mí esa cuenta?.
─Sí, señor.
─¿Usted no me conoce?
─No, señor; ¿Quién es usted?
─Un colega, amigo, un colega…
─¡Ah!, Si yo lo hubiera sabido…

La cuenta fue disminuida. Después, al salir Guitry, el dueño del restaurante lo acompañó a la puerta y:

─Perdón; ¿puedo saber cual es su restaurante?
─Yo no tengo ningún restaurante…
─¿No me dijo usted que es “colega”?

Entonces Guitry se le acerca al oído: ─Yo soy ladrón.

Entró cierto día en la platea de su teatro acompañado de un amigo:

─Los actores están en el escenario, pero ¿están ensayando? ─Preguntó su acompañante.

─No. No nota usted que me hablan naturalmente.

Siempre fue festivo e irónico, pero siempre con su grandeza inigualada en el teatro. Desde aquella época de mi juventud… jamás le volví a ver.


SACHA GUITRY

También en otra ocasión conocí a su hijo Sacha Guitry. Sacha, como todos lo saben, ha sido el autor más fecundo de su época.

La misión de Sacha fue la de reaccionar contra el teatro de sus antecesores y verter optimismo en el corazón de los ciudadanos. Y empezó a escribir comedias y más comedias… y todas de éxito. ¡Más de cien! Estos datos los recojo, para explicar el conocimiento con aquel genial actor y autor.

Una vez, en Barcelona, donde actuaba con mi compañía, quise descansar de mis largas temporadas trabajando tarde y noche… cosa imposible porque no debiera hacerle un actor de temperamento que siempre ponga su alma en su trabajo… Y dejé mi papel a mi discípulo Antoñito Vico aprovechando su talento y condiciones y que era más joven que yo, pues se trataba de un galán, cosa a la que siempre he sido refractario hacer; y volé una semana a París para pedirle a Sacha una obra de éxito, que creía que me iría bien.

Antes de entrar a su camerino, cuando terminó la función, pues en los entreactos no recibía a nadie, me pasaron un papel impreso que decía: “nombre del visitante”, “objeto de la visita” y… ¡que sé yo cuantas cosas más!

Quien me entregó el impreso fue el “Valet de chambre”, que por cierto, aunque como era natural hablaba en francés, le noté acento catalán y efectivamente, lo era. Yo le hablé en catalán y esto me facilitó la entrevista en pocos momentos.

Se estaba despintando.

Me saludó como perdonándome la vida: “con que es usted un actor español y hombre siendo español ¿no es usted toreador? Le dije el objeto de mi visita. Me presenté como actor español y le dije que mi deseo era comprarle su obra “Le Comediant”. Me miró de arriba abajo y lo primero que me dijo fue que yo no tenía figura para representarla y así, claramente añadió que se la iba a estropear.

Yo, algo “picado”, le dije: yo no soy el actor que pretende que el papel venga a él. Yo voy siempre al papel sea cual sea su carácter y dificultades. En todos pierdo mi personalidad. En ninguno soy yo, sino el personaje que debo representar.

Se quedó un poco sorprendido y después e una pausa en la que no dejó de mirarme, me dijo: “A pesar de que no se expresa muy bien en francés, creo haberle entendido”. Y después con algo de guasa, como decimos por aquí, añadió sonriendo: “pero si se expresa mejor en inglés puede hacerlo porque el español no lo conozco”. Y como a mí en el fondo, no me agradara la “changuita”, pues sus palabras no venían a cuento, le dije en inglés, naturalmente tan mal hablado como el francés con que quería expresarme… Me volvió a mirar, cambió una mirada sonriente con su ayuda de cámara, que al mismo tiempo, riendo, me dijo entre dientes y en catalán: “aquet home no sap una paraula d’inglés”. Mientras tanto que Sacha, ya riendo más familiarmente, decía: “Mejor será que sigamos hablando francés… ¡y nos reímos los tres!

─¿De manera que también sabe usted el catalán?
─Lo soy, señor…

Bueno, ¿y usted trabaja y en dónde?

Yo llevaba un folleto en el bolsillo que tenía el grabado de algunos papeles míos, y todos de distinta caracterización… y se lo entregué. Cuando empezaba a hojearlo se presentó, radiante de hermosura Ivonne Printemps, su cuarta mujer, y me presentó: aquí tienes, ─le dijo─ un joven actor español. Y leyendo mi tarjeta con bastante dificultad, Egnest Vilchés, que quiere una obra mía. Miura: esta es la compañía que tiene. Y le enseñó el folleto hojeándolo antes. Parece que tiene buenos actores.

─No, señor, me apresuré a decirle. Todas esas caracterizaciones son mías. Soy yo mismo en todas ellas.

Me miró, algo azorado, y me dijo: ─Bueno, pues entonces sí, si creo que podrá hacer mi personaje.

Entonces yo, algo despechado y satisfecho, al mismo tiempo, le dije sonriente: ─lo mejor será, señor Guitry que dejemos el asunto, pues nunca me perdonaría estropear una obra de tan conocido autor.

Y después de un delicioso saludos a la bellísima Ivonne y ante la disimulada risa del Valet catalán. Salí del camerino del gran Sacha Guitry, el enfant gueté en aquella época.

EL GENERAL GÓMEZ, PRESIDENTE DE VENEZUELA
( IX ) Charla

Con estas sencillas conversaciones que, por medio de la Radio, tuve el placer de con vosotros, amigos míos, no pretendo alardear de charlista; nunca he sabido hablar más que lo que me sugiere el apuntador, pero es que con ellas experimento el agrado de volver a vivir, recordando tiempos pasados, que es el único premio que tenernos los que ya hemos llegado a una edad respetable, y como en muchas ocasiones me han dicho: “cuéntenos algo de su vida”, “tendrá usted tantas cosas que contarnos”, A mi se me ha ocurrido tomar por tema, cómo he conocido a las grandes personalidades mundiales. Tal vez sean pueriles mis charlas, pero si con ello os entretengo unos minutos, y me hago cuenta de que estoy con mis amigos tomando una taza de ca en vuestros hogares, yo quedo contento con saludaros , y vosotros habéis pasado unos minutos, con vuestro amigo Vilches, que tanto os tiene que agradecer y que no se resigna a vivir sin comunicarse con su público.

Hoy lo voy a dedicar a Venezuela, esa riquísima región que si siempre y hoy más que nunca es el sueño de tantos por enriquecerse

Varias veces estuve en ella y tengo gratos recuerdos; uno de ellos es original. Caí enfermo y hubo un momento de gran crisis en que se divulgó la noticia de que había muerto. Alguien cablegrafió la noticia, y a los pocos días tuve ocasión de leer en más de diez periódicos, lo que debían de mi qué halagado me sentí al saber , “lo mucho que valía”, y entonces comprendí porque a la hora de la muerte, se le llana “a hora de las alabanzas”. Pero de esto hace ya más de 25 años y aquí estoy con vosotros todavía, y, lo pienso estar, pues estoy viendo que tengo más vidas que un gato.

Hace unos días, sin ir más lejos, al atravesar la esquina de casa , me atropelló un precioso auto conducido por una muchacha más preciosa que el auto que conducía. Pues nada, me sacaron de entre las ruedas y el ligero magullamiento que sufrí fue compensado por haber conocido a una preciosidad más, en esta vida.

Pues en Venezuela también me pasó algo semejante. Les contaré. Una noche en el Club Venezuela, Se daba un banquete en honor del norteamericano General Pershing. Yo fui invitado por el Coronel Gómez, hijo del presidente. Simpatizamos y me prometió llevarme ante su padre para que lo conociera. A los pocos días, él mismo me llevó a Maracaibo donde residía el General Gómez, Presidente de la República. No acostumbraba a recibir en su despacho ni en su casa, sino en el inmenso y exótico jardín lleno de todas las plantas más raras y de toda clase de animales. Los inofensivos iban sueltos. Los fieros los tenían, como es natural, en grandes jaulas. En el centro del jardín había una especie de plataforma, en la cual, cuando llegué estaba hablando con varios señores. Me dijeron que esperara mi turno, y, me sentaron a unos veinte pasos de donde estaba charlando el Presidente. Se oía claramente, pues levantaba la voz más que ninguno; hablaban de hacer nuevas carreteras. A mí no me interesaba el asunto, y por decir algo, a un señor que estaba junto a mi le dije; para entablar conversación y entretenerme: “¿No ha observado usted, lo que tantas veces he oído decir, que todos los hombres tenemos semejanza con las caras de los animales?” No le había dado tiempo al señor para contestarme, cuando se oyó la voz del presidente que decía: “Y dígame, ¿a qué animal me asemejo yo?” Por un momento pensé que había llegado mi última hora, pues sabido era, que aquel señor era en su país, dueño de vidas y haciendas, y, palidecí, pero, me repuse al momento y le dije sin tardanza ¡al león! Si su excelencia mandara ahora mismo, que por ejemplo me metieran en la jaula del tigre yo le dijera tal vez que preferiría que me pegaran dos tiros. Pero si en vez de la del tigre o la hiena, ordenaba que fuera en la del león , obedecería, en la esperanza de que el Rey de la selva tuviera conmigo un rasgo de alta soberanía, y no me acometiera.

Yo noté al momento, que mi contestación en vez de enfurecerle le había agradado, y así fue. Al acabar con los señores que recibía aquel día me dedicó unos minutos, charlamos de mi arte, de la temporada que estaba haciendo en el teatro, y es más, al comunicarme íntimamente una dolencia que padecía muy propia en los hombres de cierta edad, yo me permití recomendarle a mi cuñado, uno de los más notable urólogos de Nueva York, el doctor Valentine, que no dudara en ponerse sus manos para operarse. El general tomó informes y efectivamente lo mandó llamar.

A los pocos días de haber tenido esta conversación, llegó mi beneficio y aquel “león” me envió un cheque nada menos que de 50.000 bolívares que vienen a ser unos 10.000 dólares. Esto no era nada de extrañar pues con todos los artistas tenía la misma prodigalidad, y notorio es que a nuestro inolvidable poeta Villaespesa por escribirle un drama dedicado que lo tituló BOLÍVAR ¡le dió más de cien mil dólares nada menos! ¡El General Gómez tenía un gran corazón y mucho petróleo!

¡Qué contento salí yo de Venezuela, después de haber resucitado, para leer las bellezas que decían de mí cuando yo vivía, de haber conocido tan de cerca a tan famoso Presidente el más rico del mundo, y de haber correspondido su dádiva, habiéndole proporcionado tal vez la salud recomendándole a mi cuñado.

Al poco tiempo supe por Julius, el doctor Valenine, algo verdaderamente gracioso. Me contó que, efectivamente, fue a Venezuela, lo reconoció como es natural con todo interés y esmero, y cuando ya estaba todo concertado para hacerle la operación, le preguntó: “Y dígame doctor, ¿para operarme como es natural tendrán que anestesiar privándome totalmente del sentido, ¿no? “

“Efectivamente, pero usted no sufría ni se dará cuenta de ello” “Bueno, si...” insistió “Pero ¿cuánto tiempo estaré fuera del mundo sin darme cuenta?” “Pues unos cinco cuartos de hora, todo lo más.”

El Presidente entonces decidido y enérgico le dice: “Pues sabe lo que le digo: ¡que no me opero!” “¿Qué es eso general, no tenga miedo, no le pasará nada, se lo garantizo.”

El general risueñamente le dice: “¿Que no me pasará nada? ¡Cuando despierte puede que me encuentre otro Presidente ocupando mi puesto! ¡Nada, nada que no me opero!” Y no se operó. Mi cuñado fue espléndidamente recompensado y se regresó a Nueva York.

Cuando me lo contaron fue cuando admiré más al célebre General Gómez el espléndido presidente de Venezuela en aquella época de feliz recordación para mí, pues estaba en la plenitud de mi gloria juventud y fortuna!

Figúrense con que alegría vuelvo a vivir esta época que como es natural es ¡ay! ¡las golondrinas de Becquer! Ya no pueden volver jamás porque, como he sido toda mi vida un “re-loco” hoy solo vivo del recuerdo! Y perdone este chiste tan malo, pero dejaría de ser español si no hiciera chistes malos porque buenos los hace cualquiera.

Y nada más por hoy mis buenos amigos, a quienes os deseo hayáis pasado estos minutos entretenidos, que es de lo que se trata. ¡Muchas gracias!

LOS PRESIDENTES DE CHILE Y PERÚ. D. ARTURO ALESSANDRI
Y D. AUGUSTO LEGUÍA

( X ) Charla

Una de las figuras mas salientes de la política de las repúblicas americanas es in duda la del varias veces presidente de Chile, Don Arturo Alessandri,

A los 80 años de edad, faltó poco hace unos meses para que su pueblo lo eligiera por tercera vez.

Pues bien D. Arturo Alessandri es uno de mis más grandes amigos, de los de verdad que hoy me quedan.

Lo conocí por el año… (no me gusta hablar de años).

Una noche, en Santiago, se inauguraba el Club de señoras, por lo más distinguido de la sociedad chilena.

Estaba yo trabajando con mi compañía, llevando como estrella, como se dice ahora, a Irene López Heredia, en el Teatro Municipal.

Fuimos invitados de honor. Irene, radiante de hermosura, divinamente ataviada, según su costumbre, deslumbraba.

Un aguerrido mozo, ya maduro, se le acercó y la sacó a bailar. Era el presidente Alessandri. Sacó después a otras damas y al poco rato “reincidió” con Irene. Cuando terminó de bailar, me la entregó, y me dijo: ”¿No le parece usted, Sr. Vilches, que yo haría un buen galán en su compañía?” ¡Contráteme! “Ya lo creo, presidente, trato hecho”, le dije yo al momento respondiendo a aquella broma “ero con una condición: Usted hace una comedia con ella y mientras me deja regir la nación entregándome, por supuesto, las llaves del tesoro”. Le hizo gracia mi “salida” y desde aquel momento fuimos amigos sin protocolo alguno.

Me llevó al Palacio de la moneda en donde almorcé repetidas veces con él y toda su familia y llegaron todos a tomarme un verdadero afecto.

¡La página que me firmó en mi célebre álbum, honra a cualquier artista!

Al poco tiempo hubo una revolución y D. Arturo tuvo que refugiarse en Buenos Aires. Yo actuaba allí en aquella época. Y cuando le fui a saludar, recuerdo que me dijo entristecido: “Vilches, mi pueblo ya no me quiere”, y me abrazó con los ojos llenos de lágrimas. “¿Qué no le quiere? ¡le adora! ¡Ya verá, D. Arturo, como dentro de poco lo llaman de nuevo”. No sé si aquel deseo mío de consolarle fue intuición, pero el caso fue, que resultó profecía. Al poco tiempo, efectivamente, era llamado y reelegido por su pueblo. ¡Con cuánta alegría le puse un cable, diciéndole: “¿Ve usted como acerté?”

En otra ocasión, volví a Chile. Fue en aquellos tiempos en que Chile estaba en pugna con el Perú por cuestión de limítrofes entre Tagna y Arica. En aquella ocasión me sucedió un lamentable incidente.

Un anoche (por no quebrantar mi costumbre) después de la representación de Wulienang, me fui al casino y, me acosté tarde. Apenas había cogido el sueño, me despertaron violentamente con los gritos de: “¡Sr. Vilches, levántese pronto que el teatro está ardiendo!” Me levanté sobresaltado, como era natural, me puse un abrigo de pieles sobre mis pijamas y salí al balcón, y efectivamente, toda Santiago se veía iluminado por una lengua de fuego que salía a las pocas cuadras del balcón de mi hotel.

Concebí lo que sentiría Nerón, al ver arder a Roma. ¡El espectáculo era grotesco, imponente!

Al llegar con toda precipitación al Teatro vi que el caso ya no tenía remedio. No había ni esperanza de salvación alguna. Del escenario ya no quedaba nada. Todos mis decorados y efectos habían sido devorados por las llamas. Sólo algunos baúles y mi precioso álbum pudo salvarme mi Valet por las ventanas de mi cuarto que daba a la calle y estaban en piso bajo. ¡El fruto de mi trabajo de tantos años estaba destruido!

¡A volver a empezar la vida, me dije!

Al terminar la temporada de Chile yo tenía que ir a Lima donde ya estaba anunciado. Su Presidente, Sr. Leguía, me había prometido los viajes y una subvención. Como ya, materialmente, no podía montar ninguna obra no podía cumplir mi compromiso y le puse un cable diciéndole: “Imposible visitarles pues se me ha quemado todo el decorado”.

Inmediatamente recibí un cable que decía: “Si no se ha quemado Ernesto Vilches, que venga que será recibido con el cariño de siempre. Presidente Leguía”.

Este cable, en un marco, figuró por espacio de mucho tiempo en la mejor habitación de mi casa en Madrid.

Ante esta catástrofe, Chile entero me ayudó con todo cariño. El presidente me dio la paga de los artistas que tenían que estar parados por lo menos durante ocho días. El Mercurio, que dirigía entonces Silva Vildosola, me hizo grandes y cariñosos artículos incitando al pueblo a ayudarme. Los tranvías pusieron grandes letreros diciendo: “Ayudemos a Vilches”. Y recuerdo, cómo es posible olvidarlo, que en la primera y última representación que hice en otro teatro, por supuesto, a falta de decorado, puse un telón al revés en blanco con un letrero que decía: “Esto debe ser un palacio”. Y el público, aquella noche, pagó la localidad al precio que quise. Hubo quien dejó un cheque de cinco libras esterlinas por su butaca. ¡Emocionante!

Llegó la hora de partir y fui a despedirme de D. Arturo, como era natural. Al enseñarle el cable del Sr. Leguía, sonrió y dijo sin ironía alguna: “Es todo un caballero”. Entonces yo le dije irónicamente: “¿Quiere usted que le dé un recado de su parte?”. Esto que yo, como es natural, le dije en broma, sabiendo de la tirantez de las repúblicas vecinas, hizo su efecto en el Presidente y después de quedarse pensativo un momento, me dijo decidido: “¡Bueno, pues hombre! ¡Sí, señor! a veces los artistas consiguen las cosas con mas eficacia que los mismos embajadores. Dígale, que somos dos pueblos hermanos y que lamento que por cuestión de límites se estén creando odios entre las dos naciones.” Y añadió “que si me deja, voy a Lima, me asomo a su balcón presidencial, y con cinco minutos que me deje hablar al pueblo, terminamos el asunto, y nos abrazamos.”

“Mire que yo se lo digo tal y como usted me lo ha dicho.” “¡Dígaselo!” Me dio un abrazo y nos despedimos.

Llegué a Lima y lo primero que hice fue ir a saludar al Presidente y darle las gracias por su cable encantador; en mi primera conversación le conté mi despedida con D. Arturo, diciéndole el recado que me dio para él. En cuanto se lo dije, dio un salto hacia atrás y se colocó pegado a la pared, me miró y después de un momento: “El presidente Alessandri, ya lo sé, es todo un hombre, y además, de un gran corazón.” Y ya más apaciguado y separándose de la pared, continuó: “Verdaderamente no hay motivo para tanto ¡Tiene razón! Yo le dejaría salir al balcón, para que hablara al pueblo, pero los ánimos están muy exaltados y seguramente no llegaría a hablar, no digo cinco… ¡ni tres minutos!”

En aquella temporada y con su ayuda, rehice mi decorado, realicé una temporada brillante y seguí mi excursión por el Pacífico. Y pasaron años y años…Y hace dos, fui a Chile a filmar la película “La casa está vacía”, y como es de suponer fui a visitar a D. Arturo, y estando un día almorzando en su casa con él y sus hijos, le dije: “D. Arturo, a pesar del tiempo transcurrido, como no nos hemos visto hasta ahora, no le he podido decirla contestación que me dio D. Augusto Leguía para usted.”

Ya no recordaba el caso. Se lo recordé, y me preguntó en interés: “¿Pero, le dio usted el recado? ¿Y qué le dijo?” “Pues me dijo, que por él no hubiera tenido inconveniente en dejarle hablar al Pueblo pero que seguramente no hubiera pasado ni de tres minutos. ¡Le hubieran cortado la palabra a usted!” “¿Cómo?” me interrumpió, e irguiéndose como un león (así le llama su pueblo), me dijo, lleno de convicción y coraje: “¿cómo de que no? ¡Y hubiera pasado de los 15 minutos!”

No echamos a reír y admiramos todos, sus hijos y yo, los alientos y la fe en sí mismo de su convincente palabra, que todavía conserva ese gran hombre, orgullo no sólo de su patria sino de la Raza Latina.

Yo, orgulloso también, de conservar, y ojala que sea por muchos años, un amigo tan de corazón como lo es mío, D. Arturo Alessandri, y el recuerdo tan grande de gratitud de aquel tan ilustre caballero D. Augusto Leguía.

¡Bendito mi arte, o mi oficio, o como se le quiera llamar, que me ha permitido conocer y llegar a querer a tantos y tan grandes hombres en esta vida!

EDISON, FORD, SANTOS DUMOND, DEMPSY, GRETA GARBO
( XI ) Charla

Mis queridos y amables amigos que me escucháis estas sencillas charlas, que no llevan más objeto que entretenerse unos minutos, hoy, aunque muy a la ligera, les voy a contar como llegué a conocer a estas grandes personalidades, pero antes permitidme que haga un poquito de historia para justificar cómo llegué a ellas.

Al comenzar mi carrera artística reinaba con todo furor la afición de enviar a todos los artistas y personalidades de fama, tarjetas postales para que las firmaran. Recuerdo una graciosísima, como del gran D. Vital Aza que decía: “¡El peor de los males es esta monomanía de las tarjetas postales!”

Mas tarde, esta afición fue sustituida por la de enviar álbumes para que las firmaran, pero los coleccionistas se conformaban con adquirir solo que las firmas, y algunos consiguieron también algún pensamiento de los firmantes. Habían muchos que ya tenían preparados el suyo que ya era el mismo para todos. Otros dejaban una diferente, de estos yo he sido uno.

Habré firmado en esta vida cientos y cientos, sin exagerar, pero en cada una he puesto algo diferente. Pues bien, de todos los álbumes que he hojeado, digo con orgullo que jamás vi uno de la importancia del mío, y para que no suene a vanidad esta afirmación, les contaré:

Un día en que yo celebraba aquí en Madrid un beneficio, un gran amigo mío me regaló un libro en blanco encuadernado, con unos magníficas y artísticas tapas, diciéndome: perdóneme la insignificancia de mi recuerdo, pero no están los tiempos para más; puede servirte para pegar sellos o para que vayas escribiendo el libro de tu accidentada vida. Yo le agradecí mucho su modesto regalo y le dije: “Este recuerdo tuyo va a valer millones, lo prometo.”

En la primera página mandé pintar una magnífica orla en acuarela que me contó un dineral. Dentro de ella, logré reunir todas las firmas de toda la Familia Real, sin faltar una, y después continuaron firmando más personalidades como Ramón y Caja, Blasco Ybañez, Unamuno, grandes políticos, artistas de todos géneros, autores, pintores, toreros, ¡a qué enumerar! Los mundialmente conocidos que han pasado por mi vida. Todos aquellos que nadie podía preguntar: “¿Quién es éste?”

Pero este álbum mío, no era de firmas solamente, todas decían algo referente a mi modestos méritos artísticos, naturalmente aumentados por la amabilidad y cortesía de todos ellos.

Grandes poetas me dejaban sus pensamientos en verso. Notables pintores sus preciosos apuntes; célebres músicos su frase en un pentagrama. Pedro Meta un precioso artículo refiriéndose a mis puestas en escena, recuerdo una graciosa frase de nuestro inolvidable Valle Inclán que decía: “A Vilches, el menos malo de los artistas españoles.” Y a Hoyos que dijo que mi álbum no llegaría jamás a ser mío y ni siquiera de mis hijos, pues iría a parar a un museo… y así durante mis correrías, busqué las oportunidades de llenarlo de las más esclarecidas firmas de fama mundial, y últimamente acabé de repletarlo en Hollywood, con los juicios de los más conocidos y notables figuras de la pantalla. El penúltimo que me lo firmó como ya dije en una charla pasada, fue Charles Chaplin, y la última figura fue la de Marlene Dietrich.

Pero también algunas veces por tratarse de personalidades extraordinarias, conseguí obtenerlas, aunque como es natural, no me pusieron su opinión puesto que jamás me habían visto trabajar, y así valoricé altamente mi tesoro con los autógrafos de Edison, Ford, Roquefeller, Santos Deument, Greta Garbo, Toscanini, Dempsy ¡y hasta la de Al Capone!

El afán de conseguir sus firmas me valió conocer a todos ellos y poder estudiarlos psicológicamente.

Les contaré, mis queridos amigos, cómo la casualidad me hizo conocer al celebérrimo Edison, y al no menos famoso en diferentes aspectos al más grande de los financieros industriales Henry Ford. Cuando allá por el 29 fui contratado por la Paramount y por la Metro Goldwyn en cien mil dólares, por hacer durante un año, varias películas, las primeras habladas en castellano. ¡Ay! ¡cien mil dólares! Que yo por cierto los disfruté enteritos, dejando el encantador país de ensueño llamado Hollywood.

Pedí permiso para detenerme unos días en Detroit para poder conocer las enormes fábricas de Ford. La Paramount no sólo me lo concedió sino que me obsequió con toda esplendidez la estancia en estos días con mi valet de entonces que era un americano de color que me acompañó durante largos años de mi vida.

La casualidad, que siempre abre sus puertas a lo imprevisto e inesperado, hizo que después de visitar las portentosas fábricas de automóviles Ford, me encontrara con una preciosa muchacha catalana que había pertenecido a mi compañía en Barcelona y que estaba allí de temporada con unos parientes.

Hablándole del porqué me hallaba allí en Detroit, me dijo que su cuñado era amigo de Ford, y que si lo quería conocer buscaría la ocasión. Efectivamente, a los dos días, cargué con mi álbum y con el fin de verle al campo donde vivía y no sólo tuve la alegría de verle y de que me firmara, sino que aquella tarde en el jardín, con él, estaba nada menos que el gran Edison, que me lo firmó también.

¡Qué par de pájaros maté aquella tarde de un solo tiro!

A Santos Dumont, el primer precursor de la navegación aérea, lo conocí en Río de Janeiro, estando trabajando en su grandioso Teatro Municipal; estaba representando “Alt Heidelberg” (Juventud de príncipe) y entró en mi camerino con el gran actor portugués Pinheire a felicitarme y los dos me dejaron su opinión y su firma.

A Dempsy, el campeón de Boxeo por entonces, le conocí de una manera casual y original. Durante mis filmaciones en Hollywood, aprovechaba todos los sábados y domingos para hacer excursiones por los preciosos alrededores de aquél encantador valle. Un weekend, había invitado para ir a Tijuana, pueblo mexicano situado en la misma frontera, a Gary Cooper, Lupe Vélez y nuestro famoso paisano el gran cantante y maestro Andrés de Segurola. Gary Cooper bebía; Lupe Vélez bailaba; Segurola y yo jugábamos a la veintiuna. En fin, recordábamos aquella película llamada “Vive como quieras”, y todos felices y contentos.

Al día siguiente domingo, seguimos la juerga y Segurola nos invitó a ir a Ensenada, otro precioso pueblo mejicano, para saludar al famoso Dempsy que una vez campeón, se había retirado del boxeo y entre otros negocios que tenía, había tomado un hotel precioso para turistas que él explotaba con gran éxito. Un hotel con todo el lujo y comodidades y confort. Dempsy nos recibía con todo agrado, nos invitó unos endiablados cocktails que nos puso a tono, y cenamos espléndidamente con gran alegría.

Después de la cena, saboreando una exquisita taza de café y un inmenso y aromático habano, armamos una partidita de póker. Pero no había pasado media hora yo le ganaba a Dempsy y de repente exclamé: “¡no juego más!”

Segurola, asombrado, me dice: “Hombre, Vilches, ¡le desconozco! Usted se conforma con 300 dólares de ganancia, usted que siempre es el último en levantarse?” “¡Pues si señor!” le contesté. “No juego más. Los 300 dólares los gastaremos en lo que sea, pero yo quiero tener el galardón de poder decir que yo he vencido al campeón del mundo, así es que amigo mío, ─le dije a Dempsy─ ya se está usted quitando su cinturón de oro para cedérmelo a mí.” Les hizo gracia mi ocurrencia y entre risas y cuentos terminamos la agradable noche, pero no sin antes hacerle que firmara mi famoso álbum, álbum del cual siempre acompañado por si encontraba ocasiones semejantes.

Dempsy, después de hojearlo con verdadero asombro y admiración me puso su firma pero me la puso en todo lo alto de la hoja, y al preguntarle porqué me firmaba allí teniendo toda la hoja, me dijo: “acostumbro a hacerlo así, porque ¿quién no me dice que antes de la firma me puedan añadir que debe una fortuna o mi sentencia de muerte?” Todos celebramos con risas este práctico humorismo de Dempsy y a mi álbum sumé su nombre y yo me llevé el recuerdo de una noche deliciosa.

También fue tan original como casual mi rápido conocimiento con Greta Garbo.

Sabido es ya por todos que a Greta Garbo no podía nadie llegar a ella. Era algo así como el Quetzal, ese precioso pájaro símbolo de la libertad, que ostenta el escudo de Guatemala; esa divina nave de precioso plumaje, que dicen que en cuanto se le caza muerte al instante, pues no vive sin libertad.


Greta Garbo tenía un contrato que le prohibía hablar con nadie, ni siquiera con periodistas y que hasta en sus momentos de filmación no podían permanecer sino los indispensables para el trabajo. Grandes letreros había en la entrada del estudio donde decían: “absolutamente prohibida la entrada.”

Por eso teníamos todos una gran curiosidad por verla siquiera como era, y a pesar de que se formaban grandes colas esperando que acabara de filmar, todos quedaban defraudados, pues en el mismo estudio se metía en su auto y con las cortinillas echadas, atravesaba las filas de los curiosos dejándoles decepcionados.

Pues bien, a pesar de todo yo adquirí su firma para mi álbum. Contaré cómo. Una mañana helada, cosa de las siete, me encontraba desayunando en el bar de la Metro, esperando a que me llamaran para maquillarme y noté que la camarera con el pulso temblón me vertía el café y la leche fuera de taza, al mismo que tiempo que toda azorada repetía: “¡Greta Garbo! ¡Greta Garbo!

Volví la cara al sitio donde me indicaba que estaba y delante del mostrador de la confitería vi una mujer eligiendo una caja de bombones de chocolates que llamamos en castellano. Llevaba una boina que le cubría toda la cabeza, unas grandes gafas ahumadas que le tapaban casi toda la cara, y un suéter subido hasta la barbilla. Era más bien una máscara.

¡Cualquier hubiera dicho que “aquello” era nada menos que Greta Garbo! Pero al saber que era ella salté como un gamo, elegí una de las más bonitas cajas, y ofreciéndosela, le dije en mi chapurreado inglés, que era un actor español, contratado también por la Metro, y que le rogaba que firmara un grandioso álbum que tenía con las personalidades mayores del mundo en todos los aspectos. Tuve la suerte que me dijera amablemente que se lo llevara al set, y que lo recogiera allí mismo, al día siguiente, y se fue precipitadamente saltando como una paloma, y al día siguiente enriquecí mi álbum con su firma. Y así conocí a Greta Garbo, como se ve, una estrella errante en una noche de verano.

Y basta por hoy, pues no creo que haya tiempo para dedicarse a otras personalidades que dejaremos para la próxima ocasión. ¡Muchas gracias!

LOS ILUSTRES BOHEMIOS
( XII ) Charla

Hoy quiero lanzar al aire mis recuerdos a esa vida de bohemia a la que pertenecemos por lo general los que nos dedicamos al arte, y especialmente al Teatro.

¿Por qué seré que casi todos somos noctámbulos y a veces nos sentimos chiquillos inconscientes, y la mayoría somos tan poco prácticos que no tenemos ni noción de lo que vale el dinero?

A mi recuerdo acuden esclarecidos nombres con quienes compartí alegres noches de bohemia: Dicenta, Rusiñol, Arbós, Moncayo, Riquelme, Carrera, Costa, Malats, Tito Schipa.

Ahí van algunas anécdotas que me hacen, con placer y tristeza a la par recordar mi vida de hace... ¡tantos años!

¡Villaespesa! A aquel inmortal poeta y gran amigo mío, que dijo de mí los más grandes elogios que me llenaron de orgullo y que no repito porque no suenen a vanidad mía, le pasaba lo que a mí; no tenía ni idea ni del tiempo ni del dinero. Pues bien: no habían pasado ni dos años que el Presidente Gómez de Venezuela le había dado nada menos que cien mil dólares por haberle dedicado su obra “Bolívar”, que no se sabe cómo, ya los había gastado y no tenía un centavo.

Un día me pidió 20 dólares; “si mañana estás listo para venir conmigo a un sitio, te los daré, pero si no lo estás, me los darás tú a mí.” Al día siguiente fui a buscarle a las diez que era la hora convenida, en la seguridad de que lo encontraría en la cama, pues siempre se acostaba a la madrugada... Efectivamente. En la cama estaba todavía, pero al verme se desarropó y salió de la cama vestido con traje blanco planchado y salió conmigo sin perder un segundo con gran asombro mío, mientras me decía: !Me hacen mucha falta los 20 dólares y he querido ganártelos!, con que ya me los estás dando. Mayor bohemia no cabía en su espíritu.

Siguiendo mis recuerdos de juventud, pasan por mi imaginación, como se pasan los grabados de un libro, aquellas escenas de verdadera bohemia que después de terminados los espectáculos... (entonces solamente se hacían de noche) se reunían en una taberna (hoy le llamarían bar) llamada L’OspitaL, en el mismo edificio del teatro Romea de Barcelona.

Allí estaba trabajando todo el año una gran compañía de las mejores que mis ojos han visto: con nuestro gran Enrique Borrás, Capdevila, Fuentes y muchos más que llegaron a ser notables... y como digo, en aquella taberna se reunía con Rusiñol, Pompeyo Gener, Guimeré y otras famosas figuras. Cenaban, bebían, y discutían sobre el arte, los artistas y las obras. Yo nunca faltaba a aquellas reuniones en las que oyéndoles tanto se aprendía, y por fin me hice amigo de todos a pesar de mi corta edad. ¡Cómo se derramaba el ingenio, la agudeza, la ironía, el humorismo sano de aquellos talentos! Y de esta manera nos sorprendía el día.

Pasados los años, las reuniones se trasladaron al paseo de Gracia en otro establecimiento noctámbulo llamado “La Puñalada”. Yo tampoco faltaba y allí me reunía con Bacardí y Pastilletas (el de las famosas pastillas Andreu.) grandes amigos de los artistas, el más grande caricaturista que he conocido, Bagarie, bohemio de pura raza, y otros, y todos le hacíamos la tertulia al gran Rusiñol, que con su adorada mujercita de quien no se separaba ni un minuto, ajenjo, que él solo podía resistir, pasábamos las noches enteras oyéndole extasiados sus miles de anécdotas, tan llenas de humor y gracejo... Recuerdo una, que no olvidaré nunca, de una vez que se puso a vender en una plaza duros a cuatro pesetas. Los duros eran de verdad, pero no vendió ni uno, porque ante tal absurdo todos creyeron que se trataba de un timo y hasta no faltó alguien que le amenazó con llevarlo a la cárcel. Y así, con estas charlas, noche a noche salíamos de allí cuando el sol salía como diciéndonos: “¡Ea a la esa, que ya tenéis bastante!” Y no se trataba de orgías ni mucho menos, pues entre todos no dejábamos grandes ganancias al dueño, que a veces ni cobrarnos quería ante el placer de reunirnos en su casa.

Y siguiendo nuestras costumbres de trasnochar recuerdo las que pasábamos aquí en Madrid en el clásico café de Castilla de la calle de las Infantas.

Al acabar las reuniones de los teatros, nos reuníamos Dicenta, Paso, Mesejo, Manolo Gonzáles, Riquelme, Moncayo, Lamas, qué sé yo... todos... y allí estábamos hasta el amanecer charlando, jugándonos la cena de última hora, y allí en aquellas mesas se discutían los estrenos, y allí se encumbraba a unos y se hundía a otros, cono si aquellas mesas no fueran de café, sino de disección, como dice el Pepito del Galeoto.

Y muchos de nosotros cuando ya cerraban el café, y nos echaban a la talle salíamos, aunque hiciera frío a recorrer las calles acompañándonos los unos a los otros. Nada ¡que teníamos que acostarnos siempre ya con la luz del sol!

Una mañana de estas íbamos paseando por la calle de Alcalá, Dicenta, Manolo Vico y yo... Manolo, que a pesar de no haber sacado nada de su padre, el famoso Vico, Dios no le había llamado por el camino del teatro, pero en cambio era de una gracia y de un desparpajo único, era el Rey de los Bohemios, ocurrente, gracioso, oportuno, atrevido, sagaz, y eso le había hecho de una gran popularidad, sobre todo en el ambiente teatral. Se cuenta de él y no se acaba. Pero quién no conoce sus famosas ocurrencias y fechorías. Fue el único a quien se le ocurrió y lo consiguió empeñar una merluza fresca. En otra ocasión rifó un magnífico reloj, expuesto, según decían las papeletas en el edificio de la Equitativa de las calles de Alcalá y Sevilla. Como en la planta baja había grandes joyerías a nadie extrañó. Cuando salió el número premiado, que era el de la Lotería Nacional, el agraciado fue a reclamar su reloj. Manolo le dijo que fuera a recogerlo, que él no podía pues estaba muy alto... nada menos que en la cúpula del edificio... Sólo a él se le disculpaban estos descarados y graciosos atrevimientos.

Pues bien: aquella noche, como digo, íbamos los tres paseando a altas horas de la noche, cuando nos encontramos a Emilio Carrera sentado en el suelo, en la acera sobre su capa parda... (aquél día no la había empeñado) y al descubrirlo bajo su sombrero bohemio le preguntamos: “¿qué haces aquí?” “Pues os diré: como no puedo acostarme mientras me quede un céntimo en el bolsillo y el único duro que me queda es falso y no lo puedo gastar, lo estoy frotando sobre la piedra para gastarlo.” Nos echamos a reír. Manolo en seguida le dijo asombrado: “¿Pero tienes un duro?” “Si, pero falso” “No importa, tráelo, lo convertiremos en uno bueno. Seguidme.” Y nos llevó a un garito situado entonces en la Concepción Jerónima. Pasamos un siniestro portal. Manolo dio al portero el santo y seña, que era lo único que podía darle y pasamos a un habitación, donde ante un mugriento tapete verde estaban “tirando” al monte. Manolo soltó el duro y una carta. El “groupier” lo vio y al momento se lo devolvió. “¿Qué pasa?” preguntó Manolo haciéndose el extrañado. Pues pasa, que no pasa. Al rato hizo otra intentona. El “groupier” se lo devolvió de nuevo. Vico le dijo; ¿Pero qué tiene mi duro? ¿Es que la has tomado con él? Pues qué ha de tener, ¡que tiene muy mala cara! Manolo cogió la moneda y mirándola con tristeza exclamó:

“El pobrecillo ¡Pues no ha de tener mala cara! ¡vieras la noche que ha pasado!” Sin embargo, no se desanimó y nos dijo: “No preocuparos que de aquí salimos con el duro bueno.” Al poco rato tiraron en la mesa las cuatro cartas y casi todos se fueron al Rey. Había varias posturas de a duro y antes de que hicieran juego Vico exclamó: “¡Un momento! No me gusta que haya tantas posturas iguales en una carta. A ver, dame mi puesta... si... ese duro... no aquel... y le tiraron un duro bueno. Tiraron cartas y la primera que vino fue el Rey. Claro, faltaba una postura, el muerto que Vico había levantado, y se armó la consiguiente discusión. Y Vico volviéndose a todos exclamó: “¿Veis si tengo vista? ¿No os decía que iba a haber bronca? Vámonos que en estos garitos no pueden jugar las personas decentes, y salimos los cuatro con el duro bueno y el falso. El falso naturalmente lo despreciamos, pero el bueno nos proporcionó en aquellas horas unos sabrosos churros con chocolate. ¡Y cuántas ocurrencias cono aquella tenía el popular Manolo Vico!

¡También fui grande y entrañable amigo del maestro Arbós! Y lo recuerdo en esta ocasión por haber pertenecido a la gran cofradía de los Bohemios. ¡Esta gran figura que honró nuestra España con su maestría musical que admiró al mundo entero! ¡Su recuerdo jamás se podrá olvidar de nuestros corazones! ¡Quién decía al verle con sus barbas negras, su sería postura y su elegancia, que en la intimidad fuera un verdadero chiquillo! Yo ni en un circo me he reído más que oyéndole contar cuentos en andaluz, en catalán, en inglés y en francés, ¡con más gracia! Era un hombre verdadero extraordinario el maestro Arbós.

Y siguiendo la veta de ilustres músicos, pertenecientes a la bella vida Bohemia, terminaré esta charla que podría ser interminable, para contar cómo conocí al famoso Tito Schipa. Fue en Bilbao, en una taberna, comiendo chipirones. Pasado algún tiempo, le volví a ver en un modesto restaurante análogo al de Bilbao, llamado el “Canario”, en Barcelona. Estaba pidiendo Ali Oli, bacallat y munchetes. Como en Bilbao coincidimos en el mismo hotel, tal vez el mejor, y en Barcelona también vivimos los dos en el Palace, pensé la verdad, que los dos estábamos hartos de la comida protocolaria de los grandes hoteles y tanto él como yo fuéramos buscando los platos populares de cada población, y así era, y ya nos juntábamos para comer en la misma mesa, y así como coincidíamos en gustos culinarios coincidíamos también en todo lo referente al arte lírico o dramático.
En una ocasión, aquí en Madrid, él estaba cantando en el teatro Real, y yo estaba actuando Wu-Li-Chang, y un día fue a verme trabajar. Al acabar la función entró a mi cuarto a felicitarme y precisamente en aquél momento estaba también en mi cuarto dos amigos míos, el portentoso y malogrado pianista catalán Malts y el notable violinista Costa, a quien afectuosamente llamábamos “Pelos y Señales” porque su cara estaba profundamente marcada por la viruela, y llevaba una gran melena que despeinada le cubría toda la cara cuando tocaba su maravilloso violón, por los movimientos y contorsiones que hacía. Aquella noche, él y Malts venían de un concierto y Costa llevaba su maravilloso violín.

Al ver juntos a aquellos tres colosales artistas, se me ocurrió una idea diabólica. Tito, ─le dije─ yo ya conozco sus gustos culinarios. Yo vivo aquí cerca, en la calle de la Mader, ¿quiere que le diga a Irene que venga y nos haga un plato murciano de los suyos y pasamos un rato los cinco? Y accediendo todos, me despinté de chino y fuimos con gran entusiasmo a mi pisito. Éste era de lo más sencillo, por no decir pobre. Lo único que tenía era una magnífica pianola de rollos, que yo tocaba con los pies, ya que desgraciadamente no sabía tocar con las manos. Ya eran cerca de las dos de la mañana cuando llegamos, charlábamos, reíamos, y mientras Irene nos preparaba el fastuoso banquete de unos huevos fritos con patatas y ajos (el plato favorito de Tito) yo empecé a recitar, hice que Costa desenterrara su violín, y con profundo disgusto de los rollos agujerados de la pianola, los arrumbé y se sentó en el piano nuestro exquisito Malats. A Tito no quise pedirle que cantara, conociendo la psicología de los cantantes, sobre todo la de los cantantes que son como los niños pequeños que basta que se les pida que hagan alguna gracia para que ellos no quieran; y esperé a que saliera de él, como así fue.

Una vez devorados los huevos fritos y bebidas unas cuantas botellas espumosas, Tito se dedicó a cantar acompañado nada menos que de Malats y Costa.

Excuso decir que aquél improvisado concierto fue admirable. ¡Ni soñado! Y todos entusiasmados por aquella borrachera de arte más que de alcohol, y no pudiendo soportar la temperatura de aquella habitación, tuve que abrir un poco los balcones a pesar de que ya estábamos en invierno.

Malats y costa, como en broma, se pusieron a tocar el chotís, popular entonces, “El Cipriano”… y lo repitieron, varias veces, pero cada vez diferente: como chotis, como vals vienés, como tango... ¡todo fue notable! Unas veces, el “El Cipriano” hacía reír, otras llorar... según la expresión que le daban con su arte maravilloso.

Después Tito se arrancó y cantó una canción, después “Una furtiva lágrima” y después su incomparable Sueño, de “Manón’.

Al terminarlo, del silencio profundo que reinaba en la calle, estalló un estruendoso aplauso. Nos asomamos y vimos un gran gentío, parado en las aceras y en los balcones, gente arropada y hasta sentados los más.

Yo entonces me dirigí a todos los que estaban escuchando y les dije en alta voz: “Los que estáis escuchando son nada menos que Tito Schipa, acompañado por los inmensos Malts y Costas, y prorrumpió otro aplauso atronador pidiendo Bis. Tito accedió amablemente y empezó a repetir el Sueño. Cuando lo estaba cantando con aquella media voz inimitable, ante un profundo silencio admirativo, se oyeron unos fueres golpes en la puerta del piso. Callamos de pronto, y al abrir me enfocó el farol del sereno, que todo indignado por aquél escándalo nos quería llevar a la Delegación. ¿Qué alboroto es este? Creen que esto no es tierra de cristianos? No dejan dormir al vecindario y todos me van a acompañar a la Deleg... ¡Vamos!

Me asomé al balcón de nuevo y les dije a todos que el concierto no tenía más remedio que acabarse pues el sereno, que sin duda era poco “filarmónico” no permitía por el escándalo que según él estebamos armando, nos quería llevar detenidos.

Empezaron a oírse risotadas y silbidos de natural protesta y ante esto y unas cuantas pesetejas, el sereno, ya más “sereno” calmó, y así no tuvimos más remedio que terminar aquél improvisado concierto, que muchos millonarios hubieran pagado un dineral por reunirlo, y a mí me había costado sólo unos huevos fritos con ajos.

¡Nunca podré olvidar esa noche de estupenda bohemia artística!

A Malats, al poco, fui a verlo a San Rafael, en un Sanatorio. El último abrazo. ¡Allí dejó su preciosa vida a los 33 años! Costa se que esta en Barcelona deleitando con su diabólico violín, y a Tito Schipa, hace unos años le volví a aplaudir en un concierto en Nueva York y más tarde en otro en el teatro colón de Buenos Aires.

Ya estaba algo regordetito, pero su voz la conservaba, y sobre todo su maestría, la había superado con los años. Nos abrazamos y ¡con qué gusto recordamos aquella preciosa noche de bohemia!

EL CAMELO
( XIII ) Charla

En estas sencillas, y tan pueriles charlas, que no tienen más objeto que comunicarse con mis buenos amigos, y volver a vivir con el recuerdo, mi accidentada vida, quiero entreteneros hoy, hablándoos sobre el CAMELO.

El CAMELO, yo creo que es una palabra que se emplea más que nada en el Teatro. En nuestro argot teatral, llamamos camelo, cuando un actor no pronuncia bien claro una palabra o frase, por trabársele la lengua.

Bien puede un actor equivocarse de tipo, o del carácter de su personaje. Poco importa, para casi todos pasa inadvertido, pero, pobre de él si no se le traba la lengua. Eso sí, que no lo perdona el público. Lo menos que hace es reírse. Es un efecto parecido a cuando uno se cae, y en vez de condolerse, produce risas. Pero qué sensación de rabia nos produce a los actores cuando tenemos la desgracia de soltar es escena un “furcio” o camelo, como lo llamamos en el gremio.

Recuerdo que, estando nuestro recordado don Emilio Tubiller en el Español, una noche soltó un camelo, se azoró, y al poco soltó otro kilométrico. El público rió, y, don Emilio, enfurecido, interrumpió la representación. Señores ─dijo─ ¿el teatro, no es el retrato de la vida? ¡Y en la vida, hay uno siquiera en que alguna vez no se le haya trabucado la lengua y diga alguna palabra mal pronunciada? Pues, si es así, comprenderán que lo que me ha sucedido es lo que suele suceder a todos, entonces ¿por qué castigarme manifestando vuestro desagrado? El público recibió esta lección y a los pocos segundos lo premió con un aplauso de aprobación.

También a mí, me pasó algo semejante. Recuerdo que la primera vez que me dirigí en director de compañía, en el Teatro Infanta Isabel, estrenaba una obra de mi querido y admirado amigo Felipe Sasone. Se llamaba la obra “lo que se llevan las horas”, y si mal no recuerdo era en el beneficio de la que era, entonces, mi primera actriz María Palou, pues bien, yo hacía un tipo de poeta bohemio, y se caracterizó con una cabeza análoga a la de nuestro gran Rusiñol. Yo salí, con todo el miedo que proporciona la responsabilidad de un estreno, sobre todo en aquella época. Al salir, veo en la primera fila, a un amigo, muy popular entonces en el gremio, que me mostró un garrote y me dijo: “esto va a ser para ti si no te sabes el papel.” Me azoró de tal manera esta amenaza, que en el momento de hablar no dije nada más que esto: ”ah sí, ¿es aquella susodicha que vendía flores y nardos en la calle de Alcola?”. Para que quise más. El garrote hizo de las suyas y por el tal camelazo que solté, casi comprometí el éxito de la obra, que después recuperé durante muchas noches consecutivas.

También hay otras clases de “camelos” y os voy a referir algunos que yo he practicado. Recuerdo que una noche en Hollywood, en el grandioso y exótico Teatro Chino, ─lo llaman así no porque sea chino, sino porque está preciosa y lujosamente decorado al estilo chino─, se estrenaba con todos los honores una película “Ángeles y Demonios”, para debut de aquella malograda actriz que la llamaban la platinada Harlow; era una sinfonía en blanco. Aquella noche gozamos todos de un gran acontecimiento. Antes de entrar en la sala del teatro, había un gran jardín con explanada, toda ella llena de rosas en las cuales estaban grabadas las manos y las plantas de los pies de los más notables artistas de la pantalla. Esta explanada estaba profusamente iluminada por grandes focos que dejaban admirar todas las maravillosas toilettes de las estrellas femeninas que iban acudiendo. También habían colocado focos inmensos que refractaban cintas luminosas en el cielo, que se agitaban continuamente cruzándose en toas direcciones y besándose en las alturas. Otros también colocados para iluminar los autos de los artistas de cine que iban acudiendo, y, todo esto observado por una inquieta multitud, compuesta la mayor parte, de preciosas muchachas sujetadas por una gran cuerda que apenas podía contener la policía, que iban aplaudiendo a los artistas que llegaban. En la explanada los iba recibiendo un animador que era un gran actor, también, de la pantalla, que al mismo tiempo que ordenaba a los fotógrafos al fogonazo, los conducía a un micrófono para que hablaran al público ausente. Consigo también tuvo esa galantería y me presentó: “El gran actor español Ernesto Vilches, va a dirigiros un saludo. Acérquese al micrófono Mister Vilches.” Yo obedecí agradeciéndole la galantería y dije, poco mas o menos (aquí un camelo inglés). A los pocos minutos, me llamaron repetidas veces por teléfono, felicitándome, pero la mayoría me decía lo mismo: “nos ha gustado mucho oírle, pero, sin duda el micrófono no estaba bien, pues la verdad, no se ha entendido muy claro lo que usted nos ha dicho en inglés. Yo no les quise decir que no había dicho una palabra en inglés y que sólo había sido un camelo, y les dejé que echaran la culpa al micrófono, para divertirse un rato.

Un poco más tarde filmaba en la Metro Goldwy mi conocida obra Wu−Li−Chang. En Hollywood, que lo quieren hacer todo con un realismo perfecto, tenían la pretensión de que yo me estudiara en chino un discurso, que yo, el Mandarín Wu−Li−Chang, tenía que dirigirle a mis ministros, que en realidad os eligieron todos chinos auténticos.

Efectivamente, me enviaron un profesor chino para que me enseñara el discurso que yo tenía que pronunciar. Yo, la verdad, este “realismo” lo creí completamente absurdo. ¿Cómo me iba yo a aprender nada menos que un discurso en chino? Y, aún suponiendo que lo hubiera podido aprender, ¿cómo lo iba a pronunciar y quien lo iba a entender? Había que pensar que el Wu−Li−Chang que estaba haciendo no era para China, sino para los millones que hablaban español y era seguro que de estos millones eran muy contados los que supieran el chino. Yo medio les convencí de que me dejaran, que yo les haría el discurso “en chino”, sin necesidad de profesor. Efectivamente, al filmar yo en mi trono, con mis hopalandas de mandarín y ante mi corte de ministros, les solté este discursito (camelo chino).

Nadie entendió, como es natural, una sola palabra, puesto que no dije ni una sola en chino, pero todos salieron convencidos de que yo había pronunciado un discurso en ese idioma ¡Oh, poder del camelo!

También me pasó algo gracioso digno de contarse aunque no tenga la pretensión de que sea digno de oírme. Fue en uno de mis innumerables viajes a América Latina. Me hallaba con mi compañía a bordo de un magnífico trasatlántico alemán, uno de aquellos Cap, que durante 14 días nos hacían gozar de unas vacaciones deliciosas, alegres y divertidos. Cada uno gozaba a su manera de aquel descanso, sobre todo los artistas que trabajábamos sin descanso durante todo el año. Al pasar la línea del Ecuador, se organizaban esplendidos bailes de disfraces para las señoras y nosotros, muy empaquetados con nuestro frac, después de una espléndida cena, bailábamos, jugábamos, bebíamos, de lo más divertidos.

Aquella noche, el capitán, un simpático alemanote, todo tostado por el sol, rapado al cero y con una larga barba blanca y unos diminutos lentes partidos por la mitad que le permitía mirar por encima de los cristales, me quiso hacer el honor de invitarme a una mesa que sobre cubierta, tenía preparada para las personas “formales”. Yo, que jamás he sido formal, agradecí mucho tal distinción, aunque francamente, hubiera preferido la libertad de estar con la muchachada bailando y divirtiéndose con ellos, pero… no me podía negar pues yo era el jefe de mi compañía, y había que ser formal ¡a la fuerza! Pero el caso fue que durante una hora en la que continuamente descorchaban las botellas de aquel riquísimo champagne, yo tenía que ir soltando uno y otro y otro discurso en alemán de aquéllos señorones altos de cuello recto, casi todos pelones hasta la coronilla. Al acabar cada discurso, todos se levantaban con la copa en la mano, y decían: “Prosit” y se volvían a sentar y vuelta otra vez otros discurso. Yo, aburrido, pues como es natural no entendía una sola palabra, por más que también me levantaba como todos para decir: prosit, e iba pensando in mentís “faltan cuatro…tres…dos…uno…”, hasta que me llegó el turno y pensé: ─yo que les voy a decir en castellano sino me van a entender─. Y me levanté de mi taconazo, según costumbre entonces, y con mi copa de champagne en la mano, dirigiéndome al capitán les dije: “Herr cap de cap Finisterre”. Aquí un largo discurso en camelo alemán. Acabé con mi saludo Prosit, como todos, y me senté. Hubo un silencio muy significativo, que al cabo de unos segundos interrumpió el capitán, que volviéndose a mí, mirándome por encima de sus lentes, y peinándose su barba con sus dedos, me dijo: “Snog Vilches; yo soy marino de más de 33 años; hablo 7 idiomas, y 12 dialectos; he estado hasta en tierras de antropófagos; ¿quiere usted decirme en qué idioma ha hablado usted, que no he entendido una sola palabra? Ha parecido a veces alemán en alguna palabra, pero… nada he entendido. ¿Cómo se llama ese idioma de su discurso?” Mi capitán, ─le dije─, se llama “camelo”. “¿Camello?” “No, camello no, ¡camelo!” “¿Y en dónde se habla ese idioma?” En Madrid” −le contesté muy aplomado. Él, con asombro me dijo: “¿En Madrid? No comprendo..” Mire, capitán, he querido imitar eufóricamente como suena el alemán, aunque no haya dicho una sola palabra en el idioma de ustedes… y a esto le llamamos camelo.

“¿De manera que hemos estado unos minutos escuchando a usted con toda atención y usted no nos decía nada?” “También yo he estado un ahora oyendo a ustedes pacientemente sin comprender una sola palabra de sus preciosos discursos.” El capitán se dirige a todos y, sin duda, les explicó lo que yo le dije a él y había que ver a todos en coro soltar unas carcajadas acampanadas celebrando la broma que les había dado en revancha de haberme tenido allí sujeto sin permitirme ir a bailar con la juventud. A los días siguientes hasta que terminó el viaje, después de cada comida me ofrecía en su casa un gran habano y una copa de champagne haciendo que él dirigiera discursos en camelo, ruso, francés, italiano…en todos los idiomas que todos celebraban con sus risas. Y cuanto podría seguir hablando de los “camelos” sino fuera por falta de tiempo.

LA PUNTUALIDAD EN EL TEATRO
(Villaespesa y Lugin)

( XIV ) Charla

Mi cigarrillo lo voy a consumir hoy charlando sobre la puntualidad española. Al mismo tiempo que dirijo un recuerdo a dos grandes amigos míos ya desaparecidos, famosos el uno por sus versos el otro por sus prosas: ¡Villaespesa!, ¡Lugin!

Villaespesa me quería tanto como yo le admiraba, ¿y quién no? ¡Cómo me enorgullece recordar lo que me puso en m famoso álbum: “Ernesto, tu naturalidad artística, tu sobria justeza y tu sensibilidad sutil te coloca fuera de toda comparación a la farándula actual. Tú eres tú y nada más que tú: sin efectismos ni desplantes, inimitable e insustituible.”

¡Nunca me creí semejante elogio, aunque ahora tenga la aparente vanidad de haberlo recordado!

Pero volvamos al tema de hoy: la puntualidad española

Dicen que la puntualidad es la cortesía de los reyes y de los mendigos. Los unos porque otorgan, los otros porque temen no acudir a tiempo a sus peticiones.

En el extranjero esto de la puntualidad se lleva con gran rigor. A veces por faltar a ella solo unos minutos se pierde un negocio, una ocasión, lo que el inglés llama “chance”.

Aquí en España somos mas tolerantes. A veces decimos. “Tengo un asunto urgente de qué hablarte; ¿donde me esperas?” “En tal café de cuatro a seis.” Y así vivimos, ¡y tan conformes! Y sobre todos, los menos puntuales son los artistas.

Villaespesa, era un gran despreocupado, ni para cobrar dinero era puntual. Paco Villaespesa no era más que un poeta. Y por lo mismo no vivía en este mundo, sino en las nubes.
Sabido es por todos que en una ocasión escribió una obra titulada “Bolivar” que dedicó al Presidente de Venezuela, el General Gómez. Este potentado presidente le dió ¡nada menos que cien mil dólares! Pues bien: ¡a los dos años ya no le quedaba un centavo!

En mi, según la fama que se me ha dado, exagerada desde luego, pero con un fondo de verdad, se comprende que me haya pasado lo mismo, pero en él, que no tenía mis aficiones, vamos que no era tan... juguetón, nadie pudo comprender como se le había escapado de las manos suma tan inmensa.

Un día me decía que al siguiente tenía que ir a un banco a cobrar un dinero a las diez de la mañana. “¿A las diez de la mañana? Pues si tienen que ir precisamente a esa hora no lo cobrarás porque te conozco.” “¿Te apuestas diez dólares a que soy puntual?.

¡Apostados!” le dije. Y al día siguiente a la diez menos cuarto, me fui a su habitación, vivíamos en el mismo hotel en la Habana, y efectivamente: estaba acostado todavía. “Te he ganado la apuesta, me debes diez dólares.” Villaespesa asomó su cabeza ya peinada y me dijo: “¡Quien me los debe eres tú!, ¡Vamonos! Y destapándose salió de la cama vestido con su inmaculado traje recién planchado, con botas y bastón. ¿Quién le hubiera creído conociéndolo y perdí los diez dólares. ¿Y qué era?, ¡que para no faltar a la cita se había acostado vestido!

Y ahora siguiendo este tema de hoy les voy a referir dos graciosos casos que ya publiqué en el folleto que repartí hace meses al público que me honorífico la noche de mi gran homenaje en el Teatro Infanta Beatriz, de aquí Madrid, pero como es natural muchos de los que me escuchan no acudieron, y lo voy a contar.

En Nueva York en una ocasión acudimos Irene López Heredia y yo a un teatro de comedia. Llegamos y nos recibió las localidades una elegante y preciosa acomodadora que nos condujo, no a las butacas, que adquirimos, sino a un saloncito íntimo muy confortable en donde había una mesa llena de revistas ilustradas y periódicos del día... y muy sonriente nos dijo: “just a momento. Nos dejó y se fue. Nosotros no comprendíamos porqué nos dejaba allí cuando sabíamos que había comenzado la representación. Ya estábamos nosotros nerviosos de tanta espera inexplicable, cuando sentimos el ruido del público que salía al hall a fumar y entró nuestra acomodadora diciéndonos, que ya podíamos pasar al mismo tiempo que nos entregó una hoja de papel impresa. La leímos y el papelito explicaba en castellano el argumento de lo que había pasado en el primer acto, y al final decía: “Se recomienda que en otra ocasión procuren venir con más puntualidad, pues es preferible que vean la representación a que lean lo que pasó en el primer acto. Extrañado de tal procedimiento, la busqué de nuevo y le pregunté: “¿Por qué tienen ustedes esta hoja preparada en idioma español?” La acomodadora sonriente me contestó: “Porque ustedes los latinos son por lo general los únicos que llegan una vez comenzado el espectáculo y no se permite la entrada habiendo comenzado la representación.”

Irene y yo nos echamos a reír, pero la verdad, con risa de conejo, pues no nos hizo mucha gracia la leccioncita que los americanos nos habían dado.

Aprovechando esta lección al regresar a España nos sentimos también yankis y quisimos implantar la puntualidad y anunciamos que la función empezaría puntualmente, y así lo hicimos.

Una noche a los quince minutos de haber empezado la comedia entró nuestro voluminoso amigo Pérez Lugin, el cual estaba muy indignado y rompiendo el profundo silencio que reinaba en la sala se oyó su voz clara y profunda diciendo: “Pero hombre ¡qué exageración!, ¡que puntualidad!, ¡Ni que fueran los toros!

El público se volvió y reconociendo a tan gran escritor prorrumpió en una enorme carcajada.

Este simpático amigo mío no podía contener su efusividad.
En todo momento demostraba su franca manera de ser; tan así es que aquella misma noche estábamos representando una linda comedia que habíamos traído de Nueva York titulada “La muchacha que todo lo tiene”, y salía en ella un muchachito corno de unos seis a siete años, Conrado Toma, que hoy es uno de los mejores registres que tenemos, el cual hacía una escena que arrebataba el público. Lugín que estaba en primera fila se levantó aplaudiéndole conmovido, le llamó delante del auditorio para que se acercara él y le estrujó en sus brazos llenando de lágrimas su poblada barba.

Nuestro carácter espontáneo y franco, no se parece a ningún país. Pero eso sí, no entramos por la seriedad de la puntualidad. En los toros, si. Se comienza al minuto exacto y si a la hora anunciada no vemos que ha salido el alguacilillo a pedir la llave se arma un escándalo, y hoy día durante la lidia del toro no dejan entran hasta la muerte de él.

En los conciertos lo mismo, y sólo en el teatro se permite que entren tarde, molestando a los puntuales con el reflejo de las lamparitas de los acomodadores y las pisadas fuertes de la gente retrasada. Y tanta es la tolerancia y la costumbre que hay en ello que algunas veces pasada ya con exageración el tiempo de comenzar he gritado “¡Vamos! A qué esperar para levantar el telón. Ya hace tiempo que hemos debido empezar.” Y me ha contestado el segundo apunte: ”No se apure don Ernesto que no es tarde... si todavía no ha pateado el público!

Yo también he tenido terribles faltas de puntualidad. A veces hasta la salida de los vapores he hecho retrasar por esperar. Pero como los trenes no pueden esperar voy a contar un caso de una ocasión que por poco me cuesta el dejar una gran contrato.

Era en Buenos Aires, pertenecía a la gran compañía que Tirso Escudero reunió en su Teatro de la Comedia. Nos llevaba por primera vez para actuar en Buenos Aires y Chile. Al salir para esta república, teníamos que tomar el tren en Buenos Aires hasta Mendoza para empalmarlo con el trasandino. Yo llegué tarde y el tren salió sin mí. Era jueves. Teníamos que estar el sábado, y como los trasandinos eran bisemanales yo no alcanzaba a llegar al debut. En el momento que yo me quedó agobiado viendo el tren todavía que había partido, una mano me tocó y oí una voz con acento portugués. La de nuestro empresario en América, D. Faustino Darosa, que me dijo: Pondré un telegrama para que su papel sea substituido por Asquerino, que era el otro actor joven que llevaba la compañía. Usted ya no pude llegar a tiempo. Me quedé solo y sin encomendarme a nadie tomé el tren próximo que salía para Mendoza aún sabiendo que no alcanzaba la combinación trasandina Y allí llegué me encontró con un amigo y me dijo: Puesto que no puede usted seguir viaje hasta el domingo le invito a una reunión que esta noche da la viuda del gran tenor Caruso, vengase y se divertirá y así calmará sus nervios... Y fui. Al poco tiempo de estar en aquella alegre reunión llega mi amigo y me dice gozoso: “En estos momentos va a salir un tren y si se decide usted a ir en él puede llegar a tiempo de debutar, pero el tren es de toreros. “¡Cómo de toreros!, ¡si aquí no hay toros! “Toreros llamamos a los gañanes que conducen las toradas. El tren es de carga conduciendo solamente los toros con sus pastores. Y yo sin pensarlo más lo comuniqué a todos y salí de aquella reunión cargado de botellas, pasteles, pollos asados, ¡qué sé yo! Llegamos, me metí en el furgón donde estaban aquellos chilenos que conducían los toros y partió el tren. Repartí mis viandas y mis bebidas con todos ellos y me quedé dormido en el suelo arropado con mi gran gabán de pieles. Cuando desperté era el amanecer: el tren estaba parado y no vi a nadie. Solo noté que las botellas y la merienda habían desaparecido. No dejaron ni rastro. A un guardián que había en estación le pregunté. “¿Donde estemos?” “En lo alto de los Andes”, me contestó. Pararemos mucho tiempo. Este tren de toros no sale hasta la noche. “¿Hasta dónde llega el tren que sale de Santiago?” “Hasta Caracoles.” “¿Y de aquí a Caracoles cuanto hay?”

Como quince kilómetros. Y después de esto comencé a andar en medio de la nieve por la vía del tren y por fin llegué a Caracoles, medio muerto de frío y de hambre. Allí en aquella estación limite de la Argentina y Chile había una especie de restaurante en donde si bien no pude alimentarme como necesitaba sí pude calentarme ante una hermosa chimenea, hasta que llegó el tren. Pero el tren qua descendía de allí a Santiago no era de toros. Esta vez era de borregos y no tenía ni furgón y pude conseguir que me permitieran la garita del freno colocada en lo alto de un vagón; y así llegué a los Andes a las ocho de la noche. Pero de los Andes a Santiago había cuatro horas de camino y no llegaba al debut, y pensaba: después de arriesgarme tanto Asquerino por fin va a debutar con mi papel. Y esta idea me volvía loco. Pero de pronto veo en el andén que había muchos baúles y material teatral y me enteré que por causa de la revisión aduanera no habían podido seguir ya por los artistas y que por tanto no podían debutar dicho día. Respiré, Asquerino ya no me iba a su sustituir. Tomé un tren de pasajeros que salía y por fin llegué a Santiago. Efectivamente, la función se había suspendido y anunciaron el debut para el día siguiente por la tarde. Al llegar me encontré a todos que estaban en un café comentado mi ausencia, pero nadie me reconoció. Iba negro completamente, como un etiope, a causa del humo que había recibido durante viaje de la chimenea de la locomotora con los borregos. Al contarle lo sucedido a mis compañeros hubo alguien que me dijo que yo tenía participación con el diablo. Pero el caso fue que por mi tozudez y yo pude debutar al día siguiente con todos, y Asquenino, ese gran actor que todos admiramos todavía, no hizo mi papel.

¡Bendito nuestro carácter simpático, alegre y confiado que nos lleva a todo lo bueno y pasamos por todo... Por todo menos por la puntualidad!

Y como en esta ocasión quiero dar ejemplo, quiero ser puntual también y no quiero pasarme del tiempo que me permite mi cigarrillo, hago punto final y hasta el domingo próximo.

FALTA
( XV ) Charla

FALTAFALTAFALTAFALTAFALTAFALTAFALTAFALTAFALTAFALTAFALTAFALTAFALTAFALTA

OPTIMISMO Y PESIMISMO
( XVI ) Charla

A mi entender, es algo así como una moneda que tiene anverso y reverso.

El pesimismo nos deprime: no hay que pensar en él. El optimismo nos ayuda a vencer, pues no hay nada peor que trabajar con desaliento y con decepción, arrastrados sólo por la fuerza, corno los remeros del Volga, con pesimismo, como se suele decir.

Yo jamás he sido pesimista, siempre he confiado en mí mismo, en mi voluntad y hasta en mis corazonadas, hasta el punto de que me han llamado en el gremio “E1 actor alegre y confiado” parodiando el título de la obra de D. Jacinto. Pero las acorazonadas a veces se asemejan a la superstición. Por eso siempre he huido de ellas aunque en ocasiones me han dado qué pensar.. por los casos que me han pasado en mi vida.

Yo me levanto, veo el sol, oigo por la radio el Danubio Azul, salgo a la calle y lo primero que veo es un niño rosado y sonriente y aquel día estas raras impresiones me dan ánimos y... todo me sale bien.

Por el contrario, llega a mí algo desagradable, me pongo nervioso no doy pie con bola, y aunque no lo soy, me siento supersticioso, que no es más que la preocupación, que siempre necesita echar la culpa a algo.

Una vez fui de visita a una casa y la señora distraídamente se sentó encima de su bolso y, cosa muy natural, rompió el espejito que tenía dentro. ¡Al verlo parecía que le iba a dar un ataque! “¡Ay, un espejo roto!, ¡Qué desgracia!, ¡Algo malo me va a pasar!, exclamaba angustiada. Y para contrarrestar la desgracia que presentía, puso en practica otra superstición: la de arrojar una jarra de agua por el balcón y así quedó m tranquila... Pero aquella jarre de agua helada en p le cayó toda en cima a un policía que estaba de servicio. Inmediatamente subió con el humor consiguiente por el remojón y le puso una buena multa a la señora, que naturalmente tuvo que pagarla; y exclamaba después convencida: “¿Ven ustedes como yo tenía razón, que la rotura del espejito me traería una desgracia?” Claro que este caso lo cuento por gracioso, pero hay otros que dan qué pensar. Conforme se ha inventado este aparato por el que me oyen en todas partes del mundo por medio de una antena, ¿no habrá otro no inventado todavía que comunique un corazón a otro?

!Cuántas veces, y esto les habrá pasado a machos que de repente se acuerdan de una persona que no han visto tal vez en años y piensan: “¿que será de Fulano?” ¿Y al salir a la calle lo primero que han encontrado es a esa persona? Ya sé que a eso le llaman telepatía, pero se dan casos enormes. Recuerdo que una mañana estaba almorzando, y mi mujer, de repente se echó a llorar de manera desesperada “¿Que te pasa? ¿Te sientes mal?” “No es que he visto a mi madre que estaba mal y me llamaba. ¡A mi madre le ha pasado algo! ¡Si, si, no lo dudes! Su madre estaba nada menos que en Guatemala y nosotros aquí en Madrid. Al otro día a la misma hora, recibimos un cable con la noticia de su muerte. El corazón no le había engañado. No cabe duda, las almas se hablan, los corazones amantes se comunican.

A mi, hace cosa de un mes, poco más o menos, que me pasó algo extraño. Al salir de casa mi mujer me dijo algo que nunca acostumbraba decirme: “Ten cuidado al atravesar las esquinas, que los autos van alocados y tu no ves bien y eres muy distraído. “¡Vamos, mujer no sé por qué me dices eso: ni que fuera un chiquillo!

No hago más que salir, y atravesar la esquina de mi calle, de repente se me encima un magnífico auto, frenó rápidamente, pero me dió un gran golpe y me dejó debajo de sus ruedas, y por un momento no supe si me había roto algo o me había matado. La gente se precipitó a ayudarme a levantar, y bajó del auto una preciosa criatura de unos veinte años, que toda apurada me quiso llevar la la casa de socorro. Yo aunque noté un gran dolor en todo el cuerpo pero al ver que no me había matado y al contemplar la encantadora cara de mi verduguito no quise apenarla y sin decirle quien era, la dije sólo: “No se apure, señorita, la vida está llena de compensaciones y es muy natural que una preciosa ni la como usted me haya atropellado a mis años. Y aunque magullado, optimista y contento por no haberme llegado la hora todavía, regresé a casa, situada a los pocos metros, y le dije a mi mujer riéndome: “¡Ya he encontrado en Madrid teatro para trabajar!” “¿Si? ¿Cual?” “¡El te atropello!” Y le conté el caso y nos pusimos a pensar en la corazonada que había tenido al advertirme que tuviera cuidado con los coches.

Y a pesar de todo sigo diciendo que jamás fui supersticioso, aunque a veces la vida haya empujado a serlo.

Recuerdo de otro caso que me pasó, pero este si que fue enorme. Fue en La Habana, hace unos años.

Llegué a tiempo de la caída del Presidente Machado. Aquello era trágico: tiros, ametralladoras, bombas... No pude, como es natural, trabajar con mi compañía y tuvimos que esperar a que escampara, pero la espera hizo que a nosotros se nos fueran acabando las municiones para continuar en los hoteles, pero yo optimista y confiado siempre me decía: ¡Todo saldrá bien! Y así fue.

Empecé a trabajar, me hice empresa y tuve éxito a pesar de los acontecimientos políticos. Yo, encantado por el optimismo que tuve al pensar en momentos trágicos en que todo me iría bien, y queriendo que durase lo más posible, trabajé con ánimos y ahíncos para tener a todos contentos. Y un día quise estrenar una obra de un gran autor español que no lo nombro, porque aunque autor y de fama mundial, tenía también entre el gremio una gran fama supersticiosa de mal agüero, tanto que todos se atrevieron a advertirme, descontentos: “Pero, señor Vilches, ¿es que quiere usted ir contra la corriente? ¿Usted que ha alcanzado lo que nadie, poder trabajar en estas circunstancias, quiere echar a perder su negocio poniendo una obra de ese hombre? ¿qué quiere cerrar el teatro? ¡Piénselo!”

Yo indignado con todos les dije que esas ideas supersticiosas no eran propias de gente culta, que no pensaran de tal manera, aquella obra era magnífica y que respondía del éxito. Y así fue, la estrené y tuvimos un éxito rotundo. Para el día siguiente domingo que no era abono ya estaban vendidas todas las localidades... Yo, loco y contento con mi optimismo invité a todos y todos ya contentos. Pero la obra no se puso más que el día del estreno.

Al día siguiente, por la mañana estaba el primer actor que hacia papel principal, un querido artista cubano llamado Ernesto Trapaga, tomando en un bar un aperitivo, y una bala perdida que se le escapó a un policía le atravesó el cráneo!

Se acabó la temporada y francamente no quiero pensar en la eficacia de estas creencias, pero el hecho en aquella ocasión dió la razón desgraciadamente a los que no pensaban como yo.

Y, a pesar de todo, y habiéndome pasado en la vida casos como los que he contado, sigo pensando en que son sólo casualidades, fatales o dichosas, pues por el mismo motivo puede uno encontrarse en la calle un billete de lotería y ser premiado con el gordo.

Y así pienso y sigo pensando y creo firmemente que este años 1953 todo nos va a salir bien, que España seguirá triunfando en todo y nosotros gozaremos cada día más de su engrandecimiento.

Y a pesar de las desgracias que siempre llegan sin pedir permiso, sigo recibiéndolas hasta con sonrisas para que no se salgan con la suya.

Recuerdo que cuando estaba en los E.E U.U., en las oficinas y en lo muchos establecimientos. leí un cartelito que decía: “Procure sonreír” y es verdad. Debemos hacerlo siempre. Al que está trabajando en una oficina, en un mostrador o asomando la cabeza durante horas detrás de la taquilla, es gato y les da alientos el no ver una cara adusta, malhumorada y oír una voz exigente, sino un tono agradable para pedir las cosas y una sonrisa que le haga atendernos con mayor solicitud. La sonrisa es como un pasaporte simpático para abrirnos paso entre toda clase de gente y más la trabajadora.

Meses pasados, una noche, en mi honor, en Canarias, esas preciosas islas que tenemos que son un Paraíso, un amigo mío, crítico de teatro y poeta, Manuel Perdomo, me obsequió con un gracejo versificado, que días pasados dije por televisión en esta misma emisora de Radio Nacional. Pero como no todos pueden disponer de este aparto tan portentoso y moderno y no lo habrán oído, lo voy repetir con todo gusto. Se titula:

LA RISA DEL COMEDIANTE
Es la risa a mi entender la mayor satisfacción
y la mejor expresión
que se puede conocer.
Todo el que no es feliz,
alegre, sano, dichoso,
ríe el rico, el orgulloso,
el sabio y el infeliz!
y... yo he hecho una observación
de las risas diferentes
que tienen todas las gentes
según es su condición.
Los “buenos” ríen con la A
ja, ja, ja,...
Los hipócritas con la E
je, je, je...
Los ancianos con la I
ji, ji, ji...
Los glotones con la O
jo, jo, jo...
Y los cursis con la U
ju, ju, ju...
Pero diré con sonrisa
que el actor ante el telón
ríe por obligación
las cinco clases de risa.
¡Cuántas veces en la estaba
abatido de quebranto
tiene que reír con llanto
para ocultar una pena!
Mas ¡no importa! ¡Hay que reír!
Finjamos el buen humor,
disfracemos el dolor.
Nunca hablemos del sufrir,
y riamos del tal suerte
que al pasar a la otra vida
quede en el rostro esculpida
una sonrisa a la muerte.
Esta receta optimista que me dedicaron la ofrezco a mi vez a todos pues es el único medio de no pensar que existe lo malo, pues como dijo el poeta también, y esto si que todos los sabemos: “nada es verdad ni es mentira, sino todo es del color del cristal con que se mira.”

Si, amigos míos, escojamos un cristal por el que podamos verlo todo alegre y no siempre y lo pasaremos mejor.

FALTA
( XVII ) Charla

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AÑO NUEVO
( XVIII ) Charla

¡Ya hemos entrado en el 53, gracias a Dios! Todos llenos de ilusiones, de optimismos, por mejorar en nuestro trabajo con la esperanza y con el anhelo de tranquilizarnos con una futura paz mundial... y yo soy uno de los que confían que todo llegará este año que nos proporcionará un seguro bienestar. ¡Así sea!

Todos en el mundo, sobre todo los españoles nos decimos en estas fechas: “Año nuevo, vida nueva! ¿No es así?” Y pensamos: “este año voy a vivir, como se debe vivir. No voy a pensar más que en el trabajo; Voy a comenzar a ahorrar, que es el principio de poder hacer fortuna; no voy a confiar en nadie para no sufrir desengaños; me voy a cuidar para sostener latentes mis fuerzas, etc., etc. Y, a veces hasta pensamos: “Ay! Si yo volviera a nacer, con lo que me ha enseñado la vida... ¡Que cosas haría! ¡Cómo sabría vivir!” Y si por un arte no pudiera realizares este sueño, ¡que decepción tan grande recibiríamos! ¡Volveríamos a hacer todo cuanto de bueno o de malo habíamos hecho en la vida! Seriamos los mismo, porque cada uno es hijo de su propio carácter y bien lo dice el refrán: “genio y figura... ¡hasta la sepultura!”

¿Que argumento tan interesante se podría hacer para una película no? Sabemos que no se puede hacer esto o lo otro, pero lo hacernos. Estamos convencidos de que no podemos alcanzar tal ideal pero luchamos y luchamos para llegar a alcanzarlo. Y seguimos pensado como aquel chulo que decía: “la Esperanza me mantiene... y la Esperanza era su mujer que así se llamaba y lo mantenía!

No es mi ánimo al decir esto, el quitar ilusiones, es lo peor que se puede hacer, pero sí comprender que lo único práctico es no pensar en lo pasado. “Si yo hubiera hecho esto o lo otro”... Lo hecho, hecho está y hay que olvidarlo.

Borrón y cuenta nueva. La vida comienza mañana. Se ha dicho, y así es: “la debemos comenzar de nuevo fiando solo en nuestro trabajo que es lo único que no defrauda ni decepciona y en lo que solo debernos confiar para aspirar a ser felices.
¡Cuántos padres de familia en estos momentos se sienten gozosos acudiendo a los Reyes Magos para que lleven a sus hijos un rato de ilusión y alegría, que jamás se podrá comparar a la de los padres al contemplar a sus hijos desenvolviendo nerviosamente el embalaje de sus juguetes. Y después que juegan con el, los rompen, los tiran, los arrugan, pensando ya en los nuevos que les traerán el año próximo, ¡hasta que llegue uno, en que ya no tengan la inocente ilusión de pensar en los simbólicos Reyes de Navidad! Y nosotros los hombres, hacemos igual que los niños. Y esto es precisamente el aroma de la vida, sino fuera así no valdría la pena de vivir... No hay cosa que decepcione más que los rieles del tren que parece que se van a besar en la distancia y nunca llegan a unirse.

La verdadera felicidad se obtiene con no salirse del ambiente de la vida de cada uno y no amargarse pensando en un imposible que no se puede realizar! El no pensar en adquirir dinero sea corno sea, que el dinero por si solo nunca lleva la felicidad a un hogar sobre todo cuando está lleno de incomprensiones y ruindades.

Yo no pude aconsejar que se tire el dinero, porque es la “gasolina” que hace rodar el “auto” de la vida, pero no hay que darle mayor importancia de la que en realidad tiene.

¿De qué le sirve el dinero al que acumula su fortuna, a fuerza de privaciones, y durezas del corazón y después de llevar una triste vida se aproveche de ella un pariente lejano, desconocido, que la tire puesto que no le ha costado ningún trabajo ganarlo sin que lo aproveche quien verdaderamente lo necesite?

En suma; toda exageración es contraproducente. Ya sé que no digo nada nuevo y lo que pienso lo digo mucho peor que muchos que ya lo han dicho, pero mi sana intención es, por el camino de la sensatez, por el camino recto es por el que podemos llegar antes, a lo que ansiamos todos la felicidad.

No hay nada más practico para conseguir la doctrina de Cristo: “No robes así no te robarán”… “Respeta a tus padres y veras como tus hijos te respetarán siempre”… “Confía en Dios, y recibirás tu premio.” Y así es, porque su doctrina es la quintaesencia del sentido practico de la vida.

Por eso no tengo no tengo más ideal que el amor a mi trabajo ni más política que la fe en Dios.

Buenos pero no quiero que mi charla de hoy tome el aspecto de plática religiosa. Ni estoy preparado ni autorizado para ello. Ha sido solo querer demostrar que cada uno es, como es y el que se sale de su ambiente no alcanza nada práctico.

Cuentan, que una vez estaban un Rey y sus cortesanos de cacería. A cierta hora habían quedado en reunirse en un viejo caserón sitiado en lo alto de un monte; y una vez allí ya todos juntos, comerían el almuerzo que ya llevaban preparado.

El Rey acudió primero que todos y encontró solo a un pastorcillo que sentado sobre una peña, en mangas de camisa, amparándose del sol con su gran sombrerote de paja tostado y roto, estaba haciendo una soga de esparto. Ni caso hizo al viajero que había llegado. El Rey se sentó a su lado y empezó a hablarle:

“¿Sabes, si es aquí donde el Rey ha citado a los que le acompañan para reunirse?
El pastorcillo poco social, sin apenas mirarle le contestó: “Yo nada sé”; el Rey continuó su conversación: “Dime; tu nunca has soñado que pudieras ser Rey?” “Yo? ¿para qué? Yo vivo bien siendo lo que soy: un pastor. Pero todos somos hombres y debemos aspirar a ser todo lo grande; y, si todos somos hombres ¿qué diferencia hay entre un Rey y yo... como se le pude conocer si todos somos iguales?

“Pues te diré: Ahora irán viniendo señores y todos ellos al llegar se irán descubriendo y aquél que no lo haga, ese es el Rey.”

El pastorcillo siguió sin darle importancia a la conversación, haciendo su cuerda de esparto y fueron llegando uno y otro y se iban todos descubriendo y cuando ya estaban todos reunidos, el Rey, sonriente, que era el único como es natural que estaba con el sombrero puesto, le preguntó al pastor: “Y ahora dime, supongo muchacho que ya sabrás quien es el Rey, no?”

El pastorcillo miró a todos, miró al Rey y sin levantarse, siguiendo haciendo su soga, le dijo casi sin mirarla: “Si, señor, ya lo sé” “¿Quién?” y le contestó: “O usted o yo” ¡El pastorcillo tampoco se había quitado el sombrero! Y siguió su vida muy feliz, pensando quizás en el cantar:

En este mundo traidor
todo va contra la ley,
El Rey envidia al pastor,
Y e pastor envidia al Rey!

Y cuando a uno, a pesar de sus años hay alguien que le dice: ”No debes hacer lo que haces, no es práctico, no es bueno, debe contestar lo que aquél indio mexicano que tenía ochenta años y pasó al otro lado de una cuerda que sostenía la policía para que no pasaran; pero el viejo pasó por debajo y cuando los policías le gritaban: “Oiga amigo, ¿no sabe que no se pude pasar? el viejo riéndose le contestó: Pues ya ve como voy yo pudiendo, patroncito”.Y escapó a correr.

A cierta edad ya no podemos rectificar, ni los defectos ni las virtudes, y repito, que es difícil creer que uno sería otro si volviera a nacer.

Yo por lo menos, soy como soy; si tratan de rehacerme, diré lo del indio: “¿Que no se no se puede hacer? ¡Pues yo ya voy pudiendo!” Y si se trata de que sea otro, pensaré corno el pastor: vivo en paz.
Pues... acabaré mi charla recordando aquella hermosa poesía de Amado Nervo, Que así se titula:

EN PAZ

Muy cerca del ocaso, yo te bendigo, vida,
porque nunca me diste ni esperanza fallecida
ni trabajos injustos, ni pena inmerecida.
Porque veo al final de mi camino
que yo fui el arquitecto de mi propio destino;
que si extraje mieles o la hiel de las cosas
fue porque en ella puse hiel o mieles sabrosas.
Cuando sembré rosales, coseche siempre rosas.
Cierto que a mis lozanías ha seguido el invierno,
más nunca me dijiste que Mayo fuese eterno.
Hallé sin duda, largas las noches de mis penas,
mas no me prometiste tan solo noches buenas,
y en cambio tuve algunas altamente serenas.
Amé, fui amado... El sol acarició mi faz,
¡Vida!... ¡Nada me debes! ¡Vida!... ¡Estamos en paz!

Y así es. Y nada más por hoy amigos míos. Muchas gracias y ¡muy buenas noches!

LAS NAVIDADES DEL COMEDIANTE
( XIX ) Charla

Spik. Buenas noches, Sr. Vilches; y ahora que le veo, ¡Feliz año!
Vil. Muchas gracias. ¡A cuantos nos escuchan le deseo lo mismo!
Spik. ¡Ya tenemos un año más!
Vil. ¡Ya tememos un año menos!
Spik. Según como se mire...
Vil. Los jóvenes no lo pueden mirar del mismo modo que los que no lo somos.
Spik. Es verdad.
Vil. Uds. miran pensando en el porvenir... Nosotros en el pasado. Para ustedes la vida está llena de ensueños, de esperanzas... Para nosotros de recuerdos que es lo que todavía nos hace ser felices volviendo a vivir los alegres días del pasado.

Estos días para todos sin duda son los más alegres del año. En estos días bulliciosos todos nos sentimos Reyes Magos para ofrecer al Niño Dios incienso oro y mirra, y todos queremos llegar a los hogares llenándolos de manifestaciones de adhesión, y cariños; y el más pobre como el más potentado, se siente pródigo, humanitario, dichoso.

Casi todos suelen gozar de un descanso, de unas vacaciones los niños abandonan sus aulas para pasar la Navidad en sus casas con sus padres y los padres saborean este encanto; pero este placer apenas si podemos sentirlo nosotros, los comediantes. Para nosotros no hay hogar. No podemos salir de nuestros raquíticos cuartuchos de los teatros, pues estos días, nuestra misión no permite pensar en divertirnos nosotros Sino proporcionar alegres horas de amenidad y distracción y la sola compensación es sentir el goce de ver que logramos nuestro fin.

Y esto es en nuestra España. Pero… ¿y los que están fuera de ella?... Lejos de su terruño y de sus seres queridos?
Yo a deciros mi sentir: para mí estas fechas han sido las más tristes del año; y sobre todo en esa noche, en que ya se entierra el año viejo para recibir con todas las alegrías y esperanzas al año recién nacido. Pues bien: en estas noches, por espacio de muchos años, por alegre y contento, donde estuviera, al dar las doce campanadas, me apartaba del bullicioso jolgorio y buscaba el balcón el jardín o la calle y mirando al cielo, dirigía mi oración pensando en los míos y en cada campanada enviaba un deseo, al mismo tiempo a veces una lágrima; y si me encontraba en alta mar donde también pasé días análogos, me iba sobre cubierta y ofrecía mi copa a las olas para que fueran portadoras de mis emociones y sentimientos.

Pero esto era entonces; hoy a la distancia se puede decir que ya no existe. Hoy nos consuela que en unas horas podríamos estar en nuestros hogares.

Pero dejando aparte estos... llamémosles sentimentalismos de antaño, les diré francamente que las Navidades que he pasado en el opuesto hemisferio o en los países tropicales, no me han causado jamás la misma sensación. Yo que siempre he procurado dar a mis obras el ambiente apropiado, los decorados calurosos de aquellos países no me parecían los más adecuados para recibir el Niño Dios, que venia al mundo aterido, amparado por los brazos de su Santísima Madre o durmiendo sobre las mieses al color del vaho de la vaca.

No me hacían el efecto de nuestros hogares de antaño con sus chimeneas de ancha campana y ante la leña crepitante se reunían tres o más generaciones y los chicuelos cantaban sus villancicos llenándose de golosinas arrebatadas sus caras por el fuego mientras que las calles estaban cubiertas de nieve. No podía entrar en mi imaginación que estas fiestas se pudieran celebrar en pleno color, en parques y playas y con ropajes veraniegos.

La primera Navidad que pasé lejos de España, fue... ni se lo pueden figurar. Fue en Filipinas, ¡A los 17 años! Y no fue precisamente en la hermosa Manila, sino en medio de la manigua, por la parte de Cavite en Noveleta, combatiendo con los insurrectos; pero entonces, el exotismo de aquél país, el sentirme ya hombre independiente a quien ya habían confiado que podía defender su bandera, no me proporcionaba nostalgias ni tristezas.. Al contrario, alegría. ¡Esa alegría incontenible y envidiable de la primera juventud!

Pasados los años mis andanzas artísticas, me hicieron pasar también Navidades en toda América, no solo en las alturas de Bolivia y Colombia, sino en las playas calurosas de Argentina, Uruguay, Chile, Brasil, Venezuela, México, Cuba.

Hace un par de domingos, charlando del gordo de Navidad, les conté una despedida de año que pasé en la Habana. Algo tragicómico que no lo voy a repetir por suponer que ya lo han oído; fue un incidente agridulce que no quiero recordar aunque lo bonito de la vida es que esté llena de incidentes; no les parece?...(Para mi h hay nada mas antipático que los rieles de los trenes, por lo engañadores; parece que en lontananza se unen, se besan y jamás llegan a juntarse... Siempre unidos pero separados.

Pues como decía, esas Navidades calurosas las he pasado varias veces en Argentina, en su aristocrática playa del Mar del Plata, o en Montevideo, la tacita de plata, o en Brasil, no me han hecho el efecto de íntimas Navidades sino de grandes y alegres fiestas.

Recuerdo una despedida de año que pasé en Brasil, ¡inolvidable! ¡Río de Janeiro! ese país encantador de ensueño, que podría decirse que es una lujuria de la Naturaleza. Todo rodeado de playas y más playas hasta 9 a 11, no sé. Todas ellas admirablemente cuidadas y alumbradas luciendo collares de grandes y luminosas perlas.

Aquella noche fui invitado por mis compañeros de arte los notables actores Brasileños Froes, Azevedo, Procopio Ferreira, Pinriro y otros, y después de recorrer todas las playas, de tomar algunos cocktails Pan de Sucre que ya todos conocemos, me llevaron a cenar a un típico restaurant llamado Painera situado en la mitad del inmenso monte Corcovado... Desde su terraza divisamos las luces de la población, luces que disminuidas por la distancia, daban la sensación de que las estrellas habían bajado a besar las playas y por encima de la terraza veíamos las nubes que no nos dejaban ver el pico del Corcovado, pero de vez en cuando, como cortinas vaporosa que se abriera nos dejaba ver la hermosa aparición del Sagrado Corazón de Jesús profusamente iluminada, como si bendijera aquella preciosa ciudad. ¡Un efecto fantástico!

Después de cenar, tomamos la cremallera y fuimos, para oír sonar las doce del año nuevo al mundialmente conocido de Copa cabana uno de los mas lujosos y más constantemente alegres del mundo! Y allí presenciamos el espectáculo más atrayente que pudieran ver mis ojos: ante las mesas profusamente adornadas con luminarias y corbeilles de exóticas flores entrelazadas con las mas variadas frutas tropicales, se veían, mujeres hermosas, alhajadas, ataviadas con los más ricos trajes, que la fantasía puede imaginar. Bebimos, bailamos, y al dar las campanadas apagaron las luces. Hubo un silencio, y en cada reunión, se abrazaban se besaban, pensaban cada uno en. sus ausentes y al terminar las campanadas y darse la luz ya todos tenían el derecho de tutearse. Las orquestas lanzaban sus marchitas y todos bailaban alocados envueltos en una profusión inmensa de serpentinas confetis, con sus gorros de diversos estilos y atronados por los diferentes platos y estridentes moriscas de todas clases. Y allí estuvimos gozando alegremente la llegada del nuevo año hasta que el sol apagó las luces de los collares de perlas.

También pasé otras noches alegres y exóticas en Hollywood y San Francisco en California. Y de ellas, pasé, recuerdo una en Chile que por lo original voy a contaros.

Estaba yo filmando y también filmaba otra película mi buen amigo Luis Sandrini, el notable actor argentino, que por cierto ahora -tenemos el gusto de tenerlo en Madrid filmando también. Este hombre alegre, simpático, tan divertido siempre como generoso, invitó a un número de amigos y entre ellos mi mujer, Nora y a mí, a una cena de Noche Buena en Villa del Mar. Esa coquetona playa que con orgullo ostenta Valparaíso una de las ciudades más típicas y bellas de Chile, toda ella se asemeja a un Belén Maravilloso. Pues bien: Sandrini tuvo una idea original para combatir el calor de aquella Noche buena. En una plataforma de madera sobre dos barcazas, mandó poner una espléndida mesa y a todos nosotros los invitados que cenaremos en traje de baño, ¡divertidísimo! Todos frescos alegre y mecidos por las olas. Después nos vestirnos y en el casino estuvimos bailando... Aquella Nochebuena fue divertidísima pero a mi me pareció mas que una Nochebuena una buena noche espléndida y larga pues ni por un momento me dio la sensación de que pudiera recibir al Mesías en traje de baño.

En cambio las Navidades que he pasado en Londres, Italia, Francia y sobre todo en N. York, me causaron sensaciones diferentes, pues sus climas eran como los nuestros; sobre todo el de N. York; pues como allí lo saben hacer todo tan bien tan perfecto que yo creo que hasta adornan sus calles con nieve para dar a estas fiestas más carácter. ¿Estas fiestas norteamericanas de estos días quién no las conoce ya?

El cine ha esparcido tanto sus costumbres entre nosotros que a veces ya no las llamamos Navidades sino Christmas y el jerez y la sidra lo sustituimos por el whisky, y para felicitarnos ya mezclamos el “feliz año nuevo” con el novedoso como dicen los argentinos, “Happy new year”

También conservo un grande recuerdo de una nochebuena que pasé en N. York. Me lo proporcionó mi querida y admirada amiga la gran diva Lucrecia Bori Sabines que desde que fue a los Estados Unidos, se adueñó de la gran sociedad. Pues bien, a mí y a nuestro compatriota y gran cantante Andrés de Segurola nos llevó a cenar nada menos que al palacio de la Quinta Avenida del Archimillonario Vandervil.

El gran magnate no asistió por su avanzada edad y la organizaron sus encantadoras nietas, Excuso decir como sería la cena y de qué calidad eran sus vinos y eso que estábamos en tiempos de Ley Seca…

Terminamos las cena y pasamos al gran salón donde se hallaba el gigantesco árbol de navidad, repleto de valiosos regalos. Yo también lo tuve.

Empezamos a charla beber, recitar, cantar, cuando en esto, a las niñas les llegó un recado... Era la policía que estaba en el hall y quería hablar con alguien de la familia. Se produjo un momento de alarma que bien pronto fue sofocada por aquellas divertidas y elegantísimas muchachas. Dispusieron entre ellas, pasar al hall donde esperaban los policías, cada una con una botella de champagne y una copa, y entres risas y jolgorios, consiguieron que aquellos simpáticos policías se marcharan comprensivos y tolerantes, y a decir verdad también un poco tambaleantes.

Recordaré siempre esta original nochebuena en una de las casas más populares del mundo entero.

Y así estaría hablando de tantas y tantas emociones de estos días, si no fuera porque mi cigarrillo me está avisando que se acaba.

Hace ya tres años comencé también la navidad en aquél portentoso país. Ya de regreso a España quise ir sintiéndome Santa Claus para traer obsequios a los míos que ya hacía que no los veía en 16 años. Aquellos días en N. York son tan fantásticos que emborracha ver aquellas enormes tiendas repletas de todo lo bueno, y lo bello del mundo las cuales estaban tan llenas de gente que para comprar la menor cosa había que hacer una cola mas grande que para tomar en Madrid un autobús... Así es que embarcamos el 22 en el Magallanes y pasamos por fin la nochebuena bajo nuestra bandera y el día último del año, recibimos el 50 rodeado de mis hijos.

También tuve la alegría de volver a ver algunos amigos que todavía pudieron esperarme; amigos de mi juventud y de mi infancia ya la mayoría con la cabeza blanca como las nieves de estos días, pero con calor en los corazones para recordar aquellas felices navidades alegres y bullangueras en que con panderetas y zambombas y latas vacías cantábamos alocados los tiernos villancicos para celebrar el nacimiento de nuestro Niño Dios que venia al mundo para redimirnos a los mortales.

¡Gloria a El que esa quien debemos la dicha de vivir todavía!
Y gracias amigos míos quienes habéis escuchado las tristezas y alegrías y emociones que en las Navidades he sentido durante años y años en sus correrías por todo el mundo este viejo comediante que os desea un 53 muy feliz, ¡y que yo todavía lo vea!

EL GORDO DE NAVIDAD
( XX ) Charla

Spik: Buenas. Noches Don Ernesto.
Vilches: Muy buenas, amiga mía.
Que mi voz con alegría
llegue a todos, por supuesto
Spik─ ¿De que hablará hoy?
Vilches: Hoy sería
de gran oportunidad
hablar este cuarto de hora
del GORDO DE NAVIDAD...
Que ilusiones, que ansiedad
sentimos todos ahora
pensando en las emociones
que puede proporcionar
el que nos pueda tocar
esos ansiados millones
¡que tanto hacen soñar!...
Dentro de unas horas ya
con una gran emoción
se levantará el telón
y la alegría vendrá...
o una gran desilusión...
Pero sigamos soñando
en ilusorio deseo...
El bombo ya está rodando...
Nuestra suerte está marchando;
¡yo en el sino siempre creo!
Spik: ¡Pues claro que hay que creer! Pero... ¿se ha vuelto poeta?
Vilches: Estoy ante una mujer.
Spik: No se puede responder de manera más discreta...
Vilches: Muchas gracias.... pero volvamos a la prosa pues la realidad, a la mayoría de los que soñamos nos hará volver dentro de unas horas... ¡Oh! ¡El juego!... ¡Que abominable es como medio de vida! Pero... ¡a qué pocos no les gusta jugar!... Todos lo criticamos, pero…

Yo tuve un amigo que decía: “¿Qué harán los que no juegan?” Si el Diablo Cojuelo nos llevara de la mano descaperuzando los techos de las casas, ¡Qué pocas veríamos en que no se jugara aunque solo fuera a la “canasta.”

El juego para unos es, la emoción. Para otros la esperanza de poder salir de un apuro; para otros es sólo la distracción, el descanso del absorbente trabajo cotidiano.

Público y notorio ya es la fama de mi afición al juego pero sinceramente declaro, que es exagerada, pues yo jamás he sido jugador, sino tontamente “Juguetón.”
Muchas veces, al poco rato de ponerme a jugar les he ganado a todos y comprendiendo que sin dinero ya no podían seguir, lo he devuelto para que siguieran jugando... y naturalmente, después me desplumaron a mí. Si hubiera sido jugador me hubiera levantado con las ganancias.

Claro que este entretenimiento es el más caro y menos práctico...

Y ya que por ser el día de hoy hablamos ello.., ¡cuantos casos curiosos pudiera contar, propios y ajenos, de las veleidades del azar!
Días enteros podría hablar de ellos pero solo os contaré algunos durante los minutos que me permita mi cigarrillo.

¡Cómo la suerte ha jugado conmigo, como el gato juega con el ratón! Recuerdo una vez que tenía que hacer un viaje a América con mi compañía. Ya lo tenia todo dispuesto; todo pagado y me sobraban unas pesetas para mis gastos particulares del Viaje. El día anterior de salir, no recordando el dicho de “En vísperas de viajar no te pongas a jugar”, me fui al Casino, cené, y saboreando un cigarro me metí en lo que han dado llamar “La sala del Crimen” y me puse a entretenerme en una mesa de 30 y 40. Un juego que muchos conocerán y al que no, no es mi ánimo explicárselo. Pues bien; a los pocos momentos tiraba mi ultima ficha de 20 duros a “negro” ¡y al oír cantar “encarnado gana” salí de la sala como pueden suponer! Me fui a lavar las manos y al mirarme frente al espejo sostuve el siguiente diálogo conmigo mismo: “¡Pero Ernesto, que estúpido eres!... ¿Que necesidad tenias de tirar esas pesetas que te hubieran venido tan bien para la travesía? Mereces que no te mire mas a la cara! De repente entra un botones que interrumpe mi diálogo diciéndome misteriosamente y todo azorado: “Sr. Vilches que ya está usted ganando mas de 30,000 pesetas, retire la puesta antes de que le tiren las contrarias y lo pierda todo. ¡Dese prisa!

Salí corriendo aunque pensando que era una equivocación del muchacho pues yo había jugado a negro. Estaba seguro. Al llegar a la mesa oigo que cantan “encarnado gana y color” y que a la montaña de fichas que había en el centro añadieron 10,000 pesetas más. Yo miré asustado al gurupié y me dijo: “¿Lo deja usted?” Ya atontado le dije: “¡No, no! ¡Lo retiro!” ¡Y me entregaron más de 8,000 duros!

¡Mi corazón se saltaba del pecho!

¿Que había pasado?.. Pues que mi ficha de 20 duros al tirarla ya decepcionado por ser la última, cayó a negro pero pisando la línea que marcaba el color y aunque había perdido el negro como marcó a caballo, el color ganó y quedó en paz y después mientras yo estaba hablando con Vilches, no había dejado de ganar el “color”… y resultó que cuando yo creía que me había quedado sin un céntimo, el azar quiso favorecerme entregándome aquél dineral al que yo jamás hubiera llegado a ganar por mi voluntad... Figúrense qué delicioso viaje pasé e hice pasar a toda mi compañía. La suerte es veleidosa... ¡Llega cuando se la busca!

En otra ocasión, en el Unión Club en Habana estaba mi amigo el General Machado, antes de llegar a la Presidencia de la Republica, entreteniéndose con unos amigos jugando al Chemin de ferro o sea al bacarat turnado; me invitó, me senté con unos dólares a las seis de la tarde y a las nueve tenía delante de mí ¡16;000 dólares!

¡Más de lo que podía ganar en toda la temporada, sin duda!... Yo loco interiormente de alegría, torne la excusa natural de levantarme pues tenía ya que ir al teatro. Aquella noche representaba Wulichang...!─Hombre, todavía es temprano... Tiene Vd. tiempo de echar unas manos más... Dénos algún desquite...además Vd. no sale sino al final del primer acto un momento sin hablar... Yo quise complacerles pues creía una desatención no hacerlo y envié recado a uno de mi compañía parecido físicamente a mí, Pedro Valdivieso, para que con mi ropa saliera por mi, puesto que su caracterizado de chino era igual y me quedé media hora más... Cuando salí en el segundo acto a escena, ¡de los 16,000 dólares sólo me habían quedado 800! Uno no piensa jamás que la suerte nos puede llegar a veces pero no hay que dejarla escapar... Se va... ¡y no vuelve!

Pues... en la misma Habana, años pasados, me sucedió un caso también de azar, que les voy a contar por lo extraordinario...

Era la noche del año viejo: en el Casino de Almendarez habíamos apartado una mesa, Pastora Imperio, Lola Membrives, Irene López Heredia, Don Jacinto Benavente, Eugenio D’Ors, mi hermano Antonio, y yo. .A eso de la medía noche después de mi función teatral en el Campoanor, cogí mi “carro” que así llaman a los autos allí, un magnifico Marmon que había comprado por 4,500 dólares había unas días, ¡y me fui muy de punta en blanco a reunirme con mis selectos compañeros a recibir con toda alegría el nuevo año!

Llegué y mientras preparaban la mesa y se tomaban algunos copetines, como ahora se dice, pasé al salón de “recreos” con la tranquilidad de que nada podía perder si me entraba la tentación de probar fortuna pues apenas llevaba unos 40 dolames y era tonto tirarlos.., pero me fijé en un juego que había, para mi desconocido. La llamaban High and low (alto y bajo)… Tres dados en que por un alto cubilete daban vueltas en retorcido tobogán y caían en un tapete con la mar de combinaciones, puntuaban... y yo pensé: ─No lo en tiendo pero...Voy a poner anos pesos... Si me pagan, es que he acertado... y si recogen... es que he perdido... Pero empecé a ganar, y 660... Otras 150. Total que en menos que lo pensé tenia delante de mi un montón inmenso de fichas... Vuelvo un instante la cabeza y me encuentro a mis espaldas, toda mi reunión y Don Jacinto me dice sonriente... ¿No tiene Vd. todavía bastante?... ¿Quiere llevarse todo el Casino?... ¿No le parece que vayamos a cenar?... ─Al momento ─le dije─. Me contaron las fichas y tenia justamente 5,000 dólares; ni un peso más ni un peso menos... Pedí cambio y me trajeron un solo billete y de igual tamaño que los de a peso, pero marcaba la cantidad preciosa de 5,000 dólares. ¡Ni sabía que existían billetes de esta cantidad...!

Nos fuimos a comer comentando con toda alegría el suceso, bebimos de lo lindo bailamos hasta rendirnos y allá a las cinco y tantas de la madrugada nos despedimos... Esperé un momento a que sacaran mi auto y mientras me dice mi hermano: ─Oye Ernesto dame cien dólares pues ya no me quiero acostar voy con un amigo a conocer un típico baile de negros en los arrabales─. Me eché mano al bolsillo y vi que no tenia más que el precioso billete de 5,000 pero por no decirle que no, y fiando en mi suerte de aquella noche, entré de nuevo en la sala de la ruleta y dije: ─caen cien dólares a encarnados para dárselos a mi hermano si ganaba naturalmente, pero... salió negro... Doscientos a negros... Salió encarnado... Cuatro... En fin, no quiero hacerlo pesado, cambiaron el billete y se evaporó sin acertar una sola vez. Pero no terminó el asunto: el jefe de la sala se me acercó y muy solícito me ofreció crédito... Bueno; déme mil dólares.... Los perdí, déme otros mil... Los volví a perder... Otros mil más. .. Lo mismo Total, que el haber querido sacar solo cien dólares ¡me costó 8,000! ¡Figúrense como saldría del casino!.... Tomé mi auto, nervioso, ya echando mas chispas que su escape cuando me cegaron los ojos las potentes luces de unos faros de otro auto que venía por mi misma mano... Se acercaba ya demasiado y yo, al creer que venia equivocado de mano me aparté, él también se apartó y nos dimos un terrible encontronazo... que de no haberme apartado a tiempo mi volante se hubiera incrustado en el pecho... A Irene le alcanzo al brazo el guardabarros... fuimos a la casa de socorro creyendo que se lo había partido y no fu así, por fortuna, pero ¡tuvo que trabajar durante un mes con todo el brazo enguantado hasta el codo y mi auto lo tuve que vender ya por hierro viejo!...

Ante los caprichos de la suerte no se puede luchar... ante el azar nada hay lógico ni ilógico... ¡El sino dispone de nosotros!...

Y después de esto hay que pensar que lo único seguro y honorable en la vida, es buscar la fortuna en el trabajo, quién lo duda, pero ¡nadie podrá negar que siempre hay que contar con el “factor” suerte!... Y como ejemplo, voy a terminar contando un caso un extraordinario que hasta los periódicos de los estados Unidos se ocuparon de él.

Un amigo mío, y de todos en la Habana, pues se trata de un muchacho simpatiquísimo, y muy popular, Bebon Echarte, se llama, una vez se paso a jugar en el Unión Club en una partida de póker con cuatro millonarios. Empezaron con 2,000 dólares cada uno. Echarte no era hombre de dinero, ni mucho menos pero era temible jugando ¡porque era sumamente valiente y arriesgado! Se puso a jugar teniendo sólo por capital los 2,000 dólares, es decir, que si hubiera perdido en una sola jugada se hubiera levantado...

Echarte estaba sumamente enamorado de una muchacha pero su padre se oponía a que se casara con ella, por su modesta posición y por su afición al juego... bueno pues vamos a lo sucedido que parece cuento... empezó a jugar... fueron sacando a todos dinero y más dinero según iban perdiendo y llegando. Echarte llegó a tener ya un resto de 180,000 dólares, llegó una jugada en que los cinco se lo jugaron todo...

Es decir que si Echarte ganaba aquella jugada llegaría casi al millón de dólares. O todo o nada... Y... ¡lo ganó todi!...Se terminó la partida y se fue a su hotel. No pudo dormir de la emoción. Por la mañana temprano se presentó un empleado de un banco con una maleta llena de billetes de todas clases. Uno de los jugadores le había dejado a deber unos 200,000 dólares y tenía el humorismo de enviárselos en billetes.

Vació la maleta, encima de la cama, se quedó solo, revolviendo todos aquellos billetes… pidió tres o cuatro ventiladores, los colocó en diferentes sitios de la habitación, los conectó y los billetes empezaron a volar en todas direcciones por todo el cuarto y él en pijama a revolcarse gritando y riendo; una verdadera locura, una escena verdaderamente cinematográfica. Quedó rendido y se puso a contar y separar de nuevo los billetes y mientras hacía esta operación tuvo una idea luminosa que puso en práctica. Se fue con el padre de su novia y le dijo: “Ayer hice una locura que me salió bien: gané cerca de un millón. Si usted quiere que se lo entregue a usted me hace socio de su ingenio, me caso con su hija y no vuelvo a tocar una carta... ¡Y así fue!

Y fueron tan felices... llegó el tiempo de las vacas gordas y aumentaron el capital pero vino la guerra y con ella las vacas flacas, y ambos socios lo perdieron ¡casi todo! Mi amigo esta vez, no buscó al azar, pero el azar le buscó a él ¡para vengarse!

Yo también hice fortuna con mi trabajo, llegué a España con dos autos, compré una magnifica finca en Chamartín para mis hijos, produje con Herrera Oria una película y cuando era de lo mas feliz, llegó el movimiento del 36 y lo perdí todo; menos mal que pude salir solo con dos baúles, para Buenos Aires.

¿Y que me importaba haberme quedado sin una peseta si al poco tiempo con un Franco recuperé toda una España más grandiosa que nunca pues hoy día ha llegado a ser la admiración del mundo entero?

¡Qué mayor Gordo de Navidad!
Este es el consuelo que debemos tener los que no nos toque el Gordo.
Y pues mañana es el día
podemos seguir soñando
que en el Gordo todavía,
el bombo ya esta rodando
y si toca... ¡que alegría!

Y si no, conformémonos, con pasar unas felices Pascuas que es lo que deseo para todos, y si alguno de los que me han escuchado, es protegido por la suerte, quiero ser el primero en felicitarle.

Spik: Gracias, Sr. Vilches y... sigamos soñando.

Vilches: Y trabajando con esperanza y verdadera fe que todo llegará, ¡si Dios quiere! ¡Buenas noches!

Hasta el domingo próximo. A 1a misma hora... y ¡todos ricos!

CÓMO CONOCÍ A VILCHES
( XXI ) Charla

ESTA MAL...Muchos Errores Ortográficos

LA REALIDAD EN EL CINE
( XXII ) Charla

Spik: Buenas noches, Don Ernesto. ¿De qué nos a hablar?

Vilches: buenas noches. Esta noche la voy a dedicar a hablar sobre LA REALIDAD EN EL CINE. Sabido es ya, que el Cine para la mayoría se ha impuesto tanto que ya no es un pasatiempo sino casi una necesidad. El Presupuesto de los hogares por humildes que sean ya forzosamente tienen que añadir este renglón: El Cine.

A pesar de que yo lo considero un arte interior al a del teatro, veo que ya se hacen verdaderas maravillas. Ha llegado a una perfección que asombra. Y este es el secreto del éxito... tanto en el teatro como en el cine, ¡La perfección! Y veo con gusto que aquí en España ya vamos llegando a ello.

España sin llegar al manoseado panderitismo del que tanto se abusa sin duda por el criterio de que esta clase de obras son más comerciales, España digo, puede dar algo más que el eterno Folclore, que fue por lo que tal vez al decirle yo a Guitry que era un artista español, me preguntó: ¿Luego usted es toreador? Y la verdad, merecemos que nos conozcan también bajo otros aspectos.

España, por su literatura, ingenio, y sus encantadoras regiones admiradas por el mundo entero, pude encontrar infinidad de argumentos interesantísimos que nos deben. Pues ya se ha demostrado que el buen español nunca se ha quedado atrás del tiempo inmemorial, pero, en fin… Tengo la seguridad de que todo llegará aunque sea en los tiempos en que nuestros nietos sean ya abuelos, y hablo así, con aparente decepción porque recuerdo (¡ya llegaron los recuerdos!) Que cuando se exhibían películas mudas, muchas, ya notables en aquéllos tiempos, nosotros todavía estábamos en pañales, Irene López y yo, (Vilchitos entonces, servidor de ustedes) hicimos la primer película muda. Se llamaba “El Golfo” (ni ella ni yo, ganamos jamás un céntimo). Un amigo nuestro, catalán, expuso unas pesetas y esto le dio autoridad para erigirse director.
Recorrimos haciéndola primorosos lugares de España... El argumento era interesante, pero la película tenía detalles verdaderamente graciosos: en una escena, se nos veía comiendo de etiqueta. Seguíamos, y en la misma comida se nos seguía viendo vestidos con trajes de mañana. ¿Y que era? ¡Que habían empalmado la cena con el desayuno; esto no lo había visto el director al cortar la película... y claro, el pitorreo del público no tuvo límites.

En otra escena, figuraba que yo, a los muchos años de ausencia hecho un hombre, regresaba a España, y desde el puente del barco veía toda Barcelona y al divisar el edificio del Hospicio, que había sido mi cuna, tenía que enternecerme llenándoseme los ojos de lágrimas. Yo quería conseguir este detalle por autosugestión y no ayudado por la glicerina como se acostumbra a hacer a los actores. Ya estaba en situación a punto de llorar, cuando oigo la voz del director que me grita: “¡Llore pronto que me quedan sólo siete metros de película!” Excuso decirles que el llanto se convirtió en una enorme carcajada y que ya no pude entrar en situación!

Pasaron años. Llegó el cine hablado y yo también fui de los primeros que contrataron las grandes casas filmadoras norteamericanas, no pero no quise continuar y regresé al teatro, que era lo mío. Pues llegué a comprender que las películas, no las creían negocio representadas por actores teatrales, sino solo para la juventud, que elegían para el estrellato. Al poco tiempo se convencieron de lo que yo predije: que los buenos artistas teatrales serían los que sostendrían con altura el cine; como así ha sido. Pero ¿qué pasaba?... Que la mayoría de esas estrellas eran sólo como estrellas errantes, flor de un día. Lucen, pasan y al poco tiempo desaparecen para siempre, y han tenido otra vez que recurrir a los verdaderos valores que recibieron su educación en el teatro.

No obstante, el cine, corno he dicho, ha llegado a una perfección asombrosa, Cada día admiro a un nuevo director, pero en la mayoría de las películas por buenas que sean encuentro detalles paradójicos que me hacen pensar.

Si el cine quieren que sea la misma realidad, ¿apartándonos de lo que indebidamente llaman teatralidad, ¿por qué despertar al público de su ilusión, como sucede frecuentemente que ante una escena llena de realismo, nos despiertan por ejemplo, con fondos musicales, sin justificación alguna? A veces una música estentórea por lo angustiosa y descriptiva nos hace adivinar que llega la tragedia. Por el contrario otras veces cuando se quedan el galán y la dama solos, aunque sea en medio de un desierto, ponen de fondo una musiquita meliflua, por la que adivinamos la proximidad del beso..

¡Y cuantos detalles de estos podría enumerar que no sería sino recordar lo que a menudo observamos todos!

Anoche, fui a ver una película precedida de una enorme reclame, la cual es la que me ha sugerido principalmente esta charla. Una pareja, por cierto, encomendada a dos grandes figuras que todos admiramos, van en una pequeña barca de lo más primitiva atravesando ríos selváticos de los más exóticos parajes virginales y tropiezan con una grande embarcación enemiga. Ametrallan el barquichuelo, ¡pero yo no sé de qué pasta es esta pareja de enamorados que no les llega ni una sola bala! ¡Nos les pasa nada! En cambio, los dos, dentro de su barquita, con una hélice que se les rompe y que la componen no se si con cola o con sindeticón, o con lo que sea, lo arreglan al momento y además inventan un torpedo, con el que acaban con todos los enemigos que van en su gran embarcación, y conforme mueren sin duda van pensando: “¡Hay que dejarse matar y que se salven los protagonistas, porque si no, no entra dinero en la taquilla!”

Y esos otros galanes que pasan bajo los derrumbes de un formidable incendio y a su inmaculado traje blanco no les llega ni un átomo de hollín siquiera?

Y aquellas otras que se meten debajo del agua y salen de ella con la cabellera igualmente ondulada como si en el fondo del mar les hubiera estado esperando el peluquero? Y en medio de una situación, tal vez dramática, no tenemos mas remedio que pensar: “Milagros del cine”.
¿En que quedamos amigos, ¿qué es el cine? Realidad o fantasía? ¡Si tratan de dar realismo no podemos admitir lo convencional o el absurdo!

¡Y qué gusto nos da admirar esas graciosas producciones en que no suceden estos lamentables detalles, y se admira a los buenos actores!

Los que hacen desaparecer su verdadera personalidad, los que nunca son ellos mismos aún siendo la misma persona. ¿Qué agrado le puede dar a un individuo que le digan: “Necesito un tipo de ladrón por ejemplo y he censado en usted?

Declaro que la mayor satisfacción que he experimentado como artista, ha sido cuando alguna vez me han dicho: “Qué descansado estará usted en esta obra que no trabaja” ¡Y había trabajado!

Una vez, recuerdo, era en el teatro de la Comedia. Estrenamos una preciosa obra. “Juventud de Príncipe” se llamaba. Yo hacia un viejo preceptor del príncipe y se moría en el tercer acto, y como era natural ni en el cuarto ni en el quinto salía a escena, y un día me fui a ver estos dos actos y para que no me reconociera el público, me fui medio oculto a la galería, y cuando oí a un actor que decía en escena: “Pobre doctor, ¡si viviera! Yo medio entre dientes dije: “¡Gracias a Dios que se llevo a ese cómico tan malo, así no vuelve a sa1ir!” Y a mi lado estaba un señor de edad, gordo, con bigote que lo oyó y volviéndose indignado me dijo: “¿Qué dice este señor? ¡Ese cómico que usted se refiere no es tan malo! Está considerado como uno de los mejores de la compañía!” Entonces yo con orgullo y satisfecho le dije: “¡Muchas gracias señor por elogiarme; porque ese actor que usted defiende soy yo!” Entonces malhumorado añadió: “Mire: ¡haga el favor de tomar el pelo a su señora abuelita si la tiene y déjeme oír la función que aunque es alemana y yo soy francés me gusta mucho!” Yo insistí: “señor, yo era el doctor”; y dirigiéndome a un acomodador que había hallado, le pregunté: “¿No es verdad?” y le contestó: “Si señor, es el Sr. Vilches, el que acaba de hacer el viejo doctor.” Entonces el francés me tendió la mano diciéndome: “mi felicitación de verdad, señor, pues así creo que deben ser los actores. ¡En Francia, es lo que aún más admiramos, la ductilidad!”

Para mi ese era el mayor aplauso. Que no me conocieran. Ser siempre diferente y mi mayor placer también, como director, no que me aplaudieran sino que salieran el publico del teatro diciendo: “¡No sé quién ha estado mejor de todos los acotes!”

Y... basta por hoy, porque ya no hay tiempo y porque no quiero seguir hablando de mí. El ego sum es algo antipático; por más que me consuela pensar que al escucharme, es porque son los que me oyen, amigos míos y les interesan mis anécdotas, pues mi deseo no es otro que procurar conseguir que pasen un rato agradable.

Y si ahora lo he conseguido, muchas gracias a todos, hasta el domingo próximo y muy buenas noches.

Spik. Hasta el domingo a la misma hora Señor Vilches.

LA MEDIDA DEL TIEMPO
( XXIII ) Charla

Spik: Buenas noches Sr. Vilches: ¿dispuesto a encender su cigarrillo con nosotros?

Vilches: encantado me paso la semana deseándolo... ¡Buenas noches a todos! Pero esta noche, ya que la del domingo pasado no, por haberlo dedicado al DIA de los difuntos, voy a continuar mi charla de los ilustres bohemios que cuando iba acabarla, no sé porqué causa, tal vez cosas de la mecánica que no obedece órdenes, se acortó mi pa1abra y como no terminé, deseo complacerles.

Estaba recordando algo gracioso e interesante. Una noche de simpática bohemia con Tito Schipa, el grande y malogrado pianista catalán Malats y el no menos catalán y artista, el violinista Costa, a quien a quien le llamamos “pelos y señales” porque su cara tiene profundas marcas de viruelas y el pelo lo lleva tan largo que cuando se entusiasma tocando su portentos violín le tapa la cara.

Pues bien: Tito Schipa cantaba en el teatro Real y una noche que no trabajaba fue a ver mi Wu1ichang que yo estaba haciendo en el teatro Lara.

Aquella noche, Malats y Costa que llevaba su violín, pues acababan los dos de dar concierto, fueron a saludarme también y yo al verlos reunidos, contaba que los invité que fuéramos a mi pisito de la calle de la Madera a tomar una copa y pasar un rato juntos. Irene López Heredia que era mi primera actriz nos acompañó también y nos prometió, conociendo los gustos de Tito y los míos de saborear platos típicos murcianos, nos obsequiaría con algunos, y fuimos todos.

En mi modesto pisito, sólo había un mueble que merecía la penas, una magnífica pianola... Le quité los rollos, y mientras Irene nos preparaba el sencillo plato y yo descorchaba alguna botella, Malats empezó a jugar con el piano y mientras charlábamos y bebíamos, Malats con Costa que desenterró su violín empezaron a tocar, como ellos sabían hacerlo. Y, después de hacernos gozar con preciosas compaisiones, se les ocurrió tocar el Cipriano, chotís que entonces estaba muy en boga, y lo tocaron en todas las maneras, con todas los ritmos: como chotisee, como tango, como vals vienés... ¡qué sé yo!... El Cipriano unas veces haciendo reír y otras sentir; ¡qué manera de interpretar diferentemente con las mismas notas!... ¡Maravilloso!

Comimos, bebimos, fumamos, y como la atmósfera de aquella pequeña habitación se enrarecía algo, a pesar de que ya era noviembre, abrí un balcón.

Aunque lo estábamos deseando como es natural, no nos atrevíamos a decirle a Tito Schipa que cantara por el temor de que hiciera lo que los niños que cuando se les dice que hagan alguna gracia se niegan; pero sin duda Tito, comprendiendo nuestro deseo, sin que nadie le dijera nada empezó a cantar naturalmente acompañado por el piano y el violín... y excuso tratar de describir, aquel notable terceto de aquellos tres grandes virtuosos. Tito cantó “Una furtiva lágrima”, algunas canciones napolitanas, Granada y recuerdo que al acabar de cantar “La donna e mobile” salió de la calle una gran ovación. Salí al balcón a pesar de que ya eran casi las cuatro de la madrugada, en la calle había mucha gente escuchando y en casi todos los balcones vecinos gente arropada y algunos sentados.

Yo, gozando de aquel espectáculo les dije quiénes eran los artistas que habían aplaudido, y que en sus nombres les daba las gracias.

Sonó otro aplauso atronador y muchas voces gritaron “Que cante ‘El sueño de Manon’, ¡Manon! ¡Manon!

Yo abrí del todo los balcones, y Tito se puso a cantar su inimitable ‘Sueño de Manon.’ Estábamos todos escuchando con religioso silencio electrizados por su divina media voz y que Tito estaba cantando con un gusto tan grande o mayor todavía que si estuviera en el Real en noche de moda, cuando nos interrumpieron unos grandes golpes que con un palo daban en la puerta de mi piso.

Callamos de repente, fui a abrir y me deslumbró una luz que enfocaron en mi cara.

Era el sereno, que todo indignado nos decía a gritos: “Pero ¿cuándo cuando van a acabar este escándalo que están haciendo? ¿Se figuran que están tan en una tierra de salvajes? ¡Todos los transeúntes se detienen por la algarabía y la juerga que están dan y a los vecinos no les dejan dormir! O se callan en seguida o subo con dos guardias y me los llevo a todos a la delega! ¡Déjense ya de berrear!

Le dimos palabra de que no berraríamos más, y con esta promesa el sereno, se fue más sereno bajando las escaleras.

Mientras las bajaba, volví a hablar a vecinos y transeúntes contándoles la orden del sereno y que por lo tanto el concierto no tenía mas remedio que haber terminado.

¡Cuando el sereno antifilarmónico salió por el portal recibió un pita más grande aún que el aplauso que le habían dado a Tito Schipa!


¡Y así acabó aquella noche de deliciosa bohemia con aquellos grandes artistas, que machos millonarios tal vez no hubieran conseguido por todo su dinero reunirlos y yo lo conseguí sin que me costara más que con unas copas y unos huevos fritos con ajo!

Al poco tiempo fui a San Rafael a ver a Malats y darle el ultimo adiós, pues dejó su preciosa vida a los 33 años ¡como Cristo!

Costa sigue deleitando todavía gracias a Dos y a Tito lo volví a ver en N. York y más tarde en otro concierto en el Colón de Buenos Aires. Estaba ya un poco regordete, pero encantando todavía con su preciosa voz y su maestría. Nos abrazamos, nos miramos mutuamente nuestros cabellos ya salpicados de nieve, y volvimos a recordar con emoción aquella exquisita noche de bohemia en mi pisito pobre de la calle de Madera.

Aquí termina mi charla de los ilustres bohemios y me he parado a pensar que, tal vez mi cigarrillo se me hubiera consumido y por su excesiva duración no hubiera habido más remedio que cortar mi palabra para dar paso al siguiente numero del anunciado programa; y es que verdaderamente es un gran defecto en el que solemos incurrir: ¡No saber medir el tiempo, y esto es importante!

¡Cuántas veces, tenemos una cita y salimos de casa en la creencias de que tenemos tiempo para llegar puntual, pero no medimos el tiempo que solemos pasar haciendo más cola que un carpintero esperando el autobús o el trolebús o un taxi y llegamos tarde!

¡Cuántas veces también, por ejemplo, llega a nuestra casa un visita. Nos complace recibirla, pasar un rato con ella y charlamos con todo gusto. La invitamos pero pasa el tiempo y la visita no se va. Hacernos un silencio, pero nada; la visita continúa, hasta sacamos el reloj con algún pretexto, pero la visita no se da cuenta, y sigue y sigue... hasta el punto que tenemos que decir a la criada Casilda, haz el favor de poner la escoba al revés detrás de la puerta a ver si así se va esta visita que lleva ya tres horas hablando de tonterías y yo tengo que hacer.

Pues, ¡y que tal esos oradores que en los banquetes cogen la palabra y no saben soltarla! Y por más que aprovechamos a que hagan un punto y le aplaudimos como dando por terminado el discurso, ellos siguen y siguen y lo que al principio nos supo bien y escuchábamos con gusto, llega un momento en que todos pensamos: “ya es bastante... ¿Cuándo va a acabar?”

¡Oh... la medida del tiempo! ¡Hay que saberla administrar! Por algo los ingleses han popularizado el dicho de “time is money”, y es verdad, el tiempo es oro.
Recuerdo que una vez, que un gran amigo mío, mexicano, Don Félix Palavichini, hombre de gran talento, que ha sido embajador en muchos países americano, autor de varias obras y fundador de grandes rotativos, y muy amigo de los artistas, hasta el punto de que es padre político de uno de los hermanos Soler, tan populares en el cine mexicano, se le ocurrió crear unos almuerzos muy originales.

Una vez al mes reunía en el grandioso restaurant situado a la entrada del famoso bosque de Chapultepec a los artistas de todas clases, y por un módico precio nos servían un espléndido menú, y durante el almuerzo un comensal se levantaba y por turno nos hablaba a cada cual de su asunto, mientras los demás seguían comiendo, escuchando al mismo tiempo. Pero ¿que pasaba? Pues, lo que suele pasar: que muchos saben empezar pero lo que no saben es acabar, y hablaban y hablaban, y auque todos por educación procurábamos aguantar la larga perorata llegaba a veces un momento en que ya se perdía todo respeto empezábamos a hablar y en voz alta pedíamos a gritos las cosas al camarero, y hasta se oían ruidos de choques de platos, cubiertos y copas, etc. hasta que se lograba ahogar la voz del orador.

Esto como es naturalmente desagradable y al Sr. Palavichini se le ocurrió hacer una reforma tan graciosa como ingeniosa.

En el siguiente almuerzo nos dijo: “Señores, desde hoy cada uno que tome la palabra será acreedor de un respetuoso silencio mientras hable, pero se le concederán solo seis minutos. Pasados los seis minutos sino ha terminado sonará un bombo que tengo aquí… este; y el bombo sonará como advirtiendo que ya todos podrán hacer el ruido que quieran sin que se les califique de desatentos.

Y así se practicó, pero… (y esto era lo ingenioso del caso) había veces, has el orador, cantante o recitador, que por lo interesante, gustaba tanto y entretenía, que pasados los 6 minutos y los diez, y los 12, y el bombo no sonaba, por estar extasiado como todos los oyentes y ninguno se acordaba de reclamar que sonara.
¡Y es natural! Cuando una cosa interesa, nadie se acuerda del tiempo y por muchos que dure siempre nos parece poco, pero sino, todos pensamos en el bombo!

Si, amigos míos, la medida del tiempo es cosa muy importante y muy necesaria. ¡Cuantas obras teatrales fallecen en su estreno por no haber pensado los autores o directores en la medida del tiempo!

Recuerdan ustedes, no hace mucho, en nuestro aristocrático teatro de … bueno, estoy hablando de la medida del tiempo sin haber notado que mi cigarrillo se está apagando y no quiero que me vuelva a pasar lo de la charla anterior.

A es que hago punto, y buenas noches, ¡que no quiero exponerme que a mi también me toquen el bombo!

Muchas gracias a todos y hasta el domingo próximo.

LA CRISIS TEATRAL
( XXIV ) Charla

Vilches: Buenas noches, amigos míos.
Spik: Muy buenas Sr. Vilches. ¿Cual va a ser el tema esta noche mientras sabores usted su cigarrillo con sus buenos amigos?
Vilches: Pues verán ustedes; amigos periodistas me preguntan que qué opino referente a la actual crisis teatral, pero yo, que no escribo ni a la familia porque no sé, prefiero, hablar de ello en íntima charla esta noche con mis amigos oyentes.

Desde hace ya tres años que regresé a mi España después de tantas y tantas correrías triunfales por todas las Américas; y lo primero que me decían era: “¡Qué lástima que haya usted regresado en esta época! Si llega usted a decidirse a venir hace unos cuantos años, se hubiera usted hinchado de ganar dinero, −como muchos otros actores− pero... ¡hoy el teatro pasa por una crisis lamentable! La revista, el folklore, y las obras insustanciales de chistes de almanaque se han impuesto y a la comedia, esa preciosa comedia fina y de buen gusto ya apenas puede vivir.

Bueno, pues estas sanas o parecidas frases las oía decir hace 20 o 30 años. Cuando llegaba a una población me decían: “Ay Sr. Vilches. ¿Porqué ha venido usted en esta época? La cosecha ha sido débil... La mujer del Alcalde ha fallecido y medio pueblo está de luto. Ahora, se acaba de ir una compañía gracias a una suscripción que se le ha hecho. Y con estas noticias tan halagadoras aunque atemorizado, una vez, ya en la población, comenzaba a trabajar, y efectivamente, pocos iban a verme el primer día. Pero al día siguiente tenía más público; y los otros más y más... y casi siempre en todas partes por lo general salía a teatro lleno.

¿Por qué? Bueno, no me quiero echar flores, −no me he muerto todavía− pues porque... no sé, porque les gustaba mi compañía o mis obras o mi labor.
No es cierto lo de la crisis; no amigos míos... los públicos son siempre los mismos: hay gente para todo, aunque de gustos diferentes. ¡Cuantas veces vemos un escaparate lleno de corbatas de todas clases, y pensamos: “¿Habrá quién compre estas corbatas de tan mal gusto?” Pues sí señor. Se venden; pues de no ser así, no las habían, que los comerciantes no son tontos. Se venden aunque nos asombre a los que tenemos otra idea del buen gusto.

Siempre hay y ha habido un sector que ha acudido a aquello que le gusta pero, si no se lo dan, no puede acudir. ¡Cuando gusta una cosa, sea la que sea y como sea el público de hoy, como el de ayer, acude! Lo demás son halles y lamentaciones y disculpas de los que, por las causas que sean, no logran atraer al público y a este jamás le podemos engañar. La masa público nunca se equivoca. Claro que hoy se cuenta con un enemigo terrible: el cine. La mayor parte del público se lo lleva él, pero hemos de confesar que hay muchas razones para ello. En primer lugar porque siempre nos ha atraído más lo extranjero que lo nuestro, por curiosidad o por exotismo... o por lo que sea; además porque nos da a conocer cuanta novedad ocurre en el mundo porque se hacen continuamente tantas y tantas películas que por lo menos cada semana, sino es diariamente nos dan algo nuevo y la curiosidad del público no tiene límites. Porque no nos aburrimos porque no hay entre actos, y no nos dan tiempo de comentar ni reflexionar si nos gusta o no lo que nos dan, porque las salas son perfectamente atendidas, cómodas y acondicionadas siempre a toda temperatura, y claro, con todo esto, la gente se encuentra más cómoda, se recrea más, y preferimos emplear ese par de horas distraídos por lo menos, a desperdicia aguantando una comedia más que no nos dice nada, y a veces con un mal reparto y una inapropiada presentación.

Y no es por el precio... pues aunque decimos que hay crisis cuando gusta algo no se mira el precio... y aun con sobreprecio, acudimos lo mismo. Yo he visto pagar días pasados, 350 pesetas por una entrada de fútbol. ¿ Hay crisis?... ¡Pues no se conoce! ¡Eso que llamamos crisis ha existido siempre pero también siempre el público aunque se lo prohibieran acudirían a esparcirse en sus aficiones. Yo conocí a uno que tenía pasión por el juego y hallándose en un país en que estaba absolutamente prohibido, se asomaba al balcón con otro amigo de afición igual, y apostaban si la placa del primer automóvil que pasaba era par o nones.
En tiempos de nuestra guerra intestina, exponía la cabeza el que decía u oía misa. Pues yo recuerdo que tenía un amigo sacerdote, le procuré. un disfraz de hombre del pueblo, le puse un postizo mío para cubrir su tonsura mientras le crecía el pelo, y los domingos nos reuníamos los amigos y en un sotabanco de lo más oculto, hacíamos un sencillo altar y oíamos la Misa que nos decía mi amigo.

Nada, nada, no paso por eso de que la gente no acude a la comedia por que hay crisis, ya veremos si la comedia no resurge y el público no vuelve a gozar de ver representada con arte la misma vida, esa vida que se renueva constante. La comedia, la verdadera comedia siempre existirá por los siglos de los siglos.

Nada, desengañémonos; en más o menos grado hoy sucede como siempre.

Cuando llegué hace tres años, subí la escalera de Buero Vallejo, con toda admiración. Con mi amigo Edgard Neville fui al baile, con Conchita Monte encantado; cuando Carlos Llopis me ha regalado un BLOC, lo he llenado de admirativos adjetivos; y cuando mi querido Juan Ignacio Luca de Tena me ha presentado a D. José, Pepe y Pepito, los he visitado varias veces y aun los he de felicitar el día 19 de marzo.

¡Y espero, no he de esperar! Espero que cada día, se abrirán nuevos y dignos horizontes para la comedia, pues elementos no faltan; ayudas tampoco y así, llegaremos bien pronto a un grado de perfección para bien de los que sentimos el verdadero arte teatral.

Que se formen buenas compañías, que se pongan obras interesantes.

DOÑA MARIA GUERRERO Y D. FERNANDO DIAZ DE MENDOZA
( XXV ) Charla

LOCUTOR Hoy Sr. Vilches va usted a hablar de D. María Guerrero.

VILCHES Que con orgullo digo que fue maestra mía. ¡Doña Maria Guerrero! El nombre que es para mí el más sagrado de nuestro Teatro Español, hoy le dedicó a su memoria, que como es natural va unida a la del que fue su marido y maestro mío Don Fernando Díaz de Mendoza, recordando ciertos apuntes tan curiosos como íntimos durante mi actuación con tan insignes artistas.

No empecé con ellos ni mucho menos.

Mis primeros pasos los di con aquella notable compañía de Balaguer y Larra en la que figuraba como primera actriz Concha Catalá. Con ellos fui a América la primera vez. Recorrí las Antillas, pasé a Guatemala y allí me casé con una admirable muchacha norteamericana. Fuimos a Nueva York. Me saturé de esa perfección inigualable de los americanos y regresé a España con un espíritu de renovación que demostré en cuanto empecé a trabajar.

Ingresé en el Teatro de la Comedia en aquella famosa temporada en que Don Tirso Escudero conjuntó la más completa compañía que se ha conocido. Logré grandes y continuos éxitos personales y en esa temporada famosa, me propusieron formar parte de la compañía de Doña María Guerrero y de Don Fernando D. de Mendoza, pero yo no acepté. Un gran empresario me contrató para ir a América como director de la compañía de Doña Rosario Pino, a la que tengo el orgullo de haber dirigido nada menos que en su célebre “Malvaloca”. Pero al poco, por una disidencia que tuve con la empresa me separé y entonces fue cuando me decidí a ingresar en la de Guerrero−Mendoza.

Debuté con ellos con “El Misterio del Cuarto Amarillo”. Hice el protagonista de la obra; Doña María hacía de madre mía, a qué decir que admirablemente. La obra obtuvo un éxito rotundo de prensa y público.

Recuerdo con gran orgullo, que un día Doña María me dijo: “Vilches es usted uno de los actores con quien más a gusto trabajo”. Esta frase de sus labios, me supo a gloria, como si me colocaran en mi pecho una condecoración, pues ha que saber que doña María no era pródiga ni mucho menos en sus elogios, sino más bien al contrario: dura, clara, tajante a veces decía las cosas hasta despiadadamente. No así don Fernando, que era todo lo contrario: continuamente ga1ante, irónico y festivo.

Tenían detalles verdaderamente originales y graciosos, dignos de recordar. Un día Doña María me dijo mientras tendida en el suelo se estaba cortando un traje: “Como usted me ve, estoy muy ocupada siempre y no tengo tiempo de leer tanta obra como me traen. ¿Quiere usted leer ésta para darme su. opinión? Me la llevé y, la verdad, no me apresuré a leerla. Al cabo de unos días me preguntó que qué me había parecida la obra. Yo, avergonzado por no haberla leído toda le dije queriendo escurrirme, que no me había parecido mal del todo. “Bueno: pero, aquella escena de los estudiantes, le gustó?” “Ah… ¡si! ¡si!, la de los estudiantes” dije balbuceando. Ella, me miró, soltó una gran carcajada y dijo: “¡No se apene, Vilches. En la obra no hay escena alguna de los estudiantes. lo dije porque comprendí que no ha tenido tiempo de leerla. perdone la broma. Yo me quedé más corrido que una mona. Siempre se divertía gastando bromas, con Carsí, Cirera, y Medrano sobre todos.

En otra ocasión, en un ensayo, me acerqué a don Fernando y le dije: “Perdóneme, pero quiero pedirle un favor. “Diga”. “Anoche en el Casino me puse a jugar al póquer, no me fue muy bien que digamos, y quisiera que ordenara que me adelantasen quinientas pesetas que necesito”. Entonces él me hizo señas de que pasara a decírselo al otro lado y le repetí lo que le decía, pues por aquél oído oía poco. Obedecí al decirme que qué era lo que le decía, le dije: “ Pues que mientras me ha hecho usted pasar a esta lado ha tenido usted tiempo de pensar para decirme que no puede usted acceder a mi deseo.” E in continenti sin inmutarse me dijo: “Está usted equivocado, pues lo que pensé es que con quinientas pesetas no hace usted nada. Será mejor que ordene que le den dos mil, que salga usted de su compromiso y con lo que le quede puede usted seguir probando fortuna y tener suerte, y tanto si la tiene como si no, no se pondrá en cuenta. Lo recibe usted como un pequeño obsequio por el notable trabajo que esté haciendo en nuestra compañía”. Figúrense cómo me quedé. Yo siempre le llamaba “El gitano adorable”

Se ganaba el corazón de todos con estos bofetones aristocráticos, con los que al par que humillaba, hacía que se lo agradecieran y le quisieran profundamente.

¡Qué feliz y qué a gusto me hallaba en semejante compañía!

Más tarde llegó el famoso estreno de “La Malquerida.” La noche hasta entonces más gloriosa de mi vida. Aún suenan en mi mente con. orgullo, los vivas y las ovaciones que obtuvimos aquella noche imborrable. Créame que solo su recuerdo hace que se me humedezcan los ojos. Por ese éxito tuve el honor de que tan notable matrimonio se me ofrecieran —como así fueron— como padrinos de mi primogénito hijo Ernesto.

Con ellos fui a América dos veces y al regresar el 14, el año en que estalló la primera guerra mundial, me dijeron: Usted con nosotros no puede llegar a más en su carrera, Vilches, y no queremos ser un obstáculo a sus progresos. Usted, en adelante debe formar bajo sus órdenes. “Es una manera muy galante −les dije− de echarme de su compañía ¿no?” “Al contrario” −me dijeron− “Es una manera de comprender el alcance de sus méritos artísticos, y no queremos ser un estorbo a su marcha triunfal.

Y me separé de ellos, con la emoción de un hijo que abandona a sus padres para casarse y formar ya su hogar independiente. Y entonces fue cuando formé mi primera compañía como director y primer actor.

Ellos siguieron venciendo y enalteciendo nuestro buen teatro español. Cuanto dinero ganaban entonces, lo iban invirtiendo en construir un grandioso teatro que fue y es el orgullo de la Argentina, que le llamaron “Cervantes” y hoy Teatro Nacional.

Pero, la vida de grandeza que llevaban, principesca en todo, hizo que a pesar de haber ganado inmensas fortunas, murieran pobres.

No quiero acordarme de mi dolor inmenso al dejar en su. última morada a la inmortal doña María que lloramos todos.

Más tarde, pasados los años, me encontré a mi pobre maestro don Fernando; llevaba por primera dama a su sobrina María Guerrero, casada con su hijo Fernando. Iba ya por la vida en lucha con ella, ya digo, pobre, pero siempre guardando su aristocrática grandeza. Recuerdo que me dijo: “Vilches no siga usted nuestros pasos. Usted gana mucho dinero, sepa usted guardar para cuando ya le cueste trabajo poder actuar. “Pero yo no le supe escuchar, y seguí el mismo camino que ellos, sin darle importancia al dinero. Murió y ya apenas el público recordaba su fastuosa vida y, casi olvidando que a ellos se debía el engrandecimiento de nuestro teatro y la dignificación de nuestro gremio. ¡Todo quedaba como una sombra! Sus hijos sólo pudieron heredar los títulos.

Carlitos, simpatiquísimo luchaba con su compañía. Fernando, también con su mujer María, llevaba la suya.

Un día en Buenos Aires, Fernando me dijo: “Me voy a España a prepararme unos negocios… ¿por qué no me acompañas? ¿Qué haces aquí tanto tiempo en América? El público te puede olvidar. Vámonos vente conmigo. Mira: pasaremos un viaje feliz. ¡No dudes que al llegar, tendrás al momento el puesto que te mereces!

Me convenció. Preparé mis baúles y cuando llegaba el día de embarque, me propusieron un contrato en el cine en una obra que llevaba por título “Su primer baile” y por la que me dieron un premio de honor... y no le acompañé.

Qué vida esta y qué incógnitas guarda a los mortales. A los pocos días se recibió la noticia de que el barco en que iba Fernando había naufragado. Más tarde supimos detalles del siniestro y nos enteramos que después de estar más de 24 horas luchando con las olas sobre un madero en alta mar, un tiburón le dio un coletazo y lo despedazó.

El sino mío no quiso que yo siguiera la misma suerte fatal. No había llegado todavía mi hora, como la de mi pobre amigo, hijo de mis maestros, por los que conservo en mi corazón la más grande gratitud.

Con Doña María Guerrero y Don Fernando Díaz de Mendoza, terminó la dinastía de los comediantes más clásicos y aristocráticos de aquella generación tan honrosa para nuestro arte y nuestro idioma.

TRANSFORMISTAS, CHARLISTAS, PARODISTAS CUENTISTAS Y ZORRISTAS
( XXVI ) Charla

Esta noche, amigos míos, la voy a dedicar recordando a esos geniales artistas que, por sí solos, sin ayuda de nadie, constituyeron un espectáculo. Éstos se llaman trasformistas, imitadores, cuentistas, y podíamos añadir hoy el nombre de “zorristas”.

¡El primero al menos que yo he conocido fue el gran Frégoli!

Lo conocí personalmente cuando ya tenía mucha edad. Sabido es que Frégoli fue el primero que supo hacer de su arte imitativo programas en los que solo él tomaba parte, Él, con una agilidad sorprendente e incomprensible, entraba y salía de escena a cada momento vestido y caracterizado de diferente manera con tal perfección y habilidad que, a veces, haciendo de mujer, iba desapareciendo la cola de traje y al mismo tiempo salía él mismo por el lado contrario de la escena, haciendo otro tipo completamente diferente, como es de suponer, y todos con una gracia caricaturesca sorprendente. Se ideaba un argumento en que salían por ejemplo 20 personajes distintos. Todos era él mismo. Era verdaderamente asombroso, sobre todo en aquella época, su original trabajo. Imitaba además a todas las estrellas de entonces: la Geraldine, la Otero, la Mistinguette… ¡Qué sé yo! ¡A todas! Se iba al sillón del director de orquesta, y sin apenas percibirse el público, se colocaba en él, y cambiando el caracterizado, imitaba a todos los grandes músicos de más fama. También imitaba a los políticos de más popularidad, a todos los reyes, y a los más conocidos personajes de boga entonces, y hacía pasar veladas deliciosas con su arte y gracia únicas que le valió la fama de que gozó y las varias fortunas que ganó.

Yo tuve ocasión de conocerle personalmente en Buenos Aires allá por el año... ¡a qué hablar de años! Frégoli ya era francamente un anciano, pero en escena apenas se le notaba, pues seguía trabajando con la fuerza y el entusiasmo de la juventud! Vivíamos juntos en Buenos Aires en el mismo hotel y siempre hablábamos de nuestro arte. Él era simpatiquísimo, alegre, y a todas horas, constantemente, se ocupaba de su trabajo, ensayando, arreglándose pelucas, vestidos, haciendo él mismo la caricaturas, y a veces en presencia de todos sin preocuparse de que le vieran, como si estuviera solo.

A veces parecía un loco escapado de la jaula, pues se le veía vistiéndose, desnudándose, imitando voces diferentes, cantando en distintos idiomas, recitando... ¡No vivía, ya digo, más que para su trabajo! Trabajó en todos los teatros del mundo. Trabajó delante de reyes y magnates; fue el ídolo de París durante años, y en todos los países, sin excepción, lo acogían clamores de entusiasmo. Ganaba fortunas y más fortunas, pero algunas veces entre las rosas que pisó se clavó algunas espinas como es natural en la vida. Revoluciones, naufragios, incendios, pero en seguida las rehacía.

Al cabo de muchos años lo volví a ver también en Buenos Aires; fue como un recuerdo del pasado, y ante la seguridad que tenían todos de que era la última vez, se llenaba noche a noche el teatro. Era ya algo como macabro ver a aquel genial artista, luchar a brazo partido con sus achaques, procurando mantener a su publico con grandes esfuerzos. “¿Por que trabaja ya?” Le decíamos. “Porque el día que no lo haga me muero” respondía.

Después Frégoli ha tenido muchos imitadores, muchos, y algunos se hicieron de gran notoriedad. Entre ellos recuerdo a Edmond de Brié, perfecto imitador de las grandes estrellas femeninas de aquella época, hasta el punto que había quien dudara si era hombre o mujer.

Después ha habido otros eminentes artistas que por si solos han formado programas. El maestro Domínguez, con sus cuentos; Ramper y Esteso con su gracia, ingenio y valentía. Y últimamente ha surgido uno genial y de diferente modalidad:¡El Zorro!

Éste, con menos trabajo que Frégoli, ha tenido más suerte, pues en vez de vestirse y desnudarse 50 veces cada noche, para representar personajes diferentes, somos nosotros los que lo vemos diferente en nuestra imaginación, que no acaba de comprender cómo una sola persona puede hacer tantas imitaciones con voces tan completamente distintas todas hasta el punto de que al oírle por micrófono, se podría pensar que eran trucos, si no fuera porque ya lo habíamos visto antes en la escena en persona. También ha tenido una gran suerte que no pudo tener Frégoli: A Frégoli le costó 70 años de su vida darse a conocer mundialmente. El Zorro sólo ha necesitado acercarse a los micrófonos para, en unos pocos años, conseguir tanta fama como aquél.

A Pepe Iglesias, El Zorro, lo conozco desde sus primera años en Buenos Aires. La primera vez que me dio motivo para tratarle fue al escuchar desde mi casa, estando almorzando, una interview entre un periodista y yo. El periodista, cuando hablaba, era exactamente la voz de Pepe Arias, un actor muy popular argentino, y cuando hablaba yo era […] que me hizo dudar y pensar cuando yo había tenido la interview, tal vez sacada por magnetófono. Después de esto, nos hicimos grandes amigos, y pude observar que es un muchacho muy agradable, comunicativo, con una simpatía única en todo momento de un gran corazón.

Recuerdo que un día estando con él en la terraza de un café, se le acercó un pobre hombre: “Zorrito −le dijo− hágame el servicio de darme unos pesos, por favor… mire que hoy no he comido todavía, y ayer tampoco pude llevarme nada a la boca. ¡Desde hace ya casi tres días que no como! El Zorro,1e miró, como queriendo descubrir si era verdad o era un simple “pechazo” como llaman allá a los sablazos y le dijo: “¿Días ya sin comer? ¿Y por qué tan desganado ché?” Todos nos echamos a reír y el pobre sofocado, se retiró, pero no había dado unos pasos cuando 1e llamó y dándole un billete de cien argentinos, le dijo: “tome amigo, para que tome un vermut y le abra el apetito.”

En otra ocasión, recuerdo que nos hallábamos en Mar del Plata, Miguel de Molina, el Zorro y yo; nos encontramos en el casino, alrededor de una ruleta rodeada de inmenso gentío, y pues el Zorro estaba iluminado por la suerte, y donde ponía le cantaba su número. Número que cada vez apuntaba con mayor fuerza.

En un momento en que él recogía una gran cantidad, oyó que a su lado una muchacha comentaba con otra; “¡Qué suerte la del Zorro!... fíjate como gana y yo he venido con veinte pesos para ver si saco mi abono del baño para la temporada y los perdí. En aquél momento cantaron un número en el que el Zorro había apuntado fuerte, y volviendo la cara, el Zorro imitó la voz del “groupier” y cantó: “Señor Iglesias, una ficha de veinte de las que ha cobrado no es de usted, es de esa señorita que está a su lado.” Él, ya con su voz le dijo: Señorita, usted perdone, no me había dado cuenta. La niña le dijo: “No, si yo no he jugado.” “Como no” −insistió el Zorro− el groupier no puede equivocarse, esta ficha de 20 pesos priada es de usted tome. Y quieras que no, le entregó 700 pesos, que era el pleno. Ante esta insistencia, la muchachita toda azorada cogió el dinero y le dijo a su amiguita: Vámonos; le diré a mi ama que el Zorro ha hecho trampas para que yo gane.

Un aplauso sonó para el Zorro por aquella agudeza de elegante generosidad que tuvo con aquella chiquilla a quien hizo feliz en un momento. Siempre hablaba con gran cariño de España a donde tenía grandes deseos de venir. Por fin realizó su ideal, y no en balde, pues España le ha tratado con todo cariño y toda la admiración que se merece, y creo que aún tiene para rato.

Sólo en garganta lleva una compañía, un archivo, una sastrería, un decorado, sin más preocupación que un asiento para viajar. Ni siquiera le importa no tener teatro disponible; donde quiera que haya un micrófono, allí podrá hacer feliz a cuantos le escuchan, porque no hay que dudar, que además de todos sus merecimientos, ha tenido el acierto de bautizarse bien, genialmente, nadie lo duda... pero también un Zorro que ha sabido vencer a cuantas preocupaciones nos atormentan a los demás artistas, que apenas podemos luchar con el cine, las revistas y el folklore, y todo lo demás.

Sólo él ha sabido vencer a todos estos inconvenientes,

Pero... ¿y la fuerza que tiene?

RUBINSTEIN
( XXVII ) Charla

Hace ya unos 30 años que conocí a Arthur Rubinstein. Fue en el Cabo de Finisterre. Subió en Vigo. Al momento todas las miradas del pasaje no se dirigían más que a él.

Rubinstein nunca estaba entre nosotros. ¿Habrá embarcado? Indudablemente, porque está en la lista de pasajeros. ¿Se habrá mareado? Pues no lo vemos. Efectivamente; en tres días no salió de su camarote, pero al llegar a Canarias, ya tuvimos la suerte de verle y volver a embarcar de nuevo para seguir el viaje.

Ya no se escondió de las afectuosas miradas de todos; a todos iba saludando con agradable y sonriente inclinación de cabeza como si a todos nos considerase amigos antes conocidos.

Un simpático joven con cabellos de oro alborotados rizosos y constantemente lanzados al aire; ojos azulados, algo salientes, nariz fina... y siempre alegre e insinuante. Apenas hablaba con alguien, le iba rodeando la gente para escucharlo pues dejando aparte su arte maravilloso, era un gran causeur, hablaba de todo y podía hacerlo en todos los idiomas pues era un gran políglota. El castellano lo dominaba a la perfección, y ante la multitud que ya digo que le rodeaba al momento, su conversación la hacía general, atrayente, exótica. Eso sí, que no le fueran a decir que tocara el piano pues el piano que había en el salón por bueno que fuera, no estaba “preparado” para él, y se ponía nervioso sólo al pensar que pudiera sentarse ante él. Sin embargo, y a ruego de todos y sólo por un acto de caridad a beneficio de los náufragos, al pasar el Ecuador, en cuyo día, y en aquellos barcos se hacían fiestas fantásticas y divertidas, nos hizo oír, Albeniz y Granados, que él admiraba profundamente e interpretaba a la maravilla.

En aquella noche, Irene y yo, que íbamos con nuestra compañía, hicimos un diálogo, y él que ya nos conocía de habernos visto actuar en Europa tuvo para nosotros las frases más elocuentes y amables que se pudieran oír.
Nos hicimos grandes amigos: desde aquel día formábamos peña aparte de todos y hablábamos de nuestro artes, y nos contaba como había conocido a grandes actores a quienes galantemente me comparaba. Tenía una perfecta concepción del arte dramático, y por sus conversaciones al respecto yo adquirí bastantes enseñanzas. ¡De música ni qué decir! Nos decía que el piano para él era como un sexto sentido. Y a los cuatro años ya lo tenia. A esa edad ya tocó delante de un gran maestro y a los diez dio en Varsovia su primer concierto. Nos decía que después de Chopin, él era creador del piano, y de Debusy que conocía como nadie el alma del piano. Admiraba, a Granados y Albeniz, porque como él, no traducen la música al piano sino que la dan ítegra. Yo tengo “momento” en la vida y soy un coleccionista de ese momento.

Nos decía que iba a Río a dar tres conciertos. Después pasaría a Chile, Buenos Aires, y después volaría a París, vería a su mujer y sus hijos y tenía que ir a Balí y de allí daría una vuelta al mundo.

Otras veces nos contaba casos extraordinarios de su vida. Nos contó que una vez se encontraba en San Sebastián, ciudad que le encantaba frecuentar y estando dando en privado un concierto a sus amigos en el Casino, lo interrumpió para sacar de su bolsillo su libro de nota, y de pronto exclamó: “He olvidado, que esta noche tengo un concierto en Pamplona… ¡Y yo aquí a estas horas!” Tomó un taxi inmediatamente y dijo: “¡Acompáñenme el que quiera!... Son sólo cien kilómetros... llegaré a tiempo. Pamplona es una ciudad que encanta y muy amante de la música, además se me prepara grandemente el concierto. Tengo un gran empresario. Toda la ciudad me espera con gran cariño y admiración.” Pero al entrar en ella, se sorprendió al pasar por sus calles que no hubiera ni un cartel del concierto, ¡y al llegar al teatro, lo mismo! ¡Ni un anuncio, ni el nombre de Rubinstein por ninguna parte, y todo cerrado! Y continuó relatando: “Saqué de nuevo mi carnet, me mordí los labios, y dije: ¡si no es en esta fecha en la que tengo que dar el concierto, es para el año que viene! ¡Es mañana cuando tengo que darlo en Madrid! ¡Volando, para Madrid!”

¡Estupendo el caso!

Y así contando casos y cosas, anécdotas preciosas de su vida, de sus estudios, que no había tiempo de contar durante mi cigarrillo, ni podría recordar con todo su sabor. Pasamos deliciosamente los pocos días que pasamos con Arturo Rubinstein hasta llegar al fantástico Río de Janeiro. Allí no le pasó como en Pamplona: en el muelle le estaba esperando un gran gentío que la aclamó, le llenaron de ramos de flores, y aguantó una nube de periodistas que apenas si le dejaron ya despedirse de nosotros y del pasaje que lo vio alejarse entre la multitud con gran pena.

¡Qué envidia me dio! No solo por su arte inimitable y por su talento sino de pensar, que el sólo, acompañada de su valija con papeles de música, recorría heroicamente todo el mundo, y hacía su inmensa fortuna sin compartir con nadie.

Mas tarde, años después me volví a encontrar con éel. ¡Que alegría! Fue en el almuerzo, ofrecido por D. Ramiro de Maeztu embajador entonces de España en la Argentina. ¡Qué manera de encantarnos con su conversación!, en perfecto español casi siempre y a ratos en inglés con la Sra. Maeztu. Otras hasta imitando la manera de hablar el castellano de los argentinos de un modo gracioso.

En una charla pasada, refiriéndome a este almuerzo precisamente, contó que al querer encender un habano que se me había apagado, la señora de D. Ramiro nos dijo un dicho inglés: “No vuelvas pronto a un lugar donde hayas tenido un gran éxito, no pretendas reanudar relacionas con una mujer que amaste mucho, inmensamente, ni vuelvas a encender un habano que se te haya apagado”; y recuerdo que por esto, Rubinstein, gran fumador de habanos nos contó en aquella ocasión que era su mayor vicio. “En Habana tengo mi planta de tabaco que lleva mi nombre: Rubinstein. Cada dos años procuro darme mi vuelta por allí y cuando visito a mis obreros, hacen una gran fiesta. ¡Con qué esmero preparan las hojas para mis tabacos!”

¡Qué ameno, que culto que simpático y atrayente era este singlar artista! Uno de los más admirados del mundo entero. Yo le decía: “Si usted quiere contratarme para llevarle los papeles de música a sus conciertos, dejo el teatro y me voy con usted. “¿Está usted loco?” Me contestaba. “El teatro no lo deja usted ni por millones ni por miserias o decepciones que tenga! El teatro tiene veneno, y el que pisa una vez sus escenarios ya tiene que morir en ellos. Además ¡aunque usted quisiera dejar el teatro, el teatro no lo dejará a usted nunca!

A las pocas noches fue a verme trabajar, una vez más, en Buenos Aires.

No recuerdo lo que hice aquella noche, pero solo recuerdo, que durante la representación metí un camelo de a metro, y yo sin asustarme hice un paréntesis y volviéndome al público dije poco más o menos: No extrañen que esté nervioso, ¡quién no lo estaría sólo de pensar que estoy actuando ante un genio como Arthur Rubinstein! Todos miraban a su palco y como para ahogar el pateo que yo merecía, le dieron una larga y profunda ovación al inmenso artista.

Y pasaron después, muchos años, y lo volví a ver por última vez en un concierto en el Colón de Buenos Aires. ¡Siempre el mismo!... ¡Colosal!

Lleno de emoción entré a saludarle... Sus rizados cabellos ya estaban cubiertos de nieve, pero igualmente profusos... Su cara ya caracterizada de surcos, pero su dinamismo energías, carácter, y maestría, la misma por no decir superada.

Al notar que yo me fijaba en sus ya blancos cabellos me dijo: “¿Qué está viendo? ¿Que ya soy viejo?”

“¿Viejo usted?” −le contesté− “¡Usted nunca puede ser viejo, usted es inmortal! Me sonrió agradeciendo mis frases y me dio un fuerte abrazo, y me dijo: “Mañana salgo de viaje, venga a almorzar antes conmigo”.

Fui a la mañana siguiente; tuvimos un agradabilísimo almuerzo y al terminar, sacó una preciosa pitillera de plata esmaltada y me la dio de recuerdo.
Con cuanto gusto la conservo

Dentro de la pitillera está grabada su firma: ¡Arthur Rubinstein!

Después ya no le volví a ver. Y solo me consuelo, poniendo sus discos y oyendo por radio cuando tengo esta gran ocasión.

Hoy tenemos la oportunidad de tener entre nosotros otro gran pianista, notable, famoso también en el mundo entero, un gran amigo y casi paisano regional. José Iturbi.

Este gran artista −valenciano había de ser− no solo se ha contentado con ser un virtuoso dominador del piano sino que es un gran director y su inquietud le ha llevado a darnos a conocer muchas películas por las cuales le seguimos admirando.

No sé si sus contratos le permitirán ir a Valencia, pero si es así, allí le abrazaré de nuevo, pues el día 4 sábado de Gloria me presentaré ante ese mi querido público valenciano, que hace ya 25 años lo menos que estoy sin verle, ¡y con que alegría le pienso abrazar!

Esto quiere decir mis amables oyentes, que hasta mi regreso suspendo mis cigarrillos en compañía de varios amigos, de toda España y todas las Américas a quienes les doy las gracias por su atención y sus felicitaciones y a quienes tengo deseos de comunicarme otra vez pues no pienso dejar de fumar por más que todos me lo aconsejan, pero… ¡cómo voy a toser si no fumo mis cigarrillos!

FALTA
( XXVIII ) Charla

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AL MANDO
( XXIX ) Charla

Spik. Buenas noches Sr. Vilches.

Vilches: Que también mi saludo llegue a cuantos me escuchan.

Spik. ¿Hoy va a hablar?.

Vilches: De algo mientras consumos con sumo gusto mi cigarrillo, sobre el afán de mandar.

Todos, todos luchamos por mandar; todos queremos mandar... ¡menos dinero! ¡A eso sí que nos resistimos todos!

Y este afán de mandar, refiriéndome a mi arte teatral, que es de lo único que me atrevo a hablar con conocimiento de causa, causa por lo general, la pena de no tengamos buenos conjuntos en nuestra escena teatral. Una actriz, o un actor de indiscutibles condiciones, obtienen un día, un triunfo. Escuchan los aplausos, son elogiados por la crítica con excesiva amabilidad, tal vez, y ya se creen en condiciones de mandar. Ya no se conforman con seguir triunfando en un conjunto por bueno que sea. ¡Ya quieren ser “cabeza”, dirigir y lanzarse por cuenta propia!

Algunos triunfan... ¡pero que pocos!

Y pocos también se llegan a convencer de que en el teatro al no tener una fama ya consolidada es practico el dicho de que más vale ser “cola de león que cabeza de sardina.” Y por eso, rara vez, por el afán del mando, no gozamos de los buenos conjuntos, que son los que deben mantener el buen teatro. Porque para mandar hay que tener condiciones de mando, que no todos las tienen, pues existen buenos actores que no sirven para directores, y en cambio ha habido y hay todavía algunos que como actores no llegan a sobresalir, y como realizadores directores demuestran se útiles. Podría nombrar algunos y muchos de los que me están oyendo me darían la razón.

Y saliéndome del teatro, lo cual me cuesta mucho trabajo y no me saldré hasta mis días, referente a querer mandar todos, voy a referir una anécdota, graciosa, que la creo oportuna.

Una vez, iba yo con mi compañía, camino de Guayaquil a Quito, la capital del Ecuador. Un camino primitivo, precioso, de exuberante vegetación como casi todos los de los climas tropicales. Íbamos por lo más alto de las montañas, a mitad del camino, por un lugar llamado “la nariz del diablo” cuando paró de pronto el tren, y el conductor nos advirtió que teníamos que pasar, pero que estaba algo resentido, según le había comunicado el guarda del puente; que no pasaría nada, pues de tener esa creencia no lo consentiría, pero él que quisiera que podría esperar al tren de descenso que regresaría de nuevo a Guayaquil.

Todos llegamos al punto, lo vimos y nada notamos de particular. Unos decían que no podían demorar el viaje y que no podrían esperar porque el tren era bisemanal. Yo consulté con mi compañía y les dije que aquella noche teníamos el debut anunciado, y que si no llegábamos no podríamos debutar hasta la semana entrante, y otros, hombres de negocios, también se aventuraban por sus asuntos urgentes y, porque la verdad, no veían claro el peligro ni mucho menos. Pero empezaron todos a opinar: todos querían llevar la voz cantante de lo que convenía hacer; yo fui el primero que quise hablar, pero como durante el camino, iba contento, charlando en broma y haciendo chistes, (qué español no los hace y más siendo de mi gremio), enseguida me interrumpieron diciendo que no hablara porque iba a decir una broma, y dejé a los demás que explayaran sus opiniones. Unos, opinaban que se llegara a la próxima estación y que pusieran puente. El conductor dijo que no podía ser. Otro, hombre de campo ya de edad, opinó que el maquinista pasara el tren despacio... como engañando el puente para que no se resistiera más por la trepidación. Quise hablar de nuevo, pero en vano, no me dejaron, pues entre nosotros había un ingeniero alemán, que dijo, poco más o menos pues no recuerdo exactamente sus términos técnicos: “Yo señores, creo, que lo que se debe hacer, es que el tren retroceda unos cuantos kilómetros, tome el máxima de la marcha y que pasemos el puente con toda velocidad.

“De esta manera según la ley de la gravitación, el tren seguramente pasará felizmente aunque después se resienta más, y se desplome; esto ya no nos importará después de haber pasado con felicidad.” Impresionados tal vez por lo sabio que según todos era aquél señor alemán, convinieron todos en hacer lo que había propuesto. Si embargo yo volví a insistir y todos ya en broma, creyendo repito que yo iba a decir otra, no me dejaron por estar ya todos resueltos a lo que había propuesto el sabio. Y así lo hicieron; retrocedió el tren, tomó marcha, y tal como lo dijo aquél señor sucedió. Pasó el tren afortunadamente, y al puente después tampoco le pasó nada. Todos al verse libre del peligro empezaron a felicitar al alemán. Un francés que también iba con nosotros, muy contento, le dijo: “Hombre, a pesar de ‘estar’alemán, déme un abrazo. ¡Vamos a festejarlo!” Y mandó traer unas cuantas botellas de refrescos de piña para todos. ¡Viva la Franc! … y todos nos pusimos tan contentos; y ya una vez celebrada la buena idea, el que había insistido en que yo no hablara, me preguntó: “¿Y bueno Sr. Vilches, qué es lo que iba usted a decir. ¡Seguramente tendría gracia, diga!

Yo, tragando con las de Caín, mi refresco, le dije: “No sé señor si tendría gracia o no, pero lo que si sé decirle es que tenía sentido común.”

“¿Pues que era?” “Pues que pasáramos todos a pie el puente después que el tren lo pasara solo y si se rompía la criba que fueran los vagones y no nosotros.”

“Pues es verdad” −clamaron todos− “¿Porqué no lo dijo?” “Porque no me dejó este señor, ni nadie.” “¿Y porqué no lo hizo usted con su compañía?” Porque me exponía a que el tren pasara y ustedes nos dejaran aquí a caballo de la nariz del diablo.”

Todos se echaron a reír, y me dieron la razón. Menos mal que en aquella ocasión me hizo falta. Pero todos con el afán de mandar me hicieron pasar un rato no muy agradable como se pueden figurar.

Para acabar ni cigarrillo, les contaré un caso muy gracioso, referente al mando también que hoy es el tema de mi charla.
Esto fue en Venezuela, en tiempos en que era Presidente el aguerrido y archimillonario, el General Gómez.

En una charla pasada, en una triste oportunidad que dediqué a la que fue mi amiga, la Excma. Señora de Perón, Eva Duarte, referí una anécdota de cómo conocí a dicho Presidente: no la repito, por si acaso molesto a los que ya la escucharon y me expongo a que cierren la radio que les lleva mi voz, pero el caso es que por alguna broma mía de compararlo con un león, simpaticé con él, y en varias ocasiones charlamos amigablemente. En una e ellas confidencialmente, se explayó conmigo y me dijo que estaba preocupado por una dolencia que sufría, por un mal muy frecuente en las personas ya de cierta edad y por la cual varios doctores le aconsejaban la operación, y que si se decidía quería que se la hiciera uno de los mejores del mundo. Yo me atreví a aconsejarle que tomara informes de un hermano de mi mujer; el célebre Doctor Freddie J.S. Valentine, sin duda uno de los más afamados urólogos de los EE.UU.

Sin duda, indagó y el caso fue que el doctor Valentine, fue llamado a Venezuela, le reconoció y le aconsejo al instante que se operara.

Al general Gómez no le hizo gracia la rotunda determinación de mi cuñado y empezó a preguntarle, lo que preguntamos todos los pacientes ante un caso semejante.

“Y, dispense la pregunta, habrá riesgo?”

“Riesgo en una operación semejante siempre la hay, pero a mí en los años que llevo en esta especialidad, no he tenido ningún fracaso, y no va a ser el primero que tuviera una desgracia… ¡Arriésguese!, no tenga el menor temor y se salvará y pasará usted ya tranquilo el resto de su vida.”

“Y… ¿sufriré mucho?”

“En absoluto, usted nada va a sentir. La anestesia que ordenaré que le pongan hará que ni se entere de la operación.”

“Y... ¿la anestesia durará mucho?”

“Como una hora poco más o menos”

“¿Qué dices? ¡Más de una hora! ¡Pues no me opero!”

“¿Pero porqué ese temor, General?”

“No, si no es temor a que usted se pueda equivocar…. Mi temor, es que con una hora que esté ausente de la vida, cuando despierte me encuentre otro presidente mandando mi República. ¡Nada, nada, no me opero!” El doctor se regresó a Nueva York pensando sin duda: ¡Lo que es el mando!

Y a propósito de mandar... no quiero terminar mi charla de hoy, sin mandar las gracias a algunos amigos o simpatizantes que tal vez como las titulo “Un cigarrillo con Ernesto Vilches” han tenido la ocurrencia de mandarme cigarrillos. Les agradezco, digo, esta humorística galantería, pero si me permiten la confianza les diré, si por acaso “reinciden” que no sean cigarrillos americanos... ¡No los aguanto! Yo soy un hombre lleno de ideales... y son ‘ideales” también los que fumo; tabaco negro, de esos puro españoles, tal vez menos elegantes que los americanos pero que me saben más a tabaco y sobre todo, ¡me hacen toser más que es mi característica!

De todas maneras les repito las gracias, y manden siempre cuanto gusten a este su seguro servidor, que con o sin cigarrillos se da por muy satisfecho con que sus sencillas charlitas logren entretenerles cada domingo un cuarto de hora, ¡y hasta el próximo, mis queridos amigos oyentes!

 
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